November 15, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
192 puntos de vista

Por Patricia Sim贸n

La llamada crisis de las 4C 鈥揷risis clim谩tica, COVID, coste de los alimentos y conflictos鈥 se ceba con las casi 400.000 personas que han tenido que huir de sus hogares por el conflicto de Mali.

Vista desde aqu铆 Bamako parece una postal id铆lica en la que perderse y olvidar as铆 el infierno en el que hunden los pies quienes viven a este lado de la capital de Mali. Durante los tres meses que dura la estaci贸n de lluvias, las precipitaciones anegan a diario este lodazal de barro y de excrementos de ganado que apenas cubren las toneladas de basura sobre las que sobreviven m谩s de 650 familias, 3.500 personas. Cuando en 2015 la guerra de Mali comenz贸 a extenderse del norte al centro de Mali, cientos de sus habitantes comenzaron un penoso 茅xodo hasta este barrio de las afueras de la capital. Aqu铆, a apenas un par de kil贸metros del aeropuerto internacional, resid铆an ya algunas familias de la etnia peul, dedicadas tradicionalmente al pastoreo y a la venta del ganado.

鈥淟legaron hasta aqu铆, hasta Faladie Garbal, huyendo de los ataques de los grupos yihadistas, pero tambi茅n de otros grupos 茅tnicos, de las milicias de autodefensa y del Ej茅rcito. Adem谩s, como la mayor铆a de los yihadistas en Mali son, como ellos, de etnia peul, las otras comunidades y el Estado les acusan de ser terroristas. La 煤ltima familia lleg贸 hace dos d铆as porque la guerra no cesa鈥, cuenta Moctar Cisse, quien hasta 2019, explica, se dedicaba a trabajar como gu铆a tur铆stico en Mopti, una ciudad conocida como la Venecia de Mali. Este pa铆s era uno de los principales destinos para los viajeros internacionales al continente africano. Durante la primera d茅cada de los a帽os 2000, lleg贸 a recibir a m谩s de 200.000 extranjeros anuales. En 2011, con la guerra de Libia, todo se desmoron贸.

Ese a帽o, tras la intervenci贸n internacional que acabar铆a con el r茅gimen de Gadafi, cientos de tuaregs que hab铆an combatido del lado del r茅gimen libio retornaron al norte de Mali para iniciar una nueva rebeli贸n 鈥搇a cuarta en el 煤ltimo siglo鈥 por la independencia de la regi贸n de Azawad. En marzo de 2012, un golpe de Estado depon铆a al presidente, a quienes los militares acusaban de no haber sabido gestionar la situaci贸n. Grupos yihadistas se un铆an al conflicto en el norte del pa铆s y el Gobierno ped铆a la intervenci贸n de Francia para combatirlos.

A las tropas enviadas por el El铆seo, aprobadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, se un铆an las de la Uni贸n Africana y las de la Uni贸n Europea. Una d茅cada despu茅s, las organizaciones se han vinculado con Al Qaeda y con el Estado Isl谩mico, operan en el norte y centro del pa铆s, y la francesa Operaci贸n Barkhane se ha visto forzada a abandonar Mali tras otros dos alzamientos contra los sucesivos ejecutivos. Pr谩cticamente a la vez de su retirada, a finales de julio, miembros del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), aliado con Al Qaeda, atentaban con coches bomba contra la base militar m谩s importante del pa铆s, residencia del presidente y situada a 15 kil贸metros de la capital. D铆as despu茅s, Abou Yahya, uno de sus miembros m谩s importantes, anunciaba la perpetraci贸n de ataques a la capital. Pero en este campo de desplazados ya no atienden a la 煤ltima hora de la guerra. Llevan sobreviviendo a sus consecuencias una d茅cada.

Una bandera rusa ondea, junto a una maliense, en medio de este arrabal en el que ganado y personas comparten miseria y flaqueza. Parad贸jicamente, el trapo blanco, rojo y azul podr铆a interpretarse como el mayor signo de esperanza que se vislumbra en kil贸metros a la redonda. Responde al ansia por creer que la llegada de un nuevo actor al conflicto puede acabar con 茅l y, sobre todo, con su desdicha.

鈥淯n cami贸n cargado de explosivos entr贸 en nuestra comunidad y acab贸 con la vida de ocho familiares. Los terroristas ven铆an de Burkina Faso鈥, explica Djeneba Diallo, sentada sobre un cubo bajo los pl谩sticos en los que vive con sus seis hijos y su marido. 鈥淪i no fuese por los ni帽os, nos habr铆amos quedado all铆 porque con nuestra huida lo perdimos todo, aqu铆 no tenemos nada. Pero ten铆amos mucho miedo por lo que nos pudiera pasar鈥, contin煤a explicando, con los pies hundidos en el mismo barro sobre el que, cada noche, desde hace cuatro a帽os, extiende una lona para dormir junto a sus seis hijos y el padre de estos. Alrededor, monta帽as de basura, entre las que malviven, gracias a las que sobreviven.

Mujeres y ni帽os separan los desechos para vender el papel, el pl谩stico, el metal. No falla. En los pa铆ses pobres de los cinco continentes los vertederos son din谩micas urbes que acogen a sus habitantes m谩s miserables. All铆 han de competir con las moscas, los buitres, las vacas, las gallinas por un resto de comida, por un pedazo de papel, de pl谩stico, de tela que deglutir, revender, reciclar. Son submundos con su propia normativa internacional: aqu铆 nada se tira, ni siquiera habr铆a ad贸nde. Y, adem谩s, todo tiene un valor y una utilidad. Las definir谩n la necesidad. Como esa televisi贸n de plasma, que cumple ahora la m谩s noble de las funciones que este electrodom茅stico pudo tener jam谩s: ser parte de una m谩s de las capas con las que estas personas que lo perdieron todo huyendo de la guerra construyen su chamizo. Aqu铆, la clase social la determina la calidad de las lonas con las que cubren sus estructuras de palos y arcilla.

鈥淟legaban y mataban. No sabemos qui茅nes eran, pero toman los pueblos, acaban con sus habitantes, se quedan con sus tierras, con su ganado, con sus pertenencias. Nosotros lo perdimos todo鈥, explica Fatoumata Barry, una joven de 18 a帽os que vive, junto a su hijo, sus padres, sus hermanos y hermanas en una chabola de apenas tres metros cuadrados. Desde hace cinco a帽os. Sin perspectiva de poder independizarse jam谩s. 鈥淭ienen miedo de se帽alar a quienes les atacaron por posibles represalias. Y porque su intenci贸n es volver a sus hogares alg煤n d铆a. Y de cumplir su deseo, tendr谩n que volver a convivir con sus agresores鈥, explica Moctar Ciss茅 mientras avanza por un laberinto de tiendas. Junto a ellas, mujeres desgranan cereal, trenzan el cabello de sus hijos, hierven arroz en un cazo.

鈥淟as instituciones malienses no reconocen la existencia de campos de desplazados en Bamako, por eso les llaman 鈥榗iudades鈥 y el nombre del barrio en el que est谩n instalados. No quieren que sea tan visible en la capital la dimensi贸n de la guerra, por eso les obliga a permanecer a las afueras y por eso no nos deja a las ONG internacionales actuar all铆, pese a que somos conscientes de la gravedad de la situaci贸n鈥, explica el responsable de una de esas grandes entidades dedicadas a combatir la malnutrici贸n, la falta de agua potable y las condiciones insalubres en el interior del pa铆s. El hombre lo hace en un encuentro informal y bajo el anonimato para evitar perjudicar el trabajo de la organizaci贸n para la que trabaja. El Gobierno de transici贸n, resultante de un tercer golpe de Estado en diez a帽os, ha expulsado del pa铆s a los equipos de la televisi贸n p煤blica France 24 y Radio France International, as铆 como al portavoz de la misi贸n de las Naciones Unidas MINUSMA. Cualquier cr铆tica a su pol铆tica puede ser interpretada como injerencia.

As铆 que el poco auxilio recibido por las miles de familias que viven en los doce campos de personas desplazadas que hay en el entorno de Bamako procede, en gran medida, de la propia sociedad civil maliense. Y del impulso de peque帽as asociaciones como La sonrisa de Mamadou, creada por Gilberto Morales, un polic铆a espa帽ol que trabaj贸 entre 2018 y 2020 en la Embajada espa帽ola. 鈥淎ll铆 hab铆a tanta miseria y yo estaba ganando tanto dinero que ten铆a que contribuir de alguna manera a aquella sociedad tan pobre. Un d铆a, fui al campo de Faladie Garbale y me qued茅 helado viendo a tanta gente viviendo en la inmundicia. Me ped铆an agua. No otra cosa, agua. Y empec茅 a ir con un botiqu铆n para hacer curas b谩sicas y al final alquil茅 un terreno a las mafias para construir una consulta m茅dica y un aula鈥, afirma por tel茅fono desde la frontera de Polonia con Ucrania, donde est谩 destinado ahora.

Con las donaciones de conocidos, el funcionario construy贸 en este infierno en la tierra, en este territorio de no-derecho, la caseta de madera en la que un m茅dico en pr谩cticas pasa consulta tres veces a la semana y el chamizo en el que un centenar de ni帽os comen una raci贸n de comida y reciben clase por parte de un profesor. Ambos salarios los paga la asociaci贸n.

El m茅dico es un veintea帽ero t铆mido cuyas pr谩cticas consisten en calmar los dolores de sus pacientes con los medicamentos b谩sicos que tiene en un armario bajo llave: paracetamol, ibuprofeno y algunos antibi贸ticos. 鈥淟a mayor铆a de las dolencias referidas son infecciones gastrointestinales por las condiciones en las que viven. Por eso es tan importante frenarlas en los menores cuanto antes para evitar deshidrataci贸n y malnutrici贸n鈥, explica tras pasar consulta a varias madres acongojadas por la debilidad y apat铆a de sus beb茅s. 鈥淓s imposible mantener una m铆nima higiene en este contexto. Les tenemos que explicar que hacen todo lo que pueden porque se sienten culpables鈥, a帽ade el joven. Frente a su habit谩culo, una ni帽a de cinco a帽os con la cabeza cubierta por un velo juega con otros cr铆os en un futbol铆n decr茅pito. R铆en mientras se esfuerzan por ganar. Pero la alegr铆a no aplaca el hedor de la putrefacci贸n.

La pobreza total

Los periodistas sabemos que la miseria es escurridiza y embustera: su fotogenia la vuelve tolerable ante quienes no sufren su despojo de la dignidad. Los rostros de las criaturas, siempre adorables, pueden hacernos olvidar por unos segundos sus genitales desnudos, apenas cubiertos por camisetas ra铆das; sus pies descalzos, siempre a punto de ser ensartados por los cristales, clavos y agujas que escupe el vertedero apenas oculto; sus torsos cubiertos de picaduras infectadas, sus cabelleras aclaradas por la falta de pigmento por la malnutrici贸n; el desquicio del zumbido y los picotazos continuos de las moscas.

Mali es uno de los quince pa铆ses m谩s pobres del mundo, una trampa sem谩ntica que induce al alivio, a la falacia de que creer que hay decenas de millones de personas que viven mejor. No en lugares como Faladie Garbale, no la inmensa mayor铆a de su poblaci贸n: la miseria entre los casi 400.000 desplazados por la guerra en Mali -un 30% m谩s que el a帽o anterior鈥 es tan absoluta como la de los m谩s pobres del resto de las naciones m谩s pobres del planeta. Solo que en Mali, un pa铆s de 20 millones de habitantes, hay una minor铆a m谩s rica que la de los pa铆ses vecinos que sube la media. Pero su bienestar no amortigua en nada la desprotecci贸n del 1,2 millones de menores de 5 a帽os que sufren malnutrici贸n debido a la falta de alimentos suficientes para un correcto desarrollo y de enfermedades como la malaria, el paludismo y las diarreas.

Las diarreas matan m谩s que ninguna otra enfermedad en los pa铆ses m谩s pobres del mundo y su origen es, sencillamente, la falta de condiciones m铆nimas dignas para un ser humano. Como en las que ese ni帽o juega a lavar los platos. Juega, pero los lava de verdad, en uno de los regueros que canalizan las aguas negras de los humanos y del ganado junto a las de la lluvia. Trescientos mil ni帽os y ni帽as requieren, seg煤n UNICEF, tratamiento de manera urgente para sobrevivir a la malnutrici贸n severa en Mali. La peor cifra en la 煤ltima d茅cada.

鈥淢uchos de los ni帽os que no trabajan recogiendo basura terminan mendigando. Incluso hay familias que tienen que dejarlos al cuidado de entidades religiosas de beneficiencia que los ponen a pedir con latas en las carreteras. Tambi茅n ha crecido mucho el matrimonio infantil. Lo habitual en las comunidades era que se casaran entre los 14 y los 15 a帽os. Pero por el desplazamiento se hace m谩s dif铆cil mantener esas bocas, por lo que los casan antes鈥, explica Amadou Dicko, desplazado y fundador de la asociaci贸n Acci贸n por la Justicia Social y la Solidaridad con las v铆ctimas de la crisis (AJSVIC).

La mutilaci贸n genital femenina es una pr谩ctica arraigada de manera generalizada entre la poblaci贸n maliense por lo que nadie se atreve a abordar las consecuencias mortales que puede tener su pr谩ctica en estas chabolas. Amadou Dicko s铆 que reconoce que, aunque no es un tema que se aborde p煤blicamente, ls actores armados utilizan la violaci贸n como arma de guerra contra las mujeres y ni帽as.

La guerra es un acelerador de la ola reaccionaria que recorre el mundo y que en Mali se materializa en un recorte de derechos y libertades lanzado por el Gobierno de transici贸n, que, entre otras medidas, este verano ha anunciado la prohibici贸n del narguile en los restaurantes y bares y la persecuci贸n de la homosexualidad.

Las familias desplazadas tienen que mantener junto a sus chozas a su ganado.

Desplazados, el despojo de todo

En el norte de la capital, a una hora en coche de Faladie Garbal, otras 350 familias esperan poder salir alg煤n d铆a de ese descampado en el que hay poco m谩s que ellas mismas intentando seguir vivas. Una madre sentada en un pl谩stico en el suelo acuna a una ni帽a enferma que no para de llorar. A sus pies, otra de tres a帽os duerme acostumbrada al quej铆o de su hermana mientras unas moscas escarban en sus p谩rpados y en sus labios. Cuando despierta, sus ojos aparecen inflamados por una infecci贸n. Los insectos siguen pos谩ndose, ahora en su c贸rnea, sin que la criatura se esfuerce por apart谩rselas. La escena violenta porque esa miseria tan absoluta sigue existiendo por la voluntad pol铆tica de que as铆 sea y no hay genocidio m谩s continuo y silencioso que el que sufren los desplazados y refugiados, despojados de todo y condenados a la espera y la dependencia.

鈥淓st谩n siempre enfermos, es por tener que vivir as铆. No podemos comprar comida, cada vez es m谩s cara. Y los hombres apenas si consiguen algo de dinero鈥, dice la madre, Dikourou Koulbally, de 38 a帽os, aunque los a帽os, en determinados contextos, digan a煤n menos de lo habitual. Otro ni帽o le revolotea acarici谩ndole la cabeza. Junto a ellos, en el suelo de tierra, una cuchilla de afeitar pisada mil veces por pies descalzos infantiles.

A un centenar de metros, Diko Sidibe, de 55 a帽os, acuna a su nieto Abdrani. Lleva haci茅ndolo d铆a y noche desde hace dos meses, cuando su alumbramiento desemboc贸 en la muerte de su hija. 鈥淒esde que huimos hace tres a帽os, estaba siempre enferma. Muri贸 a los tres d铆as del parto. Desde entonces cuido a mi nieto, pero apenas consigo que coma y duerma鈥, explica mientras intenta meterle un biber贸n en la boca y le balancea suavemente, convertida toda ella en una cuna. Cuando retira la tela con la que lo protege, descubrimos que su cuerpo fam茅lico es casi del mismo tama帽o que su cr谩neo. 鈥淧uede morir en cualquier momento, como el medio centenar de ni帽os que han muerto en los 煤ltimos dos a帽os. Ese ni帽o perdi贸 a su madre. Pas贸 d铆as buscando un medicamento para la tos. Despu茅s perdi贸 a su padre. Se muri贸 sin m谩s鈥, apunta Ousman Dicko, desplazado y coordinador del campo.

Sus palabras nadan sobre el rezo que propaga por el campo una radio solar. Una mujer limpia unos sacos vac铆os de arroz sobre los que duermen ella y su prole cada noche. Intentar mantener la higiene para salvar vidas es una dedicaci贸n que exige buena parte del tiempo de las mujeres de los campos de desplazados. Un prop贸sito frustrante e infructuoso en esas condiciones.

Masacrar para desterrar

鈥淢ataron a siete miembros de mi familia. A m铆 me alcanzaron en la pierna, pero consegu铆 huir鈥, cuenta Dikourou Koulbally, mientras muestra las tres cicatrices en el gemelo y en la rodilla. 鈥淟legaron en medio de la noche disparando. Eran los dozo, los cazadores dogon. Se quedaron con nuestras tierras y all铆 siguen鈥, contin煤a Ousman Dicko, habitante de Ogossagou, una aldea de Bankass, en el centro del pa铆s. Tiene cinco hijos y no sabe qu茅 hacer ya para sacarlos adelante.

鈥淧recisamente yo dej茅 el periodismo el d铆a que llegu茅 a Ogossagou, la aldea de la que ellos hu铆an. Hab铆a cad谩veres quemados, cuerpos mutilados y decapitados. Me llamaban sin cesar de todos los medios internacionales mientras me rodeaba esa escena. Despu茅s de aquel d铆a decid铆 dedicarme a otras formas de comunicaci贸n禄, explica quien acompa帽a a estos periodistas como traductor. La matanza de Ogossagou tuvo lugar en 2019. Miembros de la comunidad dogon llegaron de madrugada a la aldea, en moto y armados con rifles y granadas. Asesinaron en unas pocas horas a m谩s de 150 personas en la masacre m谩s grave cometida hasta entonces desde que comenzara la guerra en 2012. A las mujeres las despedazaron a machetazos y a muchas embarazadas les abrieron el vientre.

De eso huyen estas personas. Y cada chamizo alberga un conjunto de vidas sostenidas por pinzas.En la mayor铆a falta alg煤n miembro de la familia. 鈥淟o han matado como se mata a los animales鈥. Ahmed sostiene el tel茅fono m谩s tiempo del necesario para identificar, perfectamente, la secci贸n en el cuello, la masa negra, las manchas de sangre seca. El ni帽o no aparenta m谩s de diez a帽os. 鈥淢ataron a muchos m谩s, incluso a beb茅s. Por eso nos fuimos de Mopti鈥, concluye el hombre, con tono autom谩tico, desconectado de sus emociones.

Mopti es la regi贸n que junto Gao y Menaka sufren m谩s ataques yihadistas. Pero no solo. Como explica el investigador Iv谩n Navarro en el Informe Sahel. Una d茅cada marcada por la inestabilidad en la triple frontera, de la Escola de Cultura de Pau, 鈥渓os ciclos de violencia entre agricultores y pastores se han vuelto cada vez m谩s intensos desde el a帽o 2015, concentr谩ndose en la regi贸n de Mopti, centro del pa铆s. A medida que han surgido milicias y grupos de autodefensa, los conflictos se han vuelto m谩s prolongados y mortales鈥.

Porque en la guerra de Mali, que afecta tambi茅n a las zonas fronterizas de Burkina Faso y N铆ger, cada vez son m谩s los actores implicados: organizaciones de corte yihadista, la m谩s mort铆feras seg煤n expertos como el maliense Boris G. Karbr茅, director de la ONG Reconcilia Terra, pero tambi茅n milicias de autodefensa de los distintos grupos 茅tnicos, grupos criminales dedicados al tr谩fico de personas, de drogas y de armas, las misiones internacionales como las de la Uni贸n Africana, la de la Uni贸n Europea y la de la ONU, los mercenarios rusos de Wagner y, tambi茅n, el Ej茅rcito.

Human Rights Watch ha denunciado una matanza de m谩s de 300 civiles durante una operaci贸n conjunta del Ej茅rcito maliense y de los mercenarios de Warner en abril de 2022 en la poblaci贸n de Moura. Tambi茅n una investigaci贸n de Radio France International, basada en numerosos testimonios 鈥搒eg煤n sostiene鈥, denuncia que los mercenarios rusos habr铆an violado y abusado de numerosas mujeres en la aldea de Nia-Ouro, en Mopti, adem谩s de realizar saqueos junto a los soldados locales y cazadores de la etnia dogon que les acompa帽aban durante un ataque a principios de septiembre.

Y azuzando todos estos conflictos de intereses de los distintos actores armados act煤a la crisis clim谩tica, que ha agravado la lucha por los recursos entre las etnias dedicadas al pastoreo, a la agricultura, a la caza y a la pesca. 鈥淎dem谩s, el encarecimiento de m谩s de un 20% del precio de los alimentos como consecuencia de la guerra de Ucrania鈥, explica Ibrahim Diaby, de la ONG Stop Sahel. La regi贸n del Sahel, que atraviesa el continente africano, es una de las regiones m谩s afectadas por la llamada crisis de las 4C: aquella provocada por la suma de la crisis clim谩tica, de la pandemia de COVID, de los precios de la comida y de los conflictos como el de Ucrania. El 45% del cereal importado en 脕frica procede de Ucrania y de Rusia.

鈥淣uestro cambio de vida ha sido absoluto. Antes 茅ramos independientes, ahora dependemos totalmente de quien quiera ayudarnos. No tenemos vitaminas, ni carne ni pescado. Hace mucho calor y la gente enferma continuamente: han muerto m谩s de 150 adultos y 50 ni帽os en los dos 煤ltimos a帽os solo por las malas condiciones de vida鈥, dice Ousman Dicko, mientras algunos hombres vuelven al campo de desplazados de Kati tras horas buscando trabajo en la ciudad o cultivando en peque帽os terrenos bald铆os que los desplazados han convertido en huertos urbanos.

芦Tienen que negociar con todos y acabar de una vez con la guerra. Los desplazados somos quienes m谩s hemos sufrido y quienes peor lo seguimos pasando. Y somos nosotros los que entendemos que hay que hacer lo que sea para salir de esta situaci贸n禄, contin煤a Dicko. Y concluye: 芦No podemos seguir enterrando a ni帽os y adultos de hambre por no tener tierra禄.

鈥-

Esta cr贸nica forma parte de una cobertura en Mali realizada por Patricia Sim贸n y Ricardo Garc铆a Vilanova en el marco de un proyecto del Institut de Drets Humans de Catalunya, con la colaboraci贸n de la Escola de Cultura de Pau, financiado por la Agencia Catalana de Cooperaci贸n al Desarrollo.

Fuente: https://www.lamarea.com/2022/09/13/…

Tomado de Rebeli贸n




Fuente: Grupotortuga.com