January 26, 2021
De parte de La Peste
182 puntos de vista


鈥淣os debemos persuadir de que est谩 en la naturaleza
de lo verdadero salir cuando su tiempo llega, y
manifestarse s贸lo cuando llega; as铆, no se manifiesta
demasiado pronto ni encuentra un p煤blico inmaduro
que le reciba.鈥 (Hegel, La Fenomenolog铆a del Esp铆ritu)

Durante los a帽os noventa se dieron plenamente una serie de cambios sociales lentamente gestados en periodos anteriores, cambios que pusieron de relieve el advenimiento de una nueva 茅poca bastante m谩s inquietante que la precedente. El paso de una econom铆a basada en la producci贸n a otra asentada en los servicios, el imperio de las finanzas sobre los Estados, la desregularizaci贸n de los mercados (incluido el del trabajo), la invasi贸n de las nuevas tecnolog铆as con la subsiguiente artificializaci贸n del entorno vital, el auge de los medios de comunicaci贸n unilateral, la mercantilizaci贸n y privatizaci贸n completas del vivir, el ascenso de formas de control social totalitarias鈥 son realidades acontecidas bajo la presi贸n de necesidades nuevas, las que impone el mundo donde reinan condiciones econ贸micas globalizadoras. Dichas condiciones pueden reducirse a tres: la eficacia t茅cnica, la movilidad acelerada y el perpetuo presente. Lo sorprendente del nuevo orden creado no es la rapidez de los cambios y la destrucci贸n de todo lo que se resiste, incluidos modos de sentir, de pensar o de actuar, sino la ausencia de oposici贸n significativa. Dir铆ase que son los cambios constantes quienes han borrado la memoria a la poblaci贸n obrera e invalidado la experiencia, las referencias, el criterio y las dem谩s bases de la objetividad y verdad, impidiendo que los trabajadores sacasen las conclusiones impl铆citas en sus derrotas. Adem谩s los cambios han pulverizado a la misma clase obrera, disolviendo cualquier relaci贸n y convirti茅ndola en masa an贸mica. Lo cierto es que la adaptaci贸n a las exigencias de la globalizaci贸n requiere acabar con los mism铆simos fundamentos de la conciencia hist贸rica, con el propio pensamiento de clase. Para que las masas sean ejecutoras involuntarias de las leyes del mercado mundial han de estar atomizadas, en continuo movimiento y sumergidas en un inacabable presente repleto de novedades dispuestas ad hoc para ser consumidas en el acto.

Tantos cambios ten铆an que afectar a las ciudades, que, gracias a una p茅rdida imparable de identidad, llevan camino de convertirse en una versi贸n de una misma y 煤nica urbe, o mejor, en partes de una sola megal贸polis tentacular, un nodo de la red financiera mundial. Seg煤n el dinamismo que presente, aqu茅l puede ser reorganizado funcionalmente (como en Catalu帽a), vaciado (como en Arag贸n), o colmatado (como en el Pa铆s Vasco). En el espacio se juega el mayor envite del poder, y el nuevo urbanismo, forjado bajo el dominio de necesidades que ya son universales, es la t茅cnica id贸nea para instrumentalizar el espacio, acabando as铆 tanto con los conflictos presentes como con la memoria de los combates antiguos. Se est谩 creando un nuevo modo de vida uniforme, dependiente de artilugios, vigilado, fren茅tico, dentro de un clima existencial amorfo, que los dirigentes dicen que es el del futuro. La nueva econom铆a obliga a nuevas costumbres, a nuevas maneras de habitar y vivir, incompatibles con la existencia de ciudades como las de antes y con habitantes como los de antes. Esa nueva concepci贸n de la vida basada en el consumo, el movimiento y la soledad, es decir, en la ausencia total de relaciones humanas, exige una artificializaci贸n higi茅nica del espacio a realizar mediante una reestructuraci贸n sobre par谩metros t茅cnicos. Lo t茅cnico va siempre por delante del ideal, a no ser que sea el ideal. Los dirigentes de cualquier ciudad hablan todos esa lengua de la innovaci贸n tecnoecon贸mica que no cesa: 鈥渦na ciudad no puede parar鈥, tiene que 鈥渞einventarse鈥, 鈥渞enovarse鈥, 鈥渞efundarse鈥, 鈥渞ejuvenecerse鈥, etc., para lo que habr谩 de 鈥渟ubirse al tren de la modernidad鈥, 鈥渋mpulsar el papel de las nuevas tecnolog铆as鈥, 鈥渄esarrollar parques empresariales鈥, 鈥渕ejorar la oferta cultural y l煤dica鈥, 鈥渃onstruir nuevos hoteles鈥, tener una parada del AVE, levantar 鈥渘uevos edificios emblem谩ticos鈥, imponer una movilidad 鈥渟ostenible鈥 y dem谩s cantinela. Los PGOU recalificaron terrenos industriales y dieron carta blanca a la construcci贸n de colmenas en altura. Despu茅s las modificaciones y los planes parciales han favorecido operaciones especulativas como los proyectos Forum 2004, Copa Am茅rica, la Expo 2008, el IV Centenario del Quijote o las Olimpiadas 2012. Los pelotazos inmobiliarios que 鈥渕ueven鈥 la econom铆a y financian los planes desarrollistas significan una transferencia enorme de dinero p煤blico hacia las constructoras. Por eso la adjudicaci贸n discrecional de obras p煤blicas es un arma pol铆tica, pues tambi茅n sirve para financiar a los partidos y enriquecer a sus dirigentes e intermediarios (el 10% de los costes consiste en sobornos). Los proyectos especulativos 鈥減rivados鈥 son al menos tanto o m谩s importantes. El 80% de los ingresos de los ayuntamientos est谩n relacionados con el mercado inmobiliario, el principal mercado de capitales del pa铆s. As铆, pese a que la poblaci贸n envejece y disminuye, el 煤ltimo a帽o se construyeron y vendieron 650.000 nuevas casas, operaciones muchas de ellas relacionadas con el blanqueo de dinero. El espect谩culo de la urbanizaci贸n a todo gas va siempre acompa帽ado de la especulaci贸n y la corrupci贸n sin trabas.

La llamada 鈥渃risis fiscal del Estado鈥 permiti贸 que en la explotaci贸n de las 鈥減otencialidades鈥 urbanas llevasen la iniciativa los constructores, los pol铆ticos locales y los arquitectos (hacer arquitectura es meterse de lleno en la pol铆tica de transformaci贸n totalitaria de las ciudades). Esa unificaci贸n por la base de la clase dominante ha tenido consecuencias m谩s graves que la corrupci贸n y el fraude. Los dirigentes se han dado cuenta de que tras la urbanizaci贸n depredadora nac铆a una nueva sociedad m谩s desequilibrada que comportaba un modo de vida emocionalmente desestabilizado y un nuevo tipo de hombre, fr谩gil, narcisista y desarraigado. La arquitectura y el urbanismo eran las herramientas de fabricaci贸n del cocooning de aquel nuevo tipo, liberado del trabajo de relacionarse con sus vecinos, un ciudadano d贸cil, automovilista y controlable. Como se trata de un proceso que todav铆a anda por su primer estadio y no de una situaci贸n acabada, todos los medios han de ser puestos tras ese 煤nico objetivo. La nueva sociedad no pod铆a desarrollarse, ni en las ciudades franquistas semicompactas con centros hist贸ricos sin museificar y con barrios populares todav铆a en pie, ni en los pueblos rurales con su agricultura de subsistencia. Sobreviv铆an lazos de sociabilidad que a煤n permit铆an los fines comunes y la acci贸n colectiva, reproduci茅ndose un medio social extra帽o a los valores dominantes. Unas estructuras espaciales al servicio de la circulaci贸n econ贸mica eran indispensables para eliminar aquellos lazos, borrar la memoria del pasado y condensar los nuevos valores de la dominaci贸n. Estas son las conurbaciones, 谩reas nacidas de la fusi贸n desordenada de varios n煤cleos de poblaci贸n formando aglomerados dependientes y jerarquizados de dimensiones notables, a los que los t茅cnicos llaman 鈥渟istemas urbanos鈥. Unos habitantes separados entre s铆, emocionalmente desestabilizados, necesitaban una especie de inmenso autoservicio urbano, un frenes铆 edificado donde todo es movimiento y consumo; en fin, una urbe fagocitaria descoyuntada org谩nicamente y separada de su entorno, tan indiferente al abastecimiento del agua y la energ铆a que consume como al destino de sus basuras y desperdicios. Los residuos pueden ser fuente de beneficios, como lo es la escasez del agua y el transporte de energ铆a (ya existe un mercado de la contaminaci贸n que opera con las emisiones de CO2), pero sobre todo son fuente de inspiraci贸n; lo dice Frank Gehry, un arquitecto del poder que empez贸 construyendo shopping malls. Los ecologistas y los ciudadanistas aportaron su lenguaje; por eso los pol铆ticos, con la mejor de las intenciones, califican de 鈥渧erde鈥 y 鈥渟ostenible鈥 todo lo que tenga hierba, no provoque atascos y d茅 hacia el sol (si fueran grandes los llamar铆an 鈥渆comonumentos鈥). Los arquitectos elaboraron planes de 鈥渞ehabilitaci贸n鈥 de los centros degradados basados en la descatalogaci贸n del mayor n煤mero posible de edificios y en la peatonalizaci贸n de las calles, con vistas a su adaptaci贸n al turismo.

Nuevas autopistas, nuevas ampliaciones portuarias y nuevas pistas de aterrizaje han de situar a la urbe en el mapa de la 鈥渘ueva econom铆a鈥, por lo que todo el mundo dirigente trabaja a marchas forzadas. Cada a帽o se construyen en el pa铆s veinticuatro catedrales del relax consumidor, los centros comerciales, visitados anualmente por m谩s de 23 millones de paisanos. A veces ocurre que el ciudadano anda un poco rezagado por culpa de recuerdos del pasado, no tan lejano, y tiene dificultades en ver el confort y la belleza de las nuevas 鈥渕谩quinas del vivir鈥 (o 鈥渆copisos鈥) y de sus emblemas monumentales. Pero son precisamente esas formas nuevas, construidas con nuevos materiales en cuya fabricaci贸n puede que no haya 鈥渋ntervenido mano de obra infantil鈥, empleando nuevas t茅cnicas que 鈥渘o perjudicar谩n al medio ambiente鈥, y, eso s铆 fundadas en la privatizaci贸n absoluta, el desplazamiento constante y la videovigilancia, las que traducen las nuevas relaciones sociales. El nuevo h谩bitat ciudadano es una especie de molde, o mejor, un aparato ortop茅dico que sirve para enderezar al nuevo hombre. De forma que, viviendo en tal medio, el hombre artificial del presente sea el hombre sin ra铆ces del futuro.

El paradigma del nuevo estilo de vida en los granjas de engorde que llaman ciudades es el de los altos ejecutivos que las vedettes del espect谩culo exhiben en las pantallas. Nada que ver con el viejo estilo burgu茅s, orientado a la opulencia y el disfrute exclusivo de minor铆as. El nuevo estilo no es para gozar sino para mostrarse. La ciudad es ahora espect谩culo. Eso tiene traducci贸n urbana, especialmente en los monumentos. Los edificios monumentales t铆picamente burgueses se integran en un entorno clasista, definiendo el sector dominante de la ciudad. Tanto si son viviendas, como grandes almacenes o estaciones de ferrocarril, la arquitectura burguesa trata de ordenar jer谩rquicamente el entramado urbano donde se ubican. El arquitecto burgu茅s m谩s bien 鈥渁burguesa鈥 el espacio, no lo anula. Sin embargo no ocurri贸 as铆 con la arquitectura franquista de los sesenta, apoyada en una industria de la construcci贸n incipiente y en una imponente especulaci贸n. Los edificios franquistas, concebidos no como partes de un conjunto sino como hecho singular (y singular negocio), dislocan el espacio urbano, son como objetos extra帽os incrustados en barrios ajenos, rompiendo la trama, hasta el punto que los desorganizan y desertifican. Son monumentos a la amnesia, no al recuerdo; a trav茅s de ellos la ciudad expulsa su autenticidad y su historia, y se vuelve transparente y vulgar. La nueva arquitectura, provista de medios mucho m谩s poderosos, magnifica esos efectos de superficialidad y anomia urbicida. Unos cuantos edificios 鈥渄e marca鈥 y ya tenemos la identidad de la ciudad reducida a un logo y m谩s fragmentada que con el caos automovilista. Fragmentada y llena de turistas. Heredera de la arquitectura fascista, la nueva arquitectura ensalza el poder en s铆, que hoy es el de la t茅cnica. Tener estilo particular, lo que se dice tener, no tiene. Busca disociar geom茅tricamente el espacio, mecanizar el h谩bitat, estandarizar la construcci贸n, imponer el 谩ngulo recto, el cubo de aire. El modelo son los aeropuertos, por lo que las nuevas ciudades habr铆an de ordenarse en funci贸n de aquellos. Ser谩n en el futuro una prolongaci贸n del complejo aeroportuario, cuyo principal ariete es el AVE. El realismo desencarnado del llamado 鈥渆stilo internacional鈥 ha venido a ser el m谩s apropiado, pero quiz谩s resulte demasiado ver铆dico en estos momentos del proceso y los dirigentes, pecando de verbalismo arquitect贸nico, hayan preferido una arquitectura 鈥渄e autor鈥 para los eventos espectaculares que han marcado los inicios de ambiciosas remodelaciones urban铆sticas: el Guggenheim de Bilbao, la torre Agbar de Barcelona, la estaci贸n de Las Delicias de Zaragoza, el Kursaal de Donosti, l鈥滱uditori de Valencia鈥 , de los cuales lo mejor que puede decirse es que cuando ardan resultar谩n imponentes. Los pol铆ticos y los hombres de negocios que impulsan los cambios aspiran a que las ciudades se les parezcan, o que se asemejen a sus ambiciones, por eso todav铆a se necesitan edificios extravagantes y sobre todo gigantescos, susceptibles por sus dimensiones de traducir la enormidad del poder y la emoci贸n mercantil que conmueve a los promotores.

Esta voluntad en hallar una expresi贸n may煤scula del nuevo orden establecido, no deja de lado los aspectos m谩s espectaculares que mejor pueden redundar en su beneficio, como por ejemplo el dise帽o. Estamos en el periodo rom谩ntico del nuevo orden y 茅ste necesita s铆mbolos arquitect贸nicos, no para que vivan dentro sus dirigentes sino para que representen los ideales de la nueva sociedad globalizada. A trav茅s de la verticalidad y del dise帽o los dirigentes persiguen no s贸lo la explotaci贸n m谩xima del suelo edificable o la neutralizaci贸n de la calle, sino la exaltaci贸n de aquellos ideales perfilados por la t茅cnica y las finanzas.

Las caracter铆sticas principales que definen el nuevo orden urbano son la destrucci贸n del campo, los cinturones de asfalto, la zonificaci贸n extrema, la suburbanizaci贸n creciente, la multiplicaci贸n de espacios neutros, la verticalizaci贸n, el deterioro de los individuos y la tecnovigilancia. La arquitectura del bulldozer t铆pica del orden nuevo nace de la separaci贸n entre el lugar y la funci贸n, entre la vivienda y el trabajo, entre el abastecimiento y el ocio. Derrumbados los restos de la antigua unidad org谩nica, la ciudad pierde sus contornos y el ciudadano est谩 obligado a recorrer grandes distancias para realizar cualquier actividad, dependiendo totalmente del coche y del tel茅fono m贸vil. La circulaci贸n es una funci贸n separada, aut贸noma, la m谩s influyente en la determinaci贸n de la nueva morfolog铆a de las ciudades. Las ciudades, habitadas por gente en movimiento, se consagran al uso generalizado del autom贸vil. El coche, antiguo s铆mbolo de standing, es ahora la pr贸tesis principal que comunica al individuo con la ciudad. N贸tese que la supuesta libertad de movimientos que deb铆a de proporcionar al usuario, es en realidad libertad de circular por el territorio de la mercanc铆a, libertad para cumplir las leyes din谩micas del mercado. Por decirlo de otro modo, el automovilista no puede circular en sentido contrario. El lugar en el escalaf贸n social se descubre en la correspondiente jerarquizaci贸n del territorio producida por la expansi贸n ilimitada de la urbe: los trabajadores habitan los distritos exteriores y las primeras o segundas coronas; los pobres precarios o indocumentados viven en los ghettos; los dirigentes viven en el centro o en las zonas residenciales de lujo; la clase media, entre unos y otros. El espacio urbano abierto va rellen谩ndose con zonas verdes neutrales y vac铆os soleados, mientras la calle desaparece en tanto que espacio p煤blico. El espacio p煤blico en su conjunto se neutraliza al perder su funci贸n de lugar de encuentro y relaci贸n (lugar de libertad), y se transforma en un fondo muerto que acompa帽a a la aglomeraci贸n y a铆sla sus partes (lugar de desconexi贸n). El espacio s贸lo sirve para contener una muchedumbre en movimiento dirigido, no para ir contra corriente o pararse.

Los procesos de dispersi贸n y atomizaci贸n provocados por la instalaci贸n de la l贸gica de las m谩quinas en la vida cotidiana quedan reflejados en el tratamiento que la arquitectura moderna inflige a los individuos. Estos son contemplados como una suma de constantes sicobiol贸gicas, una especie de entes con virtudes mec谩nicas. La casa deja de ser el producto artesanal con que sue帽an los compradores de adosados y pasa a ser un producto industrial con formas dise帽adas expresamente para embutir a los inquilinos, a los que previamente se les han simplificado las necesidades: trabajar, circular, consumir, divertirse, dormir. Ha de ser completamente cerrada (tendencia a suprimir balcones, empeque帽ecer ventanas y blindar puertas) y equipada con artefactos, para satisfacer tanto la obsesi贸n de seguridad del habitante atemorizado como la necesidad de autonom铆a que exige su intimidad enfermiza y absorbente. Los aspectos comunitarios de las viviendas han de ser m铆nimos de forma que nadie conozca a nadie y pueda vivir en la mayor privacidad; las funciones anta帽o sociales de los vecinos han de intentar convertirse en funciones t茅cnicas a resolver individualmente o mediante el recurso a profesionales. La casa es una celda porque la sociedad se ha vuelto prisi贸n. Las heridas que la sociedad de masas inflige al individuo son verdaderos indicadores de la mentira dominante. La falta de integraci贸n del individuo con el medio es realmente traum谩tica: la p茅rdida de referentes comunes, el anonimato y el miedo conducen a la desestructuraci贸n social de las conductas, la insolidaridad, la neurosis securitaria y los comportamientos disfuncionales extremos, todo lo cual abre las puertas a patolog铆as como la obesidad, la bulimia, la anorexia, las adicciones, el consumo compulsivo, la hipocondr铆a, el estr茅s, las depresiones, los modernos s铆ndromes鈥 Toda la neurosis del hombre moderno podr铆a resumirse sacando la media entre los s铆ntomas del hombre encerrado y los del hombre promiscuo, fan de una estrella del rock o hincha de un equipo de f煤tbol. Si a ello a帽adimos el deseo de ser eternamente menores de edad engendrado por el p谩nico a la vejez y una creciente agresividad hacia lo distinto, tenemos lo que W. Reich calific贸 de peste emocional, la base psicol贸gica de masas del fascismo. Por otra parte, el cuerpo humano sufre constantes agresiones en un medio urbano insalubre donde la contaminaci贸n, el ruido y las ondas de telefon铆a se asocian con la alimentaci贸n industrial y el consumo de ansiol铆ticos para causar alergias, cardiopat铆as, inmunodeficiencias, diabetes o c谩ncer, t铆picas enfermedades modernas que denuncian el estado de decadencia f铆sica de una poblaci贸n con h谩bitos de vida pat贸genos que ni las dietas televisivas, ni los ajardinamientos, ni la recogida selectiva de basuras pueden cambiar. La ciudad nos vuelve a todos a la vez, enfermos, neur贸ticos y fascistas.

Los dirigentes democr谩ticos han conseguido por medios t茅cnicos lo que los reg铆menes totalitarios lograron por medios pol铆ticos y policiales: la masificaci贸n por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contempor谩nea es suavemente totalitaria porque es la realizaci贸n de la utop铆a nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos. Asistimos al fin de las modalidades de control social propias de la 茅poca burguesa cl谩sica. La familia, la f谩brica, y la c谩rcel eran los medios disciplinarios susceptibles de integrar o reintegrar a los individuos en la sociedad de clases; el Estado del 鈥渂ienestar鈥 a帽adir铆a la escuela, el sindicato y la asistencia social. En la fase superior de la dominaci贸n en la que nos encontramos el sistema disciplinario es caro y tenido por ineficaz, dado que la finalidad ya no es la inserci贸n o la rehabilitaci贸n de la peligrosidad social, sino su neutralizaci贸n y contenci贸n. Por vez primera, se parte del principio de la inasimilabilidad de sectores enteros de la poblaci贸n, los excluidos o autoexcluidos del mercado, f谩cilmente identificables como j贸venes, independentistas, inmigrantes, precarios, mendigos, toxic贸manos, minor铆as religiosas鈥, sectores cuyo potencial riesgo social hay que detectar, aislar y gestionar. Ya no solamente se persigue la infracci贸n de la ley, sino la presupuesta voluntad de infringir. De esta forma el tratamiento de la exclusi贸n social o de la protesta que genera deja las consideraciones pol铆ticas al margen y se vuelve directamente punitivo. En 煤ltimo extremo, todo el mundo es un infractor en potencia. La cuesti贸n social se convierte as铆 en cuesti贸n criminal, conversi贸n a la que contribuyen una serie de leyes, reformas o decretos que inculcan o suspenden derechos y que introducen un estado de excepci贸n a la carta. Por ejemplo, la creaci贸n de la figura jur铆dica del 鈥渟ospechoso鈥 cubrir谩 legalmente las listas negras, la prisi贸n sin juicio y la expulsi贸n arbitraria. Se termina la separaci贸n de poderes, es decir, la independencia formal entre el gobierno, el parlamento y la judicatura. Entonces se instaura una guerra civil de baja intensidad que permite la represi贸n encubierta de la poblaci贸n mal integrada, o sea, 鈥渟ospechosa鈥. Los efectos sobre la ciudad son importantes puesto que la vigilancia propiamente carcelaria se extiende por todas sus calles. Primero son los bancos, centros comerciales, centros de ocio, edificios administrativos, estaciones, aeropuertos, etc., quienes ponen en marcha complejos sistemas de seguridad e identificaci贸n e instalan c谩maras de videovigilancia; despu茅s, para impedir robos y sabotajes de empleados, se vigilan los lugares de trabajo; finalmente, es todo el espacio urbano el que se somete a la neurosis securitaria. Los vecinos, estimulados por los consistorios, contribuyen delatando conductas que consideran inc铆vicas. La ciudad se acomoda a la c谩rcel con cualquier pretexto: los terroristas, los asesinos en serie, los ped贸filos, los delincuentes juveniles, los extranjeros indocumentados鈥, incluso los fumadores. Todo es poco para calmar la histeria ciudadana que los medios de comunicaci贸n han fomentado. Si la familia o el sindicato entran en crisis como herramienta disciplinaria, otros instrumentos de contenci贸n y guarda experimentan un auge sin precedentes: el sistema de ense帽anza, el complejo carcelario y el ghetto. La escolarizaci贸n extensiva y prolongada es la mejor manera de localizar y domesticar a la poblaci贸n juvenil. La proliferaci贸n de modalidades de encierro y de libertad 鈥渧igilada鈥 hace lo propio con la poblaci贸n trasgresora. Por fin, el elevado precio de la vivienda y el mobbing alejan a la poblaci贸n indeseable de los escenarios centrales donde rige la tolerancia cero, para concentrarla en suburbios acotados abandonados a s铆 mismos. De todo lo precedente no resultar谩 aventurado deducir que el orden en las nuevas metr贸polis donde nadie se puede esconder, es un orden totalitario, fascista.

La lucha por la liberaci贸n del espacio es una lucha frontal contra su privatizaci贸n y mercantilizaci贸n, lucha que transcurre en condiciones, ya lo hemos dicho, fascistas. Dichas condiciones dejan en situaci贸n muy dif铆cil a los partidarios de la expropiaci贸n y de la gesti贸n colectiva del espacio, y en cambio favorecen a los que prefieren decorar, paliar y administrar su degradaci贸n. Sin embargo la reconstrucci贸n de una comunidad libre en un marco de relaciones fraternales e igualitarias depende absolutamente de la existencia de circuitos ajenos al capital y la mercanc铆a, es decir, de un territorio que se ha de sustraer al mercado donde pueda asentarse y protegerse la poblaci贸n segregada. Las anteriores luchas contra el capital han contado siempre con zonas exteriores y opacas. Ahora no. Por lo tanto, hay que crearlas, pero no contentarse con eso.

Miguel Amor贸s

Conferencia en el Centro Social Anarquista La Revuelta, Zaragoza, el 19 de marzo del 2005 (II Jornadas Cuestionando la Urbe)

Publicado originalmente en Miguel Amor贸s. Golpes y contragolpes: la acci贸n suversiva en la m谩s hostil de las condiciones. Pepitas de calabaza y oxigeno, 2005


Miquel Amor贸s: Contribuci贸n al esclarecimiento de algunos aspectos de la acci贸n durante los malos tiempos

Miguel Amor贸s: La nueva anormalidad. Un suave golpe de Estado

Miguel Amor贸s: Antidesarrollismo vs decrecimiento

Miquel Amor贸s: La hip贸tesis ciudadanista. Una cr铆tica libertaria de la izquierda del capitalismo

Vigilancia masiva, tecnocapitalismo y estado policial: an谩lisis cr铆tico y estrategias de autodefensa digital

Telurismo o metropolizaci贸n

El Neo-totalitarismo tecnol贸gico




Fuente: Lapeste.org