May 18, 2021
De parte de Lobo Suelto
296 puntos de vista


La pandemia no s贸lo ha sido un problema de salud p煤blica, con todas las aristas que ello puede implicar, sino especialmente uno ecol贸gico. Y es as铆 no s贸lo porque tiene asidero en la relaci贸n que el humano contempor谩neo ha establecido con lo que Occidente llama Naturaleza, sino tambi茅n porque expone, con cierta crudeza, la pregunta ecol贸gica por excelencia: 驴C贸mo vamos a perdurar? Este 鈥渧amos鈥, vale aclarar, no alude a un nosotros cerrado, aun cuando la gesti贸n de la epidemia as铆 lo quiere hacer ver 鈥攕ea mi familia, sea los nacionales o, en 煤ltima instancia, sea la especie humana鈥; todo lo contrario, expresa un nosotros abierto, pues si algo muestra la pandemia es que el cuidado de toda existencia, humana y no humana, es a la vez el cuidado de s铆, y viceversa. De cualquier modo, quiero enfatizar en que esta pregunta ecol贸gica, que es sobre todo 茅tica 鈥攏o t茅cnica鈥, nos enfrenta directamente con el futuro, pues es el interrogante de c贸mo vamos a persistir hac铆a 茅l, lo cual parece convertirse, cada vez m谩s, en pieza clave de las luchas pol铆ticas contempor谩neas. 

Si aceptamos, entonces, que la pandemia es sobre todo un problema ecol贸gico, tambi茅n podemos asegurar que ha habido una forma dominante de presentarnos el futuro. La gesti贸n de esta crisis no ha cesado de bombardear el imaginario sobre el porvenir: ser铆a apocal铆ptico. Lo llamativo, luego, es que para proteger la vida haya que narrar un futuro en el que ella est谩 al borde de su extinci贸n. Por muy extra帽a que parezca esta paradoja, ella parece ser el combustible de este poder que s贸lo gestiona, ya que el futuro apocal铆ptico s贸lo ser铆a administrable si este poder se arraiga con todo su peso. De ah铆 que, por ejemplo, el derecho a la protesta ha estado en entredicho desde que empez贸 la pandemia, pues dificultar铆a la protecci贸n de la vida 鈥斅縟e cu谩l vida nos est谩n hablando?鈥; o, por ejemplo, gestionar la pandemia tambi茅n justific贸 la militarizaci贸n de las ciudades, algo que, valga decir, ya es de largo aliento en Colombia. Ahora bien, aunque esta versi贸n apocal铆ptica se ha recrudecido con la pandemia, ella ya parece afianzada en nuestra cotidianidad; basta pensar en el 茅xito de la ciencia ficci贸n contempor谩nea, con su marcado 茅nfasis en futuros en los que la supervivencia humana y no humana no est谩n asegurados. Esta tristeza hacia lo venidero tambi茅n la podemos rastrear a escala micropol铆tica, pues en condiciones de extensa precarizaci贸n de la vida, como la nuestra, cada individuo vivencia intensa incertidumbre por su porvenir. Todo esto no es m谩s que, como asegura Rosi Braidotti en su estudio de la ciencia ficci贸n, el reflejo de la impensabilidad del futuro propia de nuestra 茅poca.

Trazar un futuro apocal铆ptico es la otra cara del realismo pol铆tico que nos aplasta. La ciencia ficci贸n pone en juego un relato predominante: en los tristes porvenires nada parece perdurar, ni siquiera La Tierra que nos acoge a todos, a excepci贸n de una sola cosa: las relaciones capitalistas. Esta es la base sobre la que descansa buena parte del deseo contempor谩neo por explorar el universo, pues ante el advenimiento de la cat谩strofe ambiental, resultado de la sobre-explotaci贸n de todo lo existente, es m谩s pensable la conquista de nuevos mundos que frenar esta m谩quina depredadora. El viejo colonizador Occidental parece estar vivito y coleando. Pero este realismo pol铆tico, que hace ver como m谩s obvio la colonizaci贸n del universo que el declive del capitalismo, no s贸lo es un asunto literario o del imaginario sobre nuestro futuro, sino que est谩 m谩s latente que nunca bajo la disyuntiva 鈥渆conom铆a o vida鈥. Esta surgi贸 de la siguiente manera: las estrictas cuarentenas ser铆an insostenibles por las fuertes consecuencias econ贸micas, y por tanto ser铆a indispensable la reapertura; pero ella, a su vez, arrastrar铆a tasas de contagio y muerte m谩s altas. Frente a este antagonismo entre vida y capital el realismo pol铆tico hace ver como inevitable, y sobre todo como incuestionable, al segundo. De hecho, llevado al extremo, confunde la vida con el capital, o, para decirlo mejor, la produce a la manera de 茅l, no hay distinci贸n alguna; es la versi贸n de Iv谩n Duque cuando declar贸, en junio de 2020, que 茅ste era un falso dilema, pues el 煤nico camino para sostener la vida ser铆a la reapertura, es decir, la b煤squeda por reanudar plenamente los ciclos de acumulaci贸n; no podr铆a haber vida si no hay productividad total. As铆 las cosas, en este dilema, como en la ciencia ficci贸n, el capital es lo 煤nico que luce incuestionable, inacabable, pues incluso vidas 鈥攎undos鈥 pueden perderse para resguardarlo. Pues bien, el futuro apocal铆ptico s贸lo ser铆a gestionado si a su vez es clausurado, si se presenta como mera prolongaci贸n de lo que ahora hay; y por ello tambi茅n es el empobrecimiento colectivo del imaginario, en tanto que lo ulterior no surge como posibilidad de una vida mejor vivida, sino como mera r茅plica del presente, algo desgastada. 

Parad贸jicamente, ese no futuro apocal铆ptico podr铆a liberarnos, pues aceptar la finitud de toda existencia ser铆a tambi茅n la posibilidad de aceptar, de una vez por todas, que lo 煤nico realmente valioso es el disfrute colectivo 鈥攈umano y no humano鈥 del ahora. El budismo tibetano, por ejemplo, insiste en abrazar la presencia permanente de la muerte en nuestras vidas: el valor de 茅sta 煤ltima proviene de ser capaz de habitar el presente y no de prolongarla al m谩ximo. Rosi Braidotti dice que la muerte no se opone a la vida, sino que siempre ha estado ah铆, es su acompa帽ante, y por ello la vida estar铆a suspendida en la radical inmanencia: s贸lo el aqu铆 y el ahora, no hay trascendencia alguna. Sin embargo, la presencia de la muerte en el relato apocal铆ptico reclama, muy por el contrario, mayor docilidad: ella emerge como acontecimiento angustioso que para ser gestionado exige obediencia 鈥攔ecordemos, una vez m谩s, que la administraci贸n de la epidemia apela a la obediencia para evitar futuros devastadores鈥. Esta es la misma operaci贸n que somete al trabajo contempor谩neo: frente a un futuro individual incierto y, posiblemente, precarizado, el sujeto deviene empresario de s铆 para auto-asegurarse, y se vuelve as铆 m谩s d贸cil al capital, pues 茅l ya es capital. Pero la gesti贸n s贸lo apunta a amortiguar lo devastador: no frena la depredaci贸n ambiental, conquista nuevos mundos; no problematiza la relaci贸n ecol贸gica que nos hace m谩s vulnerables a las epidemias, s贸lo crea vacunas y administra la muerte; no (re)valoriza lo com煤n para habilitar el cuidado de toda existencia, s贸lo invita a la micro-gesti贸n de la vida de s铆 para protegerse individualmente. En otras palabras, no crea modos de vida nuevos, s贸lo administra la crisis permanente.

Revueltas en Colombia: entre la alegr铆a popular y la tristeza del poder soberano desatado. 

Una reforma tributaria que gravaba al trabajo y al consumo y dejaba intacto al gran capital fue el detonante de las revueltas. En medio del tercer pico de la pandemia, con los poderes alegando prudencia para proteger la salud p煤blica, el pueblo, lo plebeyo o, si se quiere, lo popular renunci贸 a su condici贸n de espectador, propia de la poblaci贸n que s贸lo consume, para volcarse hacia el paro nacional. Valdr铆a empezar, entonces, por asegurar que la organizaci贸n tradicional 鈥攕ea el sindicato, el partido de izquierda o, incluso, la estudiantil鈥, con jerarqu铆a visible, unificada y que busca hacer de sus militantes una misma voluntad, tiene poco que ver con la protesta, m谩s all谩 de proponer fechas para las movilizaciones masivas. La fuerza del paro, en cambio, procede de otro lugar, m谩s cercano a los afectos que a la voluntad, al barrio que al centralismo, a las vivencias que a las ideolog铆as, a la multiplicidad que al sujeto monol铆tico y privilegiado de la revoluci贸n. No hay, en otras palabras, razones para el paro; hay afectos del/para/por el paro. El mismo Comit茅 de Paro no comprende plenamente esto, aun cuando ha querido ser 鈥減lural鈥, pues se ha levantado como representante de algo que, de entrada, es irrepresentable. Parece, en cambio, el viejo mecanismo orquestado desde el liberalismo, pero tambi茅n desde la izquierda, para hacer de la democracia algo de unos pocos y de mero procedimiento, en este caso de negociaci贸n. Lo que cuestiona el paro, precisamente, es ese lugar de espectador al que est谩 condenado lo popular en la democracia representativa, y de ah铆 que parezca ser el deseo por afectar directamente, sin mediaci贸n alguna, la construcci贸n de lo com煤n. En las calles se escucha que el paro no es del Comit茅, sino del pueblo; asimismo, la Minga ind铆gena dijo que 茅ste no los representaba; tambi茅n, en los barrios perif茅ricos se han construido asambleas populares para definir el rumbo colectivo, entre otras cosas. En otras palabras, hay un deseo por construir una democracia verdadera, desde abajo y sin mediaci贸n.

Ante la descentralizaci贸n y multiplicidad de la revuelta y frente a su prolongaci贸n, aun cuando el gobierno desmont贸 la reforma tributaria, no demoraron en aparecer aquellos que acusaban la falta de objetivos claros por parte del movimiento popular. Sin embargo, al paro no se le debe medir por los objetivos alcanzados, o al menos no s贸lo por eso, sobre todo si queremos valorar positivamente su multiplicidad y su hacedero afectivo. Juzgarlo desde los objetivos no ser铆a m谩s que querer encausar la multiplicidad de afectos hacia un plan claro, hacer de ellos s贸lo un instrumento para los fines, y as铆, de paso, darle fuerza a quienes lo valoran s贸lo por la veracidad de sus razones. En otras palabras, ser铆a negar el cuerpo implicado. M谩s bien, me inclino a leerlo desde lo que ya es: un paro. Un paro en la manera dominante de ver que oblitera la violencia estatal, la desigualdad econ贸mica, la explotaci贸n laboral, el racismo estructural, la desigualdad entre sexos, las disidencias sexuales, etc. Es decir, un paro el r茅gimen de visibilidad dominante. Y por eso mismo hace frenar pr谩cticas automatizadas: hace un corto circuito en la productividad total de nuestras vidas y ciudades; frena el auto-aseguramiento individual y hace surgir el apoyo mutuo en las ollas comunitarias, en el cuidado de la guardia ind铆gena hacia los manifestantes, y viceversa, en la compra directa de alimentos a los campesinos, en la creaci贸n de la primera l铆nea, en la activaci贸n de las redes de derechos humanos, etc.; detiene tambi茅n el encierro y genera en el espacio p煤blico una apertura para ya no ser mero espacio de tr谩nsito, sino para habitarlo 鈥攕olo basta ver puerto resistencia鈥, etc. Interrumpe, en suma, el realismo que hace ver como lo 煤nico posible lo que hay, y de ah铆 que el futuro ya no surja como mera replica apocal铆ptica del presente, sino es la prolongaci贸n del deseo por vivir mejor, es la alegr铆a hacia 茅l. Pues bien, el paro es ante todo experimentaci贸n que crea nuevos modos de vida, y por tanto dista de reducirse a repertorios de acci贸n para alcanzar objetivos propuestos, o, por supuesto, de ser gesti贸n de lo colectivo, pues interrumpir crea vida, no es mera administraci贸n.

Desde luego, con esto no sugiero la irrelevancia de los objetivos program谩ticos alcanzados: tumbar la reforma y al ministro de hacienda. Sin embargo, posar exclusivamente nuestra atenci贸n sobre ellos, antes que vitalizar las revueltas, las domestica, pues, primero, busca encauzar los afectos hacia algo, lo cual no permite su simple despliegue, y, segundo, hace ver que la interrupci贸n, y toda la vida que se crea con ella, s贸lo ser铆a v谩lida por los objetivos, y por tanto merecer铆a ser desactivada una vez estos sean alcanzados. Si se quiere, los fines program谩ticos, al tiempo que, si se logran, son victorias del movimiento popular, tambi茅n es uno de los procedimientos estatales para capturar las revueltas, para domesticarlas. Por eso cuando cay贸 la reforma no parec铆a suficiente y las revueltas continuaron, es decir, fue la viva expresi贸n de que ellas son irreducibles a los fines, aun cuando ellas luzcan un poco desorientadas 鈥攄e ah铆 su potencia鈥. 

Ahora bien, es cierto que hay una estrategia gubernamental orientada al desgaste de la movilizaci贸n: aislarse para aplazar al m谩ximo cualquier negociaci贸n seria. Podr铆amos asegurar que, en t茅rminos m谩s generales, 茅sta es la expresi贸n del cinismo que atraviesa las relaciones de poder contempor谩neas, a saber, de un orden que, aunque se desmorona todo el tiempo, quiere prolongarse sin mayor reparo, sin mayor cuestionamiento; es Duque aisl谩ndose y esperando el desgaste de la movilizaci贸n para no cambiar nada; pero tambi茅n es el empresario de s铆 que quiere hacer de su vida productividad total, a pesar de sus permanentes desmoronamientos ps铆quicos. Con todo, desactivar la tristeza que impone este cinismo-desgaste, seg煤n la cual el realismo pol铆tico pareciera m谩s fuerte que nunca 鈥攏o importa lo que suceda, es menester que la predatoria m谩quina siga funcionando鈥, quiz谩s requiera menos de mejores estrategias que de cuidar lo que ha florecido en el paro. Otra vez, si reducimos las revueltas a objetivos macro-pol铆ticos, s贸lo veremos fracasos, pues, como nos recuerda Amador Fern谩ndez-Savater, siempre estaremos en falta respecto a ellos en tanto que la revoluci贸n nunca ha sido el cambio de un plan por otro, sino sobre todo un devenir, un crear modos de vida nuevos. Con la primera v铆a, entonces, siempre quedar谩 la impresi贸n de haber perdido, porque nunca aparece la ruptura total, el cambio voluntario desde unos objetivos de gobierno a otros, y seguiremos, de esta manera, alimentando la tristeza hacia el porvenir. Pues bien, el desgaste, si ha de llegar, habr谩 que leerlo no s贸lo como derrota, sino tambi茅n como la apertura para cuidar del paro de otras maneras, es decir, cuidar de su interrupci贸n creada 鈥攑ara crear otras鈥 y de los modos de vida que posibilit贸. 

Llevado al extremo, el cinismo es puro fascismo: hacer perdurar el orden a pesar de todo. Y el neoliberalismo tiene mucho de eso: perdurar as铆 haya que colonizar el universo; perdurar as铆 una pandemia invite a parar; perdurar as铆 mi cuerpo no soporte m谩s; etc. O, dicho en otras palabras, el r茅gimen neoliberal busca levantarse como el fin de la historia, y de ah铆 su peligro. Por eso, en 煤ltima instancia 鈥攃ada vez, parad贸jicamente, m谩s frecuente鈥, requiere de la activaci贸n del poder soberano, es decir, del poder que reclama dar muerte. El cinismo de Duque para enfrentar las revueltas es la otra cara, pues, de un orden que quiere hacerse eterno y que para ello acude a su capacidad de decretar muerte. Uribe, la cabeza m谩s visible de este soberano, no ocult贸 la violencia de este r茅gimen y r谩pidamente instig贸 al asesinito de cualquiera que lo impugnara: cualquiera es un terrorista vand谩lico, cualquiera hace parte de la revoluci贸n molecular disipada. Y a esto habr铆a que agregarle que la violencia activada es, sobre todo, para la protecci贸n del orden, y no tanto la base violenta de toda ley. Es, luego, la violencia de cualquiera enamorado del poder, la violencia del deseo fascista activado, es decir, la violencia de cualquiera sobre cualquiera.  

Y las escenas que hemos visto sorprenden por su literalidad: hombres blancos, propietarios, higi茅nicos y uniformados 鈥攄e blanco鈥 disparando a indios desobedientes; hombres uniformados que ante el movimiento de mujeres hace de la violaci贸n un arma de guerra y de castigo para aquellas que se atrevieron a cuestionar el orden masculino; hombre-padre que desata su poder represor contra j贸venes que amenazan su lugar soberano 鈥攖odas las ciudades se llenaron de mensajes de anti-uribismo鈥. Y al lado de este hombre de bien est谩 sentado el bien pensante, tambi茅n blanco y propietario, pero quiz谩s no tan imprudente, sino m谩s bien civilizado. Es su civilidad, precisamente, la que lo hace incapaz de discernir entre la tortura, violaci贸n, asesinato, encarcelamiento, desaparici贸n, por un lado, y unos cuantos vidrios rotos y graffitis, por otro. Pero el problema del bien pensante no es de inteligencia, sino, como dir铆a Foucault, de enamoramiento: inconfesadamente ama este orden. De cualquier modo, lo inquietante es que a la alegr铆a popular que desata el nudo sobre el futuro han querido aplastarla con la tristeza no de la muerte, sino del dar muerte, lo cual no es m谩s que, parad贸jicamente, la tristeza de un r茅gimen que quiere hacerse eterno, ser el fin de la historia, es decir, que desprecia su propia muerte. Frente a ello habr铆a que recordar una peque帽a frase que nos introduce a la vida no fascista: 鈥No imagin茅is que haya que ser triste para ser militante, incluso si lo que se combate es abominable. Es el v铆nculo del deseo a la realidad (y no su fuga en las formas de la representaci贸n) el que posee una fuerza revolucionaria鈥. 




Fuente: Lobosuelto.com