May 19, 2022
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La escena se produce en el patio de un colegio de Andalucía. Es por la tarde, la primera fiesta de la primavera desde que llegara la pandemia. Madres, padres, niños, niñas, corretean de un lado a otro, participan en las actividades organizadas por el alumnado, que este año, por fin, hará el viaje de fin de curso. Salen música y jolgorio de los altavoces. Los más pequeños van disfrazados: un loro, una nube con un arcoiris, una Frozen, un astronauta… â€œEse niño es el niño que ha venido de la guerra”, dice un grupo de amigos de entre seis y siete años con el pelo recién pintado con sprays de colores. Se acercan a él, que va con ropa de calle y está comiendo palomitas en un cartucho. La madre del niño, en un idioma que probablemente solo las madres puedan entender, intenta que se acerque a los que ahora, no se sabe por cuánto tiempo, serán sus amigos. 

El grupo le dice en inglés que vaya a jugar con ellos. Pero el niño que ha venido de la guerra, que entiende perfectamente ese idioma además del suyo, mira hacia arriba, por encima de las canastas de baloncesto, como si lo que no entendiera fuera qué está haciendo ahí, bajo ese cielo, en ese patio a miles de kilómetros del suyo, con unos niños que no son sus amigos –de los que tal vez se despidiera, o tal vez no–, sin la mascarilla que solo unos meses atrás seguramente llevaba puesta. Los niños del sur de Europa continúan saltando en la fiesta, como si no entendieran tampoco por qué el niño de la guerra no quiere jugar, por qué ha venido, por qué hay una guerra.

La invasión rusa de Ucrania ha pillado a Occidente con Iraq, Kosovo o Afganistán como lejanas estampas; hablando de algoritmos y de ciberguerras; con mascarillas y dosis de vacuna de recuerdo… La guerra de Ucrania nos ha pillado cuando nos reíamos y hacíamos memes de la mesa extragrande en torno a la que se reunieron el recién reelegido presidente Macron y el todavía presidente ruso Putin. Nos ha pillado como al niño ucraniano y a los niños españoles, absolutamente desprevenidos, desconcertados, sin imaginar que podía estallar una nueva guerra en Europa. Del Donbás, de 2014, la ciudadanía en general ha comenzado a enterarse ahora. Una guerra, aquí mismo, en Europa. No en Yemen, ni en Palestina, ni en Siria, ni en el Sáhara. Aquí, una guerra del siglo XX en pleno siglo XXI, y que incluso entre quienes saben de geopolítica o trabajan con ella han observado, en muchos casos, desde el anonadamiento o la incredulidad. 

«Ha sido un giro inesperado de los acontecimientos, porque desde una perspectiva absolutamente pragmática, Rusia no tiene nada que ganar con esta decisión. Y no solo no tiene nada que ganar, sino que, además, tiene un efecto, entiendo que no deseado desde el Kremlin, que es el de dotar de una mayor unidad y cohesión tanto a la OTAN como la Unión Europea. Si uno de los principales objetivos de Putin era dividir a sus adversarios, desde luego este movimiento consigue todo lo contrario», resume en una entrevista publicada en Jotdown la profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid Ruth Ferrero-Turrión.

Pero el hecho es que ha sucedido. El niño ucraniano ha venido de la guerra. Y, pese al espejo que este conflicto nos está poniendo por delante, continuamos sin entender –en ocasiones, sin querer entender– muchas cuestiones que nos afectan o terminarán afectándonos. «La confrontación es una sentencia de muerte para la especie, sin vencedores. Estamos en un momento crucial de la historia de la humanidad. No se puede negar. No se puede ignorar», reflexiona el filósofo y lingüista Noam Chomsky en una reciente entrevista concedida a Truthout y recogida por Ctxt

¿Qué cifras conocemos?

Comencemos por las cifras de muertos, que son, al fin y al cabo, lo que más nos puede llamar la atención cuando no nos apetece profundizar en las miserias reflejadas. Â¿Sabemos realmente qué está pasando? Desde el pasado 24 de febrero, cuando Putin inició la invasión de Ucrania, y hasta el 27 de abril, 2.787 civiles han sido asesinados, según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos: 912 hombres, 611 mujeres, 61 niñas y 74 niños, además de 67 menores y 1.062 personas adultas más cuyo sexo es desconocido por el momento. 

El dato de heridos, por otra parte, asciende a 3.152 (365 hombres, 296 mujeres, 66 niñas y 73 niños, además de 163 menores y 2.189 personas adultas cuyo sexo es desconocido por el momento). La mayoría de las muertes documentadas se debieron a armas explosivas: bombardeos de artillería y cohetes, misiles y bombardeos aéreos. El Alto Comisionado, no obstante, considera que las cifras reales son mucho mayores puesto que hay muchas zonas a las que no se puede acceder. «Hoy en día aún se desconocen muchas cifras. Se mantienen en secreto: tan monstruosas son«, escribía la periodista y Nobel de Literatura Svetlana Alexievich en sus imprescindibles crónicas del futuro, recogidas en Voces de Chernóbil. 

El profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla Miguel Vázquez Liñán, experto en los estudios de teoría e historia de la propaganda en la antigua Unión Soviética, incide en esa idea: «Hay muchas más incertidumbres que certezas sobre lo que ocurre sobre el terreno. No tenemos claro el número de víctimas y prisioneros o la calidad del control que tiene el ejército ruso sobre las zonas ocupadas, así como las posibilidades de resistencia de Ucrania. De hecho, aunque parece claro que la guerra no está yendo como le hubiese gustado a Putin, hay muchas dudas sobre los objetivos actuales del presidente ruso». Y añade: «Tampoco es fácil entender con nitidez lo que ocurre dentro de Rusia, desde donde ya es imposible informar con rigor. Todos los medios que no compartían la visión oficial han sido cerrados y buena parte de los periodistas críticos han huido del país». 

Quién no recuerda la imagen de Marina Ovsiannikova, la periodista que irrumpió en la televisión pública rusa con una pancarta que decía: «No a la guerra. Detengamos la guerra. No os creáis la propaganda. Os están mintiendo. Rusos contra la guerra». En Europa, Josep Borrell anunció un “mecanismo para sancionar actores nocivos que desinforman” en la UE. Y la UE prohibió la difusión en su territorio de los medios estatales rusos Sputnik y Russia Today (RT).

La ONU calcula que este 2022 podrán alcanzarse los 8,3 millones de personas que, como el niño que ha venido de Ucrania, han dejado atrás sus hogares. Hasta finales de abril, más de cinco millones habían huido del país, casi tres millones están en Polonia. Más de un millón han regresado desde que la guerra comenzase. 

La doble vara de medir 

Y este es uno de los destellos que nos impactan en la cara, uno de los motivos por los que la población en general en Occidente puede ver esta guerra de manera distinta, con otros ojos, porque vemos iris azules, cabellos claros, rostros más similares a los nuestros. «No creo que haya dos guerras iguales, así como tampoco dos completamente diferentes. Hay lugares comunes y diferencias en todas ellas. Por otra parte, el doble rasero es la norma, y no la excepción, en las relaciones internacionales, también en lo que respecta a la cobertura de las guerras. Hay otros conflictos de los que poco se habla, eso es evidente, entre otras cosas por cómo funciona el sistema de medios internacional, muy concentrado en pocas manos y con una agenda política que privilegia ciertos temas», explica el profesor Vázquez Liñán. 

Pedro Sánchez, en su visita a Ucrania el pasado abril. Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa

La investigadora asociada de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs) Carmen Claudín, que insiste en que el Kremlin «ha desarrollado un arte para invertir los papeles y la realidad de un modo increíble –«el agresor es el agredido, el amenazador es el amenazado, no es una guerra, es una operación militar especial»–, introduce este matiz: «No estoy de acuerdo con la idea de que, por el hecho de que nos preocupemos más por esta guerra, no nos preocupemos de las demás que hubo. Cuando Siria, no se hablaba de otra cosa. Lo que hay detrás de esta idea es que solo nos preocupa aquello que es europeo, blanco y homologable. Es una idea muy compartida en ciertos sectores de la izquierda y no se ajusta a la realidad. Lo que pasa es que es una guerra que está ocurriendo literalmente en nuestras puertas, y lo más grave desde la II Guerra Mundial. Y en este caso, como ciudadanos europeos, tenemos mucha más capacidad para conseguir que nuestros gobiernos actúen de determinada manera, que te oigan más que con Siria o Etiopía». 

Además, han entrado en juego las armas nucleares. Cuando el miedo inicial comenzaba a decaer según pasaban los días, resurgió, como un resorte, al escuchar las palabras Chernóbil y, sobre todo, Zaporiyia, la central más grande de Europa, ambas tomadas por Rusia.  

Otra cosa distinta, afirma la experta, es la política de asilo. El Ministerio del Interior ha tramitado, resuelto y concedido 74.965 protecciones temporales a personas desplazadas por la guerra en Ucrania. Todas las protecciones conllevan el permiso de residencia y, para los mayores de edad, de trabajo. “Está claro que cuando hay voluntad política las cosas se pueden hacer de otra manera. Esperamos que esta medida se aplique en caso necesario en otras emergencias humanitarias provocadas por conflictos u otros motivos que provocan grandes desplazamientos forzosos”, reclama la directora de Políticas y Campañas de CEAR, Paloma Favieres, cuya organización publicó en abril los datos de solicitudes de asilo correspondientes a 2021: de las 69.891 resoluciones que hubo el año pasado, solo 7.371 fueron favorables. Se ha producido una mejora con respecto al caso de Mali, con más de un 82% de peticiones aceptadas. Sin embargo, cada vez menos personas de Siria, Yemen o Palestina solicitan asilo en España debido –argumenta CEAR– a la política de visados de tránsito que impone el Estado a las personas que vienen de estos países, con situaciones de conflicto prolongado.

Ocurre también con las armas. En su reciente visita a Kiev, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció el mayor envío de equipamiento bélico hasta la fecha. Así, a finales de abril, partió desde España el buque de transporte logístico Ysabel, con 200 toneladas de material militar y 30 camiones y 10 vehículos ligeros. Desde que comenzó la guerra, el gasto militar español ha aumentado en 1.524 millones de euros.  Y aún lo hará más. El pasado 29 de abril, Sánchez anunció a Bruselas que alcanzará el 1,2% del PIB en 2025 con el objetivo de llegar en 2030 al 2% que exige la OTAN. La resistencia a dejar de exportar armas a países como Arabia Saudí permanece intacta.   

La escalada armamentística 

El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI por sus siglas en inglés), fundado en 1966 con motivo de los 150 años de paz ininterrumpida en Suecia, calcula en un estudio publicado el pasado abril que el gasto militar mundial en 2020 fue de casi dos billones de dólares, el nivel más alto desde 1988. En 2020, ese gasto fue un 2,6% superior al de 2019 y un 9,3% mayor que en 2011. Con respecto al PIB mundial, aumentó 0,2 puntos porcentuales, hasta el 2,4%. «Este incremento se debió en gran parte a que la mayoría de los países del mundo registraron graves recesiones económicas relacionadas con la pandemia, mientras que el gasto militar siguió aumentando en general», indica el estudio. Encabezan la lista EEUU (con 778.000 millones de dólares, un 4,4% más que en 2019), China (252.000 millones, un 1,9% más), India (72.000 millones, un 2,1% más), Rusia (61.700 millones, un 2,5% más) y Reino Unido (59.000, 2,9%). Juntos representaron el 62% del gasto militar mundial. 

«Los pronósticos son claros, la prioridad en políticas públicas, una vez más, no serán los cuidados, no serán las políticas sociales”, denunció en la presentación de este informe la presidenta del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, Nora Miralles. Todos los países en el top 15 –España ocupa el puesto 17 con 17.000 millones y se mantiene en torno al 1,4% del PIB– tuvieron mayor gasto militar en 2020 que en 2011, con la excepción de EEUU (-10%), Reino Unido (-4,2%) e Italia (-3,3%). El incremento del gasto militar en China hasta el 76% fue el mayor entre los 15 principales en esa década. En el caso de Rusia, el gasto solo disminuyó en 2017 y 2018. Antes de 2017, había aumentado durante 18 años consecutivos. En la década de 2011 a 2020, el dato se incrementó en un 26%. Ucrania, por su parte, ocupa el puesto 34, con 5.900 millones de dólares, según las estimaciones de SIPRI. Esa cifra supuso un 11% más con respecto a 2019 y un 198% en una década.  

El gasto militar de los miembros de la OTAN ascendió a más de un billón de doláres en 2020. Para la organización de la próxima cumbre, que se celebrará en Madrid este junio, el Consejo de Ministros, donde también han surgido desavenencias entre los socios de gobierno a cuenta de Ucrania, aprobó dos partidas que suman 31.708.630,63 euros. «Putin ha conseguido cosas que hasta hace dos meses eran impensables. La OTAN, de hecho, tendría que darle una medalla, porque la ha hecho revivir. Estaba en búsqueda de su razón de ser y, de repente, puede ser útil. Ha conseguido que se armaran los países vecinos que no lo estaban, donde no había ni un satélite de la OTAN», explica la investigadora Claudín.

Suecia y Finlandia tenían previsto presentar este mismo mayo sus solicitudes de adhesión. Según algunos de los últimos sondeos, el 68% de la población finlandesa apoya su entrada, más del doble que antes de la invasión de Ucrania. En Suecia, aunque en un menor porcentaje, el apoyo también es mayoritario. La OTAN ha pasado de los 12 miembros fundadores en 1949 a 30 países predominantemente europeos en la actualidad en un curso hacia el este interpretado por el presidente ruso como una afrenta. “Cualquier otro movimiento de la OTAN hacia el este es inaceptable”, dijo en diciembre pasado. 

«La OTAN lo que hizo muy bien fue vender que la integración en su estructura era una fase necesaria para el proceso democratizador, lo que incluye la institucionalización del Estado de Derecho, algo sin lo que sería imposible tener una perspectiva europea de ningún tipo, pero, sin duda, otro de los factores que atrajo a la incorporación de estos países a la Alianza Atlántica fue el miedo a una potencial agresión rusa», explica Ferrero-Turrión en la entrevista citada al principio.

«Todo experto de la UE y de los procesos de integración saben que los países de la Europa central que entraron en la OTAN no fueron países a los que hubiera que reclutar. Al revés. En la OTAN estaban muy reticentes a facilitar esa entrada. Yo he asistido a varias reuniones en las que se expresaba la preocupación de cómo se lo iba a tomar Rusia. Y estos países son países soberanos, tienen derecho a querer integrarse en la organización internacional que les parezca mas idónea. El mismo derecho que Rusia», expone Claudín. «El imperialismo de EEUU no implica tener que defender el imperialismo de Putin. O los denuncias a los dos o a ninguno. No hay una política imperialista buena y otra mala», concluye. 

¿Cómo está funcionando la propaganda? «La propaganda de Putin al interior de Rusia muestra una guerra entre nazis ucranianos, representados como marionetas de EEUU, y el glorioso y heroico Ejército ruso que libera poblaciones, proporciona ayuda humanitaria y reconstruye las ciudades arrasadas por los propios ucranianos. Y lo hace en un tono militarista de una agresividad que sobrecoge –argumenta Vázquez Liñán–. Al exterior, está intentando dividir a las audiencias extranjeras y liderar el antiamericanismo existente a nivel internacional y fundamentado en la agresividad de la política internacional de EEUU. Putin sabe que su modelo político no se vende demasiado bien fuera de sus fronteras, así que su propuesta es presentarse como el defensor mundial de los descontentos con esas políticas. En otras palabras: para combatir el imperialismo estadounidense, el Kremlin nos ofrece más imperio».  

Poner el foco en EEUU

Personalidades en la izquierda como el director de cine Oliver Stone, quien ha producido el documental Ucrania en llamas (2021), optan por poner el foco sobre los EEUU, como recoge eldiario.es. «La CIA ya había hecho golpes de estado antes de lo de Kennedy y los ha hecho después. Cambio de regímenes, eso lo hacemos muy bien. Lo hemos hecho en Ucrania en 2014, eso fue un golpe de Estado que derrocó a un presidente elegido democráticamente porque dijeron que era prorruso y pusieron a un antirruso que legisló en contra de Rusia, lo que nos ha llevado a la represión, a los asesinatos en el Donbás y a la situación actual. EEUU tiene lo que quiere, un país invadido por nosotros”, dijo en la presentación en Barcelona de su nuevo documental sobre el presidente John F. Kennedy, cuya teoría es que fue asesinado por no querer la guerra. «Hay que huir del cuento de Hollywood de que el motivo de todo es la maldad de Putin», ha dicho recientemente en una entrevista con La Directa el periodista Rafael Poch.

La guerra, en cualquier caso, como afirma Vázquez Liñán, ha puesto en evidencia cómo el propio modelo capitalista y de consumo en el que vivimos nos lleva, por ejemplo, a tener relaciones con países que no respetan los derechos humanos, como Arabia Saudí, a dar un giro repentino y radical en la política respecto a Marruecos y el Sáhara Occidental, y a depender de gobiernos como el de Putin: «Con el que, dicho sea de paso, llevamos haciendo negocios sin interrupción desde hace 22 años». 

El profesor se fija, además, en las contradicciones: «Que no son pocas, tanto en lo personal como en lo que respecta a las relaciones internacionales. Queremos el gas ruso, pero también que Rusia se porte como nos gustaría, y eso no parece fácil. Nos parece bien ayudar a Ucrania, pero a cambio le pedimos a Zelenski que sea el adalid de la democracia y que no se permitan excesos nacionalistas mientras las bombas siguen cayendo en su país… La guerra no es el mejor marco para la discusión sosegada y la moderación: ¿no camparía a sus anchas el nacionalismo extremo en España si nos invadiera otro país?». 

La escalada de los precios de los carburantes ha sido uno de los impactos de la guerra. XAVI LÓPEZ / SOPA IMAGES / SIPA USA

La dependencia energética es, sin duda, uno de los temas que han aflorado con la invasión, lo que nos lleva a su vez a otro asunto que los gobiernos no terminan de querer entender: la crisis climática. Desde que empezó la guerra, los ingresos de Rusia por las exportaciones de carbón, petróleo y gas ascienden a 63.000 millones de euros. Es decir, los combustibles fósiles son la principal fuente de financiación de Moscú en la invasión. 

Según el Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio, la Unión Europea aglutina el 71% de ese total, con un valor aproximado de 44.000 millones de euros. Por países, Alemania es el mayor importador, al haber gastado desde febrero 9.100 millones de euros por los combustibles fósiles rusos. Le siguen Italia (6.900 millones), China (6.700 millones), Países Bajos (5.900 millones), Turquía (4.100 millones) y Francia (3.800 millones). España figura en el octavo puesto, por detrás de Bélgica. El Gobierno le ha dado a Rusia por sus combustibles 1.900 millones de euros.

Neoliberalismo 

Durante estos primeros meses de la invasión, hemos podido comprobar, también, la importancia de la soberanía alimentaria. “Hay que apoyar un modelo agrícola basado en la complementariedad de la ganadería y los cultivos, ya que es la única forma de garantizar la fertilidad del suelo a largo plazo”, manifestó Fergal Anderson, de la Coordinadora Europea Vía Campesina. Rusia y Ucrania representan el 25% de las exportaciones mundiales de trigo y, entre los grandes perjudicados por el encarecimiento de los precios, se sitúan África y Oriente Próximo. 

De fondo, de nuevo, aparece el neoliberalismo. «La guerra ha dejado al descubierto la estructura económica de Ucrania en la que, como en otras ex repúblicas soviéticas, han enraizado las prácticas y políticas más neoliberales, como son la industria de los vientres de alquiler, el uso de las criptomonedas, la exportación de mujeres para la trata con fines de explotación sexual o una corrupción endémica que atraviesa todas las facetas de la vida pública y privada de este país», resume la reportera Patricia Simón, enviada especial de La Mareaen una de sus múltiples crónicas sobre el terreno

Ahora ya estamos avisados: «Igual que nos indignó en 2003 la invasión estadounidense de Iraq en 2003, nos debería indignar la de Ucrania desde 2014: es un crimen que hay que ayudar a detener. Eso sí, el mensaje que nos envía esta guerra es el de todas las demás: que no hay que empezarlas, porque siempre pierden los pueblos», concluye Vázquez Liñán. Ahí está, por ejemplo, el niño ucraniano que ha venido de la guerra. 

Con información de Patricia Simón.




Fuente: Lamarea.com