January 17, 2022
De parte de Arrezafe
160 puntos de vista

La burguesía odia la hoz y el martillo,

pero quiere el trigo y la cuchara.


ELSUDAMERICANO
– 17/01/2022

DESDE
PROUDHON, LASSALLE, BERNSTEIN, MILLERAN HASTA BORIC… POR AHORA

«Querido
compadre, seguramente también allí han oído hablar de
bolcheviques, de mencheviques, de social-revolucionarios. Bueno,
compadre, le explicaré que son los bolcheviques. Los bolcheviques,
compadre, somos nosotros, el proletariado más explotado, simplemente
nosotros, los obreros y los campesinos más pobres. Éste es su
programa: todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros,
campesinos y soldados; mandar a todos los burgueses al servicio
militar; todas las fábricas y las tierras al pueblo. Así es que
nosotros, nuestro pelotón, estamos por este programa»

G.
Boffa: La revolución rusa, ERA, México. 1976, T. 2, p. 28

1.
PRESENTACIÓN

2.
PROUDHON (1809-1865)

3.
LASSALLE (1825-1864)

4.
BERNSTEIN (1850-1932)

5.
MILLERAND (1859-1943)

6.
MAL MENOR REFORMISTA VS. REVOLUCIONARIO

1.-
PRESENTACIÓN

Estas
palabras proceden de una carta que un soldado escribió en verano de
1917 a su familia campesina. Son pertinentes para el texto que sigue
porque muestran la importancia crítica que tiene el programa
estratégico de un partido, de una coalición de partidos, de un
Gobierno, etc., pero en especial son decisivas porque muestran que es
la coherencia entre el programa y su desarrollo lo que da la
victoria, mientras que su abandono o relegación precipitan la
derrota bien directa bajo la represión o bien indirecta por la
deriva reformista integrada en el poder explotador que el programa
incumplido decía querer destruir. Por esto, como veremos, desde los
primeros escritos marxistas se ha insistido en la necesidad de
cumplir con un programa preciso que vaya al nudo de la explotación.
Y desde aquellos inicios se ha alertado de lo peligroso que resulta
fiarse de los demagogos vendedores de ilusiones que generan falsas e
imposibles esperanzas que terminan desmovilizando a votantes que se
sienten engañados
. Pensamos que esto va a pasar con Boric en Chile.

En
efecto, la victoria electoral del centro-reformista chileno nucleado
alrededor de Gabriel Boric sobre la extrema derecha y el fascismo
dirigida por José Antonio Kast no ha hecho sino agudizar un debate
con varias problemáticas interrelacionadas que venía ya en su forma
teórica esencial desde al menos 1846. Una de ellas es el recurso al
principio ético-político del mal menor para justificar el voto a
fuerzas reformistas. Otra de ellas es decidir si el Estado como forma
política del capital, y por tanto las instituciones burguesas desde
el Gobierno al parlamento, pueden ser instrumento decisivo de avance
revolucionario, etc. Nos encontramos, por tanto, ante uno de los
debates centrales para la libertad humana porque atañe directamente
a la cuestión de la verdad histórica, sí, a la cuestión de si la
humanidad explotada puede aprender de las contradicciones sociales
para no repetir errores que sigan condenándole a la explotación y
al sufrimiento. Lo que está en juego es la posibilidad o
imposibilidad de acceder a la verdad de la opresión, es decir a la
dialéctica de lo concreto, lo relativo, lo absoluto y lo objetivo en
la lucha de clases como motor de la historia.

Este
debate permanente, que volvió a avivarse Bolivia y México, por
ejemplo, se va a intensificar en la medida en que en Chile, Perú y
Honduras se agudice la lucha de clases o, por el contrario, el
centro-reformista empantane las reivindicaciones obreras y populares
en la trampa parlamentaria, debilitando y desmoralizando a los y las
trabajadoras y envalentonando a las derechas; otro tanto sucederá en
mayor o menor grado en Colombia y Brasil. La victoria electoral de
Gabriel Boric está siendo utilizada como el argumento definitivo que
demostraría que, por fin, se ha logrado la cuadratura del círculo,
el ‘Santo Grial’ que contiene el elixir de la ansiada validación
histórica de la vía reformista que se opuso frontalmente a la
revolucionaria desde el origen de la lucha de clases. Es por esto
que, eufóricos, aseguran la victoria electoral chilena «trasciende
fronteras». Exacto, es un debate que «trasciende fronteras» porque
nace de la mundialización de la lucha de clases.

Ahora
mismo en el Estado español el debate aflora de nuevo con fuerza ante
el proyecto neoreformista liderado por un parte del actual Gobierno
frente al ascenso de la extrema derecha cara a las elecciones de
2023: desde algunos pequeños sectores del PSOE hasta esta sopa
insípida de ilusionismo podemita, eurocomunismo e izquierdas
emblandecidas, se intenta por enésima vez dar forma a alianzas
interclasistas que vuelven a prometer «progreso», «justicia
social», repitiendo las buenas palabras de Unidas-Podemos de Pablo
Iglesias en el Estado español y de Alexis Tsipras y SYRIZA en
Grecia de 2012 hasta el Gobierno de 2015-2016, o Pepe Mújica en
Uruguay, Dilma Rousseff en Brasil, Michele Bachelet en Chile…
Pareciera que no hubieran existido aquellas derrotas mil veces
vaticinadas de la que aún tarda en recuperarse el movimiento obrero.
Lo grave es que en este lustro hemos entrado en una crisis sin
parangón frente a la que el neoreformismo no puede sino intentar
mejorar un poco la esencia del reformismo que ya Marx denunciara
en1846.

Es
por esto que debemos hacer un sucinto repaso histórico para sacar a
la luz el choque frontal entre las dos grandes estrategias
inconciliables: la revolucionaria y la reformista, que
independientemente de la creencia subjetiva de quienes la practican
es una perversa defensa objetiva de la explotación. Vamos a repasar
muy rápidamente la decisiva influencia que en el surgimiento del
reformismo y de la burda falsificación del principio ético-político
del mal menor han tenido Proudhon, Lassalle, Bernstein y Millerand, y
en base a las constantes que le identifican analizaremos el momento
actual.

2.-
PROUDHON (1809-1865)

Efectivamente,
Marx crítica al reformismo de su época tomando como figura a
Proudhon. En una carta del 28 de diciembre de 1846 a P. V. Annenkov,
dice:

«Quieren
lo imposible, a saber: las condiciones burguesas de vida, sin las
consecuencias necesarias de estas condicionas […] En su deseo de
conciliar las contradicciones, lo único que no se le ocurre al señor
Proudhon es preguntar si no deberá ser derrocada la base misma de
estas contradicciones. Se parece en todo al político doctrinario,
para quien el rey, la Cámara de los diputados y el Senado son, como
partes integrantes de la vida social, categorías eternas […] El
señor Proudhon es de pies a cabeza un filósofo y un economista de
la pequeña burguesía. En una sociedad avanzada el pequeño
burgués
se hace necesariamente, en virtud de su posición,
socialista de una parte y economista de la otra, es decir, se siente
deslumbrado por la magnificencia de la gran burguesía y siente
compasión por los dolores del pueblo. Es al mismo tiempo burgués y
pueblo. En su fuero interno se jacta de ser imparcial, de haber
encontrado el justo equilibrio, que proclama diferente del término
medio. Ese pequeño burgués diviniza la contradicción, porque la
contradicción es el fondo de su ser. No es más que la contradicción
social en acción. Debe justificar teóricamente lo que él mismo es
en la práctica».

La
pregunta que debemos hacer es esta: ¿cómo actúa ahora, después de
175 años, la pequeña burguesía cuando llega al
Gobierno, que no al poder total del Estado? Hablamos de la pequeña
burguesía porque en general y junto a algunos sectores de la media y
franjas obreras con ideología pequeño burguesa, forma la
base del reformismo parlamentario de la que surgen bastantes de los
burócratas presidenciables incluso con un pedigrí o historial
magnificado propagandísticamente de «luchador por la libertad»
aumentando su valor de cambio en el mercado electoral. La respuesta
es que, en lo esencial, hace lo mismo que lo dicho por Marx en 1846.
El rigor de Marx y Engels para destripar los arcanos de la pequeña
burguesía aun con las limitadas experiencias disponibles en la mitad
del siglo XIX, se aprecia en los premonitores análisis que aparecen
en El 18 Brumario de Luís Bonaparte, de 1851-1852.

Según
Marx, el reformismo busca la conciliación de contrarios, el
equilibrio estático entre fuerzas antagónicas. En otra parte de la
carta, Marx acusa a Proudhon que quedarse con lo «bueno» del
capitalismo y con lo «bueno» de la esclavitud, desechando los
«malo» de ambos. La dialéctica de la permanente unidad y lucha de
contrarios desaparece para buscar el acuerdo entre el capital y el
trabajo. La «imparcialidad» y el «justo equilibrio» frente a la
explotación, que no son otra cosa que la mezcla entre las buenas
palabras de paciencia al proletariado, diciéndole que no pueden
imponerse medidas sociales avanzadas, y las concesiones abiertas u
ocultas a la burguesía para «activar la economía, es decir, salvar
el capitalismo en vez de destruirlo. Como se aprecia, además de la
incompatibilidad política y económica entre reformismo y marxismo,
también estaba la incompatibilidad filosófica o de método de
conocimiento: la dialéctica de la lucha de contrarios.

Muchos
de estos reformismos se autodenominaban «socialistas» hasta tal
punto que el viejo Engels explicó en el prólogo de 1890 al
Manifiesto Comunista que en 1847 había dos grandes corrientes
socialistas: la utópica agonizante, y la de «los charlatanes
sociales de toda laya, los que aspiraban a remediar las injusticias
de la sociedad con sus potingues mágicos y con toda serie de
remiendos, sin tocar en lo más mínimo, claro está, al capital ni a
la ganancia». El Manifiesto Comunista criticaba a ambos
socialismos y planteaba que una vez conquistado el Poder el
proletariado despojaría «paulatinamente a la burguesía de todo el
capital, de todos los instrumentos de la producción,
centralizándolos en manos del Estado […] Claro está que, al
principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción
despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción,
por medio de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente
insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán
un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindiese como
medio para transformar todo el régimen de producción vigente».

Lo
que, en 1890, que no en 1845, entendía Engels por «sin tocar en lo
más mínimo, claro está, al capital ni a la ganancia», hacía
referencia a las leyes tendenciales inmanentes al capitalismo: la ley
general de la acumulación capitalista, la ley de la caída de la
tasa media de ganancia, la ley de la concentración y centralización
del capital, la ley de la competencia, la función estructural del
militarismo, etc. La crítica marxista de la economía política
burguesa es más actual y pertinente ahora que entonces, incluso más
que en 1894 cuando Engels analizó la arrasadora propagación de lo
que entendemos dentro del conglomerado formado por el capital
financiero, ficticio y especulativo. Las contradicciones capitalistas
están hoy más agudizadas que entonces, además han adquirido formas
nuevas y mucho más graves como la crisis socioecológica, e incluso
ha irrumpido otra cualitativamente nueva: la Covid-19 y la
probabilidad de nuevas zoonosis pandémicas. Viendo esto, los
«potingues mágicos» reformistas de 1890, que llevaron en los años
treinta al keynesianismo, son más inútiles ahora que entonces, lo
que obliga al reformismo a lanzar nuevas mentiras. Por tanto, ahora
es más necesario que entonces aplicar desde el Gobierno obrero una
«acción despótica» contra la burguesía.

Las
medidas aplicables que propone el Manifiesto podemos estudiarlas en
Internet. Sus autores las adecuaban a los contextos y circunstancias
de cada país en el que se publicaba la gran obrita, y siempre
insistieron en la necesidad de esa estrategia de «acción despótica»
del Poder proletario contra el capital. Más aún, en 1850 en la
Circular del Comité…, se analiza el fracaso de la
revolución de 1848 y como lección, se propone al proletariado que,
tras la victoria de la burguesía democrática, siga avanzando hacia
la revolución socialista porque la burguesía democrática le
traicionará una vez conquistado el poder, desde el que aplicará su
programa con la intención de seguir explotando al proletariado
aunque con algunas mejoras salariales, sociales y de estabilidad:
«tienen la esperanza de realizar este programa por medio del Estado
y la Administración municipal y a través de instituciones
benéficas».

En
1850 no existían aún los servicios sociales y públicos y mucho
menos existía el llamado «Estado del bienestar» (¿?) mantenido
por el esfuerzo obrero en forma de salario indirecto, por esto, la
burguesía utilizaba la beneficencia privada o institucional para
hacer caridad e integrar al movimiento obrero, tarea que ahora hacen
los casi desmantelados servicios públicos y, previo pago, los
privados que se han convertido en otro negocio, como en su tiempo
eran las mutuas. Hay que recordar esto para comprender la actualidad
de lo dicho en la Circular del Comité porque la lucha obrera por
darle un contenido socialista a la «beneficencia» y a los servicios
públicos, y por acabar con su privatización, esta lucha afecta
directamente a la tasa media de ganancia y a la vez refuerza la
conciencia y unidad obrera, y esta es la razón por la que el capital
quiere privatizarlos cuanto antes.

Los
Gobiernos reformistas están atrapados en la pinza de las exigencias
privatizadoras del capital y en las exigencias proletarias de que
esos servicios los pague el capital y además sirvan para preparar la
revolución. Por esto, los Gobiernos reformistas se pliegan más
temprano que tarde al capital, y por esto Marx y Engels avisaron que
el proletariado no debe desarmarse sino armarse más, debe
organizarse mejor y derrocar a la burguesía que ha dejado de ser
democrática, o sea, debe hacer la «revolución permanente». Tal
preparación no anula el que, a la vez, la clase obrera intente
aumentar su fuerza parlamentaria allí donde existan condiciones. La
lucha parlamentaria en la democracia burguesa puede impulsar mucho el
proceso revolucionario siempre que esté supeditada a y dirigida por
la independencia política estratégica del proletariado.

El
proletariado no debe confiar en la burguesía por muy democrática
que sea, en el contexto de la primera mitad del siglo XIX, podría
aún aliarse tácticamente con ella para derrotar al absolutismo
reaccionario, pero inmediatamente debía prepararse para enfrentarse
con las armas y vencer a su antigua aliada que ya se había
convertido en su nueva explotadora aparentemente «democrática». La
lección que Marx y Engels extrajeron de la derrota, y que sería
enriquecida permanentemente hasta el final de sus vidas, como
veremos, ha sido desatendida y rechazada con demasiada frecuencia con
efectos terribles sobre la vida de millones de personas. La ceguera
histórica del reformismo es tanto más grave cuanto que se ha
extinguido, para no volver ya a la fase en la que la burguesía se
jugaba sus propiedades y algunas contadas veces sus vidas luchando
por su democracia. Como veremos, fue en la socialdemocracia alemana
de 1895 cuando este problema estalló con virulencia al ser censurado
por la burocracia del partido un decisivo texto de Engels al
respecto.

3.-
LASSALLE (1825-1864)

Mientras
tanto, en Alemania Ferdinand Lassalle daba un fuerte impulso al
movimiento obrero, pero a la vez sembraba en su interior semillas
reformistas ahora sólidamente arraigadas. Lassalle proponía acceder
al control del Estado sólo mediante la acción parlamentaria legal,
logrando así el apoyo de la burocracia a sus planes de impulsar
estatalmente una economía cooperativista que fuera desplazando
paulatinamente y sin tensiones al capitalismo hasta suplantarlo
pacíficamente, todo ello dirigido por la «dictadura de la
Inteligencia» cuya plasmación práctica se veía en su
autoritarismo, narcisismo y culto a su persona. Su famosa «ley de
bronce del salario» afirmaba que la lucha sindical no rendía ningún
resultado positivo lo que explica que el concepto de «uniones
sindicales» no aparezca en su vocabulario. Consecuentemente, todo el
esfuerzo debía concentrarse en la política parlamentaria.

Esta
estrategia empezó a ser aceptada por comisiones del partido desde
1863, año en el que Lassalle comenzó sus relaciones con el
canciller Bismarck para instaurar un «cesarismo social» que velase
por la clase obrera, un gran Estado prusiano que, por su superioridad
cultural, tenía el derecho a seguir ocupando partes de Polonia.
También apoyaba de diversos modos la guerra imperialista contra
Dinamarca, aunque murió en ese 1864. Esperaba que el expansionismo
llevase a la invasión de Austria, lo que, según creía, favorecería
la instauración del sufragio universal en Alemania, pero murió dos
años antes de esa invasión, pero el sufragio universal sólo llegó
a finales de 1918, en plena ola revolucionaria porque hasta entonces
sólo votaban los hombres.

Las
relaciones entre Lassalle y Marx y Engels no eran de amistad personal
sino de afinidad política táctica y de choque teórico estratégico,
tensiones que estallaron una vez muerto Lassalle cuando sus ideas
dominaban en el partido. La Crítica del Programa de Gotha
escrita por Marx en 1875 hundía las bases del lassalleanismo, por lo
que fue ocultada hasta 1891 y sólo fue divulgada en serio a raíz de
la utilización que de ella hizo Lenin en su El Estado y la
revolución
en 1917. Las ideas de Lassalle fueron adaptadas por
el obispo de Maguncia en 1869 dando forma al movimiento
socialcristiano: subida salarial, control del horario laboral,
respeto de las fiestas, prohibición del trabajo infantil, y
supresión del trabajo de mujeres y jóvenes en las fábricas.
Reivindicaciones vehiculizadas sólo por las instituciones.

De
este modo en la socialdemocracia se formaron creencias muy sólidas
porque correspondían al sentido común pequeño burgués,
funcionarial y del proletariado y campesinado con poca conciencia
política: el Estado si no es socialmente neutral del todo, sí puede
ser ganado fácilmente por el «pueblo» que, guiado por la minoría
parlamentaria docta, lo empleará para desplazar pacíficamente a la
burguesía instaurando el «socialismo», proceso paciente que
excluye todo aventurerismo izquierdista porque no hay que molestar a
los aparatos de Estado que podrían pasarse a la burguesía. El
«interés nacional» es el del Estado y viceversa, por lo hay que
dedicar presupuesto al Ejército. La alta autoridad del Estado y la
élite político-parlamentaria están por encima del obrero medio. La
política exige el culto al dirigente narcisista o su defenestración
por la prensa sucia y sensacionalista, o por la propaganda
teledirigida por los servicios secretos… Esta ideología estaba tan
arraigada en amplios sectores de la clase obrera que apenas pudo ser
barrida por las duras leyes antisocialistas decretadas desde 1878.

Actualmente,
la industria político-mediática, la propaganda reformista, etc.,
adaptan aquellas ideas a las condiciones de la lucha de clases del
presente. El grueso de los políticos reformistas, sobre todo de los
presidenciables, sabe que están a merced de estos tentáculos que
surgieron en la segunda mitad del siglo XIX, y saben y quieren
utilizarlos en las escabechinas cainitas inherentes a la casta
política burguesa. Muchos reformistas presidenciables han visto cómo
su prometedora y egoísta carrera a la Presidencia de Gobierno ha
sido destrozada por esas degollinas que se libran en despachos, fuera
del conocimiento de sus dóciles votantes que creen ser libres.

La
Comuna de París de 1871 concretó y amplió a la vez los contenidos
de la lección recogida en la Circular de 1850: Marx y Engels
estudiaron los innegables logros comuneros, más actuales que nunca,
pero también hicieron una crítica constructiva de sus errores y
limitaciones, como la realizada por Engels en 1875 sobre el respeto
irracional de los comuneros a la banca, que no se atrevieron a
expropiar y socializar para dedicar ese dinero recuperado a las
necesidades de la Comuna. No sería la primera ni la última vez que
el movimiento obrero se detiene temeroso ante la propiedad burguesa
aun disponiendo de la fuerza armada para socializarla. Sin ir muy
lejos, en verano de 1936 la Comuna de Donostia, que resistía a la
desesperada al ejército internacional fascista, tampoco se atrevió
a expropiar en serio a la burguesía, cuando sufrían una penuria
extrema de armas. Estos errores decisivos, son el resultado de la
débil organización política y teórica, y a la vez son la
expresión última de la lentitud del movimiento revolucionario en
superar la ideología reformista que inicialmente lleva en su seno.

4.-
BERSTEIN (1850-1932)

Para
1878 Eduard Bernstein sintetizaba en sus primeros artículos el
pensamiento de la corriente reformista muy fuerte en la
socialdemocracia, aunque aún no sistematizada teóricamente. Al
poco, en la Circular a Bebel del 17-18 de septiembre de 1879,
Marx y Engels indicaban que los reformistas

«No
tratan de abandonar el programa sino sólo de aplazarlo…
hasta una época indeterminada. El programa se acepta, pero no
realmente para uno mismo ni para el tiempo de su vida, sino
póstumamente, como legado para hijos y nietos. Y hasta entonces se
aplica «toda la fuerza y la energía a minucias y zurcidos de todas
clases en el orden social capitalista, para que parezca que se hace
algo y al mismo tiempo para no espantar a la burguesía”».

El
reformismo zurce y maquilla lo «bueno» del capitalismo, y niega que
exista lo «malo» para, así, seguir cosechando voto dopado, frenar
la concienciación proletaria y «no espantar a la burguesía».
Obseso por conciliar lo inconciliable –amo contra esclava– jura
por lo más sagrado –las poltronas parlamentarias– que no ha
«abandonado» el programa, que sólo lo «aplaza» porque no existen
aún las «condiciones» para su aplicación plena; dice que no hay
que precipitarse con aventurerismos ultraizquierdistas que enfurecen
al Ejército burgués. Marx y Engels acertaron de nuevo, pero sólo
una parte del futuro porque no vieron, o si lo intuyeron se callaron
a la espera de más experiencias que lo confirmase, como era su
norma, que llegaría el momento en el que el reformismo abandonase el
programa originario sin pudor alguno, como ha hecho la II
Internacional y buena parte de la III Internacional porque lo
fundamental es «no espantar a la burguesía».

Recordemos
que fue en 1878 cuando se impuso la ley antisocialista y cuando
Bernstein empezó a pulir las tesis reformistas que venían desde
Lassalle, si no antes. En 1881 Domela Nieuwenhuis preguntó a Marx
sobre qué debería hacer la izquierda si llegase al Gobierno de
Holanda, que le responde en la carta del 22 de febrero:

«Un
gobierno socialista no puede ponerse a la cabeza de un país si no
existen las condiciones necesarias para que pueda tomar
inmediatamente las medidas acertadas y asustar a la burguesía
lo bastante para conquistar las primeras condiciones de una victoria
consecuente».

Él
mismo puso en cursivas las palabras
«asustar a la burguesía».
Asustar es el primer paso para infundir miedo y hasta pánico y
espanto paralizante. Recordemos que el
Manifiesto de 1848
explicaba la necesidad de una «acción despótica sobre la propiedad
y el régimen burgués de producción» como uno de los pasos
primeros del nuevo poder obrero. Ahora, y tras la experiencia
acumulada en un tercio de siglo, Marx insiste en lo mismo.

Poco
a poco, la represión empezó a hacer mella en la conciencia política
de sectores acostumbrados a la acción institucional en ayuntamientos
e instancias gubernativas, y en la burocracia sindical, de manera que
el posibilismo, es decir, el adaptarse a las exigencias legales para
mantener alguna presencia sindical e institucional, además de
parlamentaria, fue argumentado con la tesis del «mal menor»: ceder
en algo para no perderlo todo. Consciente de ello, Engels en la carta
del 28 de noviembre de 1882 le dijo a E. Bernstein que:

«Hallar
ese por un momento en minoría con un programa correcto –en tanto
organización– es mejor que tener un gran número de seguidores,
que solo nominalmente pueden ser considerados como partidarios.»

Más
adelante, cuando nos detengamos en Bernstein deberemos volver a esta
idea de Engels, que fue recogida por Lenin.

Conocedora
de la estrategia comunista, la burguesía alemana exigió a la
socialdemocracia que para ser legalizada renegase del derecho a la
revolución. En la carta a Bebel del 18 de noviembre de 1884, Engels
escribió: «Y esos son los partidos que nos exigen que nosotros,
sólo nosotros de entre todos
, declaremos que en ninguna
circunstancia recurriremos a la fuerza, y que nos someteremos a toda
opresión, a todo acto de violencia, no sólo cuando sea legal
meramente en la forma –legal según la juzguen nuestros
adversarios– sino también cuando sea directamente ilegal. Por
cierto, que ningún partido ha renunciado al derecho de la
resistencia armada, en ciertas circunstancias, sin mentir.
Ninguno ha sido capaz de renunciar jamás a este derecho al que se
llega en última instancia. […] Tal declaración de ilegalidad
puede repetirse diariamente en la forma en que ocurrió una vez.
Exigir una declaración incondicional de esta clase de un partido
tal, es totalmente absurdo».

El
derecho a la revolución, que en la Edad Media era llamado «derecho
al tiranicidio» y asumido con restricciones hasta por Tomás de
Aquino, también fue practicado y teorizado por la burguesía
ascendente. Desde 1948 el Preámbulo de la Carta Universal de los
DDHH lo llama «derecho a la rebelión contra la injusticia y la
opresión». Las cuatro denominaciones, y otras similares, se
refieren al derecho esencial de luchar por la libertad empleando la
violencia justa. El debate sobre el mal menor o mayor en su forma
extrema es parte de este derecho inalienable a la revolución que,
según la ética marxista, se ejercita –el mar menor
revolucionario– no para evitar un mal mayor, el fascismo, por
ejemplo, sino para avanzar al bien mayor: el comunismo.

Recordemos
que estamos hablando de «votar» como acción pasiva
individualizada, no de movilizar masivamente al proletariado para
derrotar al fascismo en la calle. Como veremos al final, votar al
reformismo para evitar un mal mayor –el fascismo– es entregar el
futuro al capital y por eso impedir el bien mayor, el comunismo. La
diferencia entre la movilización masiva guiada estratégicamente
para derrotar al fascismo, y el voto pasivo individualizado dentro de
la ley burguesa, es tan obvia que no la desarrollamos aquí. Esta
distinción es vital y aunque exige el análisis concreto de cada
situación concreta en la que puede plantearse la conveniencia o no
del voto reformista como mal menor para evitar el fascismo, siempre
hay que contextualizar esa situación dentro la universalidad de la
lucha de clases entre el capital y el trabajo.

El
poder burgués sabía entonces y lo sabe ahora qué arma definitiva
obtiene al exigir a la izquierda que renuncie al elemental derecho a
la revolución: encadenarla moral y materialmente a la explotación,
a optar siempre por el mal menor reformista para evitar el fascismo
porque ella, la izquierda, ha renunciado al mal menor revolucionario
para optar por el bien mayor: acabar con el capitalismo y desarrollar
el comunismo. Un ejemplo de mal menor reformista fue el apoyo
electoral de izquierdas emblandecidas a Pablo Iglesias y a Tsipras,
uno de mal menor revolucionario fue el apoyo de los bolcheviques al
Gobierno de Kerensky para derrotar el golpe de Kornílov en
septiembre de 1917.

Para
evitar que las izquierdas apliquen el mal menor revolucionario, el
imperialismo ha desarrollado diversos métodos siendo uno de ellos
los llamados «Principios Mitchell», una adaptación a algunas
luchas de finales del siglo XX y comienzos del s. XXI de la exigencia
de Bismarck al partido socialdemócrata de que renunciase él y sólo
él al derecho a la revolución. Ambos métodos obligan a la
izquierda al desarme y a renegar del derecho a la revolución. Una
vez desarmada en lo mental y en lo físico, a la ex izquierda no le
queda sino aceptar el mal menor en su sentido reformista: el derecho
al pataleo en las instituciones burguesas. Lo comprendemos del todo
leyendo los seis «Principios Mitchell»:

1.-
El uso de medios exclusivamente democráticos y pacíficos para
resolver las cuestiones políticas.

2.-
El desarme total de todas las organizaciones militares
paraestatales
.

3.-
Acordar que el desarme debe ser verificable por una comisión
independiente.

4.-Renunciar
ellos mismos, y oponerse a cualquier intento de otros, a utilizar la
fuerza o amenazar con utilizarla para influir en el curso o en los
resultados alcanzados en las negociaciones multipartitas.

5.-
Comprometerse con respetar los términos de cualquier acuerdo
alcanzado en las negociaciones multipartitas y con recurrir a métodos
exclusivamente democráticos y pacíficos para tratar de modificar
cualquier aspecto de esos acuerdos con los que puedan estar en
desacuerdo.

6.-
Instar a que los asesinatos y palizas de “castigo” terminen y a
tomar medidas eficaces para prevenir tales acciones.

Por
lo que vemos, la exigencia de Bismarck y los «Principios Mitchell»
son inconciliables con el «derecho al tiranicidio», o en términos
marxistas, son un instrumento represivo material y moral que anula de
raíz el derecho a cualquiera de las muchas formas de violencia
defensiva –mal menor revolucionario– contra el mal mayor
capitalista: la explotación asalariada y la violencia injusta del
Estado burgués que es el terror último que protege la propiedad
burguesa de las fuerzas productivas. Por poner un ejemplo, la
dirección de la izquierda independentista vasca tal como existía en
2010 se comprometió a cumplirlos. Las fuerzas reformistas no
necesitan firmarlos porque están de acuerdo con ellos.

Viendo
lo anterior, descubrimos una de las razones por las que en la
Alemania del último tercio del siglo XIX fue tan efectiva hasta
primavera de 1918 la mezcla de represión abierta contra la izquierda
del partido pero menos dura con otros sectores, reformas tímidas
implementadas para dividir al proletariado según la táctica del
palo y la zanahoria, los cambios sociales, la burocratización de
sectores sindicales, la presión de sectores municipalistas del
partido para volver cuanto antes a la legalidad, la eficacia
alienadora del capitalismo sobre la casta intelectual, todo esto hizo
que fuese ganando terreno el sector reformista. No es de extrañar
por tanto que en 1889 el partido no apoyase la huelga minera en el
Rühr. Tras esta prueba de acatamiento del orden, la represión cesó
en 1890 pero en 1894 estuvo a punto de aplicarse de nuevo, lo que
puso muy nerviosa a parte de la dirección del partido que, sin
dudarlo, censuró uno de los últimos textos de Engels: su Prefacio a
la edición de 1895 de La lucha de clases en Francia,
1848-1850.

Engels
hace un rápido seguimiento de los cambios acaecidos en casi medio
siglo, insistiendo en la importancia de la lucha parlamentaria en las
condiciones concretas del momento en Alemania, y llegando a la
conclusión de que las antiguas insurrecciones revolucionarias ya no
tienen posibilidad de victoria porque la burguesía ha aprendido a
derrotarlas, pero añade: ¿Quiere decir esto que en el futuro los
combates callejeros no vayan a desempeñar ya papel alguno? Nada de
eso. Quiere decir únicamente que, desde 1848, las condiciones se han
hecho mucho más desfavorables para los combatientes civiles y mucho
más ventajosas para las tropas. Por tanto, una futura lucha de
calles sólo podrá vencer si esta desventaja de la situación se
compensa con otros factores. Por eso se producirá con menos
frecuencia en los comienzos de una gran revolución que en el
transcurso ulterior de ésta y deberá emprenderse con fuerzas más
considerables. Y éstas deberán, indudablemente, como ocurrió en
toda la gran revolución francesa, así como el 4 de septiembre y el
31 de octubre de 1870, en París, preferir el ataque abierto a la
táctica pasiva de barricadas».

No
es este el lugar para ver cómo la historia ha confirmado esta
lección de Engels parcialmente desde 1905 y definitivamente desde
1917 a pesar de los errores de la revolución alemana de 1918, ni
tampoco para analizar que posibles actualizaciones hay que
introducirle desde el mayo’68 –que dio la razón a Engels por su
espontaneísmo pasivo incapaz de hacer un «ataque abierto»– hasta
ahora viendo cómo se han creado fuerzas policíaco-militares
especializadas en la contrainsurgencia urbana, demostraciones que han
sufrido recientemente los pueblos obreros y campesinos de Ecuador y
Chile, y sufre el de Colombia, la nación mapuche…, sin olvidarnos
de otras tácticas integradas en la estrategia general yanqui como
los golpes judiciales, los golpes militares, la guerra económica y
psicológica, etc., y desde 2020 la utilización de la pandemia de
Covid-19 como arma biológica de amedrentamiento y exterminio,
aprovechando las limitaciones de las izquierdas para avanzar
radicalmente hacia la salud socialista.

Pues
bien, en ese 1895 la dirección socialdemócrata, atemorizada por la
inminencia represiva, censura y recorta un importante texto de
Engels, quien reaccionó de manera furibunda. En la carta a Richard
Fischer de 8 de marzo de 1895, dice: «No puedo suponer a pesar de
todo, que se hayan decidido a aceptar en cuerpo y alma la legalidad
absoluta, la legalidad en todas las circunstancias, la legalidad
incluso frente a leyes violentadas por sus propios autores, en
resumen, la política de ofrecer la propia mejilla izquierda a
quienes nos han golpeado la derecha. Lo cierto es que «Vorwärts»,
algunas veces, reniega de la revolución con tanta energía como
antes la predicó…».

Y
en la carta del 3 de abril de 1895 a Paul Lafarge, cinco meses antes
de morir, Engels dice:

«Liebknecht
me ha jugado una mala pasada. De mi introducción a los artículos de
Marx sobre Francia de 1848-1850 ha tomado todo lo que pudiera
servirle en apoyo de la táctica pacífica a cualquier precio, con
rechazo de todo empleo de la violencia, que considera oportuno
predicar desde hace algún tiempo, y particularmente ahora, cuando se
preparan leyes de excepción en Berlín. Pero yo sólo predico
semejante táctica para la Alemania de hoy, y eso aún con
fuertes reservas
. Para Francia, Bélgica, Italia, Austria, esta
táctica, en su conjunto, no es apropiada, y, en el caso de Alemania,
puede mañana convertirse en inaplicable».

Ese
«mañana» al que se refería Engels llegó con la revolución de
los consejos a finales de 1918, sólo 23 años después de su muerte.

Al
menos dos textos muy importantes para la formación del marxismo y
para la lucha contra el reformismo como son la Crítica del
Programa de Gotha
de 1875 divulgado en 1917 y el Prólogo
de Engels de 1895 conocido en 1930, fueron marginados y censurados,
además de otros textos, cartas y borradores que no se publicaron
hasta muy tarde. No podemos aventurar cómo hubiera sido la lucha
entre marxismo y reformismo si se hubieran debatido a tiempo, lo que
si podemos es pensar que su silenciamiento facilitó la deriva al
centro de la socialdemocracia. Obviando que todas las fuerzas
reaccionarias y reformistas recurren a la censura en sus propias
filas, desde entonces este ataque a la democracia concreta interna se
hizo permanente. Ahora, medios de prensa «democrática y
progresista» juegan un papel doble: censurar y desprestigiar a la
izquierda, y legitimar el voto al centro-reformista recurriendo en
caso extremo a una burda tergiversación del principio ético-político
del mal menor para evitar el triunfo de la extrema derecha como mal
mayor.

Volviendo
a la Alemania de 1895, no debe extrañarnos la censura del
pensamiento revolucionario de Engels en un momento crucial para el
avance del reformismo, dado que no podía agradar a la burguesía y
evitar una nueva ola represiva si dentro del partido se reforzaba el
ala izquierda con el texto de Engels, cuyo prestigio entre las bases
era incuestionable. La burocracia reformista sabía que su futuro
dependía de la debilidad de las ideas revolucionarias y del
fortalecimiento de las reformistas. Resulta por tanto comprensible
que Bernstein esperase hasta 1896 para dar más sistematicidad a su
programa y que lo oficializada por fin en 1899, cuando la izquierda
se debilitaba.

Para
entonces sus seguidores y los críticos de izquierda debatían
abiertamente sus tesis de que el capitalismo había entrado en una
fase que anulaba la teoría marxista de la crisis, de la explotación
social, de la plusvalía, de la concentración y centralización de
capitales, etc. Tampoco servían de nada la dialéctica marxista, de
la que Bernstein huía como del diablo, y la teoría marxista del
Estado y por tanto de la violencia y de la democracia, porque lo que
él entendía por «socialismo» se alcanzaría mediante la suma de
votos dentro de la «democracia» que, así, dirigiría el Estado sin
rupturas violentas. Igualmente defendía el «buen colonialismo»
propagador de la superior cultura europea y por tanto alemana,
precisamente cuando el ejército alemán iniciaba desde 1883 un
genocidio en Namibia. Proponía que el partido cambiara de nombre por
el de «partido democrático-socialistas de reformas», con lo que
anulaba la necesidad de la lucha revolucionaria y dirigía todo el
esfuerzo del partido a la acción institucional.

Bernstein
fue apoyado abiertamente por un sector de la dirección entre los que
destacaban especialmente Vollmar, que aplaudía a Millerand, y muy
significativamente por W. Heine y M. Schippel que proponían
«revisar» el antimilitarismo del partido, y que junto con otros
también defendían el «buen colonialismo» se rompía así con la
identidad antimilitarista que era una seña de identidad del
movimiento obrero y socialista, como hemos visto. Ya desde los
primeros contactos internacionales a comienzos de la década de 1860
para fundar la I Internacional en 1864, era unánime la exigencia de
acabar con el militarismo, con el ejército burgués, consigna que
mal que bien se mantuvo siquiera formalmente hasta 1914, aunque en la
realidad iba ganando fuerza el «buen militarismo y colonialismo»
como elementos para garantizar el desarrollo económico que impulsase
el crecimiento electoral y con él la «vía parlamentaria» a lo que
la corriente reformista entendía como «socialismo» y que no tenía
nada que ver con el socialismo/comunismo marxista.

Uno
de los grandes errores de la izquierda alemana en su justa denuncia
de Bernstein fue no plantear la expulsión de la corriente reformista
del partido ya que era innegable que negaba la estrategia
revolucionaria. Para 1899, el partido había «olvidado» o tal vez
arrinconado como hizo con otros textos, la carta de Engels a
Bernstein 1882 arriba citada y que en ese momento era decisiva. Las
condiciones de 1899 no eran las mismas que las de 1864 cuando murió
Lassalle, o en 1878 cuando Marx analizó cómo un sector del partido
posponía la lucha contra el capitalismo para sus nietos, pero sí
era muy actual la carta de Engels de 1882 porque en sólo tres
lustros la corriente que rechazaba la estrategia revolucionaria iba
copando el silencio la dirección cuando, precisamente, el
capitalismo alemán se estaba convirtiendo en el más potente de
Europa, su militarismo se preparaba para impulsar la fase
imperialista que llamaba a la puerta y tenía recursos suficientes
para mejorar la táctica del palo y la zanahoria ampliando la segunda
pero olvidando la primera.

En
medio de crecientes debates estratégicos, el fetichismo de la
organización mandaba en el partido, beneficiando a su burocracia que
con la excusa de la «unidad del partido» va desplazando a las
corrientes de izquierda para que las bases no debatan sus críticas
al reformismo creciente. El fetichismo de la organización es más
dañino si el partido está en el Gobierno progresista, entonces
cualquier crítica interna es sentida como un ataque directo al
«progreso democrático» que sólo beneficia a la extrema derecha.
Tanto en Nuestramérica como en el resto del planeta, las izquierdas
que se mantienen como tales son hasta denunciadas por sus ex
camaradas, llevando frecuentemente esas acusaciones a las fábricas,
sindicatos, movimientos populares y sociales, etc., para marginar a
la izquierda. Las depuraciones descaradas o encubiertas de
«disidentes de izquierda» son una constante en los partidos que
practican el mal menor reformista.

A
finales del siglo XIX Lenin y su grupito bolchevique no habían
perfeccionado todavía su teoría de la organización. El Qué
Hacer
apareció en 1902 y era una mejora de la teoría
organizativa de Marx y Engels adaptándola dialécticamente a las
condiciones rusas, pero también a las del capitalismo
industrializado. Mientras que hasta la mitad de la década de 1920 el
partido bolchevique fue un ejemplo de debate abierto basado en el
centralismo democrático, en Alemania el fetichismo del partido
característico de la II Internacional junto a las promesas en
victorias electorales, ayudaron a retrasar la creación de un
verdadero partido comunista, una de las razones fundamentales de las
derrotas de las sucesivas oleadas revolucionarias en Alemania desde
finales de 1918 hasta 1933, cuando el terror nazi lo aplastó todo.

Antes,
la socialdemocracia obtuvo una victoria enorme en 1912 pero en 1914
fue una fuerza decisiva para conducir a la muerte como carne de cañón
en provecho del capital a 2 millones de soldados y sufrir heridas de
guerra a otros 4,2 millones, sin contar el empeoramiento de las
condiciones de vida del pueblo obrero desde 1916. Desde 1918 hizo lo
imposible por aplastar la revolución aliándose con la extrema
derecha prenazi para asesinar cientos de camaradas de izquierda entre
ellas Rosa Luxemburg, aislar a la URSS y frenar las ansias antinazis
del proletariado alemán justificando la pasividad del Gobierno de
Weimar y la represión de las izquierdas mientras que el nazismo
apenas era perseguido a pesar de su violencia creciente.

5.-
MILLERAND (1859-1943)

En
Francia se producía otro giro reformista idéntico en el que jugó
un importante papel Alexander Millerand, abogado laboralista que
defendía a obreros sólo dentro de la legalidad, rechazando
cualquier forma de lucha que desbordara la ley burguesa. No daba
especial importancia a la teoría socialista porque estimaba que lo
prioritario era la ley del capital y sus instituciones sobre todo la
parlamentaria de la que conocía los trucos y trampas para obtener
sus objetivos. Marx ya había demostrado en El 18 Brumario de Luís
Bonaparte
, la fétida podredumbre interna a la «democracia
parlamentaria» y a su politiquería, pero Millerand se movía en
esas cloacas como pez en el agua orientándose por entre sus densas
oscuridades con su brújula pragmática y con el posibilismo de quien
rechaza la perspectiva estratégica.

El
posibilismo pragmático, que no estaba muy desarrollado en Proudhon,
fue creciendo en Lassalle y en Bernstein hasta llegar con Millerand a
rozar casi la astucia de Maquiavelo. Pero éste representaba a la
burguesía ascendente de la cuna del primer capitalismo
norte-italiano de finales del s. XV y comienzos del s. XVI, mientras
que Millerand se hundía en la reacción junto a una burguesía
francesa que se retrasaba frente a la velocidad norteamericana y
alemana. No es casualidad que el pragmatismo que tanto loa EH
Bildu
, por ejemplo, fuera el paradigma filosófico y
sociopolítico dominante en la intelectualidad yanqui desde finales
del siglo XIX. Sin pragmatismo no puede sostenerse mucho tiempo la
práctica reformista porque sólo la filosofía pragmática, además
del kantismo del que ahora no podemos hablar, ofrece las excusas
ideológicas suficientes para justificar las claudicaciones ante el
poder mediante una peculiar mal interpretación del principio del mal
menor.

Una
demostración del pragmatismo de Millerand lo tenemos en su evolución
sociopolítica. En una primera fase, y al calor del ascenso de un
«socialismo» ambiguo debido entre otras cosas a las imprecisiones y
tendencias imperialistas de Guesde (1845-1922), fue variando desde el
radicalismo liberal burgués a ese «socialismo» expuesto en 1896 en
el programa de Saint-Mandé, que lleva la impronta de Millerand sobre
la prioridad de la vía parlamentaria, la relegación de la lucha
obrera a la política interclasista para aumentar la fuerza electoral
para lo que hace falta la «disciplina electoral» (sic), es decir,
controlar la lucha obrera y evitar que se desmande poniendo en
peligro la «normalidad social» imprescindible para obtener votos
del centro reformista, etc.

Una
segunda fase la tenemos cuando en 1899 Millerand maniobró en
silencio para entrar de ministro de Industria y Comercio en el
Gobierno que tenía como ministro de Guerra a Galliffet responsable
del asesinato de 30.000 comuneros y comuneras en 1871. No informó al
partido de sus maniobras para ser ministro, provocando un fuerte
rechazo de la izquierda que él desoyó, pero valoró mucho la
felicitación de Vollmar que representaba la cada vez más poderosa
corriente reformista de la socialdemocracia alemana, como hemos
visto. Millerand no hacía sino llevar a la práctica lo que un grupo
cada vez más influyente en la socialdemocracia alemana proponía
cada vez más abiertamente por boca de Bernstein. No informó porque
siguió al pie de la letra el consejo brillantemente pragmático que
dio un dirigente alemán a Bernstein: «Esas cosas se hacen, pero no
se dicen».

Aunque
luego desarrollaremos esta «virtud» del pragmatismo reformista, la
del «doble juego», ahora debemos insistir en que los debates
teórico-políticos en el partido no tienen importancia alguna para
el reformismo excepto cuando los manipula de tal modo que sólo
sirvan para aplaudir las decisiones que previamente ha dictado la
burocracia. El reformismo se salta a la torera los debates que no
controla o que pierde: pone una cosa en el papel, pero en la
práctica, en silencio y con alevosía, hace lo que quiere. Aquí
tenemos un ejemplo de la cínica doble moral burguesa consustancial
al reformismo de todos los tiempos e inseparable del «juego
parlamentario», nunca mejor dicho.

Una
tercera fase se inicia precisamente a raíz de los debates con la
izquierda y con la rapidez de giro al centro de Millerand. En 1901
Rosa Luxemburg criticó duramente las esperanzas que un sector
socialista como el de Jean Jaurés tenían en Millerand que afirmaba
que pese a todo ese Gobierno aumentaría la fuerza obrera y con ella
se avanzaría al socialismo. Millerand sabía de la popularidad de
sus intervenciones en el Parlamento, caracterizadas por un
radicalismo hueco y sin objetivos, que la burguesía toleraba porque
no era peligroso ya que, dicho en palabras de Sarraute, amigo de
Millerand, este sólo proponía la «solidaridad entre clases». Para
1902 el millerandismo apoyaba la vía legalista y exigía la defensa
de las colonias francesas tanto frente a las pretensiones de otras
potencias como frente a las luchas independentistas de los pueblos
colonizados.

Y
la cuarta fase se inició desde que Millerand se acercó más y más
a la derecha militarista y nacionalista francesa, que explotaba tan
duramente a la clase obrera que en 1919 hubo 2026 huelgas con
1.151.000 participantes, la cifra más alta de la historia hasta ese
momento, pero aun así Millerand siguió derechizándose hasta ser
Presidente durante poco tiempo en 1920 endureciendo la austeridad
presupuestaria contra del trabajo. Si esta era la lucha de clases en
el Estado francés, su violencia contra los pueblos que ocupaba era
salvaje como lo atestiguan las denuncias impresionantes de Ho Chi
Minh que en esos años vivía en las entrañas del monstruo
imperialista reforzado por la legitimidad que le daba Millerrand.

6.-
MAL MENOR REFORMISTA VS REVOLUCIONARIO

En
el Manifiesto, Marx y Engels respondieron así a la pregunta
que ellos mismos planteaban: «¿Cómo se sobrepone a las crisis la
burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa
de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par
que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos.
Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e
imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas».
Pero la demostrada corrección histórica de la teoría de la crisis
es sin embargo rechazada o negada por el reformismo ya que, de
admitirla, tendría que reconocer que siempre está condenada al
fracaso su creencia de que es posible conciliar lo inconciliable. La
tesis del mal menor reformista está atrapada en este agujero negro
de las contradicciones del capital, de las crisis que ellas generan y
de las soluciones que impone la burguesía para descargar sus costos
sobre el proletariado.

Para
«demostrar» la necesidad de hacer concesiones al capital, el
reformismo sostuvo la corrección de la línea marcada desde
Proudhon, Lassalle, Bernstein, Millerand… sobre la excelencia única
del parlamentarismo, sobre la valía del Estado como instrumento
idóneo para el «avance democrático», etc., y en los tres últimos
sobre la necesidad de respetar e incluso apoyar al ejército, o en
todo caso, al ejército de «nuevo tipo» tal como proponía Jaurès
–1859-1914–, muy cercano a algunas de las ideas del primer
Millerand. También aprovecho las oportunidades que ofrecían las
revisiones de Marx hechas en la primera mitad del siglo XX por
Sombart y Schumpeter que hablaban de la «destrucción creativa»
como la capacidad que tiene el capitalismo para superar sus crisis
sin estallidos revolucionarios, desde dentro mismo de su economía
«endógena» sobre todo mediante la innovación tecnocientífica y
financiera: se trataba, por tanto, de acordar con la burguesía la
«modernización» de la economía, su tecnificación, para asentar
el «Estado del bienestar» con parte de los beneficios porque la
otra parte se la quedaba la clase dominante.

La
«alternativa» a la cruda crítica marxista fue reforzada por el
keynesianismo de aquellos años, todo ello más o menos dentro de la
filosofía pragmática que justificaba por qué había que escoger el
mal menor reformista de entre dos males para salvar el capitalismo
cerrando toda vía al comunismo. Por falta de espacio, no hemos dicho
nada sobre la influencia del matrimonio Webb y del movimiento Fabiano
en el reformismo británico. La II Internacional fue el centro
irradiador de esta fe irracional carente de otra demostración que no
fuera la relativa bonanza económica en Occidente durante 1945-1975
–los «treinta gloriosos»– y las sobreganancias obtenidas con el
expolio imperialista.

Pero
la aceleración de la ley tendencial de caída de la tasa media de
ganancia desde los ’70, destrozó la placidez reformista que
reaccionó girando más rápidamente al centro-derecha confluyendo en
una estrategia común en el fondo caracterizada al menos por los
siguientes puntos que al margen de sus diferentes intensidades vemos
activos en la presente crisis:

1.-
negar el programa revolucionario y aceptar otro que no asuste a la
burguesía en lo estratégico.

2.-
tranquilizar en la concreción diaria a la burguesía para que no se
ponga nerviosa y no se asuste.

3.-
desautorizar, debilitar y si es necesario combatir la independencia
política proletaria.

4.-
sacar de las calles las luchas sociales y dormirlas en el laberinto
de las instituciones.

5.-
mitificar la actual democracia burguesa como único medio de avance
social pese a sus límites.

6.-
mitificar al Estado y sus violencias como administración neutral
prometiendo mejorarlas.

7.-
crear organizaciones difusas e invertebradas que acepten la
«disciplina electoral» del voto pasivo.

8.-
crear «frentes amplios» ambiguos e interclasistas que atraigan
votos del centro y del desencanto.

9.-
loar el pragmatismo posibilista en cordiales reuniones con el capital
reforzando la normalidad.

10.-
buscar el mal menor reformista para derrotar al fascismo sin tocar al
capital.

Hemos
puesto arriba dos ejemplos de mal menor antagónicos entre sí: el
reformista del voto a Unidas Podemos, a SYRIZA, y el revolucionario
del apoyo bolchevique al Gobierno para derrotar el golpe de Kornílov.
Los reformistas sólo querían desplazar del Gobierno de la derecha y
contener el avance de la extrema derecha fascista, para luego, y en
el Gobierno, «normalizar» la vida política con pactos con la
derecha «democrática» para reactivar la economía y pagar la
enorme deuda contraída anteriormente por los gobiernos burgueses,
tal cual exigía el capital financiero internacional. Los
revolucionarios querían derrotar el golpe militar tomando impulso
con esa victoria para, de inmediato, expulsar a los reformistas del
Gobierno e instaurar el poder de los soviets mediante la
insurrección.

La
diferencia insalvable entre el mal menor reformista y el mal menor
revolucionario estriba en que el primero, además de estar integrado
en el decálogo visto, quiere detener la historia real, la que está
minada y podrida por las contradicciones del sistema, para eternizar
así la conciliación entre enemigos mortales –amo y esclava–,
eternizando esa conciliación mediante el «equilibrio
parlamentario». El segundo, el revolucionario acepta con extrema
precaución un acuerdo táctico con algunas facciones de la burguesía
como mal menor transitorio para coger fuerzas para el asalto al
Estado de esa misma burguesía con la que se ha pactado por un
instante.

La
vía reformista cree contra toda evidencia histórica que la
burguesía «democrática» ha dejado de ser su explotadora y
opresora, o al menos acepta reducir esa explotación con tímidas
reformas negociadas que también obliguen al proletariado a «hacer
sacrificios en bien de la economía nacional», siendo el reformismo
el garante de que esos «sacrificios» se cumplan. La vía
revolucionaria sabe en base a la verdad de la historia que esa
burguesía sigue y seguirá siendo explotadora, y que va a traicionar
el acuerdo táctico nada más acumular las fuerzas represivas
suficientes para aplastar al pueblo trabajador, o si éste se ha
desilusionado y dividido por la acción del reformismo, entonces para
aplastar selectivamente a la izquierda que sigue siendo
revolucionaria.

Las
fuerzas reformistas ni quieren, ni pueden ni saben prepararse para
«asustar a la burguesía» una vez que hayan accedido al
Gobierno, que no al poder profundo y decisivo del Estado del capital.
Es más, rechazan de pleno esa necesidad mucho antes incluso de que
se plantee la posibilidad remota de llegar al Gobierno. La rechazan
porque ya estaba negada del todo en la larga historia de la
claudicación reformista, como hemos visto, pero también porque
saben que si empezasen a impulsar movilizaciones y luchas proletarias
al instante sufrirían los primeros ataques burgueses contra su
tranquila y acomodada vida burocrática, lo que les produce pánico.
Algunas fuerzas reformistas incluso sienten alivio cuando logran
alianzas con fuerzas múltiples de centro porque así pueden
justificar a sus bases y al proletariado que no pueden girar a la
izquierda porque han firmado acuerdos con sectores burgueses que hay
que cumplir en aras de la «democracia». A lo sumo que alguna fuerza
reformista ha llegado ha sido a «enfadarse» cuando la burguesía le
ningunea incumpliendo esos acuerdos, presentados a las bases como un
«logro histórico».

¿Cómo
se asusta a la burguesía en la crisis actual, sea en Chile,
en Finlandia o en Euskal Herria? Muy sencillo: actualizando en cada
país la carta del soldado campesino ruso a su compadre en la que
sintetizaba maravillosamente el programa bolchevique de expropiación
de los expropiadores. Ahora, además de las tierras, fábricas y
armas, también hay que recuperar, devolver al pueblo obrero la salud
masacrada por la Covid-19 y por las largas explotaciones impuestas
por la precarización de la vida bajo la dictadura del trabajo. Ahora
hay que exigir la disolución de los ejércitos imperialistas, de la
OTAN y de la industria de la matanza de personas. Ahora hay que
exigir el juicio popular de corruptos, torturadores, violadores y
proxenetas, banqueros que desahucian y se enriquecen, empresas que
arrasan bosques y depredan los océanos, clubs secretos de
especuladores y traficantes con el hambre y las drogas…

Es
necesario asustar a la burguesía, ponerle nerviosa y
atemorizarle con estrategias estatales y no sólo gubernativas de
armar al pueblo, imprescindibles para sostener la acción
despótica
contra el capital recomendada por el Manifiesto
Comunista
. Limitarse a controlar malamente el Gobierno dejando
intactos los centros decisivos del poder del Estado, es un error que
puede terminar en desastre como se ha sufrido tantas veces, y ha
estado a punto de suceder en Bolivia. Pese a sus indecisiones, dudas
y errores garrafales en la conducción del Gobierno Popular chileno,
Salvador Allende tuvo el honor y dio al mundo la lección ética de
defender con las armas las conquistas del pueblo contra el fascismo
impulsado por la burguesía y los EE.UU.

Para
que la crisis actual no vuelva a pagarla el proletariado, el único
mal menor revolucionario admisible consiste en acordar con el capital
si rinde propiedades y armas un minuto antes o después de lo que el
proletariado estima necesario, y si el capital se niega o duda
deseando obtener unos minutos más para reorganizarse y contraatacar,
en ese caso tan frecuente, ni siquiera hay que negociar el mal menor
revolucionario, sino que entonces y en previsión de
contrarrevoluciones atroces, hay que pasar al bien mayor, el avance
al comunismo. ¿Utopía ultraizquierdista? No, necesidad basada en la
verdad de la historia.

*
* *

IÑAKI
GIL DE SAN VICENTE

EUSKAL
HERRIA, 16 de enero de 2022

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Fuente: Arrezafe.blogspot.com