January 17, 2022
De parte de Noticias Y Anarquia
261 puntos de vista

Fácil es volcar un gobierno; difícil transformar las costumbres
gubernativas. Fácil es cortar cabezas; difícil pedir que retoñen. La
vida de un pueblo tiene mucho de vegetal. Es inútil a veces podarla y
hasta mutilarla; el mal sube con la savia dentro del tronco. El mal está
en las raíces, bajo tierra. Allí es donde se debe herir para curar.

Las raíces de la nación están, como las del árbol, bajo tierra.
Son los muertos. Los muertos están vivos. Las generaciones pasadas
alimentan a las generaciones presentes. Nuestras calamidades son la
ramificación de las calamidades antiguas, que no pudieron ser detenidas o
desviadas o acabadas en su origen. Nuestro pasado es el terror, y en el
terror seguimos viviendo.

El terror gobierna, como ha gobernado antes. Aparece como una
fatalidad. Los de abajo la esperan. Los de arriba se encuentran
prácticamente privados de todo instrumento de dirección y de orden,
excepto el látigo. Por la ley fatal de la menor resistencia, empuñan el
látigo, y a los viejos y genuinos motivos de embrutecimiento y
decadencia moral se añade el actual abuso, cada vez más abrumador, que
constituye, sobre todo en la campaña, el único sistema administrativo.

Los incalificables tratamientos de que ha sido víctima en la
capital un súbdito inglés, llamado Jacks, se prestan a tristes
reflexiones. Ponen de manifiesto estos hechos el inconsciente
menosprecio que en ciertas esferas existe para todo lo que está
indefenso. Hay tal naturalidad en el ejercicio de los despotismos de
campanario, que el crítico queda confuso y aturdido. La crueldad no se
revela con los caracteres de lo anormal y de lo excesivo, sino bajo los
rasgos apacibles del hábito. Se apalea sosegadamente, por la fuerza de
la costumbre. Tal vez, ante la protesta indignada de los que siquiera
tienen nervios debajo de la carne, sea el primer movimiento de los
verdugos un movimiento de asombro.

Las autoridades no son verdaderamente lo que deberían ser. De
ellas suele partir el desorden y el peligro. A veces es necesario un
motín para restablecer el orden. Mas al hablar de autoridades no nos
referimos, por desgracia, a las cabezas. Se trata de esa cadena de jefes
menores, medianos, mediocres, chicos e ínfimos, cadena en que cada
eslabón estira y es estirado, en que cada cual es subalterno y superior,
es atormentado y atormenta. Y a medida que se desciende por la escala
sombría, se ve multiplicada la crueldad. Recuérdese el caso del sargento
cuyo martirio fue denunciado por el mismo órgano que ha sabido revelar
todos los detalles del caso Jacks. Son los que sufren los que con mayor
delicia hacen sufrir. Son los castigados los que con mayor saña
castigan. Son los esclavos los que se vuelven más temibles negreros. Los
bajos esbirros que ejecutan indignidades con infelices presos son los
que, desde que nacieron quizá, han devorado la abyección injusta de la
servidumbre y han respirado el dolor con el aire y no han podido separar
de la luz del día un sentimiento de humillación ignominiosa. Devuelven,
en un espasmo desesperado, los palos que han recibido, los salivazos
que han limpiado, mudos, en su rostro inerte.

¡Ojalá fuera el culpable un hombre, uno solo, por poderoso y alto
que fuera! Eso se suprime. Por desdicha, la enfermedad es colectiva. Las
masas sociales se han impregnado de la sombra hereditaria proyectada
sobre el país por una espantosa sucesión de tiranías y de catástrofes.
Las almas se han teñido de la melancolía fatídica de la resignación. No
son revoluciones ni golpes de Estado los que han de salvarnos, sino una
evolución lenta, a cuya obra no han de bastar toda nuestra paciencia,
todo nuestro valor y toda nuestra ternura.

 

Rojo y Azul, 20 de diciembre de 1907




Fuente: Noticiasyanarquia.blogspot.com