July 5, 2022
De parte de SAS Madrid
275 puntos de vista

Tienen tantas ganas de contar, que no se detienen solo en lo que pas贸 el viernes 24 de junio en la valla de Melilla. Quieren contarlo todo, porque si no, dicen, no se entiende nada. Hablan de guerras, de familiares asesinados, de torturas y explotaci贸n en Libia, del bloqueo de la ruta hacia Italia que les ha obligado a cruzar el desierto argelino, de violencia y persecuci贸n en la frontera marroqu铆.

P煤blico ha recogido m谩s de diez entrevistas con el relato directo de refugiados sudaneses, varios de ellos menores de edad, que aseguran que fueron devueltos en caliente por la Guardia Civil, que lograron superar todas las vallas que cercan Melilla, que tocaron suelo espa帽ol con sus pies descalzos y heridos, que pensaron que el esfuerzo, los golpes, los gases y las pedradas que encajaron hab铆an servido para algo. Que S铆sifo hab铆a subido por fin la enorme roca hasta la cima del monte. Pero, una vez m谩s, vieron c贸mo ca铆a la piedra rodando hasta detr谩s de la primera valla del lado marroqu铆, y c贸mo segu铆a rodando y rodando hasta acabar en cualquier ciudad lejana del centro de Marruecos. Y vuelta a empezar.

Hablan desde Casablanca, a 600 kil贸metros de Melilla, donde cientos de ellos malviven en calles y edificios abandonados de los suburbios hasta que vuelvan a intentarlo y fracasen de nuevo. Marruecos asegura que ha alejado forzosamente de los montes de Nador, a 20 kil贸metros de Melilla, a unos 1.500 migrantes desde el d铆a del tr谩gico salto. Fuentes del Ministerio del Interior espa帽ol calculan que alrededor de cien personas fueron “rechazadas en frontera” y devueltas a Marruecos tras ser contenidas por el cord贸n policial junto a la valla. Seg煤n el balance oficial, 23 personas murieron en el lado marroqu铆 de la frontera. All铆 fueron devueltas por las autoridades espa帽olas las personas que hablan en este reportaje.

Todos los relatos empiezan en el mismo punto, en alguna aldea remota de la regi贸n sudanesa de Darfur o en un campo de desplazados por la violencia de milicias armadas en un conflicto que se remonta a 2003. Ninguno de los entrevistados ha conocido su pa铆s en paz, pa铆s rodeado casi al completo de otros que tambi茅n est谩n inmersos en guerras largas y casi desconocidas. “Solo queremos un lugar en el que vivir en paz, en el que haya seguridad”, insiste Abdul谩 Hamal, sudan茅s de 21 a帽os. Y tiene derecho a conseguirlo, aunque esa paz est茅 a miles de kil贸metros al norte.

Seg煤n datos del Ministerio del Interior, m谩s de 90% de los m谩s de cien sudaneses que lograron pedir asilo en Espa帽a el pasado a帽o obtuvieron protecci贸n internacional, por lo que se ha negado el derecho a pedir asilo, y seguramente a obtenerlo, a las m谩s de cien personas que Espa帽a reconoce que devolvi贸 tras el salto. El asilo, para los subsaharianos, no se pide desde lo alto de valla; para ejercer este derecho hay que sufrir y a veces morir tratando de llegar a la ciudad aut贸noma de la 煤nica forma que existe, y las alambradas espa帽olas son solo el 煤ltimo pelda帽o de una larga escalera que pasa por Chad, Libia, Argelia y Marruecos.

Por todos esos lugares ha pasado Nurdin Sanusi, sudan茅s de 24 a帽os que lleva en ruta m谩s de dos a帽os. Antes de empezar a hablar se quita las gafas de sol con una gasa sujeta al cristal izquierdo. Al descubierto queda el derrame que una bala de goma le provoc贸 cuando intentaba cruzar desde Marruecos a Melilla. Dos cent铆metros m谩s arriba y el impacto le habr铆a dejado tuerto. Asegura que el disparo lo realiz贸 un gendarme marroqu铆 cuando 茅l esperaba, agolpado entre una multitud, a que un compa帽ero lograra forzar la primera puerta de acceso al paso fronterizo. “Me empez贸 a salir mucha sangre y me vend茅 el ojo con la camiseta. Ten铆a que seguir adelante”, asegura.

Fue su amigo Nassib quien forz贸 la puerta con una cizalla, explica. “Le vi morir, fue muy triste. Todo lo que lanzaban los marroqu铆es iba dirigido a 茅l, porque 茅l abr铆a la puerta, y cuando lo consigui贸, le pegaron con palos y le echaron espray. Luego toda la gente le pas贸 por encima para cruzar”, recuerda el chico.

Cuando Nurdin pudo pasar, la segunda puerta tambi茅n hab铆a cedido, pero el despliegue de las fuerzas espa帽olas ya les bloqueaba el paso. Todo era confuso, porque entre los agentes espa帽oles tambi茅n hab铆a gendarmes marroqu铆es que les conten铆an y les agred铆an, confirma. “Intent茅 avanzar, pero me pegaron con la porra en el pecho y me esposaron las manos a la espalda. Me pusieron de rodillas mirando al suelo. Despu茅s, dos polic铆as espa帽oles me llevaron hasta una puerta en la valla y me entregaron a los marroqu铆es”, describe. Seg煤n dice, los gendarmes le arrojaron junto a otras decenas de personas y le golpearon durante un rato, no puede precisarlo, solo sabe que pararon cuando vieron que su ojo segu铆a sangrando. All铆 estuvo varias horas, hasta que fue llevado a la fuerza a un autob煤s que lo alejar铆a de la valla y los montes m谩s de 600 kil贸metros. No recibi贸 atenci贸n m茅dica, ni en el lado espa帽ol ni en el marroqu铆. “Los agentes espa帽oles vieron que estaba herido, pero devolvieron a gente en peor estado que yo”, critica.

Cuando Abdul谩 lleg贸 a la valla aquel viernes negro, ya hab铆an conseguido forzar una de las puertas del paso fronterizo del Barrio Chino de Melilla. Al quitarse la gorra muestra una enorme cicatriz que surca su frente, recuerdo del porrazo de un guardia civil, dice, cuando intent贸 el pasado marzo cruzar la misma valla. Entonces fue escalando, pero “esta vez pude traspasarla corriendo”, dice.

“Hab铆a una avalancha en la segunda puerta, la que da al lado espa帽ol. Se abri贸 tambi茅n, por la presi贸n”, describe. Entr贸 en suelo espa帽ol, pero all铆 les cerraban el paso el quitamiedos de la carretera y un cord贸n de agentes antidisturbios espa帽oles. “Hab铆amos cruzado muchos, m谩s de 20, pero no nos dejaban pasar. Los polic铆as estaban organizados de tres en tres. Uno ten铆a una porra, otro espray lacrim贸geno y otro balas de goma”, narra el joven. “Si intentabas salir te golpeaban. Todo era un caos. Nos atacaban los espa帽oles por un lado y los marroqu铆es desde atr谩s y desde arriba”, dice. Despu茅s de un rato, los agentes abrieron una de las puertas y los empezaron a devolver a los gendarmes marroqu铆es. De dos en dos y con las manos atadas a la espalda.

En el lado marroqu铆 contempl贸 el horror. “Me tiraron entre la multitud. Estaban pegando a todo el mundo. A mi lado muri贸 una persona, sangraba mucho. Yo me manch茅 la ropa y la cara con su sangre para fingir que estaba malherido y para que no me pegaran m谩s”, asegura. Despu茅s de varias horas, lo subieron a un autob煤s junto a m谩s de 30 personas, “algunos con heridas, sangrando, o con el brazo roto”, apostilla. El veh铆culo se detuvo a las afueras de El Kelaa Sraghna, una peque帽a ciudad marroqu铆 a m谩s de 800 kil贸metros al sur. Le llev贸 varios d铆as llegar a Casablanca. “Los gendarmes nos quitaron todo. Los tel茅fonos, el dinero. Se lo quitaban del bolsillo hasta a los que estaban muertos”, asevera.

Detenido y devuelto decenas de metros despu茅s de la valla

Mudasir Mustafa Ibrahim, de 19 a帽os, fue capaz de llegar m谩s lejos que Hamal cuando cruz贸 la valla, pero tampoco le sirvi贸 de nada, como las m谩s de diez veces que ha intentado saltar la valla de Ceuta, las otras dos que ha intentado cruzar la de Melilla o las cuatro veces que se ech贸 al mar de Libia en una patera con rumbo a Italia. Mudasir lleva en ruta que en 2018 emprendi贸 el viaje desde Sud谩n, cuando solo ten铆a 16 a帽os.

脡l no lleg贸 a la valla de Melilla al amanecer, como el grueso de la gente que se hab铆a organizado para el salto tras violentas redadas y enfrentamientos con los gendarmes marroqu铆es en los montes de Nador, el d铆a anterior a la tragedia. “Yo llevaba diez d铆as en la monta帽a. Nadie planeaba saltar el viernes, pero nos atacaron tan fuerte que no tuvimos m谩s alternativa, nos empujaron a hacerlo”, afirma. Pas贸 la noche caminando oculto entre los montes y lleg贸 a la frontera a las 11 de la ma帽ana.

“Vi que hab铆a ya una puerta abierta y much铆sima gente. Lo lamento, pero tuve que pasar por encima de muchos compa帽eros para cruzar. No hab铆a alternativa, las puertas estaban abiertas”, dice. Recuerda desorientarse con cada explosi贸n de las granadas aturdidoras, la asfixia de los gases lacrim贸genos que volaban de un lado a otro de la frontera. Pero cruz贸 tambi茅n la segunda puerta, “la puerta de la uni贸n”, la llama. Ya hab铆a decenas de compa帽eros retenidos, bloqueados por los agentes espa帽oles. “Me mezcl茅 con la muchedumbre, esper茅 y estuve atento hasta que decid铆 echar a correr. Corr铆 y corr铆 todo lo que pude, llegu茅 a un campo de olivos, ya sent铆 que estaba dentro, que estaba en Melilla, ve铆a casas, campos de f煤tbol…, pero no s茅 de d贸nde apareci贸 un guardia civil y me peg贸 con su porra. Me detuve”, describe.

A su lado pasaban m谩s compa帽eros que se hab铆a zafado del cord贸n policial y corr铆an hacia los olivos. “Sent铆 una descarga el茅ctrica y ca铆 a suelo. El agente me at贸 las manos a la espalda y se fue corriendo a detener a m谩s personas. Yo me qued茅 seminconsciente, cansado de correr, asfixiado por los gases. Me dije a m铆 mismo: r铆ndete, no puedes hacer nada”. Cuando hab铆a varios detenidos y embridados, los llevaron a la puerta de la valla y fueron entregados a los gendarmes marroqu铆es.

Interior niega tajantemente que los agentes implicados en este operativo dispongan de medios de reducci贸n por descargas el茅ctricas. Tambi茅n niega que se realizaran devoluciones de “personas que precisasen atenci贸n m茅dica de relevancia” y asegura que estos rechazos est谩n amparados por la Ley de Seguridad Ciudadana y validados por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en una sentencia que gener贸 gran controversia.

“He pensado mucho en volver a Sud谩n, a pesar del peligro de la guerra”, advierte Abdul谩 Hamal. “Toda esta ruta me ha robado mi juventud, cuatro a帽os en los que no he podido estudiar, ni formarme, cuatro a帽os intentando llegar a Europa”, lamenta. “La 煤nica alternativa es volver a intentarlo, pero no tengo la misma esperanza. S茅 que muy pocos lo consiguen, que regresar茅 a la valla y me devolver谩n de nuevo, pero yo seguir茅 intent谩ndolo. No he sacrificado todo esto para regresar ahora a mi pa铆s”, concluye.

Enlace relacionado Publico.es (05/07/2022).




Fuente: Sasmadrid.org