May 10, 2021
De parte de Lobo Suelto
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Si la familia no se elige, se la erige. Un d铆a Emilio Jurado Na贸n descubri贸 que era pariente de Julio Argentino Roca. Tiempo m谩s tarde, hizo el segundo descubrimiento en esa l铆nea: su t铆o abuelo Bebi Roca hab铆a escrito, sobre las historias de la familia, el libro de memorias Los Roca y los Sch贸贸. As铆 surgi贸 el proyecto a largo plazo de Los Roca y los yo: una colecci贸n de textos, diversos en g茅nero, registro, tono y extensi贸n, que se alimenta del libro de su t铆o abuelo (al que busca pervertir, desvirtuar e hipertrofiar) y de la cual T贸pico de los dos viajeros (Palabras Amarillas, 2020) fue el primer volumen publicado. Si bien la figura de Julio Argentino es gravitante en el proyecto de Jurado Na贸n, los distintos episodios del proyecto indagan, como lo hizo Bebi, en an茅cdotas, acontecimientos y personajes tangenciales (o bien transversales) a la familia Roca. Es el caso del texto que se presenta a continuaci贸n, 鈥淟os Pinc茅n鈥; suerte de diario de lectura ensay铆stico que escarba en torno a un genealog铆a de caciques pampa y su construcci贸n, por parte de los Roca, como enemigo a someter y, a la vez, reflejo distorsionado de la cultura que detentan como propia.

Los Pinc茅n (segunda parte)

de Emilio Jurado Na贸n

En verdad hubo en el siglo pasado tres indios conocidos por el apellido de Pinc茅n: Uno mentado como 鈥淧inc茅n el viejo鈥, seg煤n unos cacique huiliche, para otros Pampa.

Pinc茅n el viejo, probablemente, haya sido el responsable, en Felisa, de su inquietud card铆aca. Aquella noche que penetr贸 en Pergamino acompa帽ado de cuatrocientas lanzas, a robar ganado, mujeres, ni帽os y objetos brillantes, no produjo ning煤n ruido, ning煤n galope en las costras de barro seco en el terreno que alcanzase la estancia de los Sch贸贸 (a Felisa en su cuarto, rodeada de sofocos), ni un trepido alguno 鈥搚 sin embargo, la reverberaci贸n.

No pas贸 pero podr铆a haber pasado.

No revisan la tradici贸n; revuelven entre ra铆ces.

El juego con la tradici贸n va por el lado de reposicionarse para generar nuevas lecturas, retrospectivas, de la literatura y la historia. Quienes revuelven ra铆ces s贸lo obtienen como fruto eso: un revuelto, algo deforme que no se sabe en qu茅 idioma habla.

隆Preparen los tenedores para el revuelto de Gramajo!

No pas贸 pero podr铆a haber pasado. Felisa escapa de las s谩banas y descorre el postigo: por las rendijas y entre las tintas figuras del campo, percibe movimientos, jadeos, percusi贸n de suelo. Sale y se envuelve con el olor a roc铆o. Una figura cuadr煤peda inhala y exhala junto a la tranquera 鈥搇a corona un desorden chorreado de estrellas. Felisa, ni帽a, est谩 descalza; siente c贸mo la almohadilla de sus pies va recolectando granos y vainas del pasto. Se acerca a la figura 鈥揷on silencio de gallina鈥 y nota que sobre las cuatro patas t贸nicas el cuerpo se contin煤a en torre: t贸rax desnudo y muscular, se dilata y contrae. Un movimiento de las crenchas indica que la ni帽a fue descubierta. Ella se vuelve rama. El cuadr煤pedo da unos pasos breves alrededor, y el torso y la cabeza de crenchas que coronan el lomo se bambolean.

No pas贸.

El viejo Pinc茅n fue hombre de la 茅poca de la preconquista del desierto, 鈥淭apincen鈥, en cambio, lo fue de los tiempos de Ataliva y Agust铆n Roca, que, a pesar de haberlo padecido tanto en los pagos de Jun铆n, ten铆an por 茅l, una especial consideraci贸n y respeto.

Son varios los cruces que hubo entre Rocas e ind铆genas, no s贸lo de la rama de los Pinc茅n. Tambi茅n 鈥搚 de ah铆 el nombre鈥 se recuerda un encuentro, el primer encuentro de esta clase, entre Don Segundo Roca y Ataliva, m茅dico-brujo de los Andes peruanos.

Don Segundo, adolescente soldado, guerreaba en el ej茅rcito del Libertador cuando recibi贸 una bala (驴o un sablazo, un bayonetazo?) en pierna o brazo. Qued贸 a la vera de la batalla y fue rescatado 鈥搃nconsciente, a la verdadera vera鈥 por este m茅dico-brujo que esquivaba los conflictos refugi谩ndose en una cueva. Con medicinas naturales, empastes, hojas, l铆quidos olorosos, lo salv贸: le cur贸 la herida, evit贸 la infecci贸n. Y d铆as despu茅s Segundo fue encontrado por correligionarios en medio del camino.

Si bien no se sabe qu茅 ocurri贸 entre el indio Ataliva y el soldado Segundo 鈥搉o se sabe de qu茅 hablaron, si hablaron, ni cu谩nto compartieron鈥, s铆 se puede deducir que se hab铆a fabricado ah铆 una amistad grande, ya que Segundo decidi贸, a帽os m谩s tarde, hacer honor al nombre de su rescatista calc谩ndoselo a uno de sus hijos.

El cuento del criollo rescatado por un indio conforma otro t贸pico que se reitera en la literatura americana. Hay muchos casos. Yo recuerdo uno en particular, que aparece en Huasipungo, de Jorge Icaza, el novelista ecuatoriano. En esta novela, por caso, el curandero, en un acto bellamente repugnante, le chupaba al criollo los gusanos de la herida para librarlo de la necrosis.

Hace tres a帽os me encontr茅 con un pariente lejano en la situaci贸n m谩s extra帽a. Lo reconoc铆, tambi茅n, por el alfabeto de alumnos. En esta escena, yo era el que tomaba lista, el profesor, 鈥搈i primera incursi贸n en la docencia secundaria鈥, 茅l era el estudiante: Santiago A. Roca.

Si no tiene doble 鈥渃鈥, como los sanitarios, se vuelve casi inevitable el parentesco (aunque lejano, siempre hay parentesco). El pobre chico era un p谩nfilo completo; un panfilizado por sus compa帽eros, que lo salameaban de ac谩 para all谩, lo zarandeaban y franeleaban. P谩lido, delgado, d茅bil, seco y h煤medo a la vez, el cuerpo se le ve铆a a punto de rendirse a cada instante de la jornada lectiva. Apenas le hac铆a equilibro la cabeza, donde el pelo resist铆a en un 煤ltimo aliento y los ojos, vidriados, miraban con pena y hast铆o el jolgorio hormonal de sus compa帽eros y compa帽eras sin participar de la fiesta, sin querer participar tampoco. Cuando hablaba 鈥揺n un silbato de voz quebrada鈥 la clase lo o铆a conteniendo el aliento y, antes de que terminase la oraci贸n, lo asaltaban con gritos desde la otra punta del aula, 鈥淐allate, Roca, cag贸n鈥, 鈥淰os qu茅 habl谩s, Roca, infeliz, puto y bolud贸n鈥, y tal. No importaba qu茅 dijera; el raqu铆tico gallo de su voz le imped铆a detentar cualquier clase de respeto.

Yo mediaba, para protegerlo de las agresiones verbales, sin mucho insistir. Pero qui茅n lo proteg铆a de los grav谩menes f铆sicos en el recreo, en la calle a la salida, en su hogar, no s茅. No me importaba.

Sin embargo, hab铆a un inter茅s en este Santiago A. Roca que perviv铆a en mi pensamiento como un gusano: el gusano verd铆simo que se descubre a veces, escondido entre las barbas y la chala del choclo. Afortunado de aquel que pueda aplastar con el pulgar ese gusano. Eso pensaba yo. Hasta que un d铆a me lo encontr茅 en las escaleras, al t茅rmino de clases un viernes, y le pregunt茅 鈥搈e di cuenta de repente cu谩l era el gusano y le pregunt茅, sin aclarar nuestro parentesco, a qu茅 se deb铆a esa 鈥淎.鈥 entre sus nombres: cu谩l era ese su segundo nombre. 鈥淯n nombre horrible鈥, me respondi贸, 鈥淟o odio, me repugna, me lo puso mi pap谩 para repetir el nombre de mi abuelo鈥; 鈥淐u谩l es, Santiago, tu segundo nombre. Decime, Roca, cag贸n infeliz, puto y bolud贸n鈥, quise decirle, pero no hizo falta porque 茅l mismo solt贸 el gusano: 鈥淎taliva; un nombre de indio me puso鈥.

El segundo en la cadena de los Pinc茅n fue, entonces, Tapinc茅n 鈥揊ut谩 Pinc茅n鈥, Pinc茅n 鈥淓l Grande鈥, o 鈥淰icente鈥, apodo cristiano que le inculcaron los criollos. Escribe Bebi:

Fue este reto帽o de la tribu paterna, un important铆simo cacique Pampa, nacido en las cercan铆as de la laguna Carhu茅, famosa por lo salobre de sus aguas, a las cuales se le atribu铆an virtudes curativas, y que est谩 ubicada al suroeste de la provincia de Buenos Aires. Dice Cutolo que en su juventud Ta-pincen contaba con s贸lo unos 150 guerreros, pero debido a su creciente prestigio y audacia, muchos caciques menores y capitanejos se pon铆an a sus 贸rdenes para maloquear en las tierras del criollo argentino. Con sus aliados llegaba a contar con 600 lanzas de guerra para invadir. Sus malones fueron recordados por la crueldad que empleaba para infundir p谩nico, la astucia con que planeaba y vigor con que los ejecutaba, y adem谩s, 茅l personalmente, por la valent铆a que mostraba frente a las tropas de l铆nea que le opon铆an y que desplegaba en los entreveros que fatalmente se armaban en las retiradas con el bot铆n y las persecuciones consecuentes de las autoridades.

El agua dura le llegaba a la nariz. Ve铆a al ras todo el cielo hecho plata en la piel del lago. Algunas nubes lo transitaban: morosidad vacuna. Pastando. Una marca de sal se le hab铆a endurecido a lo largo de la cara, dos cent铆metros debajo de los ojos. Ta-Pinc茅n ve铆a flotar sus extremidades emblanquecidas sin un pez alrededor, s贸lo prismas de sal que crec铆an, puntiagudos, giraban, sub铆an y se frenaban contra la superficie del agua.

Se incorpor贸: brotaron chorros de la trama de su pelo.

Entre los rastros de agua que pueblan el suelo, desde la cocina hasta el ba帽o, reconozco, despu茅s de la carrera por buscar la toalla ausente, despu茅s de secarme el fr铆o molar del oto帽o que se cuela por la puerta, despu茅s de enchufar el radiador y prenderlo, despu茅s de reavivar con refriegos la circulaci贸n de los brazos, reconozco un charco con forma de pie.

鈥淎dalid primitivo鈥 lo llama Bebi a Ta-Pinc茅n, y as铆 intenta negarle su porci贸n de contemporaneidad al pampa. Ciertamente: aunque la cadena de los Pinc茅n que se enumera en el texto tiene una correspondencia punto por punto, generaci贸n a generaci贸n, con la familia Roca, los indios siempre resultan ex-tempor谩neos. La Historia avanza y empuja a la civilizaci贸n, pero los Pinc茅n resurgen constantemente desde lo primitivo, como una duplicaci贸n at谩vica del ser nacional.

Ta-Pinc茅n, cuenta Bebi, dio muerte a varios tenientes del ej茅rcito pero en 1878 fue por fin derrotado a manos del coronel Villegas. Ten铆a setenta a帽os cuando lo llevaron como prisionero a la Isla Mart铆n Garc铆a.

En aquellos a帽os de Conquista, era de p煤blico conocimiento que en la Isla Mart铆n Garc铆a operaba un campo de concentraci贸n para indios de todas las vertientes y edades. Se lo llamaba 鈥渄ep贸sito de indios鈥.

Era tal el aprecio viril que Ataliva Roca le ten铆a al guerrero Ta-Pinc茅n que, conmiserado y haciendo uso de las facilidades institucionales que el parentesco permit铆a, solicit贸 a su hermano Julio Argentino, Ministro de Guerra, que rescatase al septuagenario caudillo de su presidio en Mart铆n Garc铆a, donde iba arreciando el c贸lera.

La historia es hermosa: una fraternidad masculina m谩s all谩 de cualquier barrera 茅tnica. Su desenlace, emotivo 鈥損ermiten al viejo Ta-Pinc茅n suspirar los 煤ltimos d铆as cerca de las tierras que sol铆a remover al galope.

Vale el frenazo detenerse en la operaci贸n discursiva que tiene por objeto la construcci贸n del enemigo como extranjero absoluto: otro, absolutamente. Para la hegemon铆a argentina en ciernes, cuya pol铆tica historiogr谩fica se puede rastrear desde la llegada de los espa帽oles a estos hemisferios pero que inventa un hito con La conquista de quince mil leguas. Ensayo para la ocupaci贸n definitiva de la Patagonia (1878) que Estanislao S. Zeballos escribe por encomienda de Roca, se preocupa por diferenciar a los indios. Hay indios, seg煤n esta ideolog铆a, argentinos y hay indios chilenos. Los pampa, entre los que se destaca el cacique Pinc茅n, son valientes, viriles, honorables en la guerra, con c贸digos, fieles a la palabra dada, argentinos, y son, en fin, los primeros derrotados. Por contraste, los ranqueles 鈥揳raucanos: chilenos鈥 se帽orean en la Patagonia por usurpaci贸n: sometieron a los pret茅ritos pueblos que hab铆an, mal que mal, edificado una civilizaci贸n rudimentaria y, desde hac铆a d茅cadas, se dedicaban a propagar la regresi贸n en el territorio argentino; el maloqueo, el robo y el rapto, el alcohol, el enga帽o, la timba.

Fraternidad masculina es un t茅rmino redundante: fraternidad a secas, nombra con econom铆a de palabras el concepto. La historia de los Roca se puede leer como la trama de una fraternidad, con todas sus fidelidades y traiciones. Lo que no hay, lo que no se lee tan f谩cil, es la trama sorora 鈥de las mujeres Roca.

Aunque 鈥搒e pone de manifiesto鈥 son ellas las que cuentan. Los hombres Roca no cuentan; hacen y tejen sus tejemanejes, y se equivocan tambi茅n. Pero no cuentan. Entre nuestros prohombres, no existe una autobiograf铆a de Julio Argentino.

Queda, claro, como clara excepci贸n, Bebi. Bebi nunca hizo nada, nunca trans贸 ni rechaz贸, no tuvo equ铆vocos ni aciertos, pero hacia el final de la vida se puso a contar, se puso a laborar una trama, hilar un texto: se transform贸 en una m谩quina de coser.

F茅lix Luna quiso darle a la Rep煤blica un pr贸cer docto, que supiera, como C茅sar, adem谩s de combatir, articular un discurso. La operaci贸n es un fracaso por dos razones: no hay, no hubo, Rep煤blica; n煤mero dos: no hay, no hubo, un Julio A. Roca docto. Su Roca m谩s bien es un fantasma textual conservador que, entre l谩grimas, se arrastra y trata de besar el cuerpo exang眉e del radicalismo argentino.

Es una ma帽ana de s谩bado y hemos dormido bien. Mi madre dijo ayer que sue帽o con huesos y catacumbas expoliadas a causa de mis investigaciones roquistas. Sin embargo eso no explica los leones, no explica los secuestros que me visitan de noche.

Temo meterme mucho con los sue帽os porque s茅 que terminan convocando fantasmas. Fantasmas, bien, sin problemas, pero 驴qui茅nes? 驴Cu谩les sus nombres? 驴C贸mo dialogar con un fantasma que no dice su nombre?

Le dec铆an le贸n a cualquier gato grande de los llanos. Sigue sucediendo. No hay leones en Argentina 鈥搉o como los de 脕frica鈥, aunque s铆 hay grandes gatos.

En el dep贸sito de indios de la Isla Mart铆n Garc铆a pon铆an a los caciques que hubiesen sobrevivido a la batalla, pero m谩s que nada llevaban a la chusma: ni帽os, mujeres, ancianas y ancianos, o 鈥渋ndios sin importancia鈥 para la guerra. Adem谩s 鈥揺sto lo o铆 por Valko鈥, era dep贸sito tambi茅n para las cautivas. Aunque blancas, aunque criollas y cristianas, su pureza hab铆a sido trasgredida por la verga del salvaje.

Todav铆a quedan hornos en la Mart铆n Garc铆a, donde pasaban a carb贸n los cuerpos del c贸lera.

A imitaci贸n de Washington, Sarmiento quer铆a fundar Argir贸polis en la Isla Mart铆n Garc铆a. Habr铆a sido la capital federal de los Estados Unidos de Sudam茅rica. Su suelo barroso no fue apto para tal empresa.

Con los recaudos del caso por el riesgo de contagio, [Ta-Pinc茅n] sali贸 de la isla en la embarcaci贸n del m茅dico que diariamente iba a la misma y en la que lleg贸 a buscarle el capit谩n Pablo Vargas, de paso en Buenos Aires, viejo criollo muy allegado a dos de los hermanos Roca (Ataliva y Agust铆n) y que por ser el 煤nico que dominaba la lengua vern谩cula de los pampas, le sirvi贸 de lenguaraz. Vargas lo condujo desde el desembarcadero a la mansi贸n de la avenida Santa Fe 2363, donde cuando llegaron, de noche, se realizaba una importante reuni贸n social de los mas granado y copetudo de la sociedad porte帽a, y al entrar el indio y ver al due帽o plantado en la puerta recibiendo gentilmente a las distinguidas visitas, sorprendi贸 a todos con su estrafalaria facha y con el grito estent贸reo de incontenible alegr铆a profiri贸: 隆Falliu toro! (隆Toro Bayo!), y le dio a Ataliva un abrazo pleno de afecto y emoci贸n.

                                                          desembarcadero

         mansi贸n                                 importante            

reuni贸n                            granado          copetudo            

                     indio                                                 

gentilmente                distinguidas visitas            

                                                     estrafalaria facha            

                   estent贸reo                              incontenible            

alegr铆a                                       abrazo pleno            

               afecto y emoci贸n.                                    

Luego de la recepci贸n, seg煤n Bebi, a Ta-Pinc茅n se le pregunt贸 v铆a el lenguaraz Vargas a d贸nde quer铆a ser llevado, ya que el cacique no correspond铆a las caricias de las j贸venes mozas que aderezaban la fiesta porte帽a. En la sala, sentado a piernas cruzadas sobre una pila de ponchos, Pinc茅n 鈥淓l Grande鈥 sorb铆a mate. Ataliva le ofreci贸 Malal, la casa que, aunque rendida, permanec铆a intacta. Estaba ah铆, a煤n, en las hect谩reas donde empezaba a fundarse la finca 鈥淟a Segunda鈥.

Vargas transmiti贸 el mensaje y Pinc茅n se alegr贸. Pero 鈥渉izo roncar el mate que ten铆a en la mano鈥 y dijo preferir un rancho junto a la laguna El Dorado, tierras del propio lenguaraz Vargas, por quien, suponemos, habr铆a adquirido sincero afecto y confianza.

Despu茅s de unos d铆as aburrido de la capital y de la comida ciudadana que no le apetec铆a para nada, so帽ando con la carne de yegua y dos paletas de potranca, volvi贸 Pinc茅n, el grande, a su desierto, a su pampa, a vivir con sus mujeres, sus hijos y algunos de su dispersa tribu, y tuvo la dicha de en su gloriosa vejez recorrer los campos y volear 帽and煤es y venados, hasta que su dios lo llam贸 a su cielo. Fue enterrado cerca de la laguna El Dorado donde yacen sus huesos.

La humedad del roc铆o le llegaba a la nariz. Aun con la vista d茅bil pod铆a captar los trazos grumosos en que se esparc铆an las nubes. Bajaba el sol y todo se volv铆a rosa con el galope. Los 帽and煤es se le escapar铆an. Bole贸. Cay贸 al polvo uno, acogotado en plena fuga.

Y cuando se ape贸 de la montura para pasar a cuchillo ese cuerpo de plumas palpitantes, las nubes en el horizonte sangriento se abrieron y se present贸 un dios, su dios. Y le habl贸 al anciano con voz de truenos y sonrisa de rel谩mpago. Y le dijo las tormentas de polvo se han posado en la tierra ya no habr谩 m谩s estampidas m谩s cacer铆as m谩s juegos tu gente no te sigue ya mi hermano. Y no hubo m谩s nubes de tierra al ras del horizonte. Y no lo segu铆an ni sus hijos ni sus mujeres ni Pablo Vargas tan querido. Y el anciano respondi贸 se abre el suelo para cobijarme al fin de vuelta, y era una pregunta. El dios, su dios, el que esgrim铆a un c谩lculo en el cielo que era su gesto pronunci贸 palabras inentendibles que el anciano supo recibir sin queja. Y el anciano se acost贸 en la tierra y vino la noche. Y las estrellas rebotaron su luz sobre la laguna.

* Dejamos la Primera parte del texto en este link.




Fuente: Lobosuelto.com