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María Salvo Iborra. In memorian


March 20, 2021
De parte de Nodo50
193 puntos de vista


20 marzo, 202119 marzo, 2021

Por Lucía Vicente, miembro de La Comuna

Entre las mujeres que tuvieron un fuerte compromiso político en la II República, que sufrieron la represión y las cárceles franquistas y que entregaron toda su vida a luchar por la libertad, contra el franquismo y por la memoria democrática, María Salvo Iborra luce con una luz intensa.

Fallecida el pasado mes de noviembre con cien años cumplidos, María Salvo nos ha dejado su testimonio tanto en el libro de Tomasa Cuevas en el que, entre otras presas del franquismo, sus vivencias ocupan el capítulo titulado “La Catalana”, como en el libro de Ricard Vinyes “El daño y la memoria: las prisiones de María Salvo”. También contamos con su imagen y con su voz en videos y grabaciones en los que habla, entre otras muchas cosas, de la prisión de Les Corts, ahora demolida como tantas otras que albergaron la represión y la infamia, en este caso para edificar en su lugar unos grandes almacenes. Gracias a esos archivos podemos recrear con la imaginación aquellos espacios y la vida en su interior.

Hay una enorme cantidad de datos reseñables en los testimonios de María Salvo. Obligada por los gendarmes franceses a regresar a España en septiembre de 1939, tras pasar varios meses en sus campos de concentración, rápidamente recupera contactos con otras integrantes de su organización, las Juventudes Socialistas Unificadas, para iniciar la resistencia antifranquista y la solidaridad con las personas presas y represaliadas. En 1941 es detenida, interrogada y torturada durante un mes por la Brigada Político Social en las dependencias de Gobernación en la Puerta del Sol –difícil imaginar un mes entero en aquel “antro del terror”, cuando en los años 70 tres días ya parecían una eternidad– y luego trasladada, junto con otras tres mujeres del mismo sumario, a la prisión de Les Corts en Barcelona, donde tuvieron a las cuatro incomunicadas en una habitación durante 9 meses.

Cosas de mujeres

Estar incomunicada significaba que no podían recibir nada del exterior, es decir 9 meses con lo puesto, sin cambiarse de ropa, con una salida rápida por la mañana para un somero aseo y una lata de conservas que les entregaban para contener las necesidades del resto del día. Cuenta María Salvo que durante ese tiempo tuvieron la suerte de topar con la única monja que, de todas con las que tuvieron que bregar en sus 16 años de prisión, tenía algún rastro de humanidad, y lo admite así porque aquella monja permitió que se les facilitara algún trapo para la menstruación. Con bastante ironía dice María “éramos cuatro mujeres jóvenes y teníamos la menstruación, no todas a la vez, cada una cuando le tocaba…con las monjas no se podía hablar de la menstruación, ellas no eran mujeres”.

Y es que para el nacionalcatolicismo que constituía la esencia de la dictadura, tan alejado de unos mínimos rasgos humanitarios, la menstruación no existía, en todo caso si había que referirse a ella se despachaba con un despectivo “cosas de mujeres”, marcando la obligación de mantener un hecho fisiológico, de carácter mensual y durante un gran número de años de nuestra vida, en el ámbito de lo más estrictamente privado y personal de las mujeres, que asumimos desde la pubertad la obligación de esconder de los hombres, los cercanos y los lejanos, el vertido vaginal de sangre para que no se sintieran afectados por tan desagradable e impuro acontecimiento.

Las monjas carceleras

Pasados esos nueve meses de incomunicación, las cuatro presas se incorporaron a la vida carcelaria entre las 2.000 mujeres que poblaban la prisión de Les Corts en aquellos años. Estaba regida por la Orden de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, cuyo trato María describe con gran precisión:

“La prisión estaba regida por monjas con su peculiar forma de tratar a las personas, con sus favoritismos, con una frialdad y falta de humanidad ante tanta tragedia que les rodeaba. Por un lado, nos trataban como a niñas descarriadas y por otro como poseídas por todos los demonios.”

Esta Orden se había hecho cargo durante parte de los siglos XIX y XX de las cárceles de mujeres hasta que, en 1931, fueron expulsadas por Victoria Kent y reemplazadas por un cuerpo de funcionarias especializadas. El franquismo las devolvió a sus quehaceres carcelarios y el postfranquismo las premió por ello: primero en el año 1998, la congregación recibió la Cruz de San Jordi otorgada por la Generalitat de Catalunya, y en el 2005 fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por “su excepcional tarea social y humanitaria en apoyo de los desfavorecidos, desarrollada de manera ejemplar durante casi cuatro siglos, y por su promoción, en todo el mundo de los valores de la justicia, la paz y la solidaridad” (sic).

En contra de esta valoración, María Salvo recordaba, en un artículo de Soledad Juárez, publicado en la revista Interviú con motivo de la concesión de dicho premio, el hambre que pasaron en la prisión, que disponía de un enorme huerto que era trabajado gratuitamente por las presas:

“La comparación entre lo que ellas comían y lo que nos daban a nosotras era brutal. Había mujeres que se caían de hambre en las formaciones de la prisión y estas monjas no hacían nada. Su frialdad era tremenda, inhumana. ¡Qué falta de sensibilidad mostraban para contemplar dos veces al día el rancho infame que nos servían, conociendo los beneficios de su enorme huerto!”.

En el haber caritativo de las monjas carceleras, María Salvo no solamente destacaba su “generosidad” con la comida de las presas, sino también los dolorosos castigos infringidos a unas mujeres separadas de sus familias y de sus hijos, que eran ingresados en hospicios al cumplir los tres años de edad:

“Sus castigos eran aleatorios, ladinos, refinados, de maltrato psicológico. Las monjas te rompían la carta de un hijo o te castigaban suprimiéndote las visitas con la familia. El bien más preciado de todas aquellas prisioneras era saber de sus seres queridos, y que sólo podían tenerlo, con suerte, una vez al mes. Si cuando llega ese bien, te lo rompen, sufres un trauma terrible… Era maldad rasgar las cartas en vez de guardarlas y entregarlas al final del castigo”.

En los 16 años que María Salvo estuvo encarcelada, pasó también por las cárceles de mujeres de Ventas, Segovia y Alcalá de Henares, recordando la de Ventas como la más dura de todas, especialmente por el hecho de tener, entre las 5.000 mujeres que había presas, algunas condenadas a muerte por los consejos de guerra franquistas y tener que vivir diariamente en el temor a las “sacas”, como se llamaba a los fusilamientos en las tapias del cercano Cementerio del Este, cuyas detonaciones se podían oír dentro de la prisión.

En la cárcel de Alcalá de Henares, reabierta para las mujeres en los años 50, a la que María Salvo fue trasladada con otras presas de la cárcel de Segovia, se volvieron a encontrar con las monjas. También aquí se repitieron las muestras de su “altruismo” respecto a la alimentación:
“Estando allí eligieron a una compañera, presa política y maestra, llamada Carmen Orozco, para que les ayudara a llevar la administración del economato de la cárcel. Carmen comprobó que vendían la mitad de los suministros que entraban para las penadas”.

O respecto a las retribuciones a las presas por los trabajos realizados:

“Se formaron los talleres. Fui al de bordado, estaba dirigido por una monja y la explotación a que nos sometió llegó incluso a escandalizar a una funcionaria de la Sección Femenina, que venía a la prisión a enseñarnos labores”

Claro que tal vez, esos Premios a la “excepcional tarea social y humanitaria en apoyo de los desfavorecidos, desarrollada de manera ejemplar por la Orden de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl”, no solo se otorgaran por su papel en las cárceles de mujeres, ya que se ocupaba además de atender hospicios, hospitales y maternidades. Casualmente, Sor María Gómez Valbuena, miembro de la orden, fue una de las acusadas en el caso de los niños robados por el franquismo, pero ese delito ya no pudo afectar a María Salvo, porque, además de pasar encarcelada toda su juventud, entre los 21 y los 37 años, no hubiera podido procrear a causa de las torturas sufridas durante su detención.
Mucho queda por contar de las monjas carceleras, otro de los cuerpos represivos del franquismo que a día de hoy siguen disfrutando su impunidad y sus galardones.

Lo que nos diferencia: los sentimientos y la solidaridad

A pesar de todo, el mensaje más importante que María Salvo transmite en sus testimonios es el valor de la solidaridad existente entre las mujeres antifranquistas presas: todo se repartía y compartía, las que tenían algún apoyo exterior se ocupaban, en la medida de lo posible, de cubrir las necesidades de las que no lo tenían. Se cuidaban mutuamente, la mayoría padecieron enfermedades como consecuencia de las secuelas de las torturas o de las condiciones de vida en las cárceles, pero las “familias” que constituyeron entre las que compartían espacio, crearon unos lazos humanos de apoyo que les permitió seguir adelante. María Salvo repite muchas veces en sus testimonios la palabra sentimientos: tenerlos o no es lo que marcaba la diferencia entre las presas y sus represores, entre nosotras y el régimen.

También otorga la debida importancia a la organización entre las presas politizadas. En unas condiciones de difícil convivencia, supieron crear la unidad necesaria para enfrentarse al régimen carcelario y defender sus reivindicaciones: mejoras en la comida, en la higiene, en las comunicaciones con las familias, contra la obligación de las misas, la reeducación ideológica y los castigos.

Muchas veces la lucha reivindicativa se hacía a costa de huelgas de hambre o de renunciar a lo más preciado para las presas, como era la posibilidad de estar con sus hijos una vez al año, cuando con motivo de la fiesta de La Merced, se les permitía entrar en la prisión para estar con sus madres.

La convicción de que esa situación represiva no podría durar les infundía esperanzas y ánimo para mantenerse ocupadas y no solamente en las tareas manuales. Las presas con más formación instruían a otras. La propia María estudió enfermería en la cárcel y a su vez enseñó a otras a leer y a escribir. También las prisiones de mujeres fueron un lugar de concienciación y de formación política.

La lucha no se acaba nunca

La adaptación a la vida después de la cárcel fue muy difícil porque en el año 1957 lo que había fuera de la cárcel no era la libertad. Siguió perteneciendo al PSUC y desde los años 90 tuvo una fuerte actividad en el campo de la memoria democrática, como Presidenta de la Asociación Catalana de Presos Políticos del Franquismo y como fundadora del grupo Dones del 36 que querían demostrar que todas aquellas mujeres habían sido apresadas y maltratadas, pero no vencidas. En 2015, con 95 años, cerraba la lista encabezada por Ada Colau al Ayuntamiento de Barcelona.

Más allá de los merecidos homenajes que se han ganado por su sufrimiento, su lucha y resistencia, lo que realmente sentimos como un deber es la necesidad de fortalecer los hilos que nos unen con ellas, aunque hayan fallecido. Su memoria enlazada con la nuestra, retejiendo y rellenando siempre el vacío y el olvido que ellos, los que no tienen sentimientos, pretendieron imponer.
Su lucha continúa con la nuestra. Porque fueron….

  • Ciudadanos y ‘flappers’
    por Aníbal Malvar




  • Fuente: Blogs.publico.es
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