December 12, 2020
De parte de Fundacion Aurora Intermitente
124 puntos de vista


Hoy en día, entre todos los sindicatos que se declaran anarcosindicalistas o de tradición libertaria (CGT; Solidaridad Obrera, CNT, AIT, más algunos independientes de empresa o sectoriales), sumados, serían el segundo sindicato en número de militantes y el tercero en número de afiliados.

Y sin embargo a ninguno de estos sindicatos se le ha ocurrido traducir y publicar un libro tan necesario para entender el porqué de la influencia, pese a sus tensiones, de la CNT en la II República, y lo que quizás, resulta más importante para los que no son historiadores, la realidad o mito de la democracia directa, en la Confederación, y los métodos de influencia entre los trabajadores, cuestiones que continúan siendo candentes en la actualidad.

Ha tenido que ser una editorial de Valladolid, la editorial Delicias, quién con el concurso de Sonia Turón como traductora, 16 años después de su publicación en catalán, edite este libro de Anna Monjo Omedes, cuyo subtítulo “democracia y participación política en la CNT en los años 30 “, no hace justicia a todos los análisis y debates que abre.

El libro resulta una lectura sugerente para cualquier militante o simple simpatizante, sin importar que se circunscriba a Barcelona, ya que muchos de sus análisis pueden generalizarse, pero no sencilla, debida a su extensión, 558 páginas, de probablemente ser heredero de una Tesis, con el tipo de redacción que ello comporta y por la prolija explicación del organigrama interno de la Confederación.

Dicho lo cual es aleccionador, ya que constata realidades que nos permiten comparar con el momento actual:

La primera es que la influencia de la CNT vino determinada por su capacidad para defender a los trabajadores, frente a los patronos, impulsando reivindicaciones, fundamentalmente laborales, más que por su discurso revolucionario.

Esta influencia se basó en un prestigio que se sostuvo, porque logró captar a los auténticos líderes naturales en las empresas, que consiguieron que la solidaridad fuese vista como un valor en sí mismo.

Pero la mayoría de los afiliados no tenían una ideología libertaria, ni estaban interesados en tenerla, aunque sí una práctica de democracia directa en las secciones sindicales.

No queda claro, si las derrotas laborales, significaron una merma de prestigio para la CNT, entre otras causas porque éste no es el objeto de estudio del libro, pero da más bien la impresión que no fue así mientras los trabajadores no se sintieron traicionados.

Otra cosa sería la represión gubernamental.

Este prestigio se imbricaba con el de sus cuadros sindicales, líderes naturales que además tenían a gala ser buenos profesionales. Es posible que ésta identificación, buen trabajador persona en quien confiar, procediese de la tradición gremial, pero hoy en día continua, sobre todo en las empresas con poca rotación laboral.

Aunque queda poco claro, no era éste el objetivo del libro, más que un enfrentamiento permanente entre empresarios y trabajadores, lo que se deja traslucir, sobre todo en los talleres pequeños que eran una mayoría, lo que había era una negociación casi permanente, entre otras cosas, porque muchos dueños de talleres eran antiguos trabajadores con una escala de valores similar, y porque los buenos profesionales no abundaban. Las entrevistas de Salomé Moltó para Alcoi, o la biografía de Sirvent así lo corroboran.

Como segundo factor, esta influencia se vio reforzada por la creación de locales de barrio, en un contexto en que viviendas y puestos de trabajo, generalmente se encontraban en el mismo barrio, y había una segregación social.

Ello ya fue resaltado por García Oliver, que pese a la elevada opinión de sí mismo no se apropió de la idea, ya que permitía la socialización y cercanía entre los militantes de una barriada, influir y porque no, controlar ésta, y retraía a los más “conscientes” de reuniones en las tabernas cuando el alcoholismo era (y continúa siendo), una extendida enfermedad entre los trabajadores, lo que constató la CNT y muestra de ello es el libro de Lázaro y Cortes.

En general, la propaganda libertaria no se realizaba en los sindicatos, si bien contaban con pequeñas bibliotecas, sino por los grupos de afinidad y sobre todo los ateneos libertarios que cumplían una triple función:

De formación ideológica y propaganda.

Cultural y educativa, función que actualmente cubre desde su perspectiva el Estado, pero que en la II República se encontraba prácticamente huérfana, junto a la asistencial, en los barrios obreros.

Y lúdica y de relación social, con grupos de montañismo, naturismo, teatro y musicales. Como anécdota, en Madrid, cuando a un veterano militante de Juventudes Libertarias se le preguntó porqué se había hecho libertario respondió que porque cuando tenía 16 años fue a un ateneo porque había baile los domingos por la tarde y la entrada era gratis.

Mención aparte sería la función de la prensa confederal y libertaria, pero a ella no se refiere el libro.

El núcleo central del libro, se refiere a la participación, la democracia directa y en último término en quien residía la capacidad de decisión y por tanto el poder, dentro de la Confederación.

Para Monjo había dos niveles, conectados entre sí, y no estancos, pero si distintos: el de los militantes que ella llama centrales, que toman las decisiones ideológicas y estratégicas y el de los militantes y afiliados de base que toman las decisiones laborales.

En cada nivel se intentaba mantener la participación y la democracia directa, pero es evidente que la militancia central se encontraba en un nivel de superioridad.

Pero la militancia de base, y ello no se explica tenía un mecanismo de rechazo, que se dio varias veces: acataba las decisiones, pero no las ejecutaba, ni dinamizaba a los compañeros.

Y de ello se dieron cuenta los miembros de los comités.

Para la autora el núcleo central, que se reunía en los plenos de militantes, y era quien realmente tenía el poder, se subdividía en líderes carismáticos entre los que destacaban los oradores y escritores ( y lo que llamaban “apóstoles de la causa” , aunque en la II República el término se estaba perdiendo), muchos de ellos propagandistas que en mítines y charlas extendían la “idea “ y la organización… y también imponían sus puntos de vista, tipo éste que prácticamente ha desaparecido de los sindicatos, aunque en detrimento de la propaganda.

Además, estaban los cuadros sindicales, de la estructura, menos conocidos, que se buscaba estuviesen capacitados y pudiesen llegar a acuerdos. Podían ser líderes carismáticos, pero normalmente no era así.
En la Transición (y probablemente en la actualidad) al prácticamente desaparecer los líderes carismáticos, este nivel fue el preponderante, y algunos militantes se negaron a asumir cargos, mientras otros los confundían con cuotas de poder por los que luchar, mientras los trabajadores abandonaban en masa los sindicatos.

Y el tercer subsector lo componían los militantes de la Organización, dedicados el máximo tiempo posible a todas, aquellas tareas que fuesen necesarias, sin importar el oficio al que pertenecían y con una ideología libertaria más o menos formada. Eran estos a los que se convocaba a los Plenos de Militantes, sobre todo hombres y no solo porque se realizaban de noche, y representaban el nervio de la Confederación.

Ya en la II República existió una contradicción en el funcionamiento de los comités, aunque en aquel momento la lucha entre los líderes carismáticos lo encubrió, pues en teoría tenían pocas competencias, pero en la práctica, tomaban muchas decisiones, debido a la necesidad de responder con agilidad a las nuevas circunstancias, sobre todo durante la guerra, y por el natural desarrollo de todo organismo para asumir más competencias si no es adecuadamente controlado.

Todo el análisis sobre la colectivización hubiera estado mejor en un libro aparte, porque se enmarca en la relación de los libertarios con su falta de estrategia, para hacer triunfar la Revolución, es decir hacerse con los mecanismos del poder y mantenerlos, sin caer en excesivas contradicciones, y ello a pesar de las grandes dosis de abnegación y heroísmo de las que hicieron gala.

Pero hay un aspecto que continua vigente: en cuanto el militante ocupaba un puesto de superior nivel en la empresa, sus compañeros no se sentían representados por él, y como mínimo le tachaban de vago, fuese esto real o no, que de todo habría.

Y ahora que las Internacionales intentan expandirse, por el taller del mundo, Asia, la enseñanza, de la lucha en el primer franquismo, es que, frente a dictaduras eficientes, las formas organizativas deben variar.

Por acabar poniendo dos peros, que en nada desmerecen al libro, el número de entrevistas no es suficientemente representativo, y ahora esa generación ya ha fallecido, pero es dudoso que salvo que se hubiese constituido un grupo de trabajo, se hubieran podido hacer más. Y hubiera sido conveniente señalar en que lengua hablaban los entrevistados.

Pero quede claro que es un gran libro: son tantas las respuestas que da como los interrogantes que plantea… y la mayoría permanecen vigentes.

JAC




Fuente: Aurorafundacion.org