March 5, 2021
De parte de Arrezafe
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La
Tecla Ñ
– Buenos Aires, 03/03/2021

Los
movimientos populares no matan. Hace casi medio siglo que no
practican la lucha armada. Por una razón relativamente simple. De
los atentados anarquistas a las guerrillas de los años setentas, el
problema de la contra-violencia sólo se plantea cuando la intensidad
de la lucha de clases asciende a determinados niveles del
enfrentamiento. Como lo explicó el general Karl Von Clausewitz, no
hay guerra si la fuerza agredida no se defiende. Los sectores
organizados políticamente desde el poder, en cambio, no han dejado
de asesinar.

Luego
del aniquilamiento de las organizaciones armadas ocurrido en torno al
año 1977, los movimientos populares desplegaron formas de lucha cuya
violencia –la violencia naturalmente implicada en una huelga, un
escrache o un piquete– no implicaban amenaza de muerte alguna. Aún
así, esas acciones fueron interpretadas por los sectores de poder
como una desafío directo a su modo de vida. De ahí que, incluso
durante los últimos años, en la Argentina, se sigan produciendo
muertes políticas. Como las de Santiago Maldonado, o Rafael Nahuel,
en el contexto de la represión estatal a la lucha de comunidades
mapuches en el sur del país. O el asesinato de Pablo Kukoc (rematado
por el policía Luis Chocobar a pocos metros de distancia, cuando
Pablo estaba ya herido y en el suelo). Asesinatos que el gobierno de
Macri reivindicó como parte de la defensa de la propiedad privada,
la libertad individual y la soberanía del estado. O las muertes de
tantas mujeres violadas y asesinadas mediante actos criminales que –como nos enseñan los feminismos– son también actos de poder.
Crímenes políticos. Es importante retener este dato elemental de
nuestra historia, para comprender porqué una acción que se produce
en el ámbito puramente simbólico –me refiero a las bolsas negras
republicanas simulando cadáveres, con respectivos carteles en la que
se identificaban personas vivas, depositadas en la Plaza de Mayo– produce un efecto de amenaza concreta. Sería una estupidez histórica
no advertir que quienes hacen estas amenazas están trazando una
serie en la que lo simbólico se trenza con asesinatos concretos.

El
episodio plantea al menos dos tipos de problemas, igualmente
importantes y estrechamente relacionados entre sí. El primero de
ellos tiene que ver con el papel agresivo, desinhibido, de esta
derecha neo-fascista, que no hizo más que acelerarse durante la
pandemia. ¿Qué dimensiones puede adquirir este fenómeno en este
momento histórico? El segundo es su estricto reverso. ¿Cómo
superar cierta impotencia política que parece caer sobre sujetos que
suelen demostrar una 
capacidad
muy superior de movilización física y mental? La paradoja se
plantea así
: quienes defienden el sistema, actúan como si lo
cuestionaran drásticamente, y quienes lo cuestionan profundamente,
parecieran quedar a la defensiva.

El
primer problema se plantea de modo inconcebible: la derecha más
reaccionaria estaría logrando apropiarse de una actitud de rebeldía.
Incluso se los suele llamar «anti-sistema». Lo que es simplemente
absurdo, puesto que las manifestaciones neofascistas, no importa las
diferencias que tengan entre sí, coinciden en el hecho de encarnar
una defensa total del orden de la propiedad privada, del intercambio
mercantil y de la idea de libertad individual que surge de dicho
intercambio. Estos grupos actúan como milicias alzadas en custodia
del orden. Y si por alguna razón logran posicionarse como los “anti”, y hasta denominarse “libertarios”, quizás valga la
pena preguntarse a qué se oponen realmente estos replicadores
inspirados en Trump o Bolsonaro. La respuesta mas clara y directa
quizás sea la siguiente: para defender el orden, que sienten en
riesgo, los neofascistas decidieron atacar lo que podemos llamar el “consenso”, un conjunto de restricciones de tipo perceptivas y
lingüísticas que determinan lo que en la esfera de la comunicación
suele llamarse lo “políticamente correcto”.

Lo
que proponen estas “milicias” es atacar con virulencia un
consenso que a sus ojos ya no es útil, sino nocivo, para el sistema
que defienden con idéntica virulencia. Esta actitud abre una brecha
en el propio campo de la derecha. Porque el consenso cuestionado no
es otra cosa que la traducción burguesa –en el estado y en los
medios de comunicación– del conjunto de las conductas sociales. Y
es, por tanto, una pieza fundamental del sistema mismo. ¿Cuál es el
contenido, el texto de ese consenso? Básicamente se trata de una
serie de eufemismos para excluir del mundo simbólico toda referencia
a lo real de la desigualdad, del racismo, del sexismo, del odio, de
la explotación y de la muerte. El consenso ha sido una pieza clave
para que el sistema sea tolerable. Y sin embargo, es en nombre de una
defensa extrema del sistema que el neofascismo de hoy lo cuestiona.

Y
bien, ¿quién ataca realmente al sistema? ¿es que esta derecha,
envuelta en un delirio de propietarios, ha enloquecido al punto de
imaginar enemigos inexistentes? ¿Pero acaso no son la locura y el
delirio efectividades claves, sin las cuales no se concibe la
constitución de fuerzas históricas? Creen –así lo dicen– que la
propiedad, y la libertad individual que de ella deriva, están bajo
peligro. La pandemia intensificó ese miedo. Encarnan un
presentimiento, una cierta anticipación paranoica y preventiva, de un
hecho que no acaba aún de hacerse del todo presente. Intuyen una
amenaza, por ahora virtual: la posibilidad de que parte de la
sociedad reaccione contra la miseria que supone someterse a las
categorías del neoliberalismo. Ven fantasmas. Y se aprestan a la
guerra.

Lo
que procesa la derecha es una evaluación práctica: ¿es conveniente
romper este consenso, esta traducción burguesa de las relaciones
sociales en el plano de la percepción y del lenguaje? Lo cierto es
que incluso quienes adoptan compromisos con esta mediación
consensual no dudan en violarlo cada vez que la defensa del sistema
lo requiere. La paradoja sobre la que deciden en estas horas los
grupos de poder se enuncia así: desean asegurar los fundamentos del
sistema –muerte, despojo, explotación–, sin evidenciar el carácter
estructural de la división que inevitablemente promueve, y que sólo
la lengua del consenso permite omitir o soportar.

Esto
nos conduce al segundo problema. Lo único verdaderamente incómodo
en esta situación es que las fuerzas que tienen legitimidad
histórica para atacar al sistema queden enredadas en la defensa de
este consenso. En un artículo reciente, el filósofo catalán
Santiago López Petit plantea que sólo si las izquierdas elaboran
una relación no fascista con la muerte
(https://www.elcritic.cat/…/la-politica-i-la-mort-83702)
podrán situarse mas allá del consenso, en el cuestionamiento del
sistema. Se trataría, entonces, no sólo de plantearse una relación
no fascista con la muerte y con el odio, sino también una relación
no capitalista con la desigualdad y la explotación. Un modo de
afrontar sin hipocresía, con un lenguaje directo y verdadero, cada
una de estas cuestiones. Es algo que la cultura progresista elude
sostenidamente, a pesar de contar con una entera filosofía argentina
sobre la cuestión. Habrá que volver a leer a León Rozitchner.




Fuente: Arrezafe.blogspot.com