January 10, 2021
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
172 puntos de vista

Estos días, los derechistas españolistas y forofos electoralistas de la trinchera pepera tratan de comparar el asalto al capitolio de yankilandia con una concentración ante el parlamento español (Rodea el Congreso) que el izquierdismo antipepero organizó en 2016. He visto memes en los que Coco, el de Barrio Sésamo, explica las diferencias entre uno y otro evento, que son absolutamente evidentes para cualquiera que no tenga una intención interpretativa interesada y tendenciosa.

Dicho esto, leo también análisis de la izquierda (la trinchera onda Podemos y alrededores) que tratan de evidenciar la diferencia entre lo de EEUU y lo de Madrid en base a su diferente formato: unos se manifestaron y, como mucho, rodearon (1), mientras que otros entraron y asaltaron, dando lugar a hechos noticiables de, la muy deseada por los medios y el gran público, tipología “violenta” (algún día escribiré largo y tendido sobre la “violencia”).

También leo, y esto es una digresión, a quien dice que, aunque los asaltantes del capitolio fueran fachas, y además de fachas, memos, que ver asaltado un palacio del poder, su gracia tiene. Reflexión con la que coincido y que me recuerda al incendio aquel de una comisaría de policías racistas, también en yankilandia hace unos meses, cierro la digresión.


Y lo que me parece más importante en esta diferencia de análisis entre unos y otros es que, en esta ocasión (y en otras muchas) el quid de la cuestión no deberían ser tanto los medios empleados (buscar la distinción legitimadora o criminalizadora en el hecho de haber “rodeado” o haber “asaltado”), sino saber cuáles eran los fines pretendidos.

Más allá de que los analistas respectivos simpatizan o antipatizan con los señores que se visten de piel de bisonte y que expropian atriles, o con las muchedumbres que se concentran ante el dispositivo policial del congreso, en función de si, de alguna manera, son “de los suyos”, el centro del debate debería ubicarse, repito, no en qué hicieron sino en qué querían. De hecho, ni siquiera resulta demasiado fácil determinar eso con cierta exactitud en ninguno de los dos casos. Pareciera que el sentido de los hechos políticos que acontecen fuera (o al menos en la periferia) de la contienda electoral consistiera meramente en su formato y en la taxonomía de sus participantes, siendo irrelevante cualquier tipo de fin pretendido en caso de haberlo.

Una vez queda tácitamente convenido por todas las partes que el fin del propio acto es el acto en sí, ya solo queda valorarlo en ese sentido, como el público que asiste a una representación teatral y ha de examinar el interés de la trama, la puesta en escena y la correcta interpretación del elenco artístico. Así, si la obra resulta un esperpento, como en el caso de la “toma” del capitolio por parte de seguidores de Donald Trump, los de la izquierda antipepera lo tendrán “a huevo” para hacer chanzas de la derecha y relacionarla con violencias y golpes de estado. Por su parte, desde la derecha, a causa de su carácter circense, la defensa de la acción será complicada y la estrategia estará dirigida al siempre socorrido “y tú más” (de ahí la apelación a “Rodea el Congreso”) que, a su vez, conducirá el debate a una discusión vez más lateral, estéril y alejada de los hechos que se querían valorar.

Como guinda del pastel, no faltan tampoco en la derecha conspiracionistas que, dada la chapuza y el fracaso de la acción del capitolio no dudan en atribuir la autoría de los hechos a cualquiera de sus villanos favoritos: sean ultraizquierdistas organizados, sean sectas masónicas con extrañas agendas.

Así nos luce el pelo.

Nota:

1-Aunque no hay que olvidar que hubo algún que otro incidente, forcejeo, detenciones y tal atribuible -es casi imposible conocer en qué proporción- a un pequeño grupo de manifestantes agresivos o a una maniobra de los numerosos policías infiltrados, con la intención de tratar de darle un aspecto violento a la convocatoria.

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Fuente: Grupotortuga.com