November 28, 2020
De parte de ANRed
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El fantasma de Diego Armando Maradona aguarda en cada esquina de N谩poles. Nunca la ciudad fue tan feliz, revelan las paredes. Los rastros de ese gozo colectivo son como migas de pan a la espera de ser recogidas por todo aquel que decide perderse entre sus callejuelas. Por Daniel Gamper / Fotograf铆as de C茅sar Lucadamo.


La historia tiene un prop贸sito, dice Kant. Cuando Corrado Ferlaino fich贸 a Diego Armando Maradona actuaba en nombre del destino. 30 a帽os despu茅s, sostiene: 鈥淭al vez lo quer铆a Dios鈥︹. Diego ten铆a que jugar en el N谩poles. El idilio entre la ciudad y el 鈥榩ibe鈥 es lo que da sentido a la historia. Sin su paso por el meridione no se explica el mito. En Barcelona, los ni帽os de entonces so帽amos que nos llevaba al 茅xito, pero el innombrable carnicero vasco y un presidente que siempre confundi贸 la pelota con un tocho rompieron el juguete y llevaremos por siempre la ignominia de haber vendido al mejor. Pero el destino lo quiso as铆.

N谩poles era una ciudad que esperaba a su mito y Maradona, un jugador que buscaba una Argentina europea. A los pies del Vesubio se consumaron los esponsales. Dos scudetti, una Copa de la UEFA y 259 partidos. La huella del 铆dolo es imborrable.

El barman de 18 a帽os desenfunda el m贸vil: decenas de im谩genes del genio que no conoci贸. La curiosidad del fot贸grafo que se adentra en Forcella o la Sanit脿 es observada con recelo hasta que pronuncia una sola palabra: argentino. 鈥淎delante, amigo鈥, parecen decir las comadres desde la ventana. Argentino es aqu铆 sin贸nimo de amigo.

El mito no se crea solo en el campo. Es m谩s bien hijo de la intensidad del pueblo. Hornacinas con v铆rgenes y cristos crucificados, fotos de difuntos, flores de papel, fluorescentes azules y rojos, adornan las esquinas del quartieri spagnoli. Una religiosidad popular para contrarrestar la incertidumbre de vivir sobre un mar de lava. Barrios enteros encerrados en s铆 mismos, un microcosmos abierto al mundo a trav茅s de la omnipresente pantalla de televisi贸n. La glorificaci贸n del 鈥楶elusa鈥 es el ant铆doto a la desesperanza.

Pero nada es tan solemne en esta ciudad. El m谩s listo del pueblo se aprovecha de la devoci贸n maradoniana para servir caf茅s junto a un altar a la zurda divina. Los napolitanos juegan con las palabras como floretes. Y de nuevo, el motivo religioso. Intelectuales reunidos en la asociaci贸n Te Diegum o la mano de Dios contra los ingleses. S铆ntomas de una 茅poca harta de secularizaci贸n y en b煤squeda de un sentido que solo puede ser ya l煤dico.

Polvo somos: Diego un d铆a abandon贸 la ciudad, perseguido por las malas compa帽铆as y un sistema que no pod铆a aceptar tanta belleza. Vencido. Unos a帽os despu茅s el equipo retira el n煤mero 10. Queda un vac铆o que a su vez se convierte en la esperanza del regreso. Tras el retorno del equipo a la Serie A y a las competiciones europeas, las nuevas estrellas se miden con Dios. Uno tras otro, el 鈥楶ocho鈥 Lavezzi, Cavani y el 鈥楶ipita鈥 no solo tienen que marcar, sino que deben sustituir al m谩s grande de todos. Misi贸n imposible que va dejando futbolistas en el arc茅n del 茅xito. El equipo juega sin el 鈥楧iez鈥 y as铆 solo se puede ganar la Coppa.

El N谩poles vive una espera mesi谩nica que le corta las alas antes de empezar a volar. Adem谩s, Messi no se vende. El problema lo tendremos los barcelonistas el d铆a que nuestro Mes铆as deje el pasto y se convierta en un recuerdo insuperable.

Pero Diego en N谩poles no admite comparaci贸n. Nuestros interlocutores siempre empiezan con una salvedad: Messi no es Diego. Todos estuvieron en el estadio para ver al 鈥楶elusa鈥. Incluso los que por aquel entonces eran claramente demasiado ni帽os nos hablan de sus proezas y cabriolas contempladas mientras sus madres napolitanas los amamantaban. Testigos ap贸crifos de una fe renovada. Los napolitanos nunca se entusiasman demasiado, son siempre fr铆os en su calidez, viriles y escurridizos. Diego es la excusa perfecta para que desplieguen su altaner铆a y miren con sorna cualquier comparaci贸n con el chico de Rosario. Diego es el as en la manga. El p贸quer de Dios.

El transe煤nte que pasea por el centro hist贸rico y los barrios adyacentes encuentra la protecci贸n y bendici贸n de v铆rgenes de la m谩s diversa 铆ndole. Su hijo, el icono crucificado, comparte la cal del muro con la esfinge del pibe acariciando la inmaculada pelota (隆la pelota no se mancha!). Antes de Diego, el N谩poles era un equipo sin t铆tulos, un eterno aspirante al trono que, no habiendo degustado las mieles del triunfo, viv铆a tranquilo. Diego los elev贸 y los uni贸. Diego es el sue帽o hecho realidad, el escalofr铆o que recorre el espinazo solo en ocasiones extraordinarias, cuando el espectador percibe la perfecci贸n y el f煤tbol se hace esp铆ritu. Una profec铆a que se cumple: Diego agarra la pelota, la planta, y la par谩bola es una quimera realizada.

Diego es hoy una utop铆a. Ya pas贸, y sin embargo sigue omnipresente. N谩poles vive aplastada por un pasado hiperdenso. El 铆dolo est谩 ausente y los partidos hay que jugarlos cada semana. Las derrotas y los empates, las cr铆ticas al entrenador y al presidente, las dudas sobre los fichajes, han educado a la hinchada en la resignaci贸n. De vuelta del San Paolo, los muchachos de la Curva B aparcan la moto cerca de un graffiti maradoniano y con ella aparcan tambi茅n la confianza en sus jugadores, para dejarse arrullar, mientras les vence el sue帽o, por el recuerdo magnificado, indestructible e infructuoso del Dios que nunca regresar谩.

Fuente: Panenka





Fuente: Anred.org