June 18, 2021
De parte de Briega
328 puntos de vista


La popularidad de las criptodivisas como activo de inversión crece al mismo ritmo que la polémica generada por la difusión de sus supuestas virtudes por parte de sus partidarios. Sólo hay que recorrer las páginas de actualidad de los periódicos económicos de las últimas semanas, para ser consciente de que las criptodivisas están de moda, y de que hay ya muchos actores que pretenden presentarlas como el futuro sustituto del “dinero fiat” y el sepulturero del poder los Bancos Centrales.

Así, en una misma semana, el periódico Financial Times nos informa de que el presidente salvadoreño, Nayib Bukele, ha aceptado el bitcoin como forma de pago legal en el país “para mejorar la inclusión financiera y acelerar la entrada de divisa extranjera”. También de que “China ha advertido a los bancos de que no ofrezcan servicios de bitcoin a los ciudadanos. India estudia criminalizar la tenencia, el trading y la minería de criptomonedas. Turquía anunció en abril que las prohibiría como forma de pago”.

Para el Financial Times “la correlación entre la criptofobia y el liderazgo autoritario es notoria. La mayoría de las democracias adopta una estrategia de espera (…) La tolerancia es una buena prueba de fuego sobre el liberalismo de una nación”. Pero esa tolerancia implica pretensiones regulatorias: el diario económico Expansión nos explica que la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), el regulador bursátil español, acaba de aprobar una normativa que impone obligaciones de información y publicidad para las campañas de difusión de la inversión en criptoactivos, sometiendo a dicha norma, no sólo a los proveedores de monedas virtuales sino también a “cualquier persona física o jurídica que, a iniciativa propia o a través de terceros, realice una actividad publicitaria sobre criptoactivos, como un influencer”.

El mundo alternativo, libertario, no se libra de esta moda. El reciente libro “Acción directa económica. Volumen 1”, escrito por un autor desconocido con el pseudónimo de Albert Mason, y editado en Barcelona por Descontrol, hace una abierta apología de las tesis que defienden que la única forma de hacer avanzar los procesos autogestionarios en nuestro contexto es incentivar la “expeculación” mediante la “insumisión fiscal total y un sano absentismo funcionarial (dependiendo de la actividad) complementados con técnicas de insolvencia programada”. Asimismo, sobre la base de un análisis absolutamente “libertariano” y anarcocapitalista del dinero y sus funciones en el capitalismo, anima a los activistas a especular en los mercados de criptoactivos.

Los numerosos errores de análisis de este libro, fundamentalmente derivados de la perspectiva “libertariana” que está en el origen de la mayoría de sus aportaciones, e, incluso, la existencia de algún acierto reseñable en sus páginas, darían para un estudio más detallado. Basta aquí con indicar que no hace más que seguir la estela de toda una corriente del movimiento libertario y alternativo internacional que, tras renunciar a los fundamentos del pensamiento socialista, intenta repensar la economía desde un sustrato ideológico profundamente neoliberal. Lo que implica, por supuesto, la apología inmoderada de los “mercados” frente a lo “público” (identificado con lo estatal) y la pretensión de que los medios activistas pueden realizar un uso virtuoso de los criptoactivos, como “moneda libre del Estado”, en base a una interesada confusión entre los conceptos de “moneda social” y de “moneda digital”.

Sin embargo, lo cierto es que la autogestión obrera no puede confundirse con la autogestión de la miseria ni con el anarcocapitalismo de las criptodivisas. Una cosa es que los productores y productoras tengan el control de lo que producen, de para qué producen, y de cómo lo hacen; y otra es convencer a las entidades sociales de que inviertan en los tokens creados por todo tipo de personajes más o menos turbios con los que se pretende especular en mercados desregulados, en los que nadie se hace responsable de la hipotética pérdida de las inversiones.

Recordemos que en toda burbuja hay quienes ganan (pocos) y quienes pierden (muchos); y la información privilegiada tiene que mucho que ver con el lado de esta alternativa en el que uno puede acabar ubicado. Cuando se nos dice que especular es «cool», «libertario» y que «si ellos lo hacen, ¿por qué nosotros no?», deberíamos preguntarnos a quien quieren desplumar, porque es muy posible que sea a los trabajadores que han estado entregando sus energías para crear el valor que el proceso especulativo dejará en otras manos.

Porque, al final, hay que volver a los fundamentos del pensamiento socialista, desde Marx a Bakunin: sólo el trabajo humano crea valor, y cuando alguien consigue hacer dinero, sólo con dinero (sin aplicar trabajo en el proceso) es porque se está apropiando del valor creado por otros y otras, es decir, de la plusvalía. Especular no es autogestión. La autogestión es algo bastante más serio. Debemos tener cuidado con el «anarquismo ultraliberal y radicalmente posmoderno».

La comprensión “anarcocapitalista” del dinero, compartida por estos “libertarios ultraliberales” está basada en una mistificación profunda del proceso de creación del valor y de la economía monetaria. Afirma que el dinero es el elemento fundamental que define el capitalismo, tal y como indican los economistas monetaristas de la “escuela austriaca” que impulsaron el neoliberalismo. Por tanto, el problema del dinero es el problema central de capitalismo y la solución efectiva es conseguir “liberar” el dinero de la influencia de los Bancos Centrales y ponerlo en manos de la gente, es decir, a efectos prácticos, de un mercado especulativo desregulado.

Es cierto es que la gente quiere y necesita dinero, pero no por sí mismo, sino para comprar bienes y servicios, que es lo que se produce en la actividad productiva. La realidad material de la explotación en el proceso productivo se manifiesta una y otra vez tras las mistificaciones idealistas que abstraen la vida económica para convertirla en un puro asunto de signos.

El dinero debe ser abolido y para eso debemos crear una sociedad de la abundancia de bienes y servicios (ecológicamente sostenibles) y de la generosidad. En eso consistía, realmente, el proyecto comunista: “de cada cuál según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». El poder, obviamente, en el sistema capitalista se expresa en dinero, pero no «reside en el dinero», sino en la propiedad privada de los medios de producción y en la capacidad de defenderla mediante la violencia. El dinero es una pantalla (una más) que fundamenta la alienación, basada en el hecho material de que dedicamos nuestra energía vital y nuestra actividad diaria a producir en un proceso que nos viene impuesto, bienes que nos son ajenos.

El sistema financiero, por tanto, no crea valor, sino que es un mecanismo mediante el que las clases dirigentes se reparten entre ellas una parte del valor producido por los trabajadores. Pensar que puede ser «reconducido» hacia la liberación, gracias a la “expeculación” con criptoactivos, no es más que un bello deseo irreal. Y lo es porque es un «bello deseo» individualista. Puedes ganar dinero, como individuo, jugando a especular con las criptodivisas, pero la clase obrera en su conjunto no puede ganar nada así, porque al hacerlo está apuntalando los mecanismos de desposesión y mercantilización en que consiste el neoliberalismo.

No en vano, los partidarios de la «especulación libertaria» son también fuertemente críticos con los movimientos de defensa de los servicios públicos. Lo que les interesa como individuos es que el sistema financiero funcione sin cortapisas para que sus criptoactivos se revaloricen. Pero eso les enfrenta a las necesidades colectivas de la clase obrera, que consisten en que haya ámbitos estratégicos desmercantilizados que garanticen la supervivencia de los que no sean tan «avispados» para especular. La experiencia práctica con las “monedas digitales supuestamente sociales” puestas en marcha por algunas experiencias del movimiento autogestionario en el Estado Español en la última década, han derivado normalmente en la generación de mercados desregulados de bienes ficticios que han acabado perdiendo su valor radicalmente, dejando tras de sí, de nuevo, pocos ganadores y muchos perdedores.

Como decía recientemente Paul Krugman, en un artículo sobre el bitcoin, en el capitalismo uno es libre de jugarse su dinero en el casino que quiera. Nada se puede decir al respecto. Pero si alguien quiere que ese Casino se alimente con el trabajo de los integrantes de los movimientos sociales y, además, pretende decirles que eso contribuye de alguna manera a su liberación, deberíamos informar bien a estos nuevos “inversores alternativos” de lo que pueden perder por el camino, y del efecto social del conjunto de sus acciones.

La ideología anarcocapitalista se ha filtrado en gran parte de los movimientos sociales. Lo “libertariano” pugna por sustituir a lo “libertario”. El ultraliberalismo y el individualismo sin medida están en el corazón de una comprensión de la economía que hace desaparecer los conceptos de “clase” y de “imperialismo”, y que se fundamenta en las ideas centrales del imaginario de la Escuela de Chicago y de la Escuela Austriaca (marginalismo, individualismo, reducción de la persona al “homo oeconomicus”, monetarismo…). No es extraño que los Estados rebeldes, por una u otra razón, a la hegemonía occidental en la economía globalizada actual, desconfíen del bitcoin, como nos apunta el Financial Times de forma oblicua. Un flujo financiero irrestricto sería el mecanismo fundamental por el que los fondos de inversión globales podrían imponer sus condiciones a gobiernos que (repetimos, por una u otra razón, no siempre defendible) pretender salvaguardar una cierta autonomía económica frente a los mercados globales del imperialismo.

No necesitamos dinero, virtual o fiat, sino alimento, vestido, cuidados, educación, solidaridad en la vejez y en la infancia, conexión con los demás, dignidad. Persiguiendo la brillante metafísica de los “tokens” podemos llegar a olvidar que lo que realmente necesitamos es la socialización autogestionaria de la producción, la distribución, la riqueza y los cuidados. Un mundo, por tanto, fundamentalmente humano.

José Luis Carretero Miramar.

Artículo extraido de kaosenlared.net

https://kaosenlared.net/las-criptodivisas-y-los-movimientos-sociales-cri…




Fuente: Briega.org