July 12, 2022
De parte de La Peste
151 puntos de vista

Si como dijo Hegel el aire de la ciudad nos hace libres, en la misma medida el aire de la conurbaci贸n nos hace esclavos. Si el 谩gora, el foro o la plaza p煤blica hicieron posible la libertad y la igualdad, su desaparici贸n las aniquila. La conurbaci贸n que sustituye a la ciudad -y que algunos llaman posciudad-tiene caracter铆sticas bien diferentes. La conurbaci贸n es exactamente lo contrario de la ciudad, lo opuesto de un lugar a la medida del habitante: es una no-ciudad, un espacio hecho a la medida del autom贸vil. Un amontonamiento aleatorio de edificios desparram谩ndose por el territorio sin m谩s orden que el que imponen los cinturones y ejes viarios. Lo que define la ciudad es el espacio p煤blico, el terreno com煤n donde se dan las condiciones de una vida p煤blica, all铆 donde los habitantes, a los que llamamos con propiedad ciudadanos, pueden expresarse; all铆 donde pueden formular y defender un proyecto colectivo. Gracias a esa dimensi贸n pol铆tica, la polis, es decir, la ciudad, fue el lugar privilegiado de la historia, de la historia como despliegue de la libertad. En cambio, en la conurbaci贸n no existe espacio p煤blico; se sigue llamando as铆 a una zona neutral donde son imposibles las relaciones urbanas, el di谩logo pol铆tico o la gesti贸n ciudadana; un espacio-espect谩culo que no llama a pr谩cticas comunitarias sino a circos que consagran la pasividad. Lo que define a la conurbaci贸n es el espacio circulatorio, el asfalto, que abarca pr谩cticamente todo el espacio no construido. Un espacio donde se puede ir de un lado a otro sin tocarse, pero donde los encuentros son imposibles; un lugar muerto en el que se deshacen la libertad y la historia. Desde que la ciudad no es ciudad, los ciudadanos no son ciudadanos. Los que ahora se llaman as铆 son s贸lo votantes, sin un sentido particular de pertenencia, puesto que la conurbaci贸n no pertenece a los que la habitan. El urbanismo ha sido el instrumento de esa desposesi贸n.

El urbanismo surge cuando los destinos de la ciudad caen en poder de la burgues铆a. El urbanismo no es m谩s que la proyecci贸n de la ideolog铆a burguesa en el espacio ciudadano, o lo que es lo mismo, la herramienta mediante la cual se convierte la ciudad en un centro de acumulaci贸n de capital. Sus primeros pasos son quir煤rgicos: a costa de los huertos conventuales desamortizados, de las murallas y de las venerables callejuelas, se ensanchan plazas y se abren v铆as rectas de penetraci贸n que establecen el primer pelda帽o en el predominio de la circulaci贸n sobre el lugar: circulaci贸n de tropas, de mercanc铆as, de carruajes鈥, de capital en suma. La mercanc铆a coloniza las relaciones sociales e introduce un nuevo concepto del tiempo: el tiempo es oro. Las masas ciudadanas se ponen en movimiento espoleadas por la prisa que les impone la econom铆a. La ciudad crece porque ha de absorber los excedentes depauperados de poblaci贸n campesina que fluyen a ella en busca de trabajo y porque la nueva clase dominante necesita un espacio propio. La burgues铆a mediante reformas interiores, fabrica nuevos centros donde concentrar la actividad comercial y financiera. El centro se segrega de la periferia, adonde se instalan las actividades industriales, se trasladan los mataderos, los cementerios, los manicomios y las c谩rceles. Para vivir la burgues铆a construye nuevos barrios, los ensanches, separados de los viejos barrios de artesanos y obreros. El espacio p煤blico al aburguesarse, desaparece; la burgues铆a es una clase que sobrevalora su intimidad. En los exclusivos ensanches los edificios son altos, con amplias viviendas, las calles espaciosas, con comercios y establecimientos de lujo. La idea burguesa de edificio p煤blico no es el palacio, ni la modesta 鈥渃asa del pueblo鈥. El inmueble grandioso representa la ideolog铆a burguesa de progreso. As铆 se construir谩n gracias al uso del hierro los nuevos consistorios, preferentemente en un estilo ecl茅ctico, las centrales de Correos y Tel茅fonos, los mercados municipales, las estaciones del ferrocarril y todas las sedes de bancos y grandes empresas. La funci贸n de la mole de ladrillo, hierro y cemento no es otra que la de plasmar en el espacio la nueva jerarqu铆a social que rige en la ciudad, preocupada exclusivamente por el movimiento de mercanc铆as y dinero. Con su imponente presencia el inmueble ha de inhibir cualquier pr谩ctica cotidiana t铆pica de una sociedad igualitaria, paralizar la din谩mica social a su alrededor; en resumen, ha de mantener el orden.

El dise帽o en cuadr铆cula u ortogonal no da significaci贸n alguna a valores colectivos, m谩s bien revela una parcelaci贸n del terreno que obedece a razones econ贸micas: la creaci贸n del mercado inmobiliario. Al mismo tiempo que la burgues铆a hace negocio con los terrenos, consagra la privacidad como valor supremo, pues al contrario de lo que sucede en los barrios obreros, en los ensanches se prima lo interior sobre lo externo y, como consecuencia, se desvaloriza la vida social. La preponderancia de la circulaci贸n sobre el lugar es tambi茅n la de la vida privada, urban铆sticamente representada por la isla de casas, la manzana. La ciudad burguesa es una ciudad rota, en la que cada fragmento cobra autonom铆a: el centro pol铆tico, el centro comercial y financiero, el ensanche residencial burgu茅s, las barriadas obreras, los suburbios fabriles, la plaza de toros鈥 Los espacios anta帽o comunes pierden su capacidad de relaci贸n y de comunicaci贸n, las calles separan las casas, las escaleras separan los pisos y los vecinos, encerr谩ndose en ellos, se separan del mundo. El movimiento repetido al infinito acaba con la experiencia del espacio. Separa el espacio del tiempo y de la memoria; los monumentos son homenajes al olvido. Al someterse a la circulaci贸n la ciudad pierde su ritmo. La calle ya no se habita; es solamente un lugar de paso para ir de compras o al trabajo.

En el estado espa帽ol, a finales de los a帽os cincuenta del siglo pasado, las grandes ciudades dieron un salto cualitativo en la urbanizaci贸n. Los Planes de Desarrollo y la entrada de capital for谩neo fueron para la 茅poca el equivalente de lo que fueron derribo de las murallas y la llegada del ferrocarril para el periodo anterior. La actividad industrial pas贸 a ser preponderante y a concentrarse alrededor de las ciudades, forzando un vaciado de poblaci贸n rural. En quince a帽os la poblaci贸n de muchas ciudades lleg贸 a duplicarse. La oleada migratoria apenas pudo ser albergada en bloques de pisos, pol铆gonos y grupos de viviendas, de arquitectura p茅sima, vertical y barata, ubicados seg煤n el precio del suelo con el objetivo de contener el mayor n煤mero posible de habitantes por metro cuadrado. La manzana como unidad edificatoria fue definitivamente abandonada y el bloque abierto pas贸 a ser la unidad celular del tejido urbano. Espacialmente significaba un grado myaror de privatizaci贸n y de anonimato. Aunque por primera vez, o casi, el crecimiento estuvo planificado, los Planes Generales de Ordenaci贸n no sirvieron m谩s que para rellenar con total permisividad los terrenos situados entre la ciudad hist贸rica y una ronda viaria dise帽ada ex profeso, plasmando un esquema de crecimiento conc茅ntrico -como una mancha de aceite鈥 que nunca ser谩 modificado. El deterioro de los barrios populares provoc贸 la huida de las clases medias a la periferia, lo que a su vez oblig贸 a largos desplazamientos y generaliz贸 el uso del autom贸vil. La ciudad se sale de sus l铆mites merced al veh铆culo de motor. Al expandirse se multiplican las distancias y pierde la forma, exigiendo cada vez m谩s medios de transporte. El tr谩fico rodado aparece t铆midamente y toma posesi贸n de las calles. En pocos a帽os ser谩 el amo absoluto de la ciudad industrial. Durante los a帽os sesenta las ciudades no solamente se extendieron sino que se suburbializaron. La motorizaci贸n de la poblaci贸n, el almacenaje masivo de gente en los extrarradios, la degradaci贸n de los centros hist贸ricos y la destrucci贸n de los huertos urbanos fueron fen贸menos simult谩neos. A los problemas econ贸micos se a帽adieron los relativos a la miseria cotidiana, o, dicho con palabras prestadas de la sociolog铆a, a la 鈥渕ala calidad de vida鈥.

Pero mientras que cualquier manifestaci贸n p煤blica era reprimida, el coche propio, la televisi贸n y una m铆nima capacidad de consumo ensanchaban los l铆mites de lo privado. El f煤tbol sucedi贸 a los toros como primer espect谩culo de masas. La zonificaci贸n como principio exclusivo, la privatizaci贸n equipada y la dictadura de la circulaci贸n caracterizaron el urbanismo desarrollista, dando como resultado una aglomeraci贸n de individuos con escasos v铆nculos entre s铆, indiferentes al lugar, automovilistas esclavos de las leyes dictadas por las 鈥渋nfraestructuras鈥, bien fuesen circunvalaciones o autov铆as radiales.

El desarrollismo no fue sin embargo un rasgo espec铆fico de la dictadura franquista. Formulado por primera vez por el presidente norteamericano Truman en 1949, fue la doctrina oficial de todas las clases dirigentes y de todos los que hablaban en nombre de las clases oprimidas. Por eso el cambio de r茅gimen alumbr贸 una clase pol铆tica separada pero no supuso un cambio de orientaci贸n en el fascismo urbanizador y mucho menos un retorno de la vida p煤blica. Tras un corto espejismo se produjo una profesionalizaci贸n acelerada de la pol铆tica y el sindicalismo a la par que una desactivaci贸n del movimiento vecinal, procesos que sustituyeron a los mecanismos represivos anteriores de forma mucho m谩s eficaz. Espa帽a sigui贸 siendo 鈥渦na, grande y urbanizable鈥. Los nuevos PGOU eran trajes aparentemente distintos pero hechos a con los mismos patrones. Unos pocos zurcidos, m谩s verticalidad, mayor zonificaci贸n, mucha m谩s motorizaci贸n y de nuevo un desarrollismo sin otra justificaci贸n que la continuidad del proceso especulativo, puesto que la poblaci贸n dej贸 de crecer durante casi dos d茅cadas. Bajo la consigna 鈥渓a tierra para el que la recalifica鈥, los especuladores colmaron de edificios los huecos de las ciudades hasta un segundo, tercero o cuarto cintur贸n, consumiendo el suelo de uso industrial periclitado y lo que quedaba de suelo agr铆cola, para soldarse luego con las ciudades y pueblos circundantes y constituir una gran 谩rea metropolitana. El fen贸meno ha sido llamado 鈥減eriurbanizaci贸n鈥. Las antiguas barriadas c茅ntricas se despoblaron y fueron parcialmente reocupadas por poblaci贸n marginal, acentu谩ndose el deterioro de los lugares. Los viejos ensanches tambi茅n empezaron a perder gente; buena parte del relevo generacional busc贸 casa en la primera o segunda corona metropolitana, ya por deseo de mejor entorno, ya por precios m谩s asequibles. Gracias a la derrota del movimiento obrero pudieron pacificarse los escasos lugares liberados a la vida p煤blica y lograron disolverse las ansias emancipadoras en un oc茅ano de consumismo y evasiones l煤dicas. El subdesarrollo intelectual del habitante resultaba tan acentuado por el urbanismo que era muy f谩cil de adoctrinar para el consumo y las hipotecas. El desarrollismo exacerb贸 todas las taras del urbanismo burgu茅s: la fragmentaci贸n de la ciudad, la destrucci贸n del territorio, la masificaci贸n, la inmadurez mental, el predominio de la movilidad sobre los lugares, la urbanizaci贸n sin l铆mites鈥 Los materiales prefabricados prepararon a los consumidores para una la uniformidad absoluta a traves de unos cualtos milllones de pisos, apartamentos y casas id茅nticos. Una arquitectura an贸nima entra帽a un modo de vida impersonal, insensible a la belleza tanto como a la fealdad, regido por una idea de confort privado que descansa en el ascensor, las cristaleras, el aire acondicionado, los cuartos de ba帽o y sobre todo en la bunkerizaci贸n, a base de alarmas, c贸digos de acceso y puertas blindadas. El desarrollismo urbano, tanto en la Dictadura como en la Democracia posdictatorial, transform贸 la ciudad en mero soporte de la circulaci贸n aut贸noma y de ah铆 vino lo dem谩s. Al resultado final ya no se le pod铆a llamar ciudad, puesto que se trataba de una extensi贸n urbanizada sin fronteras, sin forma y sin car谩cter; un n贸dulo, o un 鈥渉ub鈥, o un punto de articulaci贸n del ret铆culo de la econom铆a mundializada, semejante a cualquier otro. Patrick Geddes tempranamente llam贸 a eso 鈥渃onurbaci贸n鈥; otros le llamaron 鈥渟istema urbano鈥. No era un fruto de la globalizaci贸n; era la conditio sine qua non de su funcionamiento. La globalizaci贸n descansa sobre una red de territorios hiperurbanizados por donde se mueven en tiempo real la informaci贸n y los capitales; sobre un racimo pues de conurbaciones.

La conurbaci贸n de la era globalizadora tiene tres rasgos que la acompa帽an: ausencia de l铆mites (鈥済eneralizaci贸n de lo urbano鈥), diversidad de centros (鈥渕ultipolaridad鈥) y desagregaci贸n social extrema (atomizaci贸n). Son los trazos requeridos por una econom铆a terciaria que, al separar geogr谩ficamente el proceso productivo de los lugares de consumo, eleva la circulaci贸n al rango de actividad preponderante. Y con la circulaci贸n todos los aspectos relacionados: el almacenamiento, la manipulaci贸n, la distribuci贸n y transporte. Para adaptarse a una econom铆a de servicios, la conurbaci贸n debe por una parte sobrepasar un determinado tama帽o cr铆tico que la haga rentable como mercado; por la otra, disolver su centro en una red eficaz de polos especializados. La poblaci贸n necesaria viene de lejos, expulsada de sus pa铆ses por la liquidaci贸n de las formas de sociedad anteriores a la globalizaci贸n. Finalmente, la conurbaci贸n ha de conectarse con las dem谩s de todas las maneras y a toda velocidad. La permanencia dentro de la red de flujos capitalistas exige grandes infraestructuras, suministro regular de gasolina, una mayor oferta de servicios a las empresas y un m谩rketing espectacular a base de eventos mundiales de tipo deportivo o cultural. La conurbaci贸n es un territorio-empresa en perpetua exposici贸n y promoci贸n, cuya entrada ha de ser c贸moda y la salida, f谩cil. La actividad a la que sus habitantes dedican el mayor tiempo es circular, ir desde su suburbio-dormitorio al trabajo o al centro comercial. El espacio urbano es ahora un espacio sin conflictos, sin sucesos, donde nunca pasa nada; un espacio sin pasado, y, por lo tanto, sin historia. Las torres de veinte o treinta pisos son el paradigma de la soledad y de la paz urbana. Un lugar inh贸spito, donde nadie entabla relaciones gratificantes, ni establece s贸lidas ataduras, ni piensa en quedarse para siempre. Un lugar peligroso donde el azar reparte la mala suerte, puesto que pesar de que los individuos han sacrificado su libertad, su independencia e incluso su salud a la protecci贸n que les brinda la econom铆a y al Estado, la sensaci贸n de inseguridad es considerable. Un lugar apto para personal gregario y gente infeliz y depredadora.

La memoria hist贸rica ha sido borrada gracias a la destrucci贸n o a la museificaci贸n de los lugares donde alguna vez hubo vida y hubieron tensiones. Su significaci贸n ha sido extirpada de cuajo o desnaturalizada por el relato entre as茅ptico y feliz de los paneles para visitantes. Los recorridos por ellos se ordenan al ritmo del museo, confundi茅ndose con los itinerarios tur铆sticos. La conurbaci贸n ha perdido toda se帽a de identidad, cualquier significado cultural o hist贸rico, cualquier especificidad: puede ser cualquier parte, un lugar provisional y est茅ril, un no-lugar. Los dirigentes intentan ofrecerle una identidad nueva a trav茅s de la arquitectura monumental de 鈥渕arca鈥. Dicha arquitectura es independiente del lugar donde se ubica; igual pod铆a estar en cualquier otro lado y por eso resulta ideal para la conurbaci贸n: refleja fidedignamente la disoluci贸n de la ciudad, el desarraigo reinante sobre el cad谩ver de los valores comunitarios. El arquitecto 鈥渁rtista鈥 es indiferente al ambiente, enemigo de la trama, hostil al equilibrio con el entorno. El exabrupto tecnol贸gico, la salida de tono, en fin, la groser铆a edificada, es justamente lo que busca, su 鈥渇irma鈥. El alarde constructivo no ha de arraigar para nada, solamente aterrizar. Tiene por eso un regusto extra帽o, como venido de una realidad 鈥渕arciana鈥. No puede establecer una relaci贸n m铆nima con los habitantes, pues estos, en cierto modo, tambi茅n son 鈥渕arcianos鈥. Los monumentos de la era de la globalizaci贸n desrealizan los lugares, los acercan a la virtualidad. En tanto que im谩genes, son se帽as de una realidad aparte, donde todos han de comportarse como espectadores. Son como los macroacontecimientos: enormes operaciones de publicidad que de paso hacen tabla rasa con la historia. Su presencia en ese caos neutralizado materializa la concepci贸n del mundo que tienen los responsables del totalitarismo urbano, y afirma con contundencia el modelo criminal de sociedad que estos ha elegido en nombre de todos.

Si la pol铆tica de infraestructuras tiene un punto d茅bil, ese no es el suministro de agua potable, la producci贸n ingente de residuos o la generalizaci贸n de conductas anormales; hace mucho tiempo que la conurbaci贸n dej贸 atr谩s las condiciones humanas de vida. El tal贸n de Aquiles es el petr贸leo. El avance de los suburbios depende de la proliferaci贸n de autom贸viles y de la disponibilidad ilimitada de carburante. As铆 pues, el final del ultradesarrollismo urbanizador -del capitalismo鈥 no vendr谩 de la mano de un cambio clim谩tico o de una epidemia mort铆fera sin igual, sino de una sencilla crisis energ茅tica. Los combustibles f贸siles hicieron posibles las industrias, los transportes, y, por lo tanto, las conurbaciones. Est谩n tan 铆ntimamente ligados a la econom铆a global que cuando empiecen a escasear 茅sta no sobrevivir谩. El crecimiento en un contexto de recesi贸n de la producci贸n petrol铆fera conduce al colapso social. Hoy por hoy ninguna energ铆a, ni siquiera la nuclear, puede tomar el relevo. Todo el sistema econ贸mico dejar谩 de ser rentable. Las conurbaciones, sin autom贸viles, no ser谩n viables. Millones de segundas residencias quedar谩n vac铆as o ser谩n ocupadas por fugitivos de las metr贸polis. Y eso es lo que suceder谩 dentro de unas d茅cadas, pocas. De nuevo volver谩n condiciones objetivas que empujen a los individuos proletarizados a mirar el mundo fr铆amente y actuar en consecuencia. No se trata pues de sentarse y esperar a que pase por la puerta el cad谩ver del capitalismo. Conviene ir sabiendo por donde hay que tirar. La lucha por liberar el espacio urbano ser谩 la nueva lucha de clases. Un programa radical ha de oponerse al desarrollismo y reclamar un retorno a la ciudad, es decir, al 谩gora, a la asamblea. Ha de proponerse fijar l铆mites al espacio urbano, devolverle la forma, reducir el tama帽o, frenar la movilidad. Reunir los fragmentos, reconstruir los lugares, restablecer relaciones solidarias y lazos fraternales, recrear la vida p煤blica. Desmotorizarse, vivir sin prisas. Olvidarse del mercado, relocalizar la producci贸n, mantener un equilibrio con el campo, demoler las tres cuartas partes de lo construido, deshormigonar el territorio. La econom铆a ha de volver a ser un simple asunto dom茅stico. Salir del anonimato. El individuo ha de desarrollarse hasta encontrar su punto en la colectividad y echar ra铆ces. La ciudad ha de generar una atm贸sfera que al respirarla haga libres a sus habitantes.

Conferencia dada en el Ateneo Libertario de El Cabanyal, Valencia, 16-VI-2007

Fuente: http://elanticristodistro.blogspot.com


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