December 24, 2021
De parte de Nodo50
153 puntos de vista

Esta tarde, mientras llevaba una carga de libros al
contenedor de reciclaje, me dio por pensar en mi relación con la letra impresa.
Fue como si el tiempo se detuviera y yo mirara a una cámara imaginaria mientras
decía «Sí, ese soy yo. El que tira libros. Os preguntaréis cómo he acabado aquí».
Vale, en realidad no ha pasado nada de eso, pero lo que sí es cierto es que en
los últimos meses he bajado al contenedor kilos y kilos de libros viejos. Y
ello me suscita una serie de reflexiones.

Sin entrar en muchos detalles, yo nací en un entorno de
clase media ilustrada. Abuelos con buen pasar económico, padres universitarios,
todo el mundo muy rojeras (votar al PSOE era un baldón y un oprobio), omnipresencia
de la lectura. En este entorno, destruir un libro se consideraba casi un
pecado. Se decían cosas como «Quien le hace daño a un libro es capaz de quemar
su casa con toda su familia dentro». Los libros se compraban, se leían, se
comentaban y se almacenaban sin mayor cuestionamiento: era lo que se hacía. Por
supuesto, también se usaban las bibliotecas y los préstamos entre amistades.

La devoción a la letra impresa era total, y yo la asimilé
como todo crío asimila las cosas que se hacen en su familia: con absoluta
normalidad. Así, de adolescente frecuentaba librerías de segunda mano y
habitaba las bibliotecas, deplorando a esos incultos que iban a estos últimos
establecimientos a usar Internet o a sacar en préstamo DVD en vez de libros. ¡Cuánto
mejor era yo, sacando tomos impresos! Las historias que contenían podían ser
infames o pésimas, pero eran libros impresos; por tanto, superiores,

Cuando aparecieron los libros electrónicos yo me posicioné
muy fuerte en el debate: los libros de verdad eran los impresos; los otros serían,
en todo caso, un sustituto más o menos pobre dependiendo del modo de lectura
del archivo en cuestión. ¿Razones? No demasiadas. Desconocimiento de las
prestaciones que tenían los lectores de ebooks y referencias genéricas al olor
del papel. Así es, yo fui parte de las filas de esa gente a la que una amiga
llama «esnifalibros»: el olor como argumento.

Luego me regalaron un Kindle.

Ese fue el primer momento en el que mi identidad de
esnifalibros y amante del papel impreso empezó a flaquear. ¿Qué dices de pobre
sustituto? Es más ligero, los libros son más baratos (existe hasta un servicio
de préstamo bibliotecario de ebooks), puedes ajustar la letra para que se adapte
a tu agudeza visual y a veces el lector te da incluso la sensación de pasar
página. Por no mencionar el tema del almacenamiento.

Que no se me entienda mal, me siguen gustando los libros físicos.
Para empezar, para algunas cosas son mejores: consultar una referencia es mucho
más inmediato (abrir un libro por la página 122 es más rápido que buscar una palabra
clave en un buscador o que repasar una lista de marcadores) y, en general, son
mucho más cómodos si necesitas pasar rápido entre varias secciones. Son más
perdurables que un archivo digital. Me sigue gustando el tacto y el olor de los
libros, y sigue tranquilizándome a nivel intelectual la vista de una estantería
repleta.

Entiendo que algunas de estas razones tienen más de
fetichismo que de utilidad real. Otras, como la mayor perdurabilidad, no me
importan tanto: no voy a vivir tanto tiempo y siempre habrá conversores de
archivos para cuando cambie la tecnología de lectura. En todo caso, no creo tampoco
que los libros en papel vayan a desaparecer. Decía Irene Vallejo en El
infinito en un junco
que son objetos que han evolucionado hasta una forma
casi perfecta, que ya no puede cambiar mucho más. Hay algo de verdad en eso. El
vídeo no mató a la radio y el ebook no va a matar al libro impreso. Seguiremos queriendo
papel.

Sin embargo, lo que le ha dado un golpe definitivo a mi
fetichismo libresco no ha sido el ebook, sino tener que gestionar yo, bajo mi
propia responsabilidad, toda esa inmensa colección de libros acumulada por dos
generaciones de miembros de mi familia, tres si me contamos a mí. Esta responsabilidad
me cayó encima en febrero. Tocaba pintar la casa, lo cual implicaba mover toneladas
de libros. Y tocaba reorganizarla, y eso me hizo darme cuenta de que había
muchos de esos libros que no quería.

Entonces uno se da cuenta de lo verdaderamente limitadas que
son las opciones para deshacerse de libros viejos. Las agoté bastante, eso sí. Las
colecciones especializadas se pueden donar a instituciones públicas, y ahí se
fueron diez baldas de feminismos en dirección al Instituto de las Mujeres. Los libros
infantiles y juveniles pueden tener buena acogida en proyectos que trabajen con
menores: tanto en el colegio y en el instituto de mi barrio como en Somos Tribu
Vallecas hay ahora libros que me hicieron felices cuando era niño. Los que están
en buen estado pueden venderse, y mi perfil de Wallapop da cuenta de ello.

Pero ya está. Las bibliotecas no aceptan donaciones de
libros viejos, porque ya tienen todos los que quieran tener. Las librerías de
segunda mano me generaban otro problema: vender «al peso» en ellas me habría obligado
a hacer de una sola vez la división entre lo que quería conservar y lo que no
(no iba a estar el tío de la librería viniendo a mi casa cada semana), y eso
era imposible dada la cantidad de libros que había. Los clásicos, por su parte,
son invendibles. Quien quiera el Lazarillo de Tormes o Fortunata y
Jacinta
los puede encontrar en Internet, en bibliotecas o incluso en su
propia casa. Raro será que lo compre. Si lo hace es, probablemente, porque se
lo ha mandado algún profesor, y en ese caso se lo comprará nuevo.

Así, el contenedor azul se erigía como solución para las
decenas, quizás centenares, de volúmenes que no habían podido encontrar otro
acomodo. Al principio lo que tiré fueron cosas que tenían menos caché que la Alta
Literatura: diccionarios, enciclopedias, métodos de inglés, revistas,
fascículos no encuadernados, códigos legales viejos, etc. Esa clase de objetos
acaban en contenedores con cierta frecuencia. Después salieron los libros de
literatura que estaban irrecuperables: rotos, subrayados hasta la náusea, con cuadernillos
desgajados y páginas faltantes. Al fin, cuando la tarea de deshacer y
reconstruir la casa empezó a adquirir velocidad, por el mismo camino se fueron
libros que estaban en perfecto estado pero que no tenían sitio en la nueva
configuración.

Esta tarea de tirado de libros ha generado algunos incidentes
curiosos. Una vez, una vecina a la que yo solo conocía de vista (nunca había
intercambiado palabra con ella) me abordó para que le permitiera revisar una
caja de libros antes de tirarla. Se lo permití y no se llevó ninguno, pero me
pidió que la avisara antes de tirar más. Durante unas semanas guardé libros con
idea de decírselo, pero luego volví a la cordura. Esta señora y yo no teníamos
ninguna forma de ponernos en contacto más allá de cruzar la calle, ir a picarle
la puerta y que resultara que tenía un rato para revisar unos libros de los
cuales, yo lo tenía claro, no se iba a llevar ninguno.

Y es que, si hay una cosa que tengo clara, es que la
práctica totalidad de lo que he tirado era morralla. Novela histórica o
romántica de tiempos añejos, ficción general pasada de moda, clásicos en ediciones
baratas, ensayos sobre temas superados hace cincuenta años y así sucesivamente.
Nadie iba a querer eso. Cualquier deseo de rebuscar se debía a un impulso
parecido al que he tenido yo durante años: hay que evitar a toda costa la
destrucción de los libros. Aunque no tanto como para llevarse a casa los volúmenes
que a uno no le interesan, claro, que el espacio es limitado.

El segundo incidente me tocó algo más las narices, porque incluyó
gritos y un enfrentamiento. Estaba tirando una carga de libros libros cuando
escuché que, desde lo alto de la obra de enfrente, un obrero me estaba
increpando. No eran insultos, eran burlas del estilo de «Hala, a la mierda los
libros, a la mierda la cultura». Estuve a punto de pasar, pero luego me cabreé,
así que le dije que, si los quería, no tenía más que venir a cogerlos. Prefirió
seguir gritándome, así que lo mandé a tomar por culo y me volví a mi casa con
una sensación de mal cuerpo.

Tirar libros es un tabú cultural. Yo tuve que vencerlo, y
estas dos personas de las que hablo obviamente lo tenían interiorizado. Si tiras
o dañas libros eres un nazi, o eso nos decimos los unos a los otros. Luego uno
aprende que los nazis no quemaban libros genéricos en plan «muera la inteligencia»
sino que destruían escritos muy concretos (de comunismo, temas LGTB, etc.) y se
siente un poco menos culpable por haber tirado a la basura esa edición barata de
«La nueva obra de Donnadie García, en la que explora con precisión de cirujano
los sentimientos y pulsiones de la clase media estadounidense (1963)». Y creedme
que había muchas así.

Todo escritor busca la trascendencia. Yo, como escritor, lo
sé muy bien. A quienes juntamos palabras y las mandamos imprimir nos gustaría creer
que esas palabras se van a conservar por siempre y a servir de entretenimiento,
ayuda o inspiración a las generaciones futuras. Pero lo cierto es que la
mayoría de lo que escribimos es tan contextual que dentro de veinte años solo
unas pocas de nuestras obras habrán trascendido el nivel de mera curiosidad.

Y eso no es malo. Ni bueno, vaya. Es lo que es: las cosas pasan
de moda, nuestros gustos evolucionan, lo que antes encantaba ahora aburre y
nuestro tiempo y nuestro espacio son limitados. O eso me han dicho algunas de
las personas que me han ayudado en mi labor. Y son filólogas, algo tienen que
saber sobre la evolución de la literatura.

No es que me vaya a dedicar a partir de ahora a tirar por la
ventana, entre carcajadas maníacas, todo libro que haya terminado de leer. Pero
sí que voy a ser más consciente de lo que tengo en mi casa, del espacio que me
ocupa y de si voy a leerlo o no. ¿Puede hacer feliz a otra persona? Excelente,
se lo venderé o donaré. Pero si no es así, si hablamos de libros que han agotado
cualquier propósito de vida útil, cuya única esperanza es languidecer en una
librería de segunda mano hasta que los compre alguien por curiosidad, no me
duele tirarlos al contenedor azul. Al fin y al cabo, con ellos se hará papel y
con ese papel se imprimirán nuevos libros.

Supongo que eso es lo que he aprendido tirando libros: que
la literatura también está sujeta al ciclo de la vida.

 

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Fuente: Asihablociceron.blogspot.com