December 21, 2021
De parte de Nodo50
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«Los camiones con los fusilados los metían por detrás del cementerio de Las Palmas, la parte que ahora está el muro grande que da hacia el mar y la autovía, allí los esperaban junto a la fosa común varios curas y los sepultureros que los iban colocando y echando cal viva encima, así evitaban a las familias, sobre todo mujeres que esperaban en la entrada principal por si localizaban los restos de sus seres queridos, era fácil seguirles el rastro porque dejaban un rastro de sangre por todas las calles de la ciudad desde La Isleta hasta Vegueta».

Pedro Falcón Viera, vecino del barrio de Vegueta en los años del genocidio canario

Uno piensa en los huesos destrozados por la tortura, vertebras rotas por los golpes, agujeros de bala en las nucas, acribillados por las balas del fusilamiento.

Aterrados, concertados, desconcertados, como diría Mario Benedetti, entre el barro ahora frío del invierno, sintiendo el agua helada de la lluvia filtrándose entre la tierra de la fosa común.

Ahora ya más de ochenta años, olvidados por todos: partidos de izquierda a derecha, sindicatos, instituciones públicas, menos por sus familiares que llevamos décadas intentando sacarlos de ahí, tener la humilde posibilidad de rescatarlos, de darles una sepultura digna, un lugar donde ponerles flores.

¿Qué presupuesto absurdo costaría excavarlo todo, comprobar que están, que hay que exhumar, identificar, dignificar, humanizar el terror?

¿Cumplir la Ley de Memoria Democrática y dejar de una vez por todas de ir por la vida de supuestos prevaricadores?

No quedarse solo en esa minúscula y vergonzosa cata-trampa, que solo sirvió para dar falsas esperanzas y expectativas a sus seres queridos, posar ante las cámaras de los medios para mentir y tergiversar la historia, volver a taparlo todo para siempre.

La fosa maldita tan solo porque en este cementerio de Las Palmas están los panteones familiares de los genocidas, porque hay mucho crimen despiadado que ocultar.

Negacionismo y encubrimiento de quienes se dedican a la política como profesión.

Por Juan, que fue alcalde comunista, por Pancho, que era sindicalista y miembro activo de Frente Popular, por 58 hombres mas, gente honrada: médicos, periodistas, artistas, funcionarios, concejales, abogados, jornaleros, militares, policías fieles a la democracia que siguen en ese agujero del horror.

¿Qué costaría tener sensibilidad, valentía, compromiso, empatía y no permitir que se hagan polvo y desaparezcan para siempre en la nebulosa gris de la impunidad?







Fuente: Viajandoentrelatormenta.com