January 13, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
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The Economist

Hemingway, Orwell, Joyce, Turgu√©niev: son muchos los grandes escritores extranjeros que han encontrado inspiraci√≥n en Francia. Ahora bien, por lo que hace a influencia duradera, hay un autor que destaca por encima de todos ellos. Viaj√≥ por toda Francia a lo largo de nueve a√Īos observando las costumbres locales y relatando lo que ve√≠a con una prosa √°gil y vigorosa. Tambi√©n mat√≥, seg√ļn sus propias estimaciones, a un mill√≥n de aut√≥ctonos, conquist√≥ su territorio e impuso en √©l una civilizaci√≥n que, de un modo u otro, ha durado m√°s de dos mil a√Īos.

Sus Comentarios a la guerra de las Galias son una excelente obra literaria. Cicer√≥n dijo de sus comentarios: “son escuetos, directos y llenos de encanto, desprovistos de todo adorno de estilo, como un cuerpo al que se ha quitado su ropaje”. La Guerra de las Galias es tambi√©n el √ļnico relato de primera mano de una campa√Īa antigua escrito por un general de semejante talla. Constituye una fuente de inestimable valor para los historiadores, pero tambi√©n una obra de propaganda poco fiable. Una frase que se atribuye ap√≥crifamente a Winston Churchill tambi√©n podr√≠a atribuirse con facilidad a C√©sar: “La historia ser√° amable conmigo, porque me propongo escribirla”.

Con un ejemplar de la Guerra de las Galias en la mano (aunque en una tablet, no en una tablilla de piedra), The Economist ha reseguido algunos de los pasos de C√©sar utilizando para ello los r√°pidos trenes franceses en lugar de hacerlo con carros de bueyes por unos caminos galos que a√ļn no se hab√≠an beneficiado de la ingenier√≠a romana. No se ha tratado s√≥lo de volver a contar la sangrienta y dram√°tica historia de C√©sar, sino de ver c√≥mo la han puesto en cuesti√≥n los historiadores modernos. Y tambi√©n de preguntarnos qu√© podemos aprender del escritor-soldado-estadista m√°s importante de la historia europea. Tambi√©n nosotros vivimos en un mundo en el que hombres con ej√©rcitos se comportan mal, los pol√≠ticos tergiversan la verdad y no est√° claro qu√© cultura ser√° la dominante en las pr√≥ximas d√©cadas. Estudiar a C√©sar puede ayudarnos a comprender mejor nuestra propia √©poca.

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Un lector perspicaz enseguida se da cuenta de que César difundió noticias falsas dignas de cualquier demagogo moderno. En una batalla, afirma haber destrozado a un ejército de 430.000 germanos sin perder un solo legionario. Dado que no disponía de bombas atómicas, eso parece dudoso.

C√©sar no intentaba escribir una historia objetiva. Su objetivo era aumentar el propio poder. En 58 a. C., en el momento de comenzar la acci√≥n, a√ļn no era el amo de Roma. Formaba parte, junto con Pompeyo (un general) y Craso (un plut√≥crata), de un triunvirato de hombres fuertes. Tras haber derrochado grandes sumas de dinero entre los romanos para obtener popularidad, C√©sar se encontr√≥ muy endeudado. Adem√°s, se enfrentaba a un posible juicio por los delitos cometidos como c√≥nsul el a√Īo anterior, como usar sus soldados para intimidar a oponentes pol√≠ticos.

Una campa√Īa militar supon√≠a una oportunidad para saldar, gracias a los saqueos, todas esas deudas. Y los informes enviados desde la Galia bru√Īeron su reputaci√≥n de brillante caudillo militar. Es probable que, como Charles Dickens, publicara su obra por entregas. Todos los a√Īos enviaba un cap√≠tulo al Senado y lo hac√≠a circular por Roma.

A diferencia de otros autores romanos, se interes√≥ por los no romanos. Ofrece informaci√≥n sobre las culturas que no han dejado relatos escritos propios. “Los funerales son magn√≠ficos y suntuosos en relaci√≥n a la civilizaci√≥n de los galos”, observa. “Los varones tiene poder de vida y muerte sobre las esposas as√≠ como sobre los hijos”.

Se√Īala que los germanos rehu√≠an la agricultura y que prefer√≠an alimentarse de leche, queso y carne; que los hombres se esforzaban en permanecer c√©libes el m√°ximo de tiempo posible, creyendo que los har√≠a m√°s fuertes, y que la mayor gloria era “devastar al m√°ximo los territorios a su alrededor y mantenerlos deshabitados” para eliminar de ese modo todo “temor de una incursi√≥n repentina”. Sin embargo, eran hospitalarios con los invitados.

C√©sar hace generalizaciones escandalosas: “as√≠ como el √°nimo de los galos es impetuoso y pronto para emprender guerras”, escribe, su car√°cter es “sumamente poco resistente para soportar desgracias”. Algunas de sus afirmaciones se basan en escritores anteriores o en rumores. ¬ŅQuemaban de verdad los druidas √≠dolos de mimbre con v√≠ctimas humanas en su interior? No hay pruebas arqueol√≥gicas de semejante calumnia. Hoy se cree ampliamente eso s√≥lo porque C√©sar lo escribi√≥. Y no hablemos de su creencia de que los unicornios viv√≠an en Germania…

No pas√≥ el tiempo suficiente en Gran Breta√Īa para observar gran cosa de sus pobladores, aparte de que eran √°giles aurigas que, “sin provocaci√≥n”, atacaban al ej√©rcito que los invad√≠a.

Dec√≠a que los belgas eran los m√°s valientes de los pueblos galos. Pensaba que eso se deb√≠a a que “ning√ļn acceso a ellos hab√≠a para los mercaderes; que no soportaban que nada de vino ni de las restantes cosas referentes al lujo fueran importadas”. Puede que se refiriera al vino romano, tan apreciado entre los otros galos que un √°nfora pod√≠a ser canjeada por un esclavo. Era un precio asombroso, lo cual daba a entender que para un galo rico una buena bebida val√≠a toda una vida de trabajo ajeno.

A los romanos, dicho sea de paso, les molestaba la costumbre gala de beber el vino solo, en lugar de mezclarlo con agua como los civilizados. Al llegar a Lutecia (“ciudad situada en una isla del Sena”), quien esto escribe se dispuso a comprobar la persistencia de esa b√°rbara costumbre. Por suerte, no se ha perdido.

El rollo suizo

La guerra comenz√≥ con una crisis migratoria. Hoy en d√≠a, los nacionalistas suelen describir la llegada de inmigrantes en t√©rminos de “invasi√≥n”. Aquella s√≠ lo fue. Los helvecios, una tribu de lo que hoy es Suiza, consideraron que en su territorio “era excesivamente peque√Īo”. Quemaron las aldeas para no poder retroceder, reunieron harina para tres meses y partieron con sus carros hacia la Galia transalpina, una provincia romana en lo que hoy es el sur de Francia.

C√©sar vio su oportunidad. O, como √©l mismo dijo, “comprendi√≥ que ser√≠a muy peligroso para la provincia tener un pueblo belicoso, hostil a Roma, establecido cerca de sus ricos maizales”. (C√©sar siempre se refer√≠a a s√≠ mismo en tercera persona.) Cruz√≥ los Alpes, aplast√≥ a los helvecios en la batalla de Bibracte y deport√≥ a los supervivientes, 110.000 de los 368.000 emigrantes originales.

A lo largo de los siguientes nueve a√Īos, conquist√≥ la Galia, una zona que abarcaba la mayor parte de la actual Francia y que hacia el este se extend√≠a hasta el Rin. Tambi√©n combati√≥ a los germanos e invadi√≥ brevemente Gran Breta√Īa. Fue un magn√≠fico estratega, met√≥dico a la hora de asegurar suministros y un h√°bil forjador de alianzas. Sin embargo, no siempre gan√≥. The Economist visit√≥ el lugar de su derrota m√°s famosa.

Fue en Gergovia en 52 a. C. Vercingetórix, un joven jefe de los arvernos, había convencido a varias tribus galas para que se unieran a una revuelta. Su victoria ha sido celebrada en el arte y la literatura franceses, en las cajetillas de cigarrillos Gauloises y por los galos irreductibles de los libros de Astérix.

Desde la fortaleza situada en la cima de su colina, es f√°cil comprender la raz√≥n de la victoria de Vercinget√≥rix. Como dice C√©sar, “puesta en un monte alt√≠simo, ten√≠a todos los accesos dif√≠ciles”. Los guerreros galos ocupaban “todos los cerros de aquella cordillera por donde pod√≠a mirarse, presentaba un aspecto horrible”.

C√©sar instal√≥ dos campamentos: uno grande en terreno llano y otro m√°s peque√Īo en una colina bajo la fortaleza gala. Sus hombres cavaron una larga y profunda zanja para conectar los dos campamentos, de modo que los legionarios pudieran “ir y venir… a salvo de una incursi√≥n repentina de los enemigos”. C√©sar lanz√≥ el ataque principal desde el segundo campamento.

En un soleado domingo de octubre, este periodista subi√≥ por el mismo camino de monta√Īa tras haber hecho una parada para comprar pan y queso de cabra, unas raciones que cualquier legionario habr√≠a reconocido. Como en tiempos de C√©sar, la pendiente es empinada y escabrosa. Las piedras sueltas hacen tropezar a los poco cautos. A cada vuelta del camino hay un arbusto tras el que podr√≠a acechar un arquero. Incluso sin armadura, la caminata fue ardua. Bajo una lluvia de jabalinas habr√≠a sido sin duda peor.

Al cabo de una hora, empapado en sudor y sintiendo que se hab√≠a ganado su raci√≥n mensual de sal, este periodista lleg√≥ al pie de las murallas. All√≠ no fue recibido por sanguinarios guerreros galos empapados de sangre, sino por una familia francesa con dos ni√Īos peque√Īos que hac√≠an un picnic. Estaban all√≠ en parte por la espl√©ndida vista, dijeron, y en parte para aprender historia. Los ni√Īos discut√≠an sobre cu√°l era el mejor libro de Ast√©rix: ¬ŅAst√©rix legionario o Ast√©rix y Cleopatra?

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En la cima se encuentra el Museo de Gergovia, inaugurado en 2019. Los visitantes recorren la meseta, donde unos √ļtiles carteles explican qui√©n acamp√≥ d√≥nde y qui√©n mat√≥ a qui√©n. En el interior hay expositores que describen lo que la arqueolog√≠a moderna ha a√Īadido al relato de C√©sar.

El foso que conecta los dos campamentos romanos es tal y como lo describió César. Unas excavaciones realizadas en la década de 1990 encontraron algunas partes. En sección transversal, la tierra más antigua es más pálida; la tierra acumulada a lo largo de los siglos posteriores forma un triángulo oscuro. Se han desenterrado numerosos artefactos: cascos agrietados, punzantes espadas cortas y enormes flechas disparadas por un escorpión, una ballesta de asedio romana.

Seg√ļn su propio relato de la batalla, C√©sar aparece como un t√°ctico ingenioso. Hace que los muleros se pongan cascos y finjan ser la caballer√≠a para distraer la atenci√≥n de los galos. Para sorprenderlos, mueve a los soldados silenciosamente por su foso. Pierde en gran parte debido a la mala suerte. Algunos de los hombres no oyen una trompeta que les ordena retroceder en un momento crucial. Otros confunden a unos aliados, pertenecientes a otra tribu gala, con hombres de Vercinget√≥rix.

Es evidente que C√©sar minimiza la magnitud de su derrota. Afirma haber perdido 700 soldados, incluidos 46 centuriones. Dado que contaba con entre 20.000 y 45.000 hombres y sufri√≥ una derrota aplastante, esa cifra parece poco probable, se√Īala Fr√©d√©ric Nancel, director del museo. C√©sar culpa a sus subordinados, porque avanzaron m√°s de lo que hab√≠a ordenado. En un discurso despu√©s de la batalla, reprende a los soldados por su indisciplina (“su licencia y arrogancia”).

Resulta imposible saber cu√°ntas de sus excusas son ciertas. Lo que s√≠ sabemos es que se reagrup√≥ y venci√≥ a Vercinget√≥rix algo m√°s tarde, ese mismo a√Īo, en Alesia, otra fortaleza situada en la cima de una colina. Durante siglos los historiadores debatieron d√≥nde se encontraba Alesia. Sin embargo, en 1839 se hall√≥ una inscripci√≥n latina cerca de Alise Sainte-Reine, un pueblo de Borgo√Īa. Rezaba: “IN ALISIIA”. En el siglo XX, las fotos a√©reas confirmaron la existencia de las l√≠neas de asedio que C√©sar construy√≥ alrededor de la meseta. Las t√©cnicas modernas de escaneo l√°ser 3D, capaces de detectar estructuras de piedra bajo el suelo y la vegetaci√≥n, han permitido a los arque√≥logos trazar un mapa de las fortificaciones de C√©sar. Los visitantes pueden ver una reconstrucci√≥n parcial, que incluye zanjas con estacas.

La Batalla de Alesia

C√©sar dice que en el asedio se le uni√≥ Tito Labieno, que acababa de conquistar Lutecia. Las recientes excavaciones lo confirman: se ha encontrado el proyectil de plomo de un hondero con su nombre. Las inscripciones de ese tipo eran comunes y a menudo groseras, “dirigidas a partes predecibles de la anatom√≠a”, como dice la historiadora Mary Beard en su libro SPQR: una historia de la antigua Roma.

C√©sar dice que en el asedio se le uni√≥ Tito Labieno, que acababa de conquistar Lutecia. Las recientes excavaciones lo confirman: se ha encontrado el proyectil de plomo de un hondero con su nombre. Las inscripciones de ese tipo eran comunes y a menudo groseras, “dirigidas a partes predecibles de la anatom√≠a”, como dice la historiadora Mary Beard en su libro SPQR: una historia de la antigua Roma.De un modo que resulta extra√Īo, el museo de Alesia es m√°s grande y antiguo que el de Gergovia. Los pa√≠ses suelen prestar m√°s atenci√≥n a sus victorias que a sus derrotas: la estaci√≥n de Waterloo est√° en Londres, no en Par√≠s. Sin embargo, la conquista de C√©sar ocurri√≥ hace tanto tiempo que los franceses modernos no sienten ning√ļn tipo de resentimiento ante ella, se√Īala St√©phanie Foc√©, que trabaja en el museo de Alesia. De hecho, muchos se ven – acertadamente- a s√≠ mismos como descendientes tanto de los romanos como de los galos.

Napole√≥n III, emperador de Francia entre 1852 y 1870, intent√≥ apropiarse de la m√≠stica de C√©sar y Vercinget√≥rix. Sufrag√≥ las excavaciones de Gergovia y Alesia, y erigi√≥ un enorme bronce de Vercinget√≥rix cerca del lugar donde el jefe galo entabl√≥ su √ļltima batalla. El rostro evoca los rasgos de Napole√≥n III. En el z√≥calo hay una frase inspirada en un discurso que C√©sar atribuy√≥ a Vercinget√≥rix: “La Galia unida, formando una misma naci√≥n, animada por un mismo esp√≠ritu, puede desafiar el universo”.

Palabras arrebatadoras. Sin embargo, César no pudo haber escuchado el discurso del que se extrae esa supuesta cita. Además, los galos de aquella época no se referían a sí mismos como galos, que es una palabra romana. En todo caso, Vercingétorix habría hecho referencia a tribus específicas, como los arvernos y los mandubios. Así pues, César se inventó una cita para que el enemigo pareciera más impresionante y, de ese modo, reforzar su pretensión de dudosa legalidad de gobernar el mundo romano. Dos milenios después, otro golpista, el sobrino de Napoleón Bonaparte, tergiversó la cita falsa (e introdujo un vocabulario decimonónico, el término nación) para presentarse a así como la encarnación de la antigua gloria gala.

En Alesia, los grupos de ni√Īos y pensionistas disfrutan reaprendiendo la historia. No todos los galos llevaban enormes mostachos ni com√≠an muchos jabal√≠es, explica Foc√©. Sin embargo, es posible que comieran perros. Lo siento, Ob√©lix.

Los informes de C√©sar no fueron recibidos de forma acr√≠tica en Roma. Cat√≥n, un senador que lo detestaba, dijo que deb√≠a ser juzgado por las tribus cuyas mujeres y ni√Īos hab√≠a asesinado. El escritor Plinio el Viejo lo acus√≥ m√°s tarde de cr√≠menes contra la humanidad: “no pondr√≠a en modo alguno entre sus t√≠tulos de gloria… haber matado un mill√≥n ciento noventa y dos mil hombres en los combates, un da√Īo tan grande producido al g√©nero humano”.

Sin embargo, muchos romanos quedaron impresionados por sus haza√Īas. Puso bajo control romano enormes extensiones de tierra. Tambi√©n amas√≥ con sus saqueos una gran fortuna (algo que curiosamente los informes no mencionan). Y estaba al mando 40.000 soldados leales y curtidos en las batallas, lo que reforzaba su posici√≥n. De haber renunciado a su mando, no cabe duda de que sus enemigos lo habr√≠an juzgado. En vez de eso, en 49 a. C., cruz√≥ con una legi√≥n el r√≠o Rubic√≥n y entr√≥ en Italia.

Siguieron cuatro a√Īos de guerra civil. C√©sar venci√≥ a Pompeyo y se convirti√≥ en dictador. Nunca se llam√≥ a s√≠ mismo “rey”, una palabra malsonante en Roma, ni tampoco emperador. De todos modos, su triunfo marc√≥ el fin de la rep√ļblica romana, raz√≥n por la cual un grupo de senadores lo apu√Īal√≥ en 44 a.C. Nunca dijo: “¬ŅEt tu, Brute?”. Esa frase es de Shakespeare. Su heredero adoptivo, Augusto, se convirti√≥ en el primer emperador.

El legado de C√©sar es inmenso. Configur√≥ la geograf√≠a pol√≠tica de Europa. Hizo que palabras francesas como libert√©, √©galit√©, fraternit√©, vin blanc y croissant tengan ra√≠ces latinas. Dio al mundo un calendario que refleja con mayor precisi√≥n el tiempo que tarda la Tierra en dar la vuelta al sol y que todav√≠a se utiliza. En ingl√©s, Cristo da nombre a dos d√≠as del a√Īo (Christmas Eve y Christmas Day: Nochebuena y Navidad); sin embargo, Julio C√©sar y su heredero tienen ambos, de modo mucho m√°s general, todo un mes para ellos. Las palabras kaiser y zar derivan de C√©sar.

¬ŅQu√© podemos aprender de C√©sar, adem√°s de un mayor escepticismo ante las palabras interesadas de los poderosos (en especial, cuando hablan de gloria marcial)? Su mundo estaba muy alejado del nuestro y, en muchos aspectos, era horrible. A los beb√©s se los abandonaba en los basureros p√ļblicos; los ni√Īos trabajaban en las minas de plata; la esclavitud se daba por sentada. Sin embargo, Roma tambi√©n ten√≠a virtudes.

Estaba abierta al talento de cualquier parte. Los habitantes de los pueblos conquistados se convert√≠an en ciudadanos romanos. Al igual que en la moderna Uni√≥n Europea, cualquier ciudadano pod√≠a viajar y trabajar en una entidad pol√≠tica de tama√Īo continental. Se trata una raz√≥n crucial que explica por qu√© tantos acabaron aceptando de buen grado el dominio romano y por qu√© el imperio dur√≥ tanto tiempo.

Hab√≠a movilidad social. Los esclavos liberados pod√≠an llegar a ser ricos y poderosos. Se cree que al menos un emperador, Diocleciano, naci√≥ con los grilletes puestos. Otros emperadores proced√≠an de la actual Libia, Serbia y Espa√Īa. Los romanos eran rudos con los b√°rbaros, pero no prestaban atenci√≥n al color de la piel.

Se cree que abus√≥ del poder absoluto y que fue asesinado con justicia‚ÄĚ, escribi√≥ el historiador latino Suetonio refiri√©ndose a C√©sar. En su opini√≥n, el famoso estadista despreciaba la rep√ļblica y hab√≠a recibido honores excesivos, como la dictadura perpetua. Para evitar que se proclamara rey, un grupo de sesenta senadores plane√≥ su muerte. Entre los cabecillas se encontraban antiguos partidarios de Pompeyo, como Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto, a los que C√©sar hab√≠a perdonado y otorgado cargos pol√≠ticos. Los conjurados acabaron con su vida en 44 a. C. Se hizo famosa la frase ‚Äú¬ŅTambi√©n t√ļ, Bruto?‚ÄĚ, que habr√≠a pronunciado al ver entre sus asesinos a Marco Junio Bruto, tradicionalmente presentado como supuesto hijo suyo. Pero no hay certeza de lo primero y lo segundo es imposible: la relaci√≥n entre C√©sar y la madre de Bruto es posterior a su nacimiento. Seg√ļn la leyenda, C√©sar no hizo caso de las premoniciones acerca de su asesinato. Su esposa Calpurnia le pidi√≥ que no acudiera al Senado, porque hab√≠a visto en sue√Īos su cuerpo cubierto de sangre. Ya en la calle, un quiromante le grit√≥ que se cuidara de los idus de marzo (es decir, el d√≠a 15 de ese mes). Poco despu√©s, alguien le dio un papiro que √©l no desenroll√≥. Lo encontraron en su mano cuando ya era cad√°ver: en √©l se le advert√≠a de la conspiraci√≥n y del atentado.

Se cree que abus√≥ del poder absoluto y que fue asesinado con justicia‚ÄĚ, escribi√≥ el historiador latino Suetonio refiri√©ndose a C√©sar.

C√©sar infringi√≥ a menudo la ley. Ahora bien, eso lo podemos decir porque Roma ten√≠a leyes escritas. En otros sistemas pol√≠ticos antiguos, la ley era lo que dec√≠a el jefe, siempre y cuando no transgrediera demasiado las costumbres tribales. Para la mayor√≠a de los habitantes del mundo romano, las leyes escritas facilitaban el trato con los extra√Īos y hac√≠an la vida m√°s predecible. Muchos pol√≠ticos socavan el Estado de derecho, desde Hungr√≠a y Rusia hasta Brasil y Estados Unidos. Los votantes deber√≠an recordar que, cuando cay√≥ el Imperio romano occidental cinco siglos despu√©s de C√©sar, las √©pocas sin ley que siguieron no fueron agradables.

Una √ļltima lecci√≥n de la √©poca cl√°sica consiste en no eludir las decisiones dif√≠ciles. Una de las razones por las que C√©sar pudo hacerse con el poder fue que los jefes militares romanos eran responsables de proporcionar las pensiones a sus veteranos. As√≠, los legionarios que se hab√≠an pasado nueve a√Īos luchando por C√©sar en la Galia ten√≠an un enorme inter√©s econ√≥mico en su futuro control del poder. Le eran leales a √©l, no a Roma.

Se trata de un sistema terrible, como pueden atestiguar los ciudadanos de los pa√≠ses en los que hoy proliferan las milicias privadas, desde Irak hasta Birmania. Augusto le puso fin e hizo que el gobierno central se responsabilizara de las pensiones de los militares. Cost√≥ una fortuna: m√°s de la mitad de los ingresos fiscales anuales del imperio, seg√ļn una estimaci√≥n. Sin embargo, la medida trajo la paz. Los actuales dirigentes pol√≠ticos, que corren a esconderse a la primera menci√≥n de una reforma de las pensiones (por no hablar de un impuesto sobre el carbono), deber√≠an prestar atenci√≥n. Carpe diem.


La Vanguardia




Fuente: Grupotortuga.com