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Negar el consentimiento. A prop贸sito de la Ley de libertades sexuales


April 18, 2021
De parte de Nodo50
171 puntos de vista


En el contexto de diversos debates que atravesaban al feminismo franc茅s en los a帽os dos mil, Judith Butler, en la que se le preguntaba su opini贸n acerca de las controversias del momento, se remontaba a la escisi贸n del feminismo norteamericano en los a帽os 80. Butler recordaba el debate abierto por Catherine MacKinnon sobre el acoso sexual, punto de inicio de un cisma dentro del movimiento feminista que ha llegado hasta hoy. En The sexual harassment of working women (1979), MacKinnon problematizaba la capacidad de las mujeres trabajadoras para decir “no” a las insinuaciones sexuales de hombres en posiciones de poder. La autora quer铆a poner sobre la mesa el hecho de que en los contextos laborales las mujeres que rechazaban invitaciones sexuales por parte de sus jefes se expon铆an a represalias y que, por lo tanto, su capacidad de consentir y expresar su voluntad quedaba en entredicho. 

Esta llamada de atenci贸n de MacKinnon sobre los espacios laborales -a los que Butler a帽ade los espacios universitarios y podr铆amos a帽adir otros ejemplos en los que se da una gran concentraci贸n de poder en puestos mayoritariamente ocupados por hombres (pensemos, por ejemplo, en el ej茅rcito)- podr铆a haber tenido como conclusi贸n que hay que contextualizar la sexualidad. Cuando una persona tiene un gran poder sobre la vida de otra y tiene, en consecuencia, la posibilidad de abusar de ese poder, podr铆amos ser puntualmente, y en algunas ocasiones debidamente justificadas, m谩s exigentes con las pruebas o garant铆as que necesitamos para dar por buena la capacidad de consentir de las personas en posiciones subalternas, generalmente las mujeres. 

Del acoso sexual a la sexualidad como acoso

Sin embargo, como dice Butler, “Catherine MacKinnon tom贸 una direcci贸n diferente. Pronto a帽adi贸 a su argumento inicial que los hombres tienen el poder y que las mujeres no lo tienen; y que el acoso sexual es un modelo, un paradigma que permite pensar las relaciones sexuales heterosexuales como tales. En alianza con Andrea Dworking, MacKinnon llega a describir a los hombres como si siempre estuvieran en la posici贸n dominante, y como si la dominaci贸n fuera su 煤nico objetivo, as铆 como su 煤nico objeto de deseo sexual. A mi parecer, esta evoluci贸n fue un error tr谩gico. En consecuencia, la estructura del acoso sexual dejaba de ser concebida como una contingencia determinada por un contexto institucional: se generaliz贸 hasta el punto de manifestar una estructura social en la que los hombres dominan y las mujeres son dominadas. Por tanto, las mujeres eran siempre v铆ctimas de chantaje, se encontraban siempre en un ambiente hostil. Peor todav铆a, el mundo mismo era un ambiente hostil y el chantaje era simplemente el modus operandi de la heterosexualidad” (Butler, 2003). Esta extensi贸n del acoso sexual, convertido en la l贸gica misma de la sexualidad, llev贸 al feminismo abolicionista a considerar el sexo como un terreno inevitablemente peligroso para las mujeres, a convertir la pornograf铆a en el s铆mbolo y la representaci贸n privilegiada de ese paradigma sexual, a demandar un fuerte papel protector del estado y a poner en marcha pol铆ticas prohibicionistas y punitivas en nombre de nuestra seguridad. Bajo las premisas de un enorme sistema de abuso de poder generalizado, el feminismo generaliz贸 tambi茅n, y de modo igualmente sistem谩tico, la incapacidad que las mujeres tenemos de dar nuestro consentimiento. Y este feminismo no solamente puso en entredicho la capacidad de decir “no” que ten铆an las mujeres en el terreno de la pornograf铆a o de cualquier forma de trabajo sexual. Declar贸 antifeminista el sadomasoquismo y otras muchas formas supuestamente violentas o denigrantes de sexualidad ya que, aunque las mujeres las aceptaran -aunque dijeran explicitamente s铆- no estaban en condiciones de consentirlas con libertad. As铆, el abolicionismo americano infantiliz贸 a las mujeres y restaur贸 en nombre del feminismo un puritanismo sexual que encontr贸 felices alianzas con el moralismo conservador de la derecha americana de Reagan. 

De la Manada como caso a la Manada como modelo

Aquellos debates americanos, pertinentes para Butler para pensar las encrucijadas del feminismo franc茅s de hace dos d茅cadas, son igualmente iluminadores para comprender nuestro propio contexto de hoy. Los 煤ltimos a帽os los peri贸dicos y las televisiones se han llenado de casos en los que la capacidad de las mujeres para consentir una relaci贸n sexual -bien por ser menores de edad, por haber consumido drogas, por estar inconscientes- se ve铆a completamente anulada o seriamente comprometida. Este tipo de ejemplos han cobrado una enorme presencia, sobre ellos hemos centrado nuestros an谩lisis y nuestros imaginarios para pensar la libertad sexual. El caso de la Manada es probablemente el acontecimiento m谩s relevante de un giro que, como el feminismo de MacKinnon, nos lleva a una mirada sobre la sexualidad que toma la parte por el todo. As铆 como las relaciones sexuales en contextos laborales nos obligaban a pensar el consentimiento en condiciones de especial desigualdad institucional, el caso de la Manada pon铆a sobre la mesa que puede haber ocasiones en las que una importante desigualdad o un contexto altamente intimidatorio -por ejemplo cinco hombres en un portal- ponga especialmente en cuesti贸n la libertad de una mujer para expresar su voluntad. En efecto, a veces no es posible decir “no” y es imprescindible que nuestras leyes tengan instrumentos para juzgar correctamente esos casos excepcionales, pero como dice Luc铆a Gonz谩lez Mendiondo, “. Una cosa es pedir que las leyes tengan herramientas para abordar correctamente los contextos particulares en los que el consentimiento est谩 comprometido, resulta particularmente problem谩tico o est谩 directamente imposibilitado. Otra muy distinta es extender una visi贸n de la sexualidad en la que las mujeres son, m谩s all谩 de todo contexto, incapaces de decir siempre que no o expresar la voluntad. Pensar la sexualidad como si las mujeres estuvi茅ramos siempre en condiciones de desigualdad insuperable, como si siempre estuvi茅ramos en peligro, como si la intimidaci贸n no se produjera en determinados contextos sino que el sexo fuera siempre intimidatorio, es altamente reaccionario. Consolida la tradicional imagen femenina de la fragilidad y la vulnerabilidad y acaba reproduciendo el lugar que el patriarcado siempre ha asignado a las mujeres y fortificando los l铆mites de nuestra libertad sexual.

Del “no es no” al “s贸lo s铆 es s铆

Este giro en la mirada sobre la sexualidad ha sido en parte potenciado por el uso que ha tenido el lema “s贸lo s铆 es s铆” en un contexto social sacudido por el caso de La Manada. El problema, justamente, es ese. El contexto amenazador de aquel portal oscuro no es el mundo en el que vivimos y pensar desde ese escenario el conjunto de la sexualidad limita y restringe las posibilidades de ampliar nuestra libertad al instaurar un escenario de peligro que acaba trayendo consigo la negaci贸n de nuestra voluntad. 

Si el lema “no es no” ha sido tan importante para expresar las demandas de libertad del feminismo es porque hace saber a la sociedad y a los hombres que en cualquier momento las mujeres pueden retirar su consentimiento en el marco de las relaciones sexuales y que esa negativa, una expresi贸n expl铆cita de la voluntad, debe ser absolutamente respetada. Ese mensaje es importante no s贸lo hacia los hombres, es importante para todas las mujeres. Porque, en efecto, rompe con las demandas de disponibilidad y complacencia que una educaci贸n patriarcal nos hace a todas nosotras y porque nos dice que esa ruptura es posible, que somos capaces de hacerla, porque nos anima a tomar la palabra, porque nos empuja y nos empodera. Todas sabemos lo que pesan los mandatos de g茅nero patriarcales: decir que no requiere un aprendizaje, es una superaci贸n y una conquista. Ayudarnos entre todas a aprenderlo es una tarea feminista y este lema expresa la voluntad de llevarla a cabo. Los hombres deben aprender a respetar la voluntad de las mujeres, las mujeres tenemos que aprender a expresarla. Y es esa confianza en que podemos ser capaces de decir que no -junto a la garant铆a legal de que ese no ser谩 respetado- la que puede dar a las mujeres seguridad no s贸lo en el Estado y su intermediaci贸n, sino seguridad en nosotras mismas. Es esa seguridad la que puede empoderarnos para adentrarnos con confianza y libertad en un terreno sexual que solamente si deja de ser puro peligro, podr谩 ser tambi茅n un lugar en el que nos esperan placeres. El sexo no es solo un campo de amenazas pero tampoco est谩 exento de zonas oscuras, de dudas y falta de certezas. Las mujeres seremos m谩s libres si tenemos herramientas para asumir las incertidumbres de la sexualidad y salir ilesas de ellas, si no cambiamos los riesgos que acompa帽an a la libertad por proteccionismos securitarios.

El giro hacia el lema “solo s铆 es s铆”, vinculado a los casos judiciales en los que expresar una voluntad clara no es posible -ni por tanto exigible hacia las mujeres-, nos lleva m谩s bien a un escenario en el que, en ausencia de un s铆 expl铆cito, hay que presumir la negativa sistem谩tica de las mujeres. Todo lo que no sea un clar铆simo s铆 ha de ser entendido como un clar铆simo no. A pesar de que pueda parecer un lema afirmativo, supone una extensi贸n del campo del no y comunica a toda la sociedad que, por defecto, las mujeres no desean sexo. 驴Es esta una imagen empoderadora? 驴Rompe con los estereotipos patriarcales? 驴O acaso los consolida y los refuerza?  Este lema, de nuevo, no manda solo un mensaje a la sociedad, lo manda tambi茅n a las mujeres. Asume la ausencia generalizada de las condiciones para decir que no, renuncia a trabajar para hacernos m谩s capaces de expresarlo y, dada por perdida esa posibilidad, otorga al Estado protector el deber de decirlo por todas nosotras.

De la libertad a la seguridad

Algunos de los discursos que han sido hegem贸nicos estos a帽os han comprado por completo, como el feminismo americano abolicionista,  la idea de que el gran obst谩culo para la libertad sexual de las mujeres es la sexualidad depredadora de los hombres. Olvidan que ese no es ning煤n relato que no haya explotado ya el propio patriarcado, que lleva siglos advirtiendo a todas las caperucitas del peligro que suponen los lobos. Lo realmente peligroso para nuestro orden social es el placer sexual de las mujeres y la principal manera de restringirlo ha sido asociar el sexo al peligro y fomentar nuestro miedo. Ese miedo existe, es real y las mujeres lo conocemos. 驴Pero cu谩les son los discursos feministas que necesitamos para afrontarlo? Es importante preguntarnos si la explotaci贸n medi谩tica y pol铆tica que los 煤ltimos a帽os se ha hecho de determinados imaginarios no ha contribuido en parte a una extensi贸n del acoso no como caso particular sino como modelo, como paradigma, como l贸gica generalizada de las relaciones sexuales. Y si esta hipertrofia del poder de los hombres y de la vulnerabilidad de las mujeres no puede devenir paralizante para nuestro deseo. Debemos preguntarnos si determinados discursos no han servido en parte para fortalecer los roles pasivos que el patriarcado asigna a las mujeres, si ciertos marcos que estamos asentando no invisibilizan y niegan justamente las desobediencias femeninas. Cuando las mujeres toman la iniciativa, cuando se arriesgan a explorar lo que desean, cuando se lanzan sin tener todo asegurado, cuando asumen las incertidumbres que implica ser parte activa en la negociaci贸n de sus deseos, cuando exploran los deseos propios y ajenos -sin tener, por cierto, un s铆 expl铆cito por el otro lado-, lo hacen justamente desoyendo los mandatos patriarcales. 驴No es eso justamente ganar libertad sexual para las mujeres? 驴No hay que avanzar por ese camino? 驴No hay que ensanchar esas posibilidades? 驴Por qu茅 pensamos que regular ese juego solo restringe la iniciativa de los hombres? 驴No restringe tambi茅n la libertad sexual de las mujeres? 

La promesa securitaria de un sexo sin ambig眉edades ni oscuridades, de un sexo explicitado, previamente pactado y garantizado por un Estado que vela por su transparencia supone asumir que en una sexualidad m谩s espont谩nea y menos regulada solo ganan los hombres. Supone, por tanto, olvidar que si el control y la vigilancia sexual ha tenido unas perjudicadas estas han sido fundamentalmente las mujeres. 

Negar el consentimiento en nombre del consentimiento

驴Qu茅 pasa cuando, en lugar de contextualizar la sexualidad, convertimos el abuso sexual  en un paradigma? 驴Cu谩les son las consecuencias de considerar que todas somos demasiado peque帽as para la magnitud de los peligros, que todas estamos ante un jefe acosador, que todas somos estudiantes ante el poder de un profesor, que todas somos ni帽as entre lobos, que todas estamos en un portal oscuro, que todas somos menores de edad, que todas tenemos nuestra voluntad anulada? 驴C贸mo har铆amos si tuvi茅ramos que proteger a las mujeres no de ciertos contextos hostiles sino de un mundo mismo que se ha vuelto hostil? Ese error tr谩gico al que hac铆a referencia Butler es el que separa dos feminismo muy distintos. Uno dedicado a legislar para hacer posible que las mujeres puedan decir “no”, porque es eso justamente lo que ampl铆a la posibilidad de poder explorar sus deseos sin miedo. Un feminismo comprometido, por tanto, con poner en marcha en el mundo las condiciones -a veces jur铆dicas pero sobre todo econ贸micas, educativas, culturales, etc- de nuestra independencia y nuestra libertad. El otro feminismo posible es el que nos aboca a resignarnos en nuestra indefensi贸n, que asume que siempre seremos v铆ctimas, que no podremos decir que “no” y que aspira, a lo sumo, a mitigar el dolor y penalizar los da帽os. 

Actualmente est谩 en debate en nuestro pa铆s una propuesta de Ley de libertades sexuales que incorpora entre sus art铆culos algunas propuestas positivas pero que, en conjunto, supone la consolidaci贸n de un giro conservador en la manera de abordar la sexualidad. Partiendo de la premisa de que las mujeres tienen m谩s necesidad de seguridad y protecci贸n que de libertad, esta reforma legislativa est谩 centrada en la protecci贸n de la violencia y no en la ampliaci贸n del campo del placer, implica una apuesta securitaria por la regulaci贸n de nuestro deseo y por el arbitraje estatal sobre la sexualidad. Es decir, ampl铆a el papel del Estado en las negociaciones sexuales porque asume que decir “no” por parte de las mujeres no es dif铆cil a veces, es dif铆cil siempre. Implica, por consiguiente, una extensi贸n del punitivismo. Propone la creaci贸n de nuevos delitos, entre ellos un nuevo delito de acoso sexual que pretende combatir el machismo y los comportamientos sexistas leves mediante el c贸digo penal. 驴De verdad cuando el feminismo tiene tanta hegemon铆a hemos de combatir los comportamiento sexistas que nos incomodan con multas y penas y no a trav茅s de la cultura, la educaci贸n y las batallas ideol贸gicas que estamos en condiciones de librar? 

Y, por 煤ltimo, supone una limitaci贸n de nuestro consentimiento y una negaci贸n de nuestra voluntad, incorporando a nuestro ordenamiento jur铆dico delitos de explotaci贸n sexual que quedan fijados “a煤n con el consentimiento de la persona”. Ahora bien, esa indiferencia ante el consentimiento de las trabajadoras del sexo que forma parte del pensamiento abolicionista no es solo un cuestionamiento hacia la capacidad de consentir de las prostitutas, es la consecuencia inevitable de un feminismo que ya ha puesto en duda y de modo generalizado la capacidad de consentir de todas las mujeres. Y es que, en efecto, como demuestra la evoluci贸n del feminismo radical americano, el abolicionismo no es solo una posici贸n concreta limitada al asunto de la prostituci贸n, es una filosof铆a y una manera de pensar la sexualidad. La alerta de Judith Butler tiene plena vigencia hoy: se empieza poniendo en cuesti贸n la capacidad de las mujeres para decir que “no” m谩s all谩 de ciertos contextos cuidadosamente limitados y se acaba cuestionando a las mujeres tambi茅n cuando dicen que s铆. Por eso esta reforma, defendida en nombre de la centralidad del consentimiento, incorpora lo que siempre ha incorporado el feminismo conservador y securitario, una negaci贸n de nuestro consentimiento. En otras palabras:  una desconfianza en nuestra libertad. 




Fuente: Eldiario.es
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