December 22, 2020
De parte de Nodo50
460 puntos de vista

La expresi贸n izquierda blanca es reciente en nuestro vocabulario pol铆tico. Suele utilizarse en tono recriminatorio contra una izquierda que no ha sabido o no ha querido dar al racismo la centralidad pol铆tica que merece, y ello porque su propia composici贸n humana y/o las posiciones pol铆ticas que adopta la situar铆an como parte del grupo dominante en la jerarqu铆a racial y por tanto tender铆a a reforzarla, aunque solo sea por el hecho de contribuir a su invisibilizaci贸n. Aclaremos que ser blanco no es una cuesti贸n de pigmentaci贸n, sino una configuraci贸n cambiante de pr谩cticas y significados que ocupan la posici贸n dominante en una formaci贸n racial particular y encarnan el espacio de la normalidad, respecto del cual se mide el grado de alteridad de los dem谩s sujetos (Lewis, 2004).

En esa recriminaci贸n se recuerda, a veces, que la izquierda sostuvo posiciones equ铆vocas respecto al colonialismo, o que la tradici贸n marxista considera el racismo y otras opresiones como un mero derivado superestructural de las relaciones de clase, y por tanto falla a la hora de abordarlo 1/. Tambi茅n suele aludirse a la matriz euroc茅ntrica, ilustrada y vanguardista de la izquierda occidental, que provoca lo que Aim茅 C茅saire, en su carta de dimisi贸n como diputado del Partido Comunista Franc茅s, llam贸 fraternalismo:

鈥淧orque indiscutiblemente se trata de un hermano, de un hermano mayor que, imbuido de su superioridad y seguro de su experiencia, os toma de la mano (隆por desgracia una mano a veces ruda!) para conduciros al camino en el cual 茅l sabe que se encuentran la raz贸n y el progreso. Ahora bien, es exactamente lo que no queremos. Lo que no queremos m谩s鈥 (C茅saire, 2006: 81).

Este art铆culo pretende lanzar una mirada reflexiva sobre el racismo y el antirracismo desde esa misma izquierda blanca, a la que el autor ha venido perteneciendo. No en los t茅rminos abstractos apuntados en el p谩rrafo anterior, que resultar铆an inabarcables, sino desde una perspectiva m谩s localizada y modesta. Al fin y al cabo, las posiciones pol铆ticas no dependen tanto de lo que cada agente es o dice ser como de las relaciones que establece en un contexto determinado con los dem谩s agentes del campo pol铆tico. Por ese motivo, me voy a ce帽ir a la relaci贸n de la izquierda espa帽ola con el racismo y el antirracismo en la etapa m谩s reciente, y me voy a basar en los datos aportados por una investigaci贸n propia, titulada Islamofobia, racismo e izquierda: discursos y pr谩cticas del activismo en Espa帽a (Gil, 2019) 2/. Esta se bas贸 en un trabajo de campo y entrevistas en profundidad a activistas blancos y no blancos del amplio espacio pol铆tico que va desde el PSOE hasta los 谩mbitos libertario o aut贸nomo, incluyendo movimientos sociales como el antirracista, el feminista o el LGBTIQ+. El objetivo era tratar de entender cu谩l era el lugar que ocupaban la islamofobia y el racismo en las preocupaciones del activismo de izquierdas en el Estado espa帽ol y por qu茅. Las afirmaciones que se hagan aqu铆 deben ser le铆das teniendo en cuenta su car谩cter de resumen y generalizaci贸n de un trabajo mucho m谩s extenso y matizado, lo que incluye la propia complejidad del significante izquierda, que no voy a justificar aqu铆.

Del antirracismo moral al antirracismo pol铆tico

El antirracismo ha solido tener un espacio marginal en las agendas pol铆ticas de la izquierda espa帽ola, puntualmente ampliado en reacci贸n a acontecimientos de particular relevancia medi谩tica y/o que pod铆an ser rentabilizados en otros terrenos de la arena pol铆tica. Las ONG y organizaciones institucionales o semiinstitucionales que capitalizaron las preocupaciones antirracistas desde la d茅cada de los noventa han solido entender el racismo como fruto de la intolerancia o de los prejuicios que algunas personas albergan sobre otras debido a ciertas caracter铆sticas que estas 煤ltimas poseen (como el origen nacional o el color de piel). No se ha considerado como una relaci贸n de poder estructural e institucionalizada, ni se ha tenido en cuenta que habitualmente se reproduce en ausencia de discursos y disposiciones abiertamente racistas (Azarmandi, 2017, 2018). En todo caso, se han denunciado puntualmente los comportamientos racistas presentes en determinadas instituciones (como la polic铆a), entendi茅ndolos como una anomal铆a en el funcionamiento ideal de las mismas. Desde esta perspectiva, el racismo es reducido a sus expresiones m谩s expl铆citas y agresivas y combatido desde una orientaci贸n jur铆dica y did谩ctica (Buraschi y Aguilar, 2019). Proclamar que las diferencias raciales son una ficci贸n (solo hay una raza, la raza humana) se ha considerado en s铆 antirracista y no se ha incluido ninguna visi贸n reflexiva de la blanquitud, esto es, del papel objetivo que tienen en la reproducci贸n de las jerarqu铆as raciales las personas que ocupan la posici贸n dominante en las mismas.

Paralelamente, ciertos sectores minoritarios de los movimientos sociales han actuado contra el r茅gimen de fronteras y la legislaci贸n de extranjer铆a con un planteamiento m谩s antisist茅mico. Las luchas de los sin papeles a principios de la d茅cada del 2000 propiciaron iniciativas que vieron en la cuesti贸n migratoria y el cuestionamiento de los fundamentos de la nacionalidad y la ciudadan铆a 鈥papeles para tod@s, ning煤n ser humano es ilegal鈥︹ la oportunidad de articular nuevos discursos y proyectos pol铆ticos de denuncia, solidaridad y desobediencia civil asociados o entreverados en mayor o menor medida con la cuesti贸n migratoria. Se pretend铆a con ello generar resistencias reales contra la destrucci贸n neoliberal de los v铆nculos y garant铆as sociales, con la idea de precariedad como paraguas que englobar铆a una serie de caracter铆sticas hom贸logas a personas migrantes y aut贸ctonas (Varela, 2007). A pesar de su cuestionamiento y su pr谩ctica radicales, que colocaban la carga de la exclusi贸n social en las pol铆ticas institucionales, y no en la intolerancia de los individuos, estos espacios raramente abordaban el racismo como problema espec铆fico. De hecho, su insistencia en los problemas comunes ten铆a el efecto de favorecer la invisibilizaci贸n de las relaciones de poder (raciales, de clase鈥) en el seno de los propios movimientos (Devi, 2012). Lo que no es inhabitual en espacios donde existen grandes disimetr铆as internas, no necesariamente porque estas no se perciban, sino por temor a dinamitar el trabajo pol铆tico (Beeman, 2015).

La islamofobia, una forma de racismo que se ha ido construyendo desde finales de los a帽os noventa (Massoumi et al., 2017), ha sido una preocupaci贸n a煤n m谩s marginal. Por su relativa novedad, pero tambi茅n porque se ha cuestionado su car谩cter racista y se ha considerado 鈥搃ncluso en los 谩mbitos desde los que se denunciaba y combat铆a, hasta fechas recientes鈥 como una forma de discriminaci贸n religiosa, algo que no suscitaba solidaridades desde una perspectiva progresista. Volveremos sobre ello m谩s adelante.

La nueva pol铆tica inaugurada por el 15-M confirm贸 la percepci贸n generalizada entre el activismo blanco de que el racismo no constituye un problema social ni pol铆tico apreciable en el Estado espa帽ol. En parte porque es vinculado con la inmigraci贸n y la xenofobia, lo que implica que afecta a personas que no son percibidas 鈥搊 no completamente鈥 como parte del cuerpo social, aunque sean de hecho ciudadanas espa帽olas (Ram铆rez, 2012; Johansson, 2017). Las pr谩cticas de exclusi贸n hist贸ricas desplegadas contra el pueblo gitano o en el marco colonial, por no hablar de la construcci贸n del imaginario nacional-cat贸lico hegem贸nico, quedaban directamente al margen. Sandra Johansson (2017) indag贸 en las 鈥渇icciones sinceras鈥 que desplegaban las y los activistas para justificar su desinter茅s por el racismo, as铆 como en los mecanismos cognitivos de invisibilizaci贸n del racismo tanto en el espacio social como en el seno mismo de los movimientos. Mi propia investigaci贸n, realizada entre 2015 y 2019, confirmaba que ese era el estado de cosas hegem贸nico, si bien soplaban vientos de cambio.

El nuevo antirracismo y sus reacciones

El factor de cambio decisivo ha sido la emergencia pol铆tica de una nueva generaci贸n de activistas no blancos que, adem谩s de reclamar la centralidad pol铆tica del racismo, han ejercido la capacidad de hablar sin mediaciones, sin necesidad de ser representados ni objetos pasivos de solidaridad, que era el papel que hasta entonces se les reservaba. La emergencia de estos nuevos agentes ha supuesto un cuestionamiento de los colectivos y pol铆ticas antirracistas preexistentes, a los que se ha tachado globalmente de antirracismo moral, frente a este nuevo antirracismo, que se califica a s铆 mismo de pol铆tico (Guerra, 2018; Azarmandi, 2018). El antirracismo pol铆tico incorpora el aparato te贸rico de los estudios descoloniales y de las teor铆as cr铆ticas de la raza y, por ello, sit煤a el racismo en su dimensi贸n estructural y sist茅mica, mostrando su matriz colonial y su enraizamiento en la estructura misma de las sociedades occidentales modernas. El antirracismo pol铆tico ha redefinido algunos de los espacios antirracistas previos y ha comenzado a influir en las perspectivas te贸ricas adoptadas por otros proyectos pol铆ticos.

Esta emergencia antirracista no es solo generacional ni se ha producido solo en el marco espa帽ol. Tambi茅n en otros lugares como Francia, con una m谩s larga tradici贸n de luchas antirracistas, se ha verificado una mayor politizaci贸n y radicalidad del antirracismo, a menudo en confrontaci贸n con las organizaciones antirracistas cl谩sicas. Este auge se enmarca en un contexto global de recrudecimiento de las pol铆ticas de desposesi贸n violenta y disciplinamiento de poblaciones, en las que las pol铆ticas raciales ocupan un lugar central, y de las que el ascenso global de la ultraderecha y los posfascismos es a la vez s铆ntoma y agente.

Todo ello est谩 produciendo cambios en el lugar que ocupan las pol铆ticas raciales en las agendas e imaginarios de la izquierda. Por una parte, ha hecho que aumente el valor del antirracismo, dado que los problemas pol铆ticos se definen en gran medida por su capacidad de crear identidad y de marcar diferencias entre los agentes pol铆ticos (Bourdieu, 2000). Esto resulta particularmente visible en un incremento de declaraciones m谩s o menos antirracistas en la ret贸rica electoral de la izquierda (谩mbito de diferenciaci贸n formal respecto a la derecha), as铆 como de la inclusi贸n de personas no blancas en las listas electorales, a menudo con funci贸n simb贸lica (Dancygier, 2017), aunque el trabajo antirracista siga ocupando un lugar marginal en las agendas y debates pol铆ticos.

Pero, por otra parte, el auge del antirracismo ha alimentado tambi茅n discursos reactivos que denuncian lo que consideran pol铆ticas identitarias (raciales, de g茅nero, sexuales, etc.) como parte de una 鈥渢rampa neoliberal para fragmentar a la clase obrera鈥 (Bernab茅, 2018). Se trata de una l铆nea argumental que tiene correlatos en otras partes de Europa e incluso cuenta con referentes ideol贸gicos de cierto peso como Slavoj 沤i啪ek, que considera por ejemplo que el antirracismo (y el feminismo) funciona como una especie de capricho intelectual y clasista, sin relaci贸n con los problemas cotidianos de la mayor铆a social (沤i啪ek, 2016: 71).

No obstante la polarizaci贸n anterior, en la mayor铆a de la izquierda espa帽ola la cuesti贸n racial aparece m谩s como un debate latente, en el que las posiciones se esbozan y conviven sin llegar a concretarse. Un dato llamativo que detect茅 en mi investigaci贸n es que no parece existir ninguna correlaci贸n clara entre las adscripciones pol铆ticas concretas de los y las activistas y las ideas que manifestaban sobre el racismo ni la importancia que le otorgaban como problema social o pol铆tico. M谩s bien, era la experiencia directa del racismo lo que determinaba en primera instancia los posicionamientos, como se se帽alar谩 m谩s adelante. En este punto, la investigaci贸n confirmaba las conclusiones de Laurent L茅vy (2010) para el caso de la izquierda francesa, donde los discursos en torno al racismo y la islamofobia no solo no encajaban con las divisiones formales de la izquierda, sino que, adem谩s, parec铆an ser s铆ntoma de un enfrentamiento pol铆tico en torno a otros clivajes no totalmente explicitados ni formalizados pol铆ticamente. S铆 parece claro en el caso espa帽ol que existe una afinidad entre los discursos reactivos al antirracismo y ciertas posiciones hostiles a la multiplicidad y la agencia de los sujetos pol铆ticos no normativos (TBIf贸bicas, abolicionistas, neoestalinistas, etc.). Y que las posiciones sobre el racismo tienen funciones de demarcaci贸n tambi茅n respecto de esas otras diferencias pol铆ticas, pero es un terreno que a煤n habr铆a que explorar.

La dificultad del antirracismo

El antirracismo pol铆tico ha conseguido situar en el debate la cuesti贸n racial, pero tambi茅n ha hecho de ella un asunto mucho m谩s complejo e inc贸modo, en la medida en que requiere un mayor esfuerzo te贸rico y autorreflexivo y que cuestiona radicalmente los marcos pol铆ticos. Se cuestiona por ejemplo el concepto de extranjer铆a, las pol铆ticas de fronteras y por extensi贸n la idea misma de Estado naci贸n, lo que resulta complicado de asumir para una izquierda que en muy gran medida sigue movi茅ndose dentro de esos marcos o que incluso utiliza los significantes nacionalistas (perif茅ricos o dominantes) como elemento aglutinador. La constante referencia cr铆tica a una historia colonial que ha sido convenientemente olvidada o blanqueada (y que en la actualidad est谩 siendo incluso rehabilitada) es tambi茅n dif铆cil de gestionar si se pretende interpelar a una mayor铆a social formada en la aceptaci贸n de los relatos coloniales, genocidas y epistemicidas, que siguen reproduci茅ndose tanto en el nivel educativo como en el discurso p煤blico y la cultura popular. Y, desde luego, un antirracismo que no sea solo de gestos resulta dif铆cilmente integrable en las instituciones, que son un elemento medular en la arquitectura de la discriminaci贸n.

Por otra parte, la invitaci贸n a deconstruir la blanquitud y sus privilegios (Frankenberg, 1993; Feagin et al., 2001) es generalmente muy mal entendida y recibida. Como elocuentemente se帽ala Sara Ahmed (2004), 鈥渓a blanquitud es, por supuesto, invisible solo para quienes la habitan. Para quienes no lo hacen, es dif铆cil no ver la blanquitud; parece incluso estar por todas partes鈥. Esto incluye la extra帽eza ante la propia categor铆aque fuera de los discursos cr铆ticos del racismo es entendida en sentido literal, como un asunto de pigmentaci贸n y no como una posici贸n social, por lo que suscita incomprensi贸n y rechazo. Tambi茅n se percibe como una forma injusta de deslegitimaci贸n de la mayor铆a social por parte de unos reci茅n llegados a la sociedad (puesto que generalmente son vistos como inmigrantes) y al activismo. El se帽alamiento de la blanquitud en los espacios militantes, adem谩s, cuestiona el acuerdo t谩cito de invisibilizar el poder para facilitar el trabajo pol铆tico (Beeman, 2015). En el microcosmos activista, la entrada de los nuevos agentes antirracistas ha desplazado a los dem谩s actores: quienes daban por hecho su antirracismo por su mera pertenencia a la izquierda se han visto cuestionados. Y quienes, adem谩s, ten铆an su peque帽o capital acumulado en el discreto nicho militante del antirracismo han visto impugnada su autoridad y, por supuesto, han quedado deslegitimados como representantes.

Con estos mimbres, y ante la interpelaci贸n que se hace a la izquierda blanca, es frecuente que se desplieguen en los discursos y pr谩cticas del activismo blanco argumentos que minimizan la importancia del racismo y/o justifican su no abordaje pol铆tico. Recojo algunos de los razonamientos m谩s frecuentes:

1. El racismo es un problema demasiado nuevo en el Estado espa帽ol, porque se relaciona con un fen贸meno 鈥損resuntamente鈥 reciente como son las migraciones.

2. El racismo solo es estructural en sociedades de pasado esclavista o con una impronta colonial importante, como la estadounidense. Por tanto, el antirracismo y las demandas y categor铆as que se despliegan en torno al mismo (blanquitud, raza, racializaci贸n, colonialidad, apropiaci贸n cultural, etc.) no son m谩s que una moda importada, que no refleja la realidad social espa帽ola.

3. El racismo no se ha constituido en problema pol铆tico porque las propias v铆ctimas de racismo 鈥揳sumiendo casi siempre que se trata de inmigrantes鈥 han carecido de competencia pol铆tica (鈥渘o est谩n politizados鈥) y de capacidad para organizarse m谩s all谩 de solucionar problemas de supervivencia inmediatos.

4. El racismo es una caracter铆stica antropol贸gica espont谩nea (鈥渆llos tambi茅n son racistas鈥) que se combate mediante pedagog铆a.

5. Es cierto que el activismo de izquierdas reproduce el racismo social (鈥渟omos racistas porque la sociedad es racista鈥), afirmaci贸n hecha de un modo tan gen茅rico y cargado de inevitabilidad que equivale a una forma de antirracismo no performativo (Ahmed, 2004), es decir, est茅ril.

6. El racismo no es m谩s que un problema de discriminaci贸n de clase o de aporofobia (鈥渁 los jeques de Marbella no se les discrimina鈥). O 鈥揺n una versi贸n m谩s fina鈥 el racismo es an谩logo a muchos otros dispositivos de poder o se subsume en ellos, por lo que es discutible la oportunidad pol铆tica de abordarlo de forma espec铆fica; incluso puede ser inoportuno. Es muy recurrente esta evocaci贸n de la clase o las determinaciones economicistas, como si la raza, el g茅nero o el estatus legal no tuvieran nada que ver con las cuestiones materiales y el acceso diferencial a los recursos. Se trata de una evocaci贸n fundamentalmente simb贸lica, que remite a un significante cl谩sico de la izquierda, pero es discutible que funcione como categor铆a anal铆tica y operativa real. La idealizaci贸n de un sujeto obrero al que le ser铆an ajenas las demandas antirracistas y feministas parece indicar desconocimiento y desinter茅s hacia la clase trabajadora realmente existente, lo que puede resultar hasta cierto punto l贸gico teniendo en cuenta que el perfil social del activismo blanco suele estar tambi茅n lejos de ella. Las elucubraciones te贸ricas sobre si el racismo es o no una cuesti贸n de clase parecen m谩s bien un subterfugio dial茅ctico para justificar la inacci贸n y para restar legitimidad pol铆tica a un antirracismo que rechaza ser tutelado, y en el que el activismo blanco no sabe qu茅 papel desempe帽ar.

7. El racismo es un problema demasiado complejo y las personas blancas deben mantenerse al margen para no usurpar un lugar que no les corresponde. Se trata de un argumento claramente derivado de la aparici贸n del antirracismo pol铆tico y en ocasiones adquiere tintes de despecho, pues se considera que las y los antirracistas buscan una exclusividad no blanca en sus luchas, y por tanto la respuesta coherente es abandonarlas.

Entre las y los activistas no blancos, por el contrario, la discriminaci贸n tiende a percibirse de manera evidente, no solo en el espacio social global sino tambi茅n, en distintos grados, en las organizaciones pol铆ticas y movimientos sociales. Adem谩s de constatar el relativo desinter茅s del activismo blanco por el antirracismo, la mayor铆a manifestaba haber experimentado din谩micas de inferiorizaci贸n respecto de las personas blancas dentro de los espacios de militancia mixtos, as铆 como dificultades para participar en el dise帽o de la actividad pol铆tica y la toma de decisiones, tanto en el nivel formal como en los 谩mbitos de decisi贸n informales (ocio y v铆nculos personales). Muchas y muchos ve铆an en ello una persistencia de l贸gicas de jerarquizaci贸n racista y/o de habitus vanguardistas y paternalistas (o fraternalistas, retomando el t茅rmino de C茅saire), derivadas del hecho de que, en las luchas antirracistas, las personas afectadas han sido tradicionalmente objeto de solidaridad y representaci贸n, pues se las supon铆a carentes de capital pol铆tico.

Esta relegaci贸n era se帽alada incluso por personas homologadas al perfil mayoritario del activismo blanco, que suele exigir la posesi贸n de un capital ling眉铆stico-discursivo, ligado en gran medida al capital cultural y acad茅mico, as铆 como cierto capital econ贸mico en forma de tiempo libre y distracci贸n de las actividades productivas. La inferiorizaci贸n es tanto mayor cuanto m谩s se alejan las personas del modelo activista dominante, si bien esto tambi茅n puede llevar a ser objeto de una mayor solidaridad, como parec铆a ser el caso, especialmente, de los manteros. La capacidad de socializaci贸n informal (y la posesi贸n de los capitales que la facilitan) aparec铆a como un rasgo importante en la participaci贸n pol铆tica, especialmente en los espacios que carecen de estructuras formales o estas son muy laxas. La experiencia del racismo no implica necesariamente la existencia de una perspectiva te贸rica elaborada acerca del mismo, pero s铆, generalmente, la percepci贸n de que es importante otorgarle una relevancia pol铆tica de la que hasta ahora ha carecido.

Como apuntaba m谩s arriba, la islamofobia plantea una dificultad especial. La facilidad con la que se naturaliza la estigmatizaci贸n del islam y las personas musulmanas o percibidas como tales, present谩ndolas como amenaza al laicismo, la igualdad de g茅nero, la seguridad o la cultura y el modo de vida propios, no deja de ser una prueba de la versatilidad y eficacia de los dispositivos racistas, que como todos los mecanismos de dominaci贸n son tanto m谩s efectivos cuanto m谩s invisibles resultan. El antirracismo pol铆tico y la literatura anal铆tica reciente han explicado la g茅nesis racista de la islamofobia. Lo que no obsta para que algunas corrientes de izquierda, centro-izquierda, progresistas o feministas en toda Europa, y tambi茅n en el Estado espa帽ol, participen de las l贸gicas de problematizaci贸n del islam y de la presencia musulmana. De hecho, si hay un lugar donde se muestra particularmente vivo el repertorio ilustrado, orientalista, colonial y salv铆fico de una parte de la izquierda es en la cuesti贸n de la islamofobia, sin que exista en este punto m谩s distinci贸n respecto a la ultraderecha que cierta pretensi贸n fraternalista (en lugar de la hostilidad abierta) y un laicismo pretendidamente universal, aunque en la pr谩ctica tenga un objetivo bien definido.

En mi investigaci贸n, las y los activistas musulmanes manifestaban sufrir no tanto un ataque frontal a sus creencias como cierto sarcasmo y una invitaci贸n impl铆cita a disimularlas. Hay que se帽alar que una parte de las y los activistas blancos sosten铆a la idea de que las creencias religiosas son irracionales y atrasadas; por tanto, poco compatibles con el activismo (en realidad, especialmente aquellas que no se resignifican como tradici贸n cultural, es decir, las no cat贸licas). En un plazo de tiempo muy breve se ha concretado en el Estado espa帽ol una l铆nea de discurso que legitima abiertamente la islamofobia desde la izquierda, y a la que aportan su marchamo, m谩s que su profundidad intelectual, personas que se presentan a s铆 mismas como redimidas del islam. Se trata aqu铆 tambi茅n de una traslaci贸n de lo ocurrido en otros lugares de Europa鈥搎ue tambi茅n tiene en 沤i啪ek (2015) a uno de sus valedores鈥 y uno de los puntos de contacto m谩s importantes entre un sector de la izquierda y los posfascismos (Ram铆rez, 2014; Opratko, 2019; Gil-Benumeya, 2020).

Por otra parte, parad贸jicamente, el islam y en especial las mujeres musulmanas hiyabis, por su visibilidad, resultan particularmente rentables como elemento de representaci贸n simb贸lica para un sector de la izquierda, sin necesidad de que exista una l铆nea de trabajo espec铆fica contra la islamofobia. Precisamente, un rasgo de la representaci贸n simb贸lica es que no pretende interpelar en realidad a los sectores sociales ic贸nicamente representados, sino simbolizar el car谩cter antirracista, cosmopolita y abierto de los representantes de cara a su base social, electoral y militante blanca (Dancygier, 2017: 31-32).

A modo de conclusi贸n y pregunta

Concluyo r谩pidamente abriendo alguna cuesti贸n que me parece relevante como elemento de debate autorreflexivo. La irrupci贸n del antirracismo pol铆tico ha proporcionado a la cuesti贸n racial una importancia de la que hasta ahora carec铆a en el Estado espa帽ol. No porque no existieran las pol铆ticas de exclusi贸n ni porque sus v铆ctimas no se organizaran, sino porque el racismo no estaba reconocido como una problem谩tica propiamente pol铆tica, ni las personas autoorganizadas en este sentido eran consideradas actores propiamente pol铆ticos. Aparentemente, tampoco estas percib铆an que los movimientos sociales y las organizaciones de izquierda fueran especialmente 煤tiles en sus necesidades, salvo de modo puntual (Ram铆rez, 2012).

Un factor de cambio, por tanto, parece haber sido que las demandas antirracistas se hayan planteado por primera vez en unos t茅rminos y por unos agentes a los que el microcosmos del activismo reconoce 鈥搉o sin dificultad鈥 como agentes pol铆ticos leg铆timos. Es decir, activistas homologados al perfil mayoritario del activismo blanco, capaces de sostener un discurso sobre el mundo social (y no solo de preocuparse de problemas materiales acuciantes) y de hacerlo con una competencia discursiva asimismo homologada. Esa presencia, adem谩s, ha sacudido en el 谩mbito activista las cegueras y ficciones que involucran la no percepci贸n de las estructuras de desigualdad racial y, consiguientemente, la consideraci贸n de las demandas antirracistas como innecesarias o excesivas. Las ha sacudido, en algunos casos, para reforzarlas, pues un sector de la izquierda ha reaccionado repleg谩ndose en una negaci贸n o minimizaci贸n del racismo incluso mayor de la que hab铆a cuando el racismo se abordaba solo desde una perspectiva moral.

Otro factor de cambio es que la cuesti贸n racial ha adquirido m谩s relevancia en el discurso p煤blico, y por tanto m谩s valor para marcar posiciones y diferencias pol铆ticas, tanto respecto al enemigo (la ultraderecha) como al adversario (ciertas reconfiguraciones de la izquierda, que son reactivas al antirracismo). No obstante, esas posiciones que se expresan a trav茅s del racismo y el antirracismo pueden en realidad ser sintom谩ticas de otro tipo de l铆neas de fractura; no necesariamente es la cuesti贸n racial lo que est谩 sobre la mesa.

Ambas cuestiones remiten al funcionamiento endog谩mico y autorreferencial de la pol铆tica en general (Bourdieu, 2000), y en este caso del activismo de izquierdas en particular, uno de cuyos objetivos es sin duda replicarse a s铆 mismo como espacio que proporciona sentido a sus miembros, pero en gran medida desconectado de las problem谩ticas que no afectan a su base militante o a su peque帽a audiencia social. Por otra parte, se suscita asimismo la pregunta de si la definici贸n operativa de lo pol铆tico no est谩 basada m谩s en la capacidad de producir discurso y preservar ciertas din谩micas de reproducci贸n de gestos (y a los actores pol铆ticos poseedores de los capitales requeridos para ello) que en generar resistencias y contrapoderes reales vinculados a las distintas y m煤ltiples formas de subalternidad social. Estas, al contrario que el microcosmos activista, necesariamente han de v茅rselas con las demandas y contradicciones de lo cotidiano y encarar la diversidad y las distintas formas de desigualdad y poder en lugar de invisibilizarlas.

Daniel Gil-Benumeya es profesor de Estudios 脕rabes e Isl谩micos en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del movimiento BDS

Notas:

1/ Es interesante leer el debate entre Helios F. Garc茅s y Santiago Alba Rico a este respecto, que tuvo lugar mediante un intercambio de art铆culos publicados en El Salto y Cuarto Poder entre marzo y noviembre de 2017. Por cuesti贸n de espacio no proporciono todas las referencias, pero se pueden rastrear f谩cilmente en Internet. Para un an谩lisis de la teorizaci贸n marxista de las cuestiones raciales, puede verse el texto de E. San Juan (2014).

2/ Se trata de una tesis doctoral dirigida por 脕ngeles Ram铆rez y Laura Mijares. Est谩 disponible para su consulta en el repositorio de tesis de la UCM.

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Fuente: Kaosenlared.net