November 23, 2022
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haciendo gala de su natural ineficiencia, Naciones Unidas, desoye los insistentes pedidos de colaboración, para alcanzar una solución, antes que la situación desborde de manera incontrolable

Por Guadi Calvo / Línea Internacional

La última guerra, antes del fin del mundo, ya se libra en Kaduna, un estado en el noroeste de Nigeria, desde por lo menos hace diez años entre la etnia de mayoría musulmana y esencialmente pastores conocidos como Fulani, que combaten contra los agricultores cristianos. Renovando un conflicto ancestral, que la crisis climática y la guerra en Ucrania, han agravado de manera extrema.

Por otro lado, haciendo gala de su natural ineficiencia, Naciones Unidas, desoye los insistentes pedidos de colaboración, para alcanzar una solución, antes que la situación desborde de manera incontrolable.

Este conflicto, que se ha cobrado la vida de más de ocho mil personas, entre 2011 y 2020 y obligó a otras 200 mil, a abandonarlo todo en procura de seguridad, se reproduce o está en estado de latencia, en países como Níger, Camerún, Chad, Malí y Senegal, donde los episodios de violencia entre agricultores y pastores van adquiriendo mayor intensidad.

La etnia Fulani, instalada en catorce países del continente, desde hace siglos transhuman, con sus miles de cabezas de ganado, ignorando las fronteras dibujadas por el colonialismo, en búsqueda de pasturas y agua. Lo que hace que los enfrentamientos con los agricultores, se reproduzcan temporada tras temporada, generando docenas de muertos de ambos lados.

Particularmente en Nigeria, donde este problema ha tomado características cada vez más graves, se han dejado de conocer estadísticas sobre muertes provocadas por este conflicto, desde el 2020, hasta la fecha.

Por lo que cabe suponer, sumando la información de nuevos episodios que hablan de ataques a iglesias y mezquitas, a aldeas, cristianas y campamentos fulanis, las muertes, producidas entre uno y otro bando, se continúan elevadas, más allá del encubrimiento de los datos oficiales.

Mientras la crisis climática se incrementa y el escalofriante aumento de la desertificación se expande a todo lo largo del Sahel, la franja que corre desde el mar Rojo, hasta el océano Atlántico, que separa el Sáhara de los países subsaharianos, los fulanis se ven obligados a llevar sus rebaños hacia el sur, hacia Nigeria. Cruzando sin inconvenientes las fronteras, llegando hasta Kaduna y otros estados, como Benue, en la región central donde los ataques son tan frecuentes como en Kaduna; Plateau, en el centro oeste, Lagos, en el suroeste, Rivers, en el sur, Borno en el noreste, donde esos miles animales llegan para arremeter contra los sembradíos, lo va generado más enfrentamientos a paso.

Según distintos informes, varios grupos armados, entre los que se destacan autodefensas, bandas criminales comunes y muyahidines operan junto a los fulanis, que además de destruir sembradíos y aldeas, secuestran, saquean y roban ganado.

Frente a este conflicto, que no se circunscribe solo al estado de Kaduna, el ejército nigeriano abocado, casi con exclusividad, a combatir contra las khatibas fundamentalistas, no alcanza a conseguir la confianza y la calma, en las comunidades mixtas de cristianos y musulmanes, que siglos había convivido, con armonía.

Miles de desplazados por la violencia, todavía no retornan a sus tierras, dada la falta de seguridad, por parte de las autoridades del gobierno, tanto nacional como estadual, a lo que se le agrega la inoperancia de los organismos internacionales, incluida Naciones Unidas, que ignoran la situación y no atienden, siquiera, los informes elaborando por propios equipos de relatores especiales que desde el mismo territorio hace años advierten, sobre la gravedad de la crisis, después de haber analizado y tomado nota de la situación, tras reunirse con funcionarios estatales, organizaciones civiles y líderes comunales.

Mientras que el gobierno del presidente Muhammadu Buhari, muy debilitado, no por estar transitando los últimos meses de su último año de mandato, sino también el fracaso de sus políticas contra el terrorismo, se encuentra prácticamente inerte.

Por lo que los más de 211 millones de nigerianos, para encontrar una solución, deberán esperar las presidenciales del próximo febrero, en las que Buhari, no podrá participar por tener ya dos mandatos consecutivos, sin contar el gobierno militar que presidió entre 1983-1985, que el nuevo gobierno, pueda intervenir, con fuerza, en la larga lista de conflictos, que el país está arrastrando donde participan, las cada vez más violentas y numerosas organizaciones criminales, que se dedican, según la zona: a los secuestros masivos; piratería en el golfo de Guinea; saqueos de oleoductos en el delta del río Níger; narcotráfico, contrabando de armas, oro, maderas preciosas, tráfico de personas.

Muyahidines y bandoleros, un camino de doble mano

Algunas de estas organizaciones se han asociado, en operaciones puntuales, con los tres grupos rigoristas que, desde la aparición de Boko Haram en 2009 y tras escindirse de estos, en 2015, ISWAP y el Ansaru o Vanguardia para la Protección de los Musulmanes en África Negra, han generado una cifra que supera en mucho los 50 mil muertos y ha provocado millones de desplazados.

Los enfrentamientos, éticos-religiosos, que se iniciaron en 2011, durante el gobierno del presidente cristiano evangélico Goodluck Jonathan (2010-2015), fueron la respuesta de los cristianos para preservar sus tierras ancestrales de la invasión religiosa y étnica de por parte de los musulmanes en muchos casos nómades, alentados, por las autoridades de entonces.

El dejar hacer del presidente Goodluck Jonathan, desencadenaron el conflicto, que solo en pocos días, produjo cerca de 700 muertes en Kaduna y otros tanto en el resto de los once estados del norte del país de mayoría islámica.

A esos ataques, la respuesta de musulmanes fue masacrar cristianos, saquear sus tiendas e incendiar sus iglesias. A lo que le correspondió otra letal respuesta de los cristianos de Kaduna, que asesinaron en horas a otros quinientos musulmanes.

Frente a la magnitud del conflicto, muchos campos de cultivos han dejado de ser trabajados, incrementado crítica situación alimentaria de Nigeria, la que según experto podría agravarse todavía más, por el aumento de los precios a los que coadyuvan la situación en Ucrania, y la escasez producida por el cambio climático.

Intentando evitar mayores desbordes, el ejército inició operaciones en el estado de Kaduna, consiguiendo eliminar a Kachalla Gudau, el principal jefe del crimen organizado, junto a uno de sus más próximos lugartenientes, conocido por el alias de Rigimamme, este domingo veinte, en Kankomi al sur de la ciudad de Kaduna, capital del estado.

Gudau, fue uno de los estrategas de los ataques coordinados contra los campamentos de pastores, a quienes incautó grandes cantidades de animales, por lo que se cree se convirtió en uno de los grandes ganaderos de la región. Además de mantener negocios con el tráfico de drogas y armas. Solo en la primera mitad del año Gudau y sus socios habían robado unas cinco mil vacas.

Mientras se confirmaba la muerte de Gudau, y su segundo, se conoció que durante una operación aérea el ejército destruyó diez campamentos de delincuentes, en el estado de Kaduna, neutralizando una importante cantidad de criminales y varios de sus jefes. En lo que parece el último impulso de Buhari, para controlar, en algo, el desborde que vive el país entre la criminalidad común y el terrorismo takfrirista que parecen estar circulando por una vía de doble mano, ya que en muchas oportunidades sus operaciones parecen ser conjuntas, como el asalto al tren Abuja-Kaduna, en abril pasado, (Ver: Nigeria, la perfecta metáfora africana) o el secuestro de centenares de alumnos en diversas escuelas del noreste del país.

El pasado jueves dieciocho un grupo de bandidos secuestró a unas cuarenta personas en la localidad de Kanwa, estado de Zamfara, en el oeste del país. La mayoría de los secuestrados son niños y mujeres. Tras la acción, no se ha vuelto a tener novedades ni de los secuestrados, ni de los bandidos, aunque las autoridades creen que pronto reaparecerá para discutir los términos de los rescates.

En Kaduna, se disputa una de las guerras más antiguas de la humanidad: Campesinos contra pastores, luchando, como desde el principio de los tiempos, por un bien cada vez más escaso: las tierras productivas. Por lo que no deja de ser paradójico en un contexto donde las armas de última generación y el cambio climático, quizás hagan de esta ancestral batalla, la última guerra antes, de lo que parece estar todo dado para el fin del mundo.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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Fuente: Nuevarevolucion.es