May 1, 2021
De parte de Paco Salud
142 puntos de vista


1º DE MAYO:  Los
Mártires de Chicago

“La ley está en juicio. La anarquía está en juicio. El
gran jurado ha escogido y acusado a estos hombres porque fueron los líderes. No
son más culpables que los miles que los siguieron. Señores del jurado, condenen
a estos hombres, denles un castigo ejemplar, ahórquenlos y salven nuestras
instituciones, nuestra sociedad.”

Corría el año de 1877 y las huelgas de los ferroviarios, las
reuniones y las grandes movilizaciones en Estados Unidos eran reprimidas a
balazos, golpes y prisión. Estas mismas tácticas represivas y la necesidad
imperiosa por la defensa y la asociación para buscar mejoras en las condiciones
de trabajo que en ese tiempo eran de semiesclavitud dieron pie a la gestación
de un movimiento de resistencia y lucha de trabajadores que algunos años mas
tarde daría sus frutos.

En 1880 quedó conformada la federación de organizaciones de
sindicatos y trade unions (Federation of Organized Trades and Labor Unions), y
en 1884 se aprobó una resolución para establecer a partir del primero de mayo
de 1886, mediante la Huelga General en todo EEUU, las ocho horas de trabajo.
Esto despertó un interés y un apoyo generalizado, ya que por aquella época el
horario de trabajo obligatorio era de 10, 12 o 14 horas diarias normalmente. De
estas jornadas tampoco estaban excluidos l@s miles de niñ@s, ni por supuesto
las mujeres a quienes se les pagaban salarios inferiores, sin mencionar que de
por sí los salarios eran muy bajos y las condiciones de trabajo insalubres. La
efervescencia fué tal en todo EEUU que los sindicatos y las trades unions
aumentaban geométricamente. Por ejemplo, el número de miembros de los
Caballeros del Trabajo subió de 100.000 en el verano de 1885 a 700.000 al año
siguiente.

En 1885 volaba de mano en mano entre los trabajadores de
EEUU una octavilla que decía:

“¡Un día de rebelión, no de descanso! (…) Un día en
que con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza
contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un día de
protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de
todo tipo. Un día en que comenzar a disfrutar ocho horas de trabajo, ocho horas
de descanso, ocho horas para lo que nos dé la gana”. La víspera del
Primero de Mayo, el periódico anarquista Arbeiter Zeitung, dirigido por August
Spies, publicó los siguientes comentarios que muestran el tono de confrontación
que imperaba: “¡Adelante con valor! El Conflicto ha comenzado. Un ejército
de trabajadores asalariados está desocupado. El capitalismo esconde sus garras
de tigre detrás de las murallas del orden. Obreros, que vuestra consigna sea:
¡No al compromiso! ¡Cobardes a la retaguardia! ¡Hombres al frente!”

El 1º de Mayo de 1886 la paralización de los centros de
trabajo se generalizó. La huelga paralizó cerca de 12.000 fábricas a través de
los EEUU. En Detroit, 11.000 trabajadores marcharon en un desfile de ocho
horas. En Nueva York, una marcha con antorchas de 25.000 obreros pasó como
torrente de Broadway a Union Square; 40.000 hicieron huelga. En Cincinnati un
batallón obrero con 400 rifles Springfield encabezó el desfile. En Louisville,
Kentucky, más de 6000 trabajadores, negros y blancos, marcharon por el Parque
Nacional violando deliberadamente el edicto que prohibía la entrada de gente de
color. En Chicago que era el baluarte de la huelga, paró casi completamente la
ciudad. 30.000 obreros hicieron huelga, aunque empresas como en la fábrica de
materiales de Mc Cormick y alguna otra se dieron a la tarea de contratar
esquiroles. El día 2 se realizó un mitin de los obreros despedidos de Mc
Cormick para protestar por los 1.200 despidos y los brutales atropellos
policiales. Mientras Spies dirigía su discurso a un grupo de 6000 a 7000
trabajadores, unos cuantos centenares fueron a recriminar su actitud a los
esquiroles que en ese momento salían de la planta. Rápidamente llegó la
policía, cuya acción dejó seis muertos y gran cantidad de heridos. La
indignación ganó los corazones de los trabajadores movilizados. Spies corrió a
las oficinas del Arbeiter Zeitung y publicó allí un manifiesto que fué
distribuido en todas las reuniones obreras: “(…) Si se fusila a los
trabajadores responderemos de tal manera que nuestros amos lo recuerdarán por
mucho tiempo (…)”.

Disturbios durante la concentración frente a Mc Cormick

El 3 de mayo, el crecimiento de la huelga era
“alarmante”. En el movimiento participaban más de 340.000
trabajadores por todo el país, 190.000 de ellos en huelga. Solo en Chicago,
80.000 hacían huelga. En este momento candente, el Arbeiter Zeitung hizo un
llamamiento a la lucha armada, como siempre lo había hecho, salvo que ahora
tenía un claro tono de urgencia:

“La sangre se ha vertido. Ocurrió lo que tenía que
ocurrir. La milicia no ha estado entrenándose en vano. A lo largo de la
historia el origen de la propiedad privada ha sido la violencia. La guerra de
clases ha llegado…. En la pobre choza, mujeres y niños cubiertos de retazos
lloran por marido y padre. En el palacio hacen brindis, con copas llenas de
vino costoso, por la felicidad de los bandidos sangrientos del orden público.
Séquense las lágrimas, pobres y condenados: anímense esclavos y tumben el
sistema de latrocinio.”

En las salas de reunión de los proletarios rugían intensos
debates; “el tigre capitalista” efectivamente había atacado y miles
debatían cómo responder. Importantes facciones querían una insurrección. Se
convocó una reunión popular en la plaza Haymarket para la noche del 4 de mayo.
Preocupados por la posibilidad de una emboscada, los organizadores escogieron
un lugar abierto y grande con muchas rutas de escape. Después de una reñida
disputa retiran su llamamiento a un mitin armado y en su lugar convocan un
mitin con el mayor número de asistentes posible. El 4 de mayo, todo Chicago
está en huelga.

Grandes oradores harán presencia para denunciar las últimas
atrocidades cometidas por la policia, los disparos a nuestros compañeros de
clase ayer por la tarde.

¡Trabajadores armaros y haced fuerte presencia!

Por la mañana la policía atacó una columna de 3000
huelguistas. Por toda la ciudad se formaron grupos de trabajadores. Al
atardecer, Haymarket era una de las muchas reuniones de protesta, con 3000
participantes. Los discursos siguieron, uno tras otro, desde la parte de atrás
de un vagón. Al comenzar a llover, la reunión se disolvió.

De repente, cuando solamente quedaban 200 asistentes, un
destacamento de 180 policías fuertemente armados se presentó y un oficial
ordenó dispersarse, a pesar de tratarse de un mitin legal y pacífico. Cuando el
capitán de policía se volvió para dar las órdenes a sus hombres, una bomba
estalló en sus filas. La policía transformó a Haymarket en una zona de fuego
indiscriminado, descargando salva tras salva contra la multitud, matando a
varios e hiriendo a 200. En el barrio reinaba el terror; las farmacias estaban
apiñadas de heridos. Siete agentes murieron, la mayoría a causa de balas de
armas de la policía.

La clase dominante usó este incidente como pretexto para
desatar su planeada ofensiva en las calles, en los tribunales y en la prensa.
Comenzó una caza de brujas en contra, principalmente, de los anarquistas. Se
clausuraron los periódicos, se allanaron las casas y locales obreros y los
mítines fueron prohibidos a lo largo y ancho de todo el pais. Los medios de
comunicación se abalanzaron contra todo lo que tuviera signo de revolucionario
o subversivo y a los mil vientos lanzaban proclamas a la horca y al patíbulo.

El 5 de mayo en Milwaukee, la milicia del Estado respondió
con una masacre sangrienta en un mitin de trabajadores; acribillaron a ocho
trabajadores polacos y un alemán por violar la ley marcial. En Chicago, se
llenaron las cárceles de miles de revolucionarios y huelguistas. Arrestaron a
todo el equipo de imprenta del Arbeiter Zeitung y la policía detuvo a 8
anarquistas: George Engel, Samuel Fielden, Adolf Fischer, Louis Lingg, Michael
Schwab, Albert Parsons, Oscar Neebe y August Spies. Todos eran miembros de la
IWPA (Asociación Internacional del Pueblo Trabajador), asociación de corte -de
lo que años después se denominaría como- anarcosindicalista.

El juicio fue totalmente manipulado, en todos los sentidos,
siendo mas bien un linchamiento. Se les acusaba de complicidad de asesinato
aunque nunca se les pudo probar ninguna participación o relación con el
incidente de la bomba ya que la mayoría no estuvo presente y uno de los dos que
estuvieron presentes era el orador en el momento que la bomba fue lanzada.

 

No se siguió el procedimiento normal para la elección del
jurado, que acabó siendo formado por hombres de negocios y un pariente de uno
de los policías muertos, y en su lugar se nombró un alguacil especial quien se
jactó: “estoy manejando este proceso y sé qué debo hacer. Estos tipos van
a colgar de una horca con plena seguridad”. Tuvieron lugar una infinidad
de manipulaciones, amenazas y sobornos para que se dieran testimonios ridículos
sobre conspiraciones. El asunto era simple y estaba todo muy claro; el mismo
fiscal Grinnel lo dijo: “La ley está en juicio. La anarquía está en
juicio. El gran jurado ha escogido y acusado a estos hombres porque fueron los
líderes. No son más culpables que los miles que los siguieron. Señores del
jurado, condenen a estos hombres, denles un castigo ejemplar, ahórquenlos y
salven nuestras instituciones, nuestra sociedad”. Todos fueron encontrados
culpables y sentenciados a muerte, a excepción de Oscar Neebe, condenado a 15
años de prisión.

La cuestión de quién arrojó la bomba se ha debatido pero
jamás se ha resuelto. Parece que fue un tal Rudolf Schnaubelt y que la fabricó
Louis Lingg (quien ciertamente defendía a gritos el uso de la dinamita). Una
importante pregunta es quien era realmente Schnaubelt, pero no se ha encontrado
respuesta.

A los condenados los llamaron a hablar antes de
sentenciarlos. No mostraron ni arrepentimiento ni remordimiento, era la
sociedad la que estaba en juicio, no ellos:

August Spies, nacido
en Alemania en 1855, era un orador ardiente:

“Hemos explicado al pueblo sus condiciones y relaciones
sociales. Hemos dicho que el sistema del salario, como forma específica del
desenvolvimiento social, habría de dejar paso, por necesidad lógica, a formas
más elevadas de civilización. Al dirigirme a este tribunal lo hago como
representante de una clase enfrente de los de otra clase enemiga. Podéis
sentenciarme, pero al menos que se sepa que en Illinois ocho hombres fueron
sentenciados a muerte por creer en un bienestar futuro, por no perder la fe en
el último triunfo de la Libertad y la Justicia». Y concluyó con estas palabras:
«¡Mi defensa es vuestra acusación! Las causas de mis supuestos crímenes:
¡vuestra historia! (…) Ya he expuesto mis ideas. Constituyen parte de mi
mismo y si pensáis que habréis de aniquilar estas ideas, que día a día ganan
más y más terreno, (…) si una vez más ustedes imponen la pena de muerte por
atreverse a decir la verdad y los reto a mostrarnos cuándo hemos mentido digo,
si la muerte es la pena por declarar la verdad, pues pagaré con orgullo y
desafío el alto precio! ¡Llamen al verdugo!”

Alberto Parsons,
nacido en EEUU en 1848:

“Yo como trabajador he expuesto lo que creía justos
clamores de la clase obrera, he defendido su derecho a la libertad y a disponer
del trabajo y de los frutos del trabajo. Yo creo que los representantes de los
millonarios de Chicago organizados os reclama nuestra inmediata extinción por
medio de una muerte ignominiosa. ¿Y qué justicia es la vuestra? Este proceso se
ha iniciado y se ha seguido contra nosotros, inspirado por los capitalistas,
por los que creen que el pueblo no tiene más que un derecho y un deber, el de
la obediencia. El capital es el sobrante acumulado del trabajo, es el producto
del trabajo. La función del capital se reduce actualmente a apropiarse y
confiscar para su uso exclusivo y su beneficio el sobrante del trabajo de los
que crean toda la riqueza. El sistema capitalista está amparado por la ley, y
de hecho la ley y el capital son una misma cosa. ¿Creéis que la guerra social
se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡Ah no! Sobre vuestro veredicto
quedará el del pueblo americano y el del mundo entero. Quedará el veredicto
popular para decir que la guerra social no ha terminado por tan poca
cosa.”

Jorge Engel, nacido
en Alemania en 1836:

“¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma
que tuve que abandonar Alemania, por la pobreza, por la miseria de la clase
trabajadora. Sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo
con lo que la historia enseña. ¿En que consiste mi crimen? En que he trabajado
por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras
unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el
agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los
hombres de ciencia deben ser utilizados en beneficio de todos. Vuestras leyes
están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las
masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar. Yo no combato
individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da privilegio. Mi
más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quienes son sus enemigos y sus
amigos.”

Adolfo Fischer,
nacido en Alemania en 1857:

“En todas las épocas, cuando la situación del pueblo ha
llegado a un punto tal que una gran parte se queja de las injusticias
existentes, la clase poseedora responde que las censuras son infundadas, y
atribuye el descontento a la influencia de ambiciosos agitadores. La historia
se repite. En todo tiempo los poderosos han creído que las ideas de pro se
abandonarían con la supresión de algunos agitadores; hoy la burguesía cree detener
el movimiento de las reivindicaciones proletarias por el sacrificio de algunos
de sus defensores. Pero aunque los obstáculos que se opongan al progreso
parezcan insuperables, siempre han sido vencidos, y esta vez no constituirán
una excepción a la regla. Este veredicto es un golpe de muerte a la libertad de
prensa, a la libertad de pensamiento, a la libertad de la palabra en este país.
El pueblo tomará nota de ello. Si yo he de ser ahorcado por profesar las ideas
anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad,
entonces no tengo nada que objetar. Si la muerte es la pena correlativa a
nuestra ardiente pasión por la libertad de la especie humana, entonces, yo les
digo muy alto, disponed de mi vida.”

Luis Lingg, nacido en
Alemania en 1864:

“Para nosotros la tendencia del progreso es la del
anarquismo, esto es la sociedad libre sin clases ni gobernantes, una sociedad
de soberanos, en la que la libertad y la igualdad económica de todos
producirían un equilibrio estable con bases y condición del orden natural».
(…) «Me concedéis, después de condenarme a muerte, la libertad de pronunciar
mi último discurso. Me acusáis de despreciar la ley y el orden. ¿Y qué
significan la ley y el orden? Yo repito que soy enemigo del orden actual y repito
también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras tenga aliento para
respirar… Os desprecio; desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra
fuerza, vuestra autoridad. ¡AHORCADME!”

Surgió un gran movimiento en su defensa y se celebraron
mítines por todo el mundo: Holanda, Francia, Rusia, Italia, España y por todo
Estados Unidos. En Alemania, la reacción de los trabajadores sobre Haymarket
perturbó tanto a Bismarck que prohibió toda reunión pública. Al aproximarse el
día de la ejecución, cambiaron la sentencia de Samuel Fielden y Michael Schwab
a cadena perpetua. Louis Lingg apareció muerto en su celda: un fulminante de
dinamita le voló la tapa de los sesos. Sin más opciones, este fue su acto final
de protesta.

Al mediodía del 11 de noviembre de 1887 sus carceleros los
vinieron a buscar para llevarlos a la horca. Los cuatro (Spies, Engel, Parsons
y Fischer) compañeros de lucha y de sueños emprendieron el camino entonando La
Marsellesa Anarquista en aquel día que después fue sería conocido como el
viernes negro.

«Salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la
sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los
brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la
túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en
hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro
de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un
chiste a propósito de su capucha, Spies grita: “la voz que vais a sofocar
será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora».
Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro
cuerpos caen y se balancean en una danza espantable». (Relato de la ejecución por
José Martí, corresponsal en Chicago del periódico La Nación de Buenos Aires)

Más de medio millón de personas asistieron al cortejo
fúnebre. Años después, en 1893, Fielden, Schwab y Neebe fueron perdonados y
puestos en libertad. Cada 1 de mayo, en muchos paises del mundo, los
anarquistas de Chicago son recordados como símbolo de dignidad de la clase
trabajadora, menos en Estados Unidos. En 1938 se impuso la jornada laboral de 8
horas en todo el pais.

Irónicamente, pasado más de un siglo, en los mismos Estados
Unidos y en Europa, cuna del movimiento obrero revolucionario, estas conquistas
obreras están siendo revertidas por gobiernos y multinacionales sin apenas
disparar un solo tiro, y sin tener que llevar a nadie a la horca. Ahora todo es
más sutil, los sindicatos subvencionados están a disposición del mejor postor,
traicionando los mandatos y olvidando las luchas y el sacrificio personal de
miles de trabajadores y trabajadoras y de quienes, desde el aciago 1886, se les
conoce como “los mártires de Chicago”.

“Es ya de toda evidencia que el sindicalismo no logra
sus fines por la cuota en metálico, aunque la utilice para la vida ordinaria,
sino por la cuota en especie, formada por el pensamiento, por la voluntad, por
la energía, por la esperanza, cuota que han de pagar con su asistencia, su
acción y su responsabilidad todos los trabajadores para alcanzar los bienes
individuales y colectivos correspondientes al hombre y a la humanidad, es
decir, para realizar la emancipación.” 
Anselmo Loreno.

CNT- AIT  Puerto Real      Mayo 2021




Fuente: Pacosalud.blogspot.com