June 13, 2021
De parte de SAS Madrid
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Mujeres que se han visto encerradas en laberintos judiciales tras denunciar los abusos sexuales expresados por sus hijos se organizan para decir basta y alertar del maltrato institucional y la violencia vicaria que sufren. Su lucha no es solo contra unas instituciones que ni escuchan ni investigan, sino también contra un relato que las criminaliza.

Incumplidoras, desobedientes, alienadoras son los nombres que les han dado la justicia y los medios. A veces, también criminales, secuestradoras, brujas. De ellas se dice que tienen preocupación mórbida por sus hijos e hijas o que persiguen una ganancia secundaria cuando denuncian ante las autoridades lo que les cuentan sus hijos. Pero ellas reivindican otra acepción: la de “madres protectoras”. “Nos llaman locas, histéricas, obstaculizadoras de las relaciones paternofiliales, despechadas, progenitoras maliciosas… todo salvo lo que somos: madres que sabemos la verdad y la defendemos a muerte”, dice una de ellas, que prefiere no dar su nombre ni hablar de los detalles de su caso.

Su historia no aparece en el manifiesto hecho público hace unas semanas y que firman como Consejo Nacional de Mujeres Resilientes de la Violencia de Género, una federación que se ha ido gestando en los últimos dos años gracias al contacto entre diferentes organizaciones que trabajan sobre la violencia machista junto a supervivientes de la misma, y que se formalizó hace un año. El manifiesto denuncia que el maltrato institucional es la respuesta que les da la justicia ante las denuncias de abusos sexuales a sus hijos, pero también la violencia vicaria que sufren muchas de ellas. Y es que estas mujeres hablan de un concepto incómodo que ni siquiera aparece en el Código Penal y del que hay pocas estadísticas: el incesto.

“No soportan que destapemos que en España el incesto y el maltrato infantil no se está penalizando, que existe una absoluta indefensión de los menores, que existen padres ‘normales’, de esos que van al parque o los ves montando los legos que cuando están a solas con sus hijos e hijas disfrutan torturándoles para someterlos a su poder, y lo hacen porque se les permite”, abunda esta misma madre que pide ser citada como “madre protectora en confidencialidad” .

‘Backlash’ institucional

Tras el manifiesto de las madres protectoras hay un centenar de mujeres que tienen en común el haberse enfrentado a acusaciones de secuestro y la pérdida de la custodia cuando han denunciado abusos sexuales contra sus hijos o malos tratos hacia ellas y los niños, o que están al borde de llegar a esta situación.

V. S. ha denunciado ambas cosas. En este momento, tiene una orden de alejamiento de tres años de su maltratador, pero el juez le ha solicitado que reanude de inmediato las visitas con el padre, que ha amenazado de muerte a los niños. “Creo que estamos en el tema de abuso y maltrato infantil como estábamos con la violencia de género hace veinte años; entonces una mujer iba a denunciar y nadie la creía”, dice esta madre. Tras la respuesta que ha tenido la justicia ante sus denuncias, V. es tajante al afirmar que, de haber sabido cómo responde el sistema judicial, no hubiera denunciado. “En mi primera denuncia yo ya explico que no había ido antes [a denunciar a comisaría] porque no creía que pudieran protegerme, si lo hice fue porque me animó mi entorno”, dice. Hoy cree que, de no haber denunciado, estaría en mejores condiciones para proteger a sus hijos, aunque tuviera que convivir con el hombre al que ha denunciado por maltrato y abuso.

Altamira Gonzalo, jurista especializada en derecho de familia y vicepresidenta de la asociación de mujeres juristas Themis, lo explica así: “Desde el derecho penal y de familia se soporta mal que las mujeres denuncien a los hombres, bien por violencia de género o bien por abusos sexuales, y es frecuente la reacción de no creer el relato de las mujeres y tampoco el de los niños y las niñas”. Gonzalo resume así esta reacción adversa de las instituciones ante lo que es un paso adelante de estas madres. “Este descreimiento de los relatos de las mujeres y de sus hijos tiene la causa en el sistema patriarcal”, explica. Un sistema donde la falta de perspectiva de género por parte de quien tiene que examinar esas situaciones brilla por su ausencia: “A eso lo llamamos maltrato institucional”.

La falta de vacunas en África, un retraso de consecuencias devastadoras

El acaparamiento de dosis por los países ricos y la debilidad de sus sistemas de salud provoca que el continente más pobre, donde golpea ahora la tercera ola, apenas haya inmunizado al 0,6% de su población.

Un vecino de Pretoria (Sudáfrica) se queja en en la emisora Radio Power del ritmo de inmunización en África. “Es una vergüenza. Primero lo que tardaron en vacunar al personal médico, luego la lentitud con los mayores de 60 años y, ahora, con la vuelta presencial a la escuela tras las vacaciones, aún no han empezado con los profesores”, critica. Sudáfrica es el país más rico de África y solo un 0,8% de su población está inmunizada, una muestra de lo que ocurre en todo el continente, que enfrenta la tercera ola de la pandemia.

El director de los Centros de Control de Enfermedades en África, John Nkengansong, aseguraba esta semana a los medios: “Es extremadamente preocupante y en ocasiones frustrante”. Las cifras confirman sus palabras. Con un incremento de un 13% de los casos en el último mes en todo el continente, hay países como la República Democrática del Congo, Uganda o la propia Sudáfrica, donde la pandemia sigue disparada. En al menos 13 países, entre ellos Kenia, o Nigeria, se ha detectado la variante delta (la india) y el temor a un brote explosivo va en aumento. En este contexto, mientras en Europa y Estados Unidos las tasas de vacunación superan con creces el 20%, en África ronda el 0,6%, con menos de 10 millones de personas que han sido inmunizadas.

Célestin Traoré, responsable de vacunación de Unicef para África occidental y central, apunta al acaparamiento de las vacunas por parte de los países ricos como parte del problema. “Hay una escasez en el mundo y los países en desarrollo, como los africanos, no cuentan con la financiación suficiente para adquirirlas”, asegura. Otro desafío es la debilidad de los sistemas de salud que no disponen de suficientes frigoríficos, energía eléctrica, protocolos adaptados o formación para sus campañas. “A ello hay que sumar los graves problemas de inseguridad a los que se enfrentan numerosos países, sobre todo en el Sahel, donde hay 5,4 millones de personas desplazadas por la violencia”, añade el doctor Traoré.

El respetado epidemiólogo sudafricano Salim Abdool Karim pone cifras al desequilibrio. “Somos 7.500 millones de personas en el mundo y hay 1.800 millones de vacunas. Esto significa que una de cada cinco personas tiene acceso a las mismas, mientras que la realidad en África es que tenemos una para cada 50 personas. Es una desigualdad tremenda e injusta”. En Chad comenzaron a vacunar el pasado 4 de junio, seis meses después de que comenzara la inmunización en Europa, y en Tanzania, Eritrea o Burundi no se ha administrado ni una sola dosis.

Para tratar de reducir la brecha de vacunación entre los países ricos y los países en desarrollo surgió Covax, una iniciativa público-privada impulsada desde los comienzos de la pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Alianza por las Vacunas Gavi, Unicef y otros organismos internacionales, que se ha marcado como objetivo que el 20% de la población de las naciones con menos recursos esté vacunada a finales del presente año. Todos los países africanos se sumaron a este proyecto. Sin embargo, a la escasez mundial de dosis agravada por la compra abusiva de los países desarrollados se ha añadido otro inconveniente: 190 millones de vacunas comprometidas por el Instituto Serum de la India para Covax tuvieron que destinarse a su propia población ante la explosión de casos en este país.

“Aún podemos conseguirlo, pero el escenario es incierto”, asegura Blanca Carazo, responsable de programas internacionales de Unicef-España. Buena parte del futuro de Covax y, por tanto, de una vacunación más justa en el mundo, se juega en la cumbre del G-7 de este fin de semana en Cornualles. “Las promesas de estos países de compartir una parte de sus vacunas es fundamental para responder a este inquietante desequilibrio”, remacha Traoré, “pero es crucial actuar con rapidez y que otros países les sigan”. El presidente estadounidense Joe Biden anunció el pasado jueves que donaría 500 millones de dosis para los países más pobres, mientras que el primer ministro británico, Boris Johnson, adelantó que su Gobierno cedería otros 100 millones con el objetivo de que el total de la donación procedente del G-7 alcanzara los 1.000 millones.

Estas decisiones están “en el lado correcto de la historia”, según Nkengansong, pero para Amnistía Internacional se trata de “una gota en el océano”, aseguró su secretaria general, Agnès Callamard, a través de un comunicado. Según sus cálculos y de mantenerse el ritmo actual, los países pobres no vacunarán a su población hasta 2078.

Por su parte, la OMS estima que solo siete países africanos van a alcanzar el 10% de su población vacunada en septiembre, muy lejos de la inmunidad de grupo deseada, y que hacen falta al menos 225 millones de dosis más a corto plazo. La directora en África de este organismo, Matshidiso Moeti, reveló esta semana en conferencia de prensa que “es una cuestión de vida o muerte. Los países que puedan, deben compartir sus vacunas. A medida que nos acercamos a los cinco millones de casos en África y empieza una tercera ola, muchas de las personas más vulnerables siguen peligrosamente expuestas a la covid-19”.

Jo Barnes, del Departamento de Salud Global de la Facultad de Medicina de la Universidad Stellenbosh en Ciudad del Cabo, explica que a la falta de dosis, se suman los problemas de logística. “Sudáfrica tiene un número elevado de indigentes y muchos viven en zonas rurales e inaccesibles. Incluso en las ciudades y pueblos hay suburbios informales con población variante a la que es difícil alcanzar. También hay personas pobres sin acceso a un móvil para registrarse en la base de datos para vacunarse”, señala.

Pero África es muy grande y en ella conviven diferentes realidades. A la sombra de un árbol en el patio principal del centro de salud Gaspard Cámara de Dakar, la capital de Senegal, medio centenar de personas, casi todos de edad avanzada, aguardan con paciencia su turno para vacunarse. Para la mayoría de ellos es su segunda dosis. “Estoy impaciente”, apunta Ndeye Balde, “se cuentan muchas historias sobre las vacunas, pero yo no estaré tranquila hasta que me la ponga. La gente dice muchas tonterías”, asegura. No hay tramos de edad ni es necesario pedir cita: basta con presentarse y pinchazo al canto. “¿AstraZeneca o la china?”, pregunta la enfermera.

Hasta Senegal han llegado 1,1 millones de dosis y se ha administrado casi la mitad. Pero es Marruecos quien lidera las estadísticas de vacunación, con el 99% de sus 15,4 millones de vacunas ya inyectadas. Casi 7 millones están totalmente inmunizados. Fruto de este intenso trabajo, el primer ministro marroquí, Saadín el Otmani, aseguraba este viernes que la situación epidemiológica “está bajo control” y añadió que se ha evitado lo peor. No se puede decir lo mismo del resto del continente. En África central, por ejemplo, los casos aumentaron un 116% en el último mes.

Las consecuencias del enorme retraso en la vacunación pueden ser devastadoras para África. Según Traoré, “la exacerbación del impacto sanitario y socioeconómico de la pandemia y que la normalización del funcionamiento de ciertos servicios llegue más tarde. Esto va a afectar a la sanidad, donde la inmunización de rutina se ha visto perturbada o incluso interrumpida, pero también a la educación, donde más de 128 millones de niños solo en África occidental y central se han quedado sin clases o han tenido problemas para continuar con sus estudios. Por no hablar de la pérdida de ingresos y la caída del estado nutricional de los menores”. Y también de sus familias. “Si el virus se sigue propagando, más duro será este impacto a largo plazo”.

Dejar atrás a África no es solo un problema moral, como ha repetido decenas de veces el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, sino un riesgo para el mundo. Coincide con él el epidemiólogo Salim Abdool Karim: “Me gusta pensar que hay una conciencia de que si no controlamos la expansión del virus de forma global y se vacuna solo a Europa, nos encontraremos en una situación en la que la expansión desenfrenada del virus en ciertas partes del mundo llevará a nuevas variantes, y estas se convertirán en un desafío para las vacunas. En realidad, aunque sea por propio interés, hay que dar más vacunas a África”.

Enlace relacionado ElPaís.com 13/06/2021.




Fuente: Sasmadrid.org