July 23, 2021
De parte de Noticias Y Anarquia
303 puntos de vista


En los debates sobre la dictadura del proletariado con marxistas, sobre todo con marxistas-leninistas y sus sucedáneos, muchas veces, y como queriendo jugar un jaque-mate contra los argumentos anárquicos contra la dictadura roja, suelen recomendar el texto “De la autoridad” de Engels. El cual pueden leer haciendo clic aquí. Una buena respuesta a dicho texto es la que nos ofrece el ecologista social, Murray Bookchin; reflexión correspondiente a un fragmento del ensayo “Autogestión y Nueva Tecnología”. 

Engels en el ensayo «Sobre la autoridad» extrema burdamente la
crítica de Marx al anarquismo precisamente sobre la base del funcionamiento de
la fábrica. La autoridad concebida como «la imposición de nuestra voluntad
sobre la de los otros», como «subordinación», es inevitable en una sociedad
industrial, incluso comunista. Es un fenómeno connatural a la tecnología
moderna, indispensable (según Engels) como la propia fábrica. Engels procede,
por tanto, a exponer detalladamente esta concepción adversa al anarquismo con
toda la ramplonería filistea de una mente victoriana. La coordinación de las
operaciones industriales requiere disciplina y subordinación al mando, más aún,
al «despotismo» de las máquinas automáticas, y presupone la «necesidad de una
autoridad… de una autoridad imperiosa». Engels no elude ni siquiera los más
obtusos prejuicios sobre este argumento. Pasa con ligereza, de la «autoridad»
de las máquinas hiladoras (¡nada menos!), a la «obediencia inmediata y
absoluta» debida al capitán de un barco. Confunde la coordinación con el mando,
la organización con la jerarquía, el acuerdo con la dominación, y más aún, con
la dominación «imperiosa».

Pero aún más significativas que los sofismas del escrito de Engels son las
insidiosas verdades que contiene. La fábrica es, en realidad, exactamente el
reino de las necesidades materiales –de la libertad–. Es una escuela
jerárquica, de obediencia y mandato, no revolucionaria y liberadora. Reproduce
en cada momento, en cada hora, el servilismo del proletariado, y no su despegue
revolucionario de sentido histórico. No impide, ciertamente, que sea reducido a
objeto, sino que atenta contra su individualidad, contra su capacidad de
trascender las necesidades. Como consecuencia, visto que la autodeterminación,
la iniciativa autónoma y la individualidad son la propia esencia de la
«dimensión de la libertad», hay que negarlas a la «base material» de la
sociedad, para poder encontrar una afirmación sólo en las «superestructuras»
(al menos hasta que la fábrica y las técnicas de producción capitalista sean
concebidas exclusivamente desde el punto de vista técnico, como elementos
connaturales a la producción). 

Debemos presumir, por otra parte, que este reino deshumanizado de
necesidades –avalado por una «autoridad imperiosa»– puede en alguna forma,
elevar y acrecentar la conciencia de clase del trabajador deshumanizado,
transformándola en una conciencia social universal; y que este obrero,
despojado y privado de cualquier individualidad en una vida de trabajo
cotidiano, pueda de alguna forma recuperar el compromiso y la competencia
social necesarias para un proceso revolucionario a gran escala, y para la
construcción de una sociedad verdaderamente libre, basada en la
autodeterminación en el sentido más auténtico del término. En fin, debemos
pensar que esta sociedad libre pueda eliminar la jerarquía por una parte,
mientras la conserva «imperiosa» por otra. Llevado a la lógica extrema, la
paradoja adquiere proporciones absurdas. La jerarquía, como un mono de trabajo,
se convierte en un instrumento del que se desviste al «reino de la libertad»
para colocárselo al «reino de las necesidades». Como un columpio, la libertad
oscila en el punto en que situamos el eje social: quizá en el centro de la mesa
en una determinada «fase» de la historia, o más desplazada hacia una u otra
extremidad en otra «fase», pero siempre de forma que la medida sea equiparable
a la «jornada de trabajo».

Esta fatal paradoja es común al comunismo lo mismo que al sindicalismo. Lo
que redime a este último es la implícita complicidad –igualmente implícita,
también, en las obras de Charles Fourier–, de la necesidad de privar a la
tecnología de su carácter jerárquico y gris, monótono, para poder crear una
sociedad libre. En las doctrinas sindicalistas, sin embargo, esta complicidad
es, a menudo, distorsionada por la aceptación de la fábrica como
infraestructura de la nueva sociedad en el interior de la vieja, como paradigma
de la organización de la clase obrera y como escuela para la humanización del
proletariado, así como para su movilización como fuerza social revolucionaria.
La tecnología, por tanto, constituye un grave dilema para la concepción
libertaria de la autogestión. ¿De dónde sacarán los trabajadores –y en general,
todos los oprimidos: las mujeres, los jóvenes, los ancianos, los grupos
étnicos, las comunidades culturales–, la subjetividad necesaria para el
desarrollo de la individualidad? ¿Con qué tecnologías se puede sustituir la
movilización jerárquica de la fuerza de trabajo en las fábricas? En fin,
¿cuáles son las componentes de la «gestión» que conllevan el desarrollo de una
verdadera, auténtica competencia, de probidad moral y de discernimiento? La
respuesta a cada una de estas preguntas requeriría un libro entero.

 

 

Murray Bookchin

 

 

 

 

 




Fuente: Noticiasyanarquia.blogspot.com