April 9, 2021
De parte de El Libertario
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 Marianne Enckell
 
Las mujeres anarquistas son muchas más que las presentadas aquí. ¡Nuestras abuelas no solo son Louise Michel y Emma Goldman!

En la Argentina del final del siglo XIX un fuerte crecimiento económico y la afluencia de inmigrantes de Europa favorecen el nacimiento de un movimiento obrero militante y radical. Los anarquistas constituyen una parte esencial del movimiento y publican una veintena de diarios en español, en francés y en italiano. La Voz de la Mujer, publicado en Buenos Aires, en 1896, con una tirada de 1000 o 2000 ejemplares y distribuido de manera semiclandestina en las ciudades principales del país, critica con ferocidad a los compañeros y su «feminismo» hipócrita. «¡Ni dios, ni amo, ni marido!», claman las redactoras, Pepita Gherra, Luisa Violeta, Virginia Bolten («la Michel rosarina»), Teresa Marchisio. Militando a favor del amor libre y el comunismo anarquista, arremeten contra la Iglesia y los curas, alientan al boicot y la acción directa.

«¡Compañeros y compañeras, salud! Hartas de  llantos y miserias, hartas del aspecto lamentable que ofrecen permanentemente nuestros pobres hijos, niños de nuestro corazón, hartas de reclamar y suplicar, ser el juguete del capricho de nuestros infames explotadores o malvados esposos, hemos decidido alzar la voz en el concierto social y exigir, sí, exigir, nuestra parte de placer en el banquete de la vida». (La Voz de la Mujer, Buenos Aires 1896, reed. 1997)

Su cólera seguramente no se apagó con el cese del diario por razones financieras. Habían sido probablemente influenciadas por las españolas Soledad Gustavo y Teresa Claramunt, por las francesas Flora Tristan o Marguerite Durand. No obstante, es probablemente el primer diario de mujeres anarquistas.

Hubo varios diarios más a continuación. Citemos L’exploitée [La explotada], en Lausana, 1907-1908, de Margarethe Faas-Hardegger; Tian Yi Bao [Justicia natural en chino], en Tokio, 1907, de He Zhen y su compañero; Seiko [Literatas], en Japón, hacia 1920, de Noe Ito; luego evidentemente Mujeres libres, en España, desde 1936.

Pero las mujeres han sido también activas dentro del movimiento anarquista cuando se han sentido suficientemente autónomas para apoyar a los hombres. Lo cual no era tan fácil, como atestigua Rirette Maitrejean:
«Debía tomar una etiqueta. ¿Sería individualista o comunista? No tenía elección. Entre los comunistas la mujer queda reducida a tal papel, que jamás se habla con ella, ni siquiera antes. Es verdad que entre los individualistas, lo que ocurre no es muy diferente. Preferí no obstante el individualismo. No diría lo mismo del ilegalismo. Encuentro que los riesgos que se corren no están en proporción a las ventajas». (Rirette Maitrejean, Souvenirs d’anarchie [Recuerdos de anarquía], 1913, reeditado en ediciones La Digitale, 2005)

La condición femenina

Una de las primeras preocupaciones de las mujeres anarquistas, tanto cuando escriben en diarios o panfletos como en cartas, es, por supuesto, la condición de las mujeres en su sociedad y su época. Solo citaré a dos de ellas, una sueca y una española. Moa Martinsson, colaboradora del diario sindicalista sueco Arbetaren, escribe a Elise Ottesen Jensen, hacia 1923:

«Intenta imaginar la vida que llevamos, mujeres de obreros perdidos en una provincia lejana. Jamás una ocasión de escuchar buena música, ni asistir a una exposición instructiva, útil para las mujeres. La vida cotidiana es: comida, ropa, remiendo, huerta y cerdo; apenas sabemos si la Tierra es redonda o cuadrada… Cuando nuestros hijos ven que ignoramos todo lo que no sea el hogar, comienzan a mezclar un poco de desprecio con su afecto. Y esta superioridad se vuelve a encontrar cuando se casan y ella intenta saber un poco qué ocurre en el mundo». (Citado en Arbetaren, en fri tidning, Estocolmo, 1980)

Y una de las fundadoras de Mujeres Libres, Lucía Sánchez Saornil, intervenía del modo siguiente, en 1935, en Solidaridad Obrera:
«Ya no se discute como en el siglo pasado para saber si la mujer es superior o inferior: se afirma que es diferente. Ya no se trata de un cerebro de un peso o un volumen más o menos grande, sino de pequeños cuerpos esponjosos que imprimen un carácter particular al ser, determinando su sexo y por ende sus actividades sociales. Si bien nada tengo que objetar a esta teoría desde el punto de vista fisiológico, sí tengo mucho que decir en cuanto a las conclusiones que se pretende deducir de ella. ¿La mujer es diferente? De acuerdo. Tal vez esta diversidad no se deba tanto a la naturaleza como al medio en el cual ella ha evolucionado. […]  Se considera a la mujer actual como una especie acabada, sin tener en cuenta el hecho de que no es más que el producto de un medio continuamente coercitivo y que si las condiciones primarias fueran restablecidas, es casi seguro que la especie se modificaría ostensiblemente, dejando en ridículo las teorías de una ciencia que pretende definirla. […]  Dándole un valor pasivo, desdeñáis a la mujer como valor determinante en la sociedad. Despreciáis la aportación directa de una mujer inteligente, en favor de un hijo tal vez inepto. Repito, hay que devolver a las cosas su verdadero sentido. Que las mujeres sean mujeres antes que nada: solo si ellas son mujeres tendréis las mujeres que necesitáis». (“La cuestión femenina en nuestros medios”, Solidaridad Obrera, 1935)

Organizar a las mujeres

Para encontrar una salida, es necesario que las mujeres se organicen. Hay varias maneras de hacerlo. Hay en primer lugar el viejo método de Lisístrata, la huelga de la cama. Madeleine Vernet lo propone en 1905 con énfasis:
«No, no queremos más amos ni esclavos, han declarado antaño los campesinos rebeldes. ¡Pues, bien, Mujer, te toca! Clama tus voluntades, reivindica tus derechos y rompe tus trabas. Hermanas orgullosas te han mostrado ya el camino; sigue sus pasos por los senderos de la cólera y el odio, porque el amor no es posible donde hay cadenas. Abandonemos el amor, ¡oh, hermanas!, hasta el día siguiente y sigamos con orgullo la Rebelión intrépida. Hacia el cielo fulgurante, hacia el horizonte bermejo, ¡conquista tu parte de aire puro y de sol! ¡Oh, mujer! ¡Deja caer tu carga, cariátide!». (Cariátides, 1905)

Otra pionera de la contracepción y la libertad de las mujeres de disponer de su cuerpo, Margaret Sanger, publicó en Nueva York, en 1914, un pequeño periódico, The Woman Rebel [La rebelde mujer, reeditado en 1976], que fue embargado en casi cada número:
«Las mujeres rebeldes reclaman:
el derecho a la pereza,
el derecho a ser madre soltera,
el derecho de destruir
el derecho de crear,
el derecho de amar,
el derecho de vivir».

La explotada de Margarethe Faas-Hardegger es el primer diario que se dirige a las mujeres sindicalistas, tanto sobre cuestiones propiamente femeninas (explotación, acoso, contracepción) como para invitarles a celebrar el Primero de Mayo:
«Venga, mujeres que trabajáis en las fábricas, los talleres y las casas: ¡tomad un día de libertad! ¡Cesad de trabajar!… Salgamos hoy de todas las casas que nos asfixian: de la fábrica ruidosa, del taller lleno de polvo, del domicilio con techo oblicuo, salgamos todas! Cojamos a nuestros niños por la mano y vayamos a sentarnos en praderas verdes, en las orillas de los bosques. Y en común con los camaradas que piensan como nosotras y que desean lo que deseamos, ¡celebremos la jornada proletaria!» (Berna, 1907-1908, reeditado en Noir, 1977)

He Zhen fue redactora de uno de los primeros diarios anarquistas chinos, Justicia natural, publicado en el exilio, en Tokio, en 1907:
«La mayoría de las mujeres están ya oprimidas por el gobierno y por los hombres. El sistema electoral aumenta su opresión agregándole un tercer grupo dominante: las mujeres de la élite… Cuando algunas mujeres en el poder dominan a la mayoría de las mujeres sin poder, eso produce desigualdades de clase entre las mujeres. Si la mayoría de las mujeres no quieren ser controladas por hombres ¿por qué iban a querer ser controladas por mujeres? En lugar de competir con los hombres por el poder, las mujeres deberían derribar la dominación de los hombres, los cuales llegarían a ser entonces iguales a las mujeres. Ya no habría ni mujeres sometidas ni hombres sometidos. Esta es la liberación de las mujeres». (Citado en Robert Graham, Anarchism, a documentary history, Montreal 2005)

El 8 de marzo es el 1 de mayo de las mujeres, aunque la moda actual sea hacer de él una jornada ecuménica. Mensaje de radio de los marineros de la ciudad sublevada de Kronstadt, el 8 de marzo de 1921:
«Hoy todo el mundo está de fiesta. Es la Jornada de las Trabajadoras. Bajo el trueno de los cañones, nosotros, los de Kronstadt, enviamos nuestro saludo fraterno a las obreras del mundo entero. ¡Escuchad todos, los de lejos y los de cerca! Entended que vuestra libertad también está en juego en la lucha sostenida en Kronstadt. Ojalá podáis conquistar pronto la emancipación social de toda forma de violencia y opresión. En 1917 creímos que la habíamos obtenido. Fue un error. Pero tanto para vosotros como para nosotros, no es demasiado tarde aún. Aquí, nuestras obreras, nuestras mujeres están amenazadas. No olvidéis que estáis en comunión con nosotros, unidos por el destino. ¡Viva la revolución social en el mundo entero! ¡Os enviamos nuestro saludo, libres trabajadoras revolucionarias!» (Janis Bogdanow, Ceux de Kronstadt, traducido del alemán, ed. Gallimard, 1962)

En Alemania existió de 1921 a 1930 una alianza femenina (Syndikalistische Frauenbund) en el seno de la organización sindicalista revolucionaria Freie Arbeiter-Union Deutschlands, que iba dirigida esencialmente a las «amas de casa», ignoradas por los sindicatos.

«Los diez mandamientos de la sindicalista:
РInstr̼yete en todos los dominios del conocimiento. Saber es poder.
– Lee atentamente tu diario Frauen-Bund y todos nuestros buenos libros y panfletos.
– Rechaza dar tu voz en las elecciones.
– Sal de la iglesia. Saca a tus hijos de la instrucción religiosa: la Iglesia sirve a los ricos y los poderosos.
– Vive de manera socialista en casa: en la igualdad, la libertad y el amor con tu hombre y tus hijos.
– Cría a tus hijos como seres libres, en el espíritu de las ciencias naturales.
– Practica la ayuda mutua con tus vecinos y en la comunidad.
– Participa en todas las tareas de la Alianza femenina
РSost̩n todas las luchas de tus camaradas proletarios por el progreso y la libertad.
– Recluta sin cesar y en todas partes nuevas militantes para la Alianza femenina sindicalista».

En La Paz, en Bolivia, en el seno de la Federación obrera local, fuertemente influida por el anarquismo, se organizaron en la década de 1920 sindicatos de floristas, de amas de casa, de vendedoras del mercado. Catalina Mendoza y Petronilla Infantes cuentan sesenta años más tarde:
«¡Qué maravilla aquella época! La organización estaba aquí, allá, por todas partes. El primero de mayo había que ver cómo salíamos las mujeres, reunidas por lugar de trabajo, por federación […]. Estábamos con los amigos, las mujeres estaban organizadas por su lado y los hombres también, en sindicatos enteramente de hombres, los mecánicos, los sastres… y nos manifestábamos juntos. ¡Ah, qué maravilla era!

Primero debíamos ser nosotras mismas, sin discriminación. Por eso nos respetábamos los unos a los otros, entre compañeros y compañeras, y también las amigas con sus esposos. No se peleaban como pasaba en otros hogares donde se dan golpes, donde la mujer araña, lanza botellas; no conocíamos eso… El sindicato era libre, con los anarquistas y los anarcosindicalistas. Quiere decir que queríamos ser libres, controlar nuestro modo de vida, tener libertad de voz. Nos habíamos organizado de tal modo que nadie nos dirigía ni nos decía a dónde ir». (Zulema Lehm A. y Silvia Rivera C., Los artesanos libertarios y la ética del trabajo, La Paz 1998.)

[Versión resumida del post “No hay una en cien”, accesible en https://www.librepensamiento.org/2021/03/05/no-hay-una-en-cien.]




Fuente: Periodicoellibertario.blogspot.com