April 25, 2022
De parte de SAS Madrid
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La cara fea del cuidado son esas mujeres silenciosas cuya vida pasa de enfermo en enfermo del 谩rbol familiar; esas mujeres que no tienen asco a la cu帽a del hospital ni a las agujas, ni a la sangre ni las escaras.

Los cuidados es una palabra que me provocaba empat铆a, calor, seguridad. Cuando alguien hablaba de cuidados, sobre todo en determinados espacios, me hac铆a casi autom谩ticamente sentir c贸mplice, sentir que aquel lugar era un lugar amable, un lugar donde poder estar. Los cuidados, esa inc贸moda verdad que gracias a los feminismos pusimos sobre la mesa, daban un vuelco a cualquier estimaci贸n macroecon贸mica y a la intimidad de nuestras casas. Los cuidados eran g茅nero, eran trabajo, eran migraciones y racialidad, eran vecindad, eran servicios p煤blicos. Eran la vida misma y por fin la sac谩bamos a la calle.

Sin embargo, como la resiliencia o el empoderamiento, los cuidados empieza a ser una palabra que se me atraganta un poco, que empiezo a sentir ajena, manoseada, hueca. Nos cuidan los bancos, las empresas de Florentino y las aseguradoras, las empresas de salud y los coaches de Instragram. Se nos exige cuidarnos y cuidar, ser responsables, pero no desde el com煤n, sino desde el 鈥渟谩lvese quien pueda鈥. Se abanderan del cuidado las mismas residencias de personas mayores donde se han producido terribles episodios de maltrato. Parad贸jico que a medida que otros se apropian del cuidado, lo que se extienda sea el desamparo.

Pensaba en todo eso despu茅s de estar esperando en vano la ambulancia que solicitamos el pasado domingo de Pascua (o de Resurrecci贸n, qu茅 iron铆a) desde mi casa en Madrid. Una ambulancia que, nos dijeron, podr铆a tardar hasta cuatro horas en llegar. 鈥淪i pueden ustedes, tomen un taxi鈥. Eso hicimos.

Comet铆 el error de compartir en Twitter mi cabreo, mi frustraci贸n, mi dolor. No cargu茅 contra nadie, no hice un an谩lisis racional. S铆 que dije que cuatro horas de retraso en una ambulancia son un asesinato. Pronto comenc茅 a recibir mensajes cargados de odio, de burla, de desprecio y de deseos ruines. 鈥淩etrasada鈥. 鈥淧onte a trabajar鈥. 鈥淔eminazi鈥. 鈥淧uta鈥. 鈥淢entirosa鈥. S贸lo me ha dolido el 煤ltimo, quiz谩 por esa vieja moralina que repet铆an mucho en casa de que con las enfermedades ni se miente ni se juega.

No quiero contar aqu铆 el motivo de esa ambulancia, ni necesito que nadie haga triaje de mi preocupaci贸n o diagnostique la legitimidad de nuestro sufrimiento. Basta con decir que hablo desde la posici贸n de un hogar donde pasamos bastante tiempo entre hospitales, urgencias y consultas, como otros millones de casas a nuestro alrededor. Ojal谩 no tuviera agencia para hablar de esto, porque la cara fea del cuidado sigue siendo casi, casi, un tab煤. Pero hay que hablar de ella.

Hay que hablar de los pastilleros que se olvidan y de las recetas pegadas con un im谩n en la nevera. De la luz taciturna de las habitaciones donde descansa alguien enfermo, ah铆 donde da igual que sea domingo o que sea mi茅rcoles. De las casas medicalizadas donde lo urgente ha ganado la batalla a lo cotidiano y los trastos se acumulan porque no hay tiempo de pintar, ni de ordenar, ni de hacer reforma. De las muletas, las sillas de ruedas, los empapadores, de convertir el plato de ducha en ba帽era. Del olor a cerrado que no se va. De la incomodidad de las visitas. De la tristeza de que no te visiten. De los turnos, de las ausencias y los reproches.

La cara fea del cuidado son esas mujeres silenciosas cuya vida pasa de enfermo en enfermo del 谩rbol familiar; esas mujeres que no tienen asco a la cu帽a del hospital ni a las agujas, ni a la sangre ni las escaras. Son las que tienen que limpiar un culo ajeno y vivir en la oscuridad de esas tardes infinitas donde la siesta se pega a la cena, trabajando para que a su vez otras, en otras orillas, tambi茅n cuiden a los suyos. Son las que alivian el panorama con un chiste, con un libro, con una peli, y tambi茅n las que prefieren lamentarse y cagarse en Dios, bajito, en otro cuarto, para que no las oigan. Son todas esas personas cansadas que cuando se montan en el metro llevan ya tres horas despiertas, que no se ir谩n al extranjero de vacaciones, ni al pueblo tampoco, ni a ning煤n concierto ni exposici贸n ni a dar un pu帽etero paseo, porque est谩n demasiado cansadas y ocupadas para hacerlo. Las que preferir铆an un apartamento enfrente del 12 de Octubre o de la Jim茅nez D铆az antes que a la orilla del mar. Son tambi茅n las que no quer铆an este destino, pero no pudieron evitarlo, y a veces fantasean, en culpable silencio, con ser un poco m谩s libres.

Hay cosas que ni la mejor sanidad p煤blica puede arreglar. No se puede aliviar la punzada en el pecho de un mal diagn贸stico, ni la espera angustiosa de unos resultados. Ni tampoco esa rutina absurda de levantarse a cada rato para comprobar que el otro respira. No se pueden hacer m谩s cortos los d铆as o las noches, y ni el mejor avi贸n medicalizado, que seguro, algunos ricos tendr谩n en casa, podr铆a llevarte a hacer ese viaje que se nos ha quedado pendiente. Hay cosas que no se mitigan por muy r谩pido que llegue una ambulancia o por maravillosas que sean las sanitarias que te asistan (que lo son). Pero estoy segura de que todos estos males pueden aliviarse, de que la medicina y la gesti贸n de la Sanidad consisten tambi茅n en hacer lo m谩s liviana y corta posible la angustia y la incertidumbre. No me cabe duda de que una sanidad p煤blica universal y de calidad pondr铆a en valor los recursos humanos que la sostienen, que antes que recursos son personas, como estoy segura de que hay dinero para infraestructuras y para servicios, y si no lo hay, habr谩 que sacarlo de donde sea, y a costa de lo que sea. Se me ocurre que podemos empezar, por ejemplo, con algunos comisionistas.

Aunque me hubiera inventado todo esto de la ambulancia, y pese a que no pido a nadie que me lea, que me crea o que no recele, s铆 sugiero que, si no tienen empat铆a, saquen al menos los n煤meros. La gesti贸n de la pandemia paraliz贸 las listas de trasplantes, los diagn贸sticos de c谩ncer, y la atenci贸n primaria, pero llen贸 las arcas de la sanidad privada y de las residencias de mayores, de sus inversores y los fondos que las rapi帽an a niveles hist贸ricos. El 煤ltimo informe del Observatorio de la Ley de Dependencia recuerda que 43.000 personas no llegaron a tiempo a las ayudas. Que hay 93.346 personas en el limbo de la dependencia (pendientes de recibir la prestaci贸n o servicio al que tienen derecho) y 124.596 solicitantes pendientes de valoraci贸n. De nuevo, el maldito tiempo. Tambi茅n dice que solo el 13 por ciento del total de las cuidadoras est谩n registradas en el sistema y en el mejor de los casos 鈥搊 el peor de los grados de dependencia鈥 reciben algo m谩s de 300 euros para costear su trabajo, los 鈥渃uidados familiares鈥. No es necesario recurrir a historias individuales, porque los datos son ya abrumadoramente duros.

La disputa de los cuidados, su reapropiaci贸n, su transformaci贸n, implica redistribuirlos, reconocerlos, representarlos a trav茅s de las que los ejercen; pero tambi茅n, y sobre todo, reducirlos, romper con la abnegaci贸n y la culpa, las soledades y los silencios, la resignaci贸n. Porque las cuidadoras son pobres de tiempo y de derechos, pero las cuidadas tambi茅n, y todas tienen derecho a ser libres, y ego铆stas, y a fallar y a no llegar a todo, cuando nadie m谩s llega. Esta disputa implica pensar juntas estrategias desde el com煤n para cuidar a las que cuidan y tambi茅n a las que son cuidadas, porque no hay nada m谩s triste que un enfermo que se disculpa por serlo. Una pol铆tica feminista de cuidados, creo, tiene que sacar a la luz la cara m谩s fea de estos, abrir la ventana y airear las habitaciones, acompa帽ar en los paseos y en las salas de espera, plantar los pa帽ales sucios y los pastilleros repletos sobre la mesa de los Consejos, las Conferencias, los Convenios. Nos va la vida en ello, y la vida es mucho m谩s que el tiempo que pasa mientras llega la ambulancia. 

AUTORA. Irene Zugasti

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Fuente: Sasmadrid.org