April 2, 2021
De parte de La Peste
300 puntos de vista


La crisis presente del sistema parlamentario, en manos de una casta pol铆tica profesional aquejada de cesarismo y al servicio de intereses econ贸micos espurios, vuelve sorprendentemente actual la figura de Mijail Bakunin, un personaje hist贸rico del socialismo obrero cuya vida casi novelesca, su amor por la libertad, su ejemplo de perseverancia y su original an谩lisis de la realidad social de su tiempo, convierten en una atractiva referencia del radicalismo contempor谩neo. Por encima de los consabidos t贸picos como el de 鈥減adre鈥 del anarquismo, conspirador empedernido o ac茅rrimo contrincante de Marx, a poco que se le estudie con objetividad, se abandonar谩n los estereotipos y se le situar谩 en el lugar prominente del pensamiento revolucionario que le corresponde.

El salto de un joven idealista ruso desde la filosof铆a especulativa hacia la acci贸n subversiva resulta l贸gico si se tiene en cuenta que la Rusia zarista proscrib铆a el pensamiento libre y que los c铆rculos de debate filos贸fico eran poco menos que clandestinos. Bakunin, al alejarse de la autocracia rusa, pudo comprobar in situ la descomposici贸n material e intelectual de la vieja Europa, a punto de derrumbarse, y ese choque racional con la realidad le hizo abandonar la abstracci贸n, olvidando para siempre la metaf铆sica y dej谩ndose llevar por el torbellino de la revoluci贸n. Su apuesta por la vida real -por la verdad contenida en el devenir hist贸rico- le llevaba a sumergirse en las revueltas populares contra el absolutismo mon谩rquico con la intenci贸n de que rebasaran los horizontes burgueses.

Sus influencias, que van de Hegel y Comte a las tesis de la Primera Internacional (pasando por Proudhon), son f谩ciles de detectar en sus escritos, casi siempre circunstanciales, pero nunca hallaremos en ellos los elementos de un sistema susceptible de convertirse en doctrina o al menos en un manantial de recetas pol铆ticas intemporales o de respuestas para todo, aunque s铆 un m茅todo y una perspectiva hist贸rica que proporcionaron coherencia a sus aportaciones y ahora estimulan inteligentes investigaciones.

Su contribuci贸n te贸rica m谩s imperecedera ha sido la cr铆tica del Estado, un hermano menor de la Iglesia que si bien ven铆a determinado en su forma moderna por el modo de producci贸n capitalista, a su vez se volv铆a la condici贸n necesaria de dicha producci贸n. Toda revoluci贸n que se detuviera en los parlamentos, es decir, toda revoluci贸n burguesa, desembocaba en el Estado, donde se organizaban los intereses de clase. El dominio de la burgues铆a se consolidar铆a incluso bajo la bandera del socialismo, pues la funci贸n de un gobierno 鈥渟ocialista鈥 no ser铆a la de desarrollar la libertad civil, sino la de desarrollar la econom铆a de mercado, y, por lo tanto, redundar铆a en la explotaci贸n de los obreros y campesinos. Para que la revoluci贸n fuera social, los intereses de los oprimidos ten铆an que ordenarse de abajo arriba mediante la libre federaci贸n, sin burocracias ni concentraci贸n de poder: se deb铆a prescindir de la pol铆tica y abolir el Estado desde el principio,

En una siglo donde la revoluci贸n estaba a la orden del d铆a, muchos eran los que pensaban que cualquier movimiento de los explotados que no persiguiera objetivos revolucionarios inmediatos acabar铆a por transformarse en instrumento de la burgues铆a. Las clases medias eran una cantera de intelectuales sin futuro, fil谩ntropos, intermediarios, desclasados y dem谩s 鈥渆xplotadores del socialismo鈥, con los que se pod铆a configurar  un despotismo con pretensi贸n de 鈥渃ient铆fico鈥 y bajo las apariencias de la representaci贸n popular. Seg煤n los postulados del socialismo parlamentario, las masas ser铆an liberadas solo si se somet铆an a los dictados estatales obra de dirigentes iluminados por una doctrina infalible. La critica del Estado se completaba pues con una cr铆tica de la casta pol铆tica alimentada por 茅l, y de los lugares comunes que conformaban el ideal burgu茅s de servilismo voluntario: el deber ciudadano, las elecciones, el inter茅s general, la representaci贸n delegada, las mayor铆as, el respeto a la ley鈥

En fin, destaca en Bakunin su visi贸n profunda de la degeneraci贸n estatista de las revoluciones. Confiando ciegamente en la pasi贸n creadora de las masas, en su fundamentada opini贸n la revoluci贸n no necesitaba jefes (aunque fuesen hombres de ciencia), ni vanguardias dirigentes, ni convenciones, ni tampoco gobiernos 鈥減roletarios鈥, peor si se revest铆an con poderes de excepci贸n. La auto-organizaci贸n de las masas serv铆a de ant铆doto para la centralizaci贸n estatal, fuente de la corrupci贸n burocr谩tica que a toda costa se quer铆a evitar. El Estado proletario ser铆a un sin sentido: necesariamente dar铆a p谩bulo a la formaci贸n de una nueva clase privilegiada de expertos, funcionarios y hombres de aparato. Aunque su origen fuese obrero, dejar铆a de serlo en el acto; los obreros que gobiernan defienden intereses de clase ajenos al proletariado: los de la 鈥渂urocracia roja鈥, la aberraci贸n m谩s vil contenida en el comunismo 鈥渁utoritario鈥. En poco tiempo el Estado absorber铆a toda la actividad social, la producci贸n, el pensamiento, la cultura鈥, y con la ayuda de un contingente de fuerzas del orden regular铆a 鈥渃ient铆ficamente鈥 hasta el menor detalle de la vida cotidiana. El comunismo de Estado transformar铆a la revoluci贸n en un despotismo de la peor especie, que lejos de instaurar el reino de la igualdad y la libertad, entronizar铆a el dominio de una nueva burgues铆a m谩s voraz y depredadora que la antigua.

La herencia de Bakunin, su testamento pol铆tico, reposa en estas sagaces cr铆ticas.

Miguel Amor贸s

Publicado originalmente en el Bolet铆n del Centro Ascaso Durruti de Montpellier

1 de diciembre de 2020

Fuente: https://www.portaloaca.com


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Fuente: Lapeste.org