January 26, 2021
De parte de Briega
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El 20 de enero de 1866, L茅opold Louis T眉rck, doctor en Medicina, antiguo representante del pueblo y miembro del Consejo General del Departamento de los Vosgos, dirigi贸 una petici贸n al Senado franc茅s donde denunciaba como in煤til y desastrosa la pr谩ctica del aislamiento de los locos en los manicomios. Despu茅s de afirmar que los hospitales psiqui谩tricos eran una f谩brica de cad谩veres y alienados, sostuvo que se practicaba el aislamiento y no se daban altas para favorecer el negocio de los propietarios y poner a salvo la reputaci贸n de los m茅dicos.

Si no fuera por la fecha del informe, uno creer铆a estar en la d茅cada de los a帽os setenta del siglo pasado defendiendo las ideas de la antipsiquiatr铆a y promoviendo con ellas la reforma psiqui谩trica. Pero no se trata de esto, sino de una prueba notoria de que la psiquiatr铆a cr铆tica ha existido pr谩cticamente desde los comienzos de la disciplina. La llamada antipsiquiatr铆a no fue sino una variante de la misma que sedujo a algunos europeos en la segunda mitad del siglo xx. No trataba de destruir la especialidad, como defendieron las corrientes m谩s conservadoras, sino de enderezarla, dignificarla y volcarla en defensa de las libertades y los derechos de los pacientes.

Buena prueba de lo que digo podemos encontrarla si avanzamos otros cincuenta a帽os y nos situamos en los comienzos de nuestra d茅cada. Ahora observamos los mismos problemas que nos refieren los antiguos: exclusi贸n de los locos, terap茅uticas agresivas, cronificaci贸n iatrog茅nica, lucha por la legitimaci贸n de la especialidad. Y sin necesidad de avanzar tanto, de la lectura de las conferencias brasile帽as de Basaglia, pronunciadas en 1979, monumento racional y moral de la psiquiatr铆a libre, deducimos que podr铆a haberlas dictado estos d铆as sin perder actualidad y acierto cr铆tico. Incluso cabr铆a considerarlas m谩s oportunas que nunca.

Agentes de libertad o agentes del Estado

La psiquiatr铆a es una especialidad sanitaria incluida con calzador en los estudios de medicina, en tanto que el psiquiatra es un m茅dico profesionalmente acomplejado que, para ocupar su puesto, tiene que demostrar un empirismo exacerbado que en el fondo desprecia y le irrita. Preso entre el materialismo cerebral, que le conduce a la neurolog铆a, y el subjetivismo potencial, que le asimila al psic贸logo, no sabe a qu茅 carta quedarse y nunca encuentra acomodo. Si trabaja en la comunidad teme ser absorbido por los servicios sociales y acabar haciendo m谩s apoyo y acompa帽amiento que medicina, y si arrima el hombro en equipo teme perder personalidad y jerarqu铆a.

Dedicarse a la psiquiatr铆a supone asumir cierta dosis de mala conciencia. Todos, m谩s o menos pronto, acabamos haciendo alguna intervenci贸n que nos repugna, y que hay que aprender a encajar y reconocer, mejor que ocultar, disfrazar o justificar precipitadamente. No nos gusta entender que, am茅n de curar enfermedades mentales o, mejor dicho, cuidar del sufrimiento ps铆quico de algunas personas, sin necesidad de hacer valoraciones nosol贸gicas, somos tambi茅n agentes del orden social. Y as铆 nos utiliza el Estado. Y conviene aceptarlo y saberlo, pues solo de ese modo podemos neutralizar o al menos sopesar los posibles excesos del requerimiento social. No hay que dar por supuesto que nuestra intervenci贸n es correcta, aunque sea a todas luces desproporcionada, bajo la excusa del mandato recibido. Incluso puede suceder que, si no andas con cuidado, acabas haciendo m谩s trastadas de las necesarias. No es infrecuente que el psiquiatra le coja gusto al gatillo y se vuelva m谩s papista que el papa, es decir, m谩s cruel y restrictivo de lo que se le solicita o se precisa.

De esta suerte, el m茅dico psiquiatra, que ante todo debe de ser un agente de libertad, queda obligado a compaginar su tarea emancipadora con otra funci贸n coactiva y represora. En este dif铆cil equilibrio no es de extra帽ar, conociendo la condici贸n humana, que no pocas veces al alienista se le d茅 mejor reprimir que liberar, puesto que es mucho m谩s sencillo. Trabajar a favor del orden y el control de los dem谩s es m谩s f谩cil que promover la tolerancia y la libertad, misi贸n que exige m谩s esfuerzo y contrae muchos m谩s riesgos personales y profesionales.

La mala fama en este sentido de los psiquiatras se debe, l贸gicamente, al resultado negativo de estas contradicciones. Y la figura t茅cnica de cada uno de nosotros acaba definida en este cruce de caminos por la inclinaci贸n dominante de nuestra pr谩ctica. Hay quien en caso de duda apuesta siempre que puede por la libertad, y quien si no lo ve claro se inclina por el ingreso involuntario, la sedaci贸n preventiva y la contenci贸n mec谩nica.

Esta encrucijada cotidiana se inserta profundamente en el alma y el dise帽o de la profesi贸n. Tanto la violencia que se ejerce, voluntaria o involuntariamente, como la estrecha relaci贸n que mantiene con la administraci贸n de justicia, curiosamente inseparable de su actividad, comportan dos figuras que acompa帽an nuestras pr谩cticas como si fueran sus guardaespaldas. Recordemos que cuando naci贸 la psiquiatr铆a se incorpor贸 a las especialidades m茅dicas escondida en el caballo de Troya de la psiquiatr铆a forense, ejerciendo su pericia en los juzgados antes que en los hospitales. Con estos antecedentes, no resulta azaroso o gratuito que sea la 煤nica especialidad que ingresa a sus pacientes contra su voluntad, lo que le obliga a someterse a vigilancia judicial. A menudo olvidamos que el juez acude a las unidades de internamiento no a comprobar la locura del internado sino a prevenir los excesos del psiquiatra contra los derechos humanos y constitucionales del alienado. Este es al menos el esp铆ritu de la ley, que con frecuencia se oculta y se oscurece no solo por parte del m茅dico psiquiatra sino del propio juez, que empieza a ver en el psiquiatra no a un sospechoso sino a un colaborador ilustrado, hasta el punto que sus visitas pueden convertirse en una pr谩ctica rutinaria solo pendiente de las exigencias burocr谩ticas.

El oscurecimiento de la profesi贸n

La psiquiatr铆a naci贸 con un gesto fundante liberador, la rotura de las cadenas del asilo franc茅s a principios del siglo xix. Su inspiraci贸n redentora persiste afortunadamente y revive en el esp铆ritu de todas las psiquiatr铆as cr铆ticas existentes. Pero l贸gicamente, enseguida se hizo acompa帽ar, como ha sucedido siempre en la historia de la civilizaci贸n, de otro gesto de barbarie 鈥揺l encierro y el control鈥 que tiende a imponerse en cuanto puede. No es sorprendente, por lo tanto, aunque no deja de extra帽ar e incluso de indignar, que la profesi贸n haya conocido dos premios nobeles que en vez de realzar su tarea la afean y retuercen. Me refiero al invento de la malaroterapia, de la infecci贸n terap茅utica con el par谩sito pal煤dico, que le vali贸 el galard贸n a su inventor, Wagner von Jaureeg, en 1927, y tambi茅n al invento de la lobotom铆a por el neurocirujano Egas Moniz, premiado a su vez con el Nobel en 1949. Es triste que nuestras mayores condecoraciones oficiales se reduzcan a infectar a los locos con el paludismo, para abatirlos con la fiebre, y a seccionar quir煤rgicamente los l贸bulos cerebrales para fabricar idiotas sobrevenidos y ostentosos.

Junto a estos riesgos de violencia estructural, hay otras sombras iatrog茅nicas que empa帽an la psiquiatr铆a y deslucen su tarea. La principal es su gran capacidad para generar cronicidad en todo cuanto aborda. El mal m谩s importante que causamos tiene que ver con la tendencia a prolongar artificialmente el estatuto de enfermo de las personas. Esta aptitud se ha hecho manifiesta desde los or铆genes de la especialidad, pues, como si estuvi茅ramos arrepentidos por la manumisi贸n del enajenado que lleva el sello de Pinel, en cuanto echamos la garra a un loco nos cuesta soltarle y nos refugiamos en atribuir a su hipot茅tica enfermedad la t贸rpida evoluci贸n a la que nosotros mismos le inducimos y forzamos.

Podemos aislar tres causas explicativas de esta sombra amenazante que ennegrece nuestra labor. La primera reside en la existencia de los antiguos manicomios, donde se ingresaba a las primeras de cambio pero se sal铆a con dificultad. En ellos se construy贸 la psicopatolog铆a cl谩sica, cuyas apreciaciones sobre la prolongaci贸n y el mal pron贸stico de las llamadas enfermedades mentales han contaminado las clasificaciones dsm actuales. Aquellos psiquiatras antiguos, tan represores pero tan estudiosos por otra parte, trabajaban sobre alienados presos, cautivos en los hospitales, obligados a encierros de gran potencia corrosiva. Sobre ellos se construy贸 la nosolog铆a inicial y, sin tener en cuenta la influencia en sus conceptos del elemento asilar, por s铆 mismo destructivo y empobrecedor, se calific贸 gran parte de las psicosis como susceptibles de evolucionar hacia la demencia precoz. Deterioro artificial y de causa ambiental, vinculado estrechamente a la institucionalizaci贸n, que no ten铆a nada que ver en principio con las dificultades propias del sujeto ni con la evoluci贸n intr铆nseca de la supuesta enfermedad.

El segundo motivo remite a la identificaci贸n de la enfermedad con la condici贸n particular de cada uno. En este caso, bien guiados por una causa de contenido biol贸gico, o bien por la arquitectura subjetiva, se concluye que no se tiene ese padecer que llamamos 芦psicosis禄 sino que se es 芦psic贸tico禄. De esta desviaci贸n identitaria se deduce la duraci贸n prolongada o permanente de la afecci贸n. Sin embargo, el planteamiento est谩 desenfocado, pues no se trata tanto de dirimir si un psic贸tico lo es o si una psicosis se tiene, sino de admitir que se pueden experimentar s铆ntomas psic贸ticos sin haber necesitado ning煤n auxilio m茅dico o psicol贸gico ni romperse interiormente durante la experiencia. El alienado no est谩 sometido a un destino predeterminado que acabar谩 fatalmente expres谩ndose bajo el modelo de la enfermedad. La mayor parte de ellos viven entre nosotros 鈥搊 lo somos nosotros mismos鈥 pasando desapercibidos, y s贸lo somos detectables, si se diera el caso, por alguna rareza y cierta inclinaci贸n a la soledad. A ese anonimato psicopatol贸gico precisamente es donde debemos devolver desde nuestras consultas a las personas con experiencias psic贸ticas, si esta conducci贸n est谩 a nuestro alcance y si queremos liberarlas realmente sin hacerlas pasar por las horcas caudinas de la tutela, la dependencia, la minusval铆a y la incapacidad.

Incluso no es un ideal menor, o pasado de raya, la perspectiva de rescatarlas de las clasificaciones nosol贸gicas, como se ha hecho con la homosexualidad y la transexualidad, admitiendo sin atribuci贸n patol贸gica su diferencia y su anormal normalidad. Y aprovechar de paso la ocasi贸n para corregir la costumbre de elevar los diagn贸sticos a una figura de identidad, dejando que sea cada individuo quien se identifique si quiere o lo necesita con alg煤n s铆ntoma 鈥搒oy depresivo, soy ansioso, soy delirante, etc.鈥 sin que se lo imponga la psiquiatr铆a desde que le reconoce y le nombra.

El tercer elemento de cronicidad, que ensombrece tambi茅n nuestro quehacer, lo encontramos en el concepto de adherencia al tratamiento, que no alude a la continuidad de apoyo y acompa帽amiento durante el tiempo que se necesite, sino a la constancia ininterrumpida del tratamiento psicofarmacol贸gico. El t茅rmino de adherencia comprende dos prejuicios interesados: el de confundir el tratamiento con la prescripci贸n de un f谩rmaco, al que reduce su vocaci贸n terap茅utica, y el de asimilar la prescripci贸n del psicof谩rmaco con el h谩bito de tomarlo indefinidamente, ya sea con 谩nimo directamente curativo o como herramienta preventiva a largo plazo.

La constancia de estas oscuridades, tal y como las hemos expuesto, exige humanizar de continuo la profesi贸n. No hay descanso posible para este cometido. Cada 茅poca lo hace y lo har谩 con su estilo propio y sobre los abusos que considere m谩s perniciosos. Sin duda, hoy nos corresponde derribar los 铆dolos del positivismo, la escandalosa y sofocante idolatr铆a de la ciencia, y al tiempo reconocer, como quer铆a Basaglia, que el problema no es tanto reeducar al enfermo como rehabilitar al psiquiatra.




Fuente: Briega.org