March 27, 2022
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Se cumplen 46 a帽os del golpe que instal贸 la dictadura militar el 24 de marzo de 1976. Este es un pantallazo del antes, el durante y el despu茅s de la instauraci贸n del terrorismo de Estado. El texto fue preparado por lavaca y cuenta tambi茅n el nacimiento de las Madres, las mujeres que salieron a reclamar por la vida. Frente al horror en estado puro y la desaparici贸n de sus hijos, lograron lo que parec铆a inconcebible: transformaron el dolor en acci贸n. 驴C贸mo lo hicieron? Este es el relato que gu铆a el documental 30 A帽os de vida venciendo a la muerte. Un recorrido por las 煤ltimas d茅cadas, y algunas cuestiones pr谩cticas sobre los tejidos, los territorios, las brujas y los alumbramientos.

Por Sergio Ciancaglini

Hab铆a una vez un pa铆s con nombre de mujer, donde la muerte andaba suelta persiguiendo a los sue帽os, acorralando a la vida. Y en ese pa铆s de nombre plateado, los sue帽os y la vida tuvieron que aprender c贸mo enfrentar a los verdugos.

La historia suele ser infinita, 驴C贸mo contarla?

Habr铆a que hablar de un siglo XX Cambalache, que empez贸 con el pa铆s granero del mundo, con trabajo para pocos, democracia para pocos, dinero para menos, alguna ilusi贸n de tiempos mejores, seguida de d茅cadas infames. Surgi贸 luego un gobierno que gener贸 una expectativa de m谩s justicia, y m谩s democracia. La pol铆tica empezaba a estar en las calles, en las plazas, en la cabeza y en el coraz贸n de cada persona.

Ese gobierno fue tumbado en 1955 por los poderes econ贸micos, pol铆ticos y militares de siempre. Poco antes los golpistas hab铆an bombardeado con la aviaci贸n militar a transe煤ntes inocentes en plaza de Mayo. M谩s de 300 muertos. Que hubiera m谩s igualdad de oportunidades, o mejor distribuci贸n de la riqueza, era una maldici贸n que hab铆a que mutilar. Tierra extra帽a; aqu铆 siempre hubo una envidia al rev茅s. Los ricos envidiaron a los pobres, odiaron que los pobres pudiesen mejorar.

En 1956 aquella dictadura fue pionera: secuestr贸 ilegalmente a decenas de personas acus谩ndolas de planear una rebeli贸n. Los militares ordenaron los fusilamientos en los basurales de Jos茅 Le贸n Su谩rez. Fue la Operaci贸n Masacre, como la llam贸 Rodolfo Walsh en un libro inolvidable. Lo que nadie sab铆a, ni siquiera Walsh, es que la Operaci贸n Masacre apenas empezaba.

Poco despu茅s, en una peque帽a isla del Caribe frente a las narices de los Estados Unidos, hubo una revoluci贸n que se proclam贸 socialista. Los militares argentinos temieron que esa revoluci贸n fuese contagiosa, y gatillaron sus armas junto a los de todo el continente.

Siguieron los tiempos de proscripci贸n pol铆tica, censura, gobiernos civiles derrocados, gobiernos militares que se iban tumbando entre ellos, mientras las fuerzas armadas actuaban como tropas de ocupaci贸n en su propio pa铆s, como trincheras contra la democracia, en nombre de la lucha contra el socialismo.
Frente a eso, crec铆a la resistencia de quienes que no se resignaban al silencio, la censura, ni al olvido. Resist铆an los mayores, con una especie de nostalgia por el pasado. Y resist铆an tambi茅n los j贸venes, como a帽orando el futuro, pero un futuro que quer铆an construir con sus propias manos.

Un argentino que hab铆a puesto la mente y el coraz贸n para aquella revoluci贸n en la isla del Caribe, fue capturado y fusilado cuando quiso hacer algo parecido en Bolivia. Le dec铆an Che. Los que lo mataron no sab铆an que lo estaban inmortalizando. El mundo se pon铆a violento. En todo el planeta oleadas de j贸venes sal铆an a reclamar justicia, igualdad, rechazo a la guerra y la muerte, un mundo distinto.

En la Argentina las dictaduras segu铆an tropezando con las resistencias. Hubo un Cordobazo, un Rosariazo, la juventud se movilizaba pintando paredes y pintando proyectos. La democracia segu铆a presa. La violencia militar segu铆a libre. Nacieron las organizaciones guerrilleras, que quisieron agregarle armas a toda esa resistencia.

Tal vez esta historia haya que comenzarla, entonces, en 1972. El 22 de agosto en Trelew hubo una nueva versi贸n de la Operaci贸n Masacre. All铆 hab铆an detenido a miembros de varias agrupaciones guerrilleras. Fueron acribillados a balazos, indefensos, con el falso pretexto de un intento fuga. Mataron a 16. Hubo tres que sobrevivieron por milagro, y contaron lo que hab铆a pasado. Tal vez en aquel momento, cuando el crimen fue evidente, los estrategas militares empezaron a dise帽ar la represi贸n del futuro: matar sin evidencias.

Las movilizaciones protagonizadas fundamentalmente por la juventud, empezaban a ser gigantescas. La trinchera militar no soport贸 la correntada de tantos sue帽os, y en 1973 la vida pareci贸 cambiar. Una multitud oblig贸 a liberar a los presos pol铆ticos. La ilusi贸n no dur贸 demasiado.

Fue una danza alucinada.
C谩mpora gan贸 las elecciones. Volvi贸 Per贸n. En Ezeiza las patotas de la derecha peronista acribillaron a las columnas juveniles. Per贸n apoy贸 a esos grupos, contra la juventud. Cay贸 C谩mpora. Asumi贸 Lastiri que era el yerno de Jos茅 L贸pez Rega. L贸pez Rega era ex polic铆a, nazi militante, secretario privado de Per贸n, ministro de Bienestar Social, y astr贸logo esot茅rico. Como si su brujer铆a funcionara, concentr贸 cada vez m谩s poder. Lastiri llam贸 a nuevas elecciones que gan贸 Per贸n. Ocho meses despu茅s, muri贸 Per贸n y asumi贸 su esposa Isabel. La sociedad miraba aturdida, mientras el sistema de la muerte se instalaba alrededor de L贸pez Rega, que organiz贸 a los matones policiales, militares y a las patotas de la derecha, para crear un monstruo al que llamaron Triple A. Alianza Anticomunista Argentina.

La Triple A era un escuadr贸n de la muerte, un grupo paramilitar con v铆a libre para salir a matar. Estudiantes, intelectuales, sacerdotes, artistas, sindicalistas, obreros: la sucesi贸n de fusilamientos se hizo cotidiana, el terror empez贸 a ser la gen茅tica de cada d铆a.
La lista es macabra. Cientos de v铆ctimas. Por recordar algunos: Rodolfo Ortega Pe帽a, diputado nacional y abogado de presos pol铆ticos. Carlos Mujica, sacerdote del Tercer Mundo, Silvio Frondizi, uno de los principales intelectuales que dio la izquierda argentina, Julio Troxler, que hab铆a sobrevivido a los fusilamientos de 1956. Atilio L贸pez, uno de los dirigentes del Cordobazo, que durante la breve etapa camporista fue vicegobernador de C贸rdoba.

Los bombardeos en Plaza de Mayo y la matanza en los basurales hab铆an sido premoniciones.
Los fusilamientos de Trelew fueron una secuela.
La Triple A fue el perfeccionamiento del crimen mafioso.

Pero ahora imaginemos.
Imaginemos por un momento que hubiera miles de masacres como las de los basurales de Jos茅 Le贸n Su谩rez. Imaginemos que hubiera de pronto miles de fusilamientos como los Trelew. Y miles de Triple A matando por las calles con absoluta impunidad.
Eso fue la dictadura militar, cuando los militares dieron el golpe de Estado para imponer la m谩quina de matar corregida y aumentada al infinito. Fue hace exactamente 30 a帽os. Le pusieron un nombre que ser铆a c贸mico, si no fuera tan pat茅tico. Proceso de Reorganizaci贸n Nacional. El comunicado n煤mero uno que emitieron dec铆a:

Se comunica a la poblaci贸n que, a partir de la fecha, el pa铆s se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las FF.AA. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, as铆 como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervenci贸n dr谩stica del personal en operaciones.

M谩s que nunca, la muerte andaba suelta persiguiendo a los sue帽os, acorralando a la vida. Pero esta vez, adem谩s, inventaron una especie de acto de magia superior a los de L贸pez Rega. La magia m谩s perversa que alguien pueda imaginar.
No m谩s bombardeos, ni basurales, ni fusilamientos en c谩rceles, ni homicidios mafiosos a la luz del d铆a.

Los perseguidos, las v铆ctimas, iban a desaparecer.
No iban a estar m谩s: secuestrados y esfumados de la noche a la ma帽ana.
Los militares cre铆an que al no haber cuerpos, al no haber pruebas ni quedar en evidencia, nadie podr铆a acusarlos de crimen alguno.
Eso es el terrorismo de Estado. Las Fuerzas Armadas se dedicaron a la muerte clandestina, mientras en p煤blico sus jefes iban a misa a ser bendecidos, a comulgar, y a la salida sonre铆an. En sus discursos hablaban de la ley, el orden, la paz y el progreso.

Empez贸 la cacer铆a. Zonas liberadas, gritos en la noche, secuestros de gente indefensa, la absoluta desaparici贸n de la justicia.

Hay bibliotecas enteras que podr铆an leerse para entender lo que pas贸. Pero hay tambi茅n una carta. Apenas un a帽o despu茅s del golpe Rodolfo Walsh 鈥搊tra vez- escribi贸 en la clandestinidad su Carta abierta a la Junta Militar, donde explic贸 lo que nadie se atrev铆a a decir.

Hablaba de un lago cordob茅s convertido en cementerio lacustre. De personas arrojadas desde aviones militares al R铆o de la Plata, cuyos cad谩veres afloraban en las costas uruguayas. Denunciaba un sistema de tortura absoluta, intemporal y metaf铆sica, aplicada tanto con m茅todos medievales como el potro o el torno, como con la tecnolog铆a de la picana el茅ctrica, para machacar la sustancia humana. Hablaba de las guarniciones y comisar铆as convertidas en campos de concentraci贸n. De las mentes perturbadas de los militares que torturaban. Dec铆a, apenas un a帽o despu茅s del golpe y en medio de la censura y el terror: 鈥淨uince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror鈥.
Pero hay otro p谩rrafo, que cada d铆a se entiende mejor. Le dec铆a a los militares:
芦Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han tra铆do al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la pol铆tica econ贸mica de ese gobierno debe buscarse no s贸lo la explicaci贸n de sus cr铆menes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada禄.
Ah铆 estaba la clave para entender el crimen: la miseria planificada.
Walsh fech贸 esa carta el 24 de marzo de 1977, distribuy贸 varias copias, y un d铆a despu茅s fue secuestrado por los militares. Nunca m谩s se supo de 茅l. Es otro desaparecido.
鈥斺斺斺斺斺斺斺斺

En esa noche, hubo un parto.
En medio de la oscuridad, un alumbramiento.

Naci贸 una historia.
Muchas madres y padres salieron a buscar a sus hijos. Salieron de sus casas, salieron del 煤tero de su rutina habitual a enfrentar al aparato represivo m谩s imponente de la historia del pa铆s. Llevaban impresas en la piel la desesperaci贸n y el amor, y de all铆 les naci贸 el coraje. Recorrieron hospitales, caminaron juzgados, se atrevieron a ir a comisar铆as y cuarteles. Buscaron a las morgues. Nadie sab铆a nada. La ley del silencio. Cada d铆a era la esperanza de una noticia. Cada noche era la frustraci贸n del silencio.
Los padres varones, de a poco, volvieron a sus trabajos.
La mayor铆a de las madres eran amas de casa: ten铆an intacto el tiempo y la sensaci贸n de que no hab铆a otra cosa que hacer que dedicar cada hora, cada minuto y cada segundo de vida a la b煤squeda.

Estaban solas, movi茅ndose, preguntando in煤tilmente, aturdidas por tanto silencio. De a poco, empezaron a cruzarse por los mismos laberintos, a reconocerse y a descubrir que hab铆a otras que compart铆an esa especie de se帽al que cada una llevaba como un c贸digo secreto en la mirada: la desesperaci贸n y la incertidumbre.

Ese fue un primer triunfo contra el aislamiento. Comenzaron a encontrarse, reunirse, acompa帽arse. Estar juntas fue el modo de escaparle al terror de estar solas. Pero fue mucho m谩s que eso.

Un d铆a, esas mujeres se descubrieron a s铆 mismas en una iglesia militar, donde un cura psic贸pata les recomendaba santa paciencia y las confund铆a con rumores, insinuaciones y desinformaciones. Intuici贸n femenina: les estaban mintiendo sistem谩ticamente, nadie hac铆a nada por salvar a sus hijos.
Una de esas mujeres dijo: Basta.
Y dijo: tenemos que ir a la Plaza de Mayo, tenemos que hacer ver y o铆r lo que nos pasa. Era una mujer con nombre de flor.

Y ese grupo de mujeres decidi贸 que Azucena Villaflor ten铆a raz贸n: su lugar ser铆a la Plaza de Mayo.

La plaza ser铆a el territorio de estas madres.

No ten铆an oficina, pero hab铆an encontrado un lugar espacioso, aireado, iluminado y muy c茅ntrico.
No ten铆an sillones mullidos, pero hab铆a bancos de plaza.
No hab铆a escritorios, pero ten铆an las faldas para apoyar all铆 las carpetas, expedientes, cuadernos o que hiciera falta.
No ten铆an alfombras, s贸lo baldosas y unas palomas revoloteando.
No ten铆an recepci贸n, pero pod铆an verse de lejos mientras iban llegando. No ten铆an tel茅fonos, pero se pasaban papelitos con mensajes, informes, o futuros puntos de encuentro.
Ocultaban esos mensajes en ovillos de lana, por si la polic铆a o los militares se les cruzaban en el camino.
No quer铆an que las descubrieran. Ya que ten铆an los ovillos, llevaban agujas y tej铆an en la plaza, mientras iban pas谩ndose informaci贸n, inventando qu茅 hacer, c贸mo buscar, c贸mo evitar la impotencia de no hacer nada. Pen茅lope tej铆a esperando el regreso de su marido. Ellas tej铆an juntas las acciones para buscar a sus hijos y denunciar lo que estaba pasando.

La primera vez fue el s谩bado 30 de abril de 1977. Eran s贸lo 14 en la Plaza de Mayo. Como no hab铆a casi nadie, decidieron volver el viernes siguiente. Despu茅s, una de las madres avis贸, como ataj谩ndose de los malos augurios: 鈥淰iernes es d铆a de brujas鈥. A la semana siguiente empezaron a encontrarse los jueves, el d铆a que nunca m谩s abandonar铆an, para escaparle a las brujas.

La polic铆a empez贸 a desconfiar. Por el Estado de Sitio, se imped铆a cualquier reuni贸n de tres personas o m谩s, por ser potencialmente subversiva.
Para decir la verdad, en este caso ten铆an raz贸n: buscar la vida era subversivo. Como p谩jaros de uniforme, los polic铆as empezaron a revolotear alrededor esas mujeres que hablaban y tej铆an de los asientos de la plaza. Ordenaron: 鈥淐aminen, circulen, no se pueden quedar ac谩鈥. Ellas se pusieron a caminar y a circular alrededor del monumento a Belgrano, en sentido contrario a las agujas del reloj: como rebel谩ndose contra cada minuto sin sus hijos.
Marchaban, cada jueves, en las narices del gobierno dictatorial m谩s temible. La plaza ya era el territorio de las Madres.

Algunos periodistas extranjeros descubrieron esas raras vueltas y vueltas. Consultaron a los militares. Les contestaron que eran unas mujeres trastornadas, unas Madres Locas que andaban buscando a gente que no estaba en ning煤n lado. Gran parte de la sociedad prefer铆a no darse por enterada. La censura bloqueaba orejas, cerebros y corazones. Las madres locas eran las 煤nicas que parec铆an cuerdas, tejiendo y circulando al rev茅s que las agujas del reloj.

En octubre de 1977 se sumaron a la peregrinaci贸n a Luj谩n, que congregaba a un mill贸n de j贸venes. El problema era c贸mo encontrarse y reconocerse en la multitud. Alguien propuso que todas se pusieran un pa帽uelo del mismo color. Lo del color era un problema, pero entonces una de las madres tuvo una ocurrencia: 驴Por qu茅 no nos ponemos un pa帽al de nuestros hijos? No exist铆an los pa帽ales descartables y la mayor铆a de las madres todav铆a guardaba los de tela, tal vez pensando en los nietos.
Frente a la Bas铆lica, reclamaron y rezaron por los desaparecidos. Todos los que estuvieron pudieron verlas, identificadas con los pa帽ales blancos en sus cabezas. Poco despu茅s hubo una marcha de los organismos de derechos humanos, que termin贸 con 300 personas detenidas, incluidos 鈥損or error- varios periodistas extranjeros. Gracias a tanta eficiencia, el mundo empezaba a enterarse de lo que ocurr铆a. En la comisar铆a las Madres rezaban Padrenuestros y Avemar铆as. Los polic铆as no se atrev铆an a incomodar a mujeres tan devotas. Entre rezo y rezo, haciendo cruces, miraban a los uniformados, les dec铆an 鈥渁sesinos鈥, y segu铆an rezando. Am茅n.

El hecho de reunirse, romper el aislamiento, buscar a sus hijos, se convirti贸 en s铆 mismo en un delito. Diciembre de 1977, un oficial de la marina que se hac铆a pasar por hermano de un desaparecido organiz贸 el secuestro y desaparici贸n de tres de las madres, dos monjas francesas y otros familiares y amigos. As铆 era el coraje militar.

Las madres estaban organizando la colecta para publicar una solicitada el 10 de diciembre, denunciando las desapariciones.
El 8 de diciembre secuestraron a Esther Careaga y a Mary Ponce de Bianco en la Iglesia de Santa Cruz, junto a ocho personas m谩s, incluida la monja francesa Alice Domon. Esther era paraguaya. Ya hab铆a encontrado a su hija adolescente, a la que los militares hab铆an liberado. Las otras madres le hab铆an pedido que volviera a su casa, que ya no se arriesgara m谩s. Esther no les hizo caso, decidi贸 seguir junto a ellas hasta que encontraran a cada uno de sus hijos.

Dos d铆as despu茅s, desapareci贸 la mujer con nombre de flor. El terror de aquellos tiempos super贸 todo lo imaginable. Desaparec铆an quienes buscaban a los desaparecidos. Pero los militares hab铆an sido selectivos: secuestraron a quienes todas siempre consideraron 鈥渓as tres mejores madres鈥. Sin Azucena, hab铆a que elegir: seguir, esconderse, o volverse a casa. Para las madres no hubo demasiadas dudas: ahora no solo deb铆an buscar a sus hijos e hijas, sino tambi茅n a sus amigas y compa帽eras. Lograron sobreponerse a la par谩lisis y al terror, para seguir su marcha.
Azucena hab铆a parido la idea de que las madres se organizaran para nunca m谩s estar solas en su lucha. Y hab铆a dicho algo: 鈥淭odos los desaparecidos son nuestros hijos鈥. As铆 estaba socializ贸 la maternidad, potenci贸 a cada madre y le dio grandeza a cada minuto de resistencia.

Lleg贸 el Mundial 1978. El f煤tbol tapando de gritos y sonrisas la realidad, mientras a pocas cuadras de la cancha de River segu铆an torturando gente en la ESMA. El mundial fue ox铆geno para los militares: para seguir matando y seguir castigando cada vez a m谩s gente con la miseria planificada. Las madres cambiaron sus lugares y horarios de reuni贸n. No todos los jueves iban a la Plaza, para evitar que las detectaran. Cuando iban, la polic铆a les largaba los perros. Cada una llevaba un diario enroscado para sacarse a los perros de encima, una de las pocas cosas 煤tiles para las que serv铆an los diarios de esa 茅poca.

Muchas veces deten铆an o demoraban a alguna de ellas en las comisar铆as. Se les ocurri贸 una idea: cuando una iba presa, se presentaban todas y ped铆an ir presas ellas tambi茅n. Los polic铆as ve铆an llegar a decenas y decenas de mujeres que exig铆an ser encarceladas junto a su compa帽era. Una vez fueron tantas las que exigieron ser detenidas, que tuvieron que llevarlas en un colectivo de la l铆nea 60.
Madres locas, dir铆an los polic铆as, que no sab铆an bien qu茅 hacer: muchas veces las soltaban para sac谩rselas de encima.
Cuando en la Plaza le ped铆an documentos a una, todas las dem谩s se acercaban a la polic铆a a entregar tambi茅n los suyos. Cientos de documentos, c茅dulas y libretas c铆vicas, que la polic铆a ten铆a que verificar. De paso, las madres se quedaban m谩s tiempo en la plaza.

En 1979 lleg贸 al pa铆s la Comisi贸n Interamericana de Derechos Humanos. Tambi茅n el f煤tbol jug贸 en contra. El mundial juvenil ten铆a a todos pendientes de Maradona, y los militares aprovecharon para que relatores de f煤tbol y periodistas radiales llamaran a la gente a Plaza de Mayo, y que de paso repudiaran a quienes hac铆an cola para declarar ante la Comisi贸n. Quer铆an mostrar lo que llamaban 鈥渓a verdadera imagen del pa铆s鈥. Dec铆an: 鈥渓os desaparecidos algo habr谩n hecho鈥, o 鈥減or algo ser谩 que se los llevaron鈥. Los hinchas, sin embargo, no molestaron a los que estaban esperando para hacer sus denuncias.

Ya era la 茅poca de la plata dulce, la fiesta de las multinacionales, el d贸lar barato, miles de argentinos gastando en el exterior lo que nunca hab铆an sabido ganarse, gracias a la miseria planificada de millones.
Los diarios y las revistas no s贸lo censuraban la informaci贸n para defender su negocio, sino que hac铆an campa帽as por los militares: 鈥淟os argentinos somos derechos y humanos鈥. Confirmado: nunca hay que subestimar la estupidez humana, la capacidad de negaci贸n, el tama帽o de la crueldad.
En ese 1979 hubo otro parto, otro alumbramiento: las Madres decidieron crear la Asociaci贸n Madres de Plaza de Mayo. Si todas estaban en peligro, esa era una forma de mantener la lucha viva. La casualidad, o el destino, determinaron que la asociaci贸n fuese creada en una fecha imposible de olvidar: 22 de agosto. Hab铆an pasado siete a帽os de la masacre de Trelew, aunque parec铆an siete siglos.

Los militares asesinos argentinos inventaron un conflicto contra los militares asesinos de Chile, que a todos les serv铆a para ganar tiempo en el poder. En esos d铆as fue muy pr贸spero el negociado de la fabricaci贸n de ata煤des, hasta que el Papa intervino. Secuestros clandestinos y desapariciones en la noche, permit铆an mirar para otro lado. Guerra abierta entre gobiernos tan vecinos y tan beatos era demasiado. Hasta para el Vaticano. Am茅n.
Segu铆an encontr谩ndose en plazas y bares. Para que no las descubrieran cambiaban el nombre. Si iban a ir a Las Violetas, dec铆an Las Rosas. Ellas mismas llevaban en sus carteras las carpetas, las denuncias, los expedientes.
Reci茅n en 1980, gracias a los apoyos internacionales, las Madres pudieron tener una oficina. Pero tambi茅n ese a帽o decidieron volver a su territorio, la Plaza de Mayo, para nunca m谩s abandonarla.
Fueron un jueves, al jueves siguiente las estaba esperando un escuadr贸n entero, con las armas gatilladas. Ellas cambiaban el horario, circulaban por donde no las ve铆an. Poco a poco envolvieron a la Pir谩mide de Mayo con sus marchas que nadie pod铆a detener. Llevaban diarios enroscados. Pronto aprendieron de sus hijos, y llevaban tambi茅n botellitas de agua y bicarbonato por si las esperaban con gases lacrim贸genos. No necesitaban gases para llorar. Pero hab铆an decidido transformar el llanto en acciones.

Los militares eran la rigidez y la violencia. Las madres eran la fluidez y la energ铆a. Los militares y la polic铆a eran la muerte. Los verdugos. Las madres eran la vida.

Se edit贸 el primer bolet铆n de Madres, se iba ganando apoyo afuera y adentro. Los militares llamaron a los viejos pol铆ticos a dialogar, como abriendo el paraguas frente a la crisis econ贸mica y a su propio desgaste. Pero las Madres estaban simbolizando d贸nde estaba la verdadera pol铆tica, y qui茅nes eran sus nuevos protagonistas. En 1981 lo demostraron retomando la Plaza y haciendo la primera Marcha de la Resistencia. Solas, pocas, pero juntas, resistiendo 24 horas seguidas.
Vinieron 茅pocas de ayunos, de tomas de iglesias y catedrales. Los j贸venes, sobre todo, se conmov铆an. Naci贸 la consigna 鈥渁parici贸n con vida鈥.
El 30 de abril de 1982, hubo manifestaciones de protesta en Buenos Aires contra la situaci贸n econ贸mica, la miseria planificada, con la polic铆a reprimiendo a todos. Dos d铆as despu茅s, se llen贸 la Plaza de Mayo para aplaudir a los militares que hab铆an invadido Malvinas, creyendo que as铆 se iban a reciclar en el poder en una especie de brindis perpetuo.

Las Madres dijeron que la guerra era otra mentira. Los militares que secuestraban cobardemente, torturaban clandestinamente y asesinaban tirando cuerpos al r铆o, no pod铆an convertirse de un d铆a para otro en patriotas impecables y valerosos guerreros. Por decir eso, acusaron a las Madres de antinacionales. Ellas inventaron un cartel: 鈥淟as Malvinas son argentinas. Los desaparecidos tambi茅n鈥. Muchos que acompa帽aban a las Madres las criticaron: hab铆a que estar del lado de la guerra, del lado de los militares. El tiempo mostr贸 qui茅n ten铆a raz贸n sobre los guerreros, entre ellos el mismo que hab铆a delatado a Azucena, Esther y Mary.

La derrota de los militares resucit贸 la posibilidad de la democracia. Se abri贸 la multipartidaria, formada por cantidad de partidos y pol铆ticos muchos de los cuales, durante los tiempos m谩s duros de la represi贸n, hab铆an sido expertos en el arte de callar.
En 1983 hubo elecciones, Alfons铆n lleg贸 a la presidencia, y las madres hicieron la marcha de las siluetas para que nadie olvidara a los ausentes. En los afiches dec铆an que esos hijos desaparecidos hab铆an luchado por la justicia, la libertad y la dignidad.
El gobierno form贸 la CONADEP, la comisi贸n nacional para la desaparici贸n de personas. Las madres desconfiaron, no quisieron integrarla. Siempre prefirieron la calle, y no las comisiones. Crearon un peri贸dico, la Asociaci贸n iba creciendo y segu铆a reclamando aparici贸n con vida y castigo a los culpables.
En 1985 Alfons铆n las cit贸, pero luego no las atendi贸 porque ten铆a que ir al Col贸n, seg煤n la explicaci贸n oficial. Las Madres tomaron la Casa Rosada, y se quedaron ah铆 instaladas como forma de resistencia pac铆fica. Esas acciones mostraban la grieta entre los discursos sobre los derechos humanos que hac铆a el gobierno, y la realidad. Y mostraban c贸mo el protagonismo pol铆tico se desplazaba de los pol铆ticos de museo, a los movimientos generados en la sociedad para enfrentar los problemas tomando las riendas de sus propias decisiones.

Se hizo el juicio a las Juntas, pero s贸lo hubo dos condenas a prisi贸n perpetua. Las de Videla y Massera. Los otros jefes militares recibieron penas bajas, o fueron absueltos. Las Madres opinaron del siguiente modo: se levantaron y se fueron de la sala de audiencias.
Segu铆an las acciones, marchas, escraches a los militares en sus casas, viajes y campa帽as en todo el mundo,
la lucha contra las leyes de Punto Final y Obediencia Debida,
La lucha contra las rebeliones de Semana Santa y de los carapintadas
La marcha de las manos,
La marcha de los Pa帽uelos, cuando taparon la casa de gobierno de pa帽uelos blancos, los premios internacionales. El apoyo a los conflictos, a las huelgas, a los reprimidos y a los perseguidos. Empezaban a hacer propia una idea: el otro soy yo.

Las Madres, adem谩s de denunciar lo que hab铆a ocurrido con sus hijos, hicieron otra cosa: comenzaron a levantar las mismas ideas y sue帽os por las que esos j贸venes hab铆an luchado.
Por eso sintieron que a煤n sin estar, sus hijos las estaban pariendo.
Aquellas amas de casa desgarradas por la desesperaci贸n, hab铆an logrado transformar el dolor en acci贸n y en pensamiento.

Todas estas luchas se multiplicaron al infinito cuando Menem lleg贸 a la presidencia para perfeccionar, en democracia, la miseria planificada: privatiz贸 el pa铆s, regal贸 el Estado, masific贸 el desempleo, protegi贸 a toda clase de mafiosos, asesinos y corruptos, y adem谩s los puso a gobernar con 茅l. De paso indult贸 a todos los militares que hab铆an sido condenados.
Hubo m谩s de lo mismo cuando subi贸 De la R煤a, y las madres estuvieron all铆, nuevamente en la plaza, el 19 y 20 diciembre, cuando ese gobierno intent贸 imponer el Estado de Sitio y se dedic贸 a reprimir a miles y miles de personas hartas de tanta decadencia y de tanta mentira. Nuevamente las plazas se llenaron de balas, y de j贸venes muertos.

La historia reciente es m谩s conocida, las Madres y su universidad llena de j贸venes, de movimiento, de conferencias, de proyectos. Las Madres y su flamante radio, para que se escuche cada cosa que hay que decir. La intervenci贸n en cada lucha contra las mafias, contra la miseria, contra la muerte.
Y cada jueves, como siempre, las madres circulando, tejiendo solidaridad, construyendo este territorio de la Plaza para que sea el espacio de todos.

Hab铆a una vez un pa铆s con nombre de mujer, donde la muerte andaba suelta persiguiendo a los sue帽os, acorralando a la vida. Y en ese pa铆s de nombre plateado, los sue帽os y la vida tuvieron que aprender c贸mo enfrentar a los verdugos. Las madres est谩n dejando esa herencia.
C贸mo convertir al dolor, en acci贸n.
La par谩lisis y el miedo, en lucha.
La desesperaci贸n, en coraje.
Las l谩grimas, en acciones.
Para acorralar a la muerte, como el primer d铆a:
tejiendo luchas,
haciendo circular los sue帽os,
y alumbrando la vida.




Fuente: Lavaca.org