January 14, 2023
De parte de A Las Barricadas
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Una locura de amor

Si tuviera que determinar qué es lo que más me ha ocupado el pensamiento en la vida, no tendría ninguna duda en afirmar que el sexo. Desde muy pequeño iba todo el día más caliente que un pollo asao. Con las mujeres. Pensaba que eso era lo normal… El día de la revolución me dice una chica que si quiero tomar algo con ella, y es que mando al diablo la toma del Palacio y el Gran Día.

Por eso cuando me enteré de que la homosexualidad existía, me quedé pasmao. Aún recuerdo a Modesto, en mi temprana juventud (la del Nacional-Catolicismo), gritando en el quiosko: «¡Trata de hombres! ¡De eso estamos hablando! ¡Tra-ta de hom-bres!». Bueno, hasta que conseguí enterarme que estaban discutiendo sobre hombres a los que les gustan otros hombres, pasó un buen rato. ¿Cómo era posible que a alguien le gustase acariciar el pecho de un tío lleno de pelos, patilludo, con mostacho y ese dolorcillo a sobaco? Aunque –sea dicho– de paso, pensé que era algo positivo. Menos competencia.

Esa sensación de alivio desapareció…, cuando me enteré de que había mujeres a las que les gustaban otras mujeres. Normal, –pensé– ¿qué le va a gustar a una persona con la cabeza bien amueblada, si no es una mujer? Es como si lo estuviera viendo. Una amiga me llevó (finales de los sesenta) a un lugar donde no podía haber nadie a esa hora: La Cruz de los Caídos. Y allí estaban como veinte chicas dándose besos bajo el símbolo cristiano. Flipé. Y me quedé muy quieto por si acaso mirando la puesta de sol sobre el río.

Tardé en asimilar que la homosexualidad no era nada anormal, no sé, como que veinte años me costó entenderlo.

Lo que me parece claro, es que a medida que avanza el respeto social a que uno pueda expresar lo que es sin temor a que lo quemen vivo, surgen y surgirán más y más definiciones. Así apareció  lo queer y la intersexualidad, que es algo parecido a darle a los dos palos que decíamos antes vulgarmente, aunque me cuentan que eso no es así. O el poliamor, que alguna de mis sobrinas lo practica siendo tan complicado, porque amar a varias personas a la vez debe ser el infierno de cansao. Cosas de jóvenes, supongo, pues me dicen que confundo amor con sexo (yo creo que es lo mismo, y si no es lo mismo, es que ni es sexo ni es amor)… Y cuando ya había perdido mi capacidad de sorpresa, me salen con los no-binarios… Me siento perturbado nuevamente. No lo entiendo ni aunque me lo expliquen con peras y manzanas.

Está claro que habrá más y más sorpresas a medida que avance la autodeterminación del sexo. Porque es verdad que yo, por ejemplo, siempre me he sentido como un hombre. Pero si los avances quirúrgicos lo permitieran, y pudiera elegir mi físico, me haría de inmediato con el cuerpo de una señora similar a Sandra Bullock cuando ella tenía cincuenta años. Porque… ¿Qué mejor amanecer, que mirarme en el espejo y ver a alguien así saludándome temprano, con las greñas y sin ropa? Por supuesto que seguiría siendo, –como dice el Gato con Botas al final de su película–: «un amante de las mujeres hermosas. Un gran… [énfasis] ¡GRAN amante!. [Ronroneo] Una locura de amor…».

Eso sí, no sé cómo se definiría esa actitud mía en la Universidad, ni si escribirían algún paper los de posgrado, ni si tendría yo cabida en el movimiento LGTBIQ+, que cualquier día de estos faltan letras en el abecedario. Lo que no creo es que fuera en ese caso una trans-mujer, ya que los trans que he conocido no se sienten NADA a gusto con el cuerpo que les ha tocado. En cambio yo me miro en el espejo y sé que soy muy guapo y que estoy estupendo. Me lo inculcó mi abuela paterna. Y me lo dicen a todas horas las compañeras… Lo de convertirme en mujer, sería solo porque me gustan mucho las señoras. Una fantasía. Un capricho. Una locura de amor.

Y es que no haciendo daño a nadie, que cada cual sea lo que quiera.




Fuente: Alasbarricadas.org