February 19, 2021
De parte de La Haine
203 puntos de vista


En el subcontinente indio, Arundhati Roy irrita m谩s que nadie a los medios de comunicaci贸n y las 茅lites pol铆ticas. Tal vez sea porque ning煤n literato de hoy, en India o en cualquier parte del mundo, ofrece como Roy una prosa tan bella y penetrante en defensa de los condenados de la tierra.

Es posible fijar la secuencia que sigue la pol铆tica india por el tiempo que ha transcurrido desde que Arundhati Roy enfureci贸 al gobierno. Ha sido precisa y amargamente predictiva tras su meticulosa disecci贸n de dos d茅cadas de desarrollo insostenible en la India -con su nacionalismo hind煤 islam贸fobo y su violencia de casta-, junto a la b煤squeda de un imperio global por parte de EEUU.

Cuando se aprob贸 en India la ley de diciembre -que restringe los derechos de ciudadan铆a de los musulmanes-, quienes suelen leer los ensayos de Roy ya dispon铆an de un marco, que se remontaba a dos d茅cadas atr谩s, para ubicar estos hechos. A mediados de invierno, los musulmanes eran golpeados y linchados en las calles de la capital. Esto fue impactante, pero nada nuevo, y quienes hab铆an le铆do sus ensayos recordaron sus advertencias sobre los asesinatos en masa en Gujarat en 2002, un temprano estallido de lo que ella calificaba expl铆citamente de genocidio contempor谩neo. Roy es conocida por dos novelas mel贸dicas y maravillosamente complejas. El Ministerio de la Felicidad M谩xima,seleccionada para el Premio Booker en 2017; y la novela con que debut贸, El dios de las peque帽as cosas, que gan贸 ese mismo premio hace 20 a帽os. El verano pasado, con fanfarrias menos sonoras, sus ensayos fueron recopilados -en una edici贸n de m谩s de ochocientas p谩ginas- por Haymarket Books con el t铆tulo Mi coraz贸n sedicioso. Ahora que Roy se acerca a los 49 a帽os, los tres libros vienen a ser todo un gran logro literario.

Con el t铆tulo de sus ensayos, Roy hace gui帽os al poder para irritar a los fiscales generales y sus aliados en los medios. Los primeros son propensos a abofetearla con cargos (desde que apareci贸 su primera novela), y los segundos a acampar al lado de su casa para acosarla por su supuesta traici贸n “antinacional”. Mientras estaba trabajando en su segunda novela, sinti贸 la necesidad de huir del subcontinente. El Ministerio de la Felicidad M谩xima es magistral e intrincado. El humor mel贸dico presente en sus novelas tambi茅n adorna sus ensayos, de modo que su desprecio por las pol铆ticas deshumanizadoras y paternalistas en India y EEUU se complementa con un amor profundamente sentido por la lengua, gui帽os ir贸nicos y una manera de desenmascarar merced a la solidaridad de clase trabajadora, adem谩s del cari帽o por los animales salvajes y el amor a la naturaleza.

Sus ansiedades gu铆an a los lectores y lectoras por los senderos de la violencia de los grandes proyectos hidroel茅ctricos, el alegre ingreso de India al club de las potencias nucleares y las atroces pol铆ticas en Cachemira. Una cuesti贸n omnipresente es la preocupaci贸n sobre lo mal que todo puede llegar a ser antes de que la izquierda del pa铆s cuestione suficientemente la narrativa de superpotencia de la India moderna. “Dada la historia de la India moderna, creo que ten铆amos que pasar por esta fase”, dijo a un entrevistador, el oto帽o pasado, que le pregunt贸 por el gobierno del primer ministro de extrema derecha, Narendra Modi. “Solo espero que no paguemos un precio demasiado alto hasta que salgamos de esto.”

El comienzo de la imaginaci贸n

Arundhati Roy inici贸 la redacci贸n de sus ensayos hace dos d茅cadas, despu茅s de haber irrumpido en la escena internacional por medio de la ficci贸n. En ese momento, India ocupaba un lugar destacado en la actualidad mundial. “Para m铆, personalmente, fue un momento de extra帽a inquietud”, escribe. “Mientras observaba c贸mo se desarrollaba el gran drama, mi fortuna parec铆a haber sido tocada por una varita m谩gica.”

Con el 茅xito de su debut con la novela El dios de las peque帽as cosas, “yo era una de las primeras personas elegidas en la lista para personificar a una India segura, nueva y amiga del mercado que por fin lograba ocupar el lugar que le correspond铆a en la gran mesa. Fue halagador en cierto modo, pero tambi茅n profundamente perturbador. Mientras observaba c贸mo empujaban a la gente a la miseria, mi libro se vend铆a por millones de ejemplares. Mi cuenta bancaria rebosaba. Tanto dinero me confund铆a. 驴Qu茅 significaba ser escritora en tiempos como estos?”

Aprovech贸 su nueva plataforma para criticar a la nueva India, como por ejemplo el desarrollo del armamento nuclear del pa铆s. Vio una amenaza en la sabidur铆a recibida que consideraba las armas nucleares como una modernizaci贸n, un avance. Para ella, esta amenaza de aniquilar toda la creaci贸n en respuesta a disputas territoriales circunstanciales (por lo general, con Pakist谩n a causa de Cachemira) equival铆a al “fin de la imaginaci贸n”, y as铆 se titulaba tambi茅n su primer ensayo. En un sentido, esto se deb铆a a que “no queda nada nuevo u original que decir sobre las armas nucleares. No puede haber nada m谩s humillante para una escritora de ficci贸n que reafirmar un rechazo que, a lo largo de los a帽os, ya han formulado otras personas en otras partes del mundo.” El movimiento contra la energ铆a y las armas nucleares hab铆a nacido simult谩neamente con el advenimiento de estos dos hitos; seg煤n Roy, conten铆an elementos del movimiento pacifista mundial y el de los pa铆ses no alineados.

Los argumentos condenatorios de tales avances eran bien conocidos, y pod铆an encontrarse en libros como Hiroshima,de John Hersey, publicado en 1946, que mostraban el efecto devastador de la decisi贸n del presidente Harry S. Truman de lanzar bombas at贸micas sobre la poblaci贸n civil en Jap贸n y el coste de esas bombas en enfermeras, m茅dicos, oficinistas y maestras. Sobre este tema tambi茅n cabe a帽adir libros como Voces de Chern贸bil,de 1997 de la autora bielorrusa y futura premio Nobel Svetlana Alexi茅vich y -muy importante para Roy- el trabajo del cient铆fico Carl Sagan sobre el invierno nuclear. Tomando una p谩gina de los modelos de invierno nuclear de la d茅cada de 1980, Roy presenta una imagen detallada de exactamente lo que estaba ya en manos de India. Si esas armas se usaran: “Nuestras ciudades y bosques, nuestros campos y pueblos arder谩n durante d铆as. El aire se convertir谩 en fuego. El viento esparcir谩 las llamas. Cuando todo lo que pueda incendiarse se haya quemado y el fuego se apague, se levantar谩 el humo y cegar谩 el sol. La Tierra quedar谩 envuelta en tinieblas. No habr谩 d铆a. Solo una noche interminable. Las temperaturas caer谩n muy por debajo del punto de congelaci贸n: as铆 comenzar谩 el invierno nuclear.”

A veces pens贸 que el triunfalismo nuclear de India ten铆a un componente sexual. Un pol铆tico de derechas, Shiv Sena, sentenci贸 tras las pruebas nucleares que los indios “ya no son eunucos”. “Al leer la prensa”, escribe Roy, “a menudo era dif铆cil saber si las personas [que anunciaban las pruebas] se refer铆an al Viagra”. Pero sostiene que cuando cunden las fantas铆as triunfales, “el problema es que poseer una bomba nuclear hace que pensamientos como estos parezcan factibles. Genera este tipo de pensamientos.” Si protestar contra la incrustaci贸n de una bomba nuclear en mi cerebro es antihind煤 y antinacional, entonces renuncio a mi nacionalidad. Por la presente me declaro rep煤blica independiente y m贸vil. Soy una ciudadana del planeta. No soy due帽a de ning煤n territorio. No tengo bandera. Soy mujer, pero no tengo nada contra los eunucos. Mis pol铆ticas son simples. Estoy dispuesta a firmar cualquier tratado de no proliferaci贸n nuclear o prohibici贸n de ensayos nucleares que est茅 vigente. Los inmigrantes son bienvenidos. Pod茅is ayudarme a dise帽ar nuestra bandera. Mi mundo ha muerto. Y escribo para lamentar su muerte.

Antitecn贸crata

Roy es igualmente despiadada e imaginativa cuando hace referencia a las presas hidroel茅ctricas de India. “El instinto me llev贸 a dejar de lado a Joyce y Nabokov”, comienza, “a posponer la lectura del gran libro de Don DeLillo y sustituirlo por informes sobre drenaje e irrigaci贸n, con revistas, libros y documentales sobre presas, por qu茅 se construyen y qu茅 hacen.” Lo que hacen, tras un cuidadoso escrutinio, no es gran cosa en t茅rminos de beneficios, y resulta agobiante en t茅rminos de costes.

Las y los activistas que se oponen a las presas en sus regiones de origen -muchas de estas personas son de casta baja, marginadas o ind铆genas- van a ver las presas como una cuesti贸n de vida o muerte (sobre todo esto 煤ltimo). Lo que a Roy le preocupa en particular no es solo la privaci贸n de derechos, que ya es bastante deplorable, sino que despu茅s de hacer los c谩lculos se da cuenta de que las presas en las que India deposita tantas esperanzas simplemente no funcionar谩n.

Las presas en el primer mundo, se帽ala, est谩n “siendo desmanteladas, voladas”. Sin embargo, en el momento de escribir su primer ensayo sobre presas, en 1999, India contaba con “3.600 presas calificadas de Grandes Presas, 3.300 de ellas construidas despu茅s de la Independencia. Mil m谩s est谩n siendo construidas. Sin embargo, una quinta parte de nuestra poblaci贸n, 200 millones de personas, no dispone de agua potable, y dos tercios, 600 millones, carecen de servicios sanitarios b谩sicos.” Las presas, escribe, “son un medio descarado de quitar el agua, la tierra y el riego a los pobres y d谩rselo a los ricos… Desde el punto de vista ecol贸gico tambi茅n son una desgracia. Devastan la tierra. Provocan inundaciones, anegamientos, salinidad, propagan enfermedades. Hay cada vez m谩s pruebas que vinculan los terremotos a las grandes presas… Por todas estas razones, en el primer mundo la industria dedicada a la construcci贸n de presas se encuentra con problemas y sin pedidos. Por eso las exportan al tercer mundo en nombre de la Ayuda al Desarrollo, junto con otros desechos como las armas anticuadas, los portaaviones obsoletos, los pesticidas prohibidos.”

Con iron铆a escribe sobre la reciente adicci贸n de India a las presas: “Por un lado, el gobierno indio, todos los gobiernos indios, critican por derecho propio al primer mundo, y por otro afirman que en realidad vale la pena recibir su basura envuelta en papel de regalo”. Pero el problema a煤n mayor, m谩s all谩 de la bipolaridad, es que “el gobierno [indio] no ha encargado un seguimiento posterior de ninguna de sus 3.600 presas para evaluar si cumple o no el objetivo previsto”. En el oeste de India, cerca de Navagam, Gujarat, los proyectos de la presa Sardar Sarovar “terminar谩n consumiendo m谩s electricidad de la que producen”.

Roy se propone cifrar las personas que han sido o ser谩n expulsadas de sus hogares en aras a la construcci贸n de estas presas. Al encontrar una cifra conservadora, publicada por el Instituto Indio de Administraci贸n P煤blica, calcula que las presas indias han desplazado a 33 millones de personas. Sin embargo, un secretario de la Comisi贸n de Planificaci贸n pens贸 que la cifra para todos los proyectos de desarrollo -los de presas entre otros- ascend铆a a m谩s de 50 millones. Dado que muchos de los desplazados son adivasis, ind铆genas de India, “las personas m谩s pobres de India est谩n subvencionando el estilo de vida de los m谩s ricos”.

La imagen es clara: la inversi贸n de India en estos proyectos de desarrollo va de hecho de la mano de la corrupci贸n en el mundo opulento. “La ayuda al desarrollo revierte en los pa铆ses de procedencia”, escribe, “haci茅ndose pasar por el coste del equipo o los honorarios de los asesores o los salarios del personal de las propias agencias.” Por ejemplo, la presa de Pergau, en Malasia, financiada con un pr茅stamo de 234 millones de libras, revel贸 los motivos ocultos de sus benefactores cuando “se supo que el pr茅stamo se ofreci贸 para alentar a Malasia a firmar un contrato de 1.300 millones de libras para la compra de armas brit谩nicas”.

Otra de las presas del r铆o Narmada, Bargi, “cost贸 diez veces m谩s de lo presupuestado y aneg贸 tres veces m谩s de terreno de lo que los ingenieros dijeron que supondr铆a”. Al mismo tiempo, “solo riega la superficie que iba a quedar sumergida al principio, y solo el cinco por ciento del 谩rea que sus planificadores afirmaron que regar铆a芦. Al igual que en los proyectos de desarrollo en EEUU y Canad谩, como el proyecto del oleoducto en Standing Rock, los y las manifestantes en India penetran en zonas en que est谩n prohibidas las manifestaciones. “El lugar de la presa y sus 谩reas adyacentes, sujetas ya a la Ley de Secretos Oficiales de India”, una herencia de los brit谩nicos, “se asignaron tambi茅n al art铆culo 144, que proh铆be la reuni贸n de grupos de m谩s de cinco personas”.

Los desplazados de India aparecen en el trabajo de Roy en forma de conmovedores retratos. Tomemos, por ejemplo, esta escena de una familia sacada de una zona inundada cuya indemnizaci贸n, por propiedad confiscada, nunca se desembols贸. “En Vadaj, un lugar de reasentamiento que visit茅 cerca de Baroda”, escribe, “el hombre que hablaba conmigo mec铆a a su beb茅 enfermo en sus brazos, mientras un enjambre de moscas se agolpaba sobre sus p谩rpados dormidos.” De repente registra la pobreza del hombre y su naturaleza condicionada, y sus ojos y o铆dos comprueban c贸mo su supervivencia y su dignidad se ven gravemente mermadas. Los ni帽os se reunieron alrededor de nosotros, teniendo cuidado de no quemarse la piel desnuda con las abrasadoras paredes de hojalata del cobertizo al que llaman hogar. La mente del hombre se encontraba lejos de los problemas de su beb茅 enfermo. Me estaba recitando una lista de las frutas que sol铆a recolectar en el bosque. Cont贸 cuarenta y ocho clases. Me dijo que no cre铆a que 茅l o sus hijos pudieran volver a permitirse comer fruta. No, a menos que la robara. Le pregunt茅 qu茅 le pasaba a su beb茅. Dijo que ser铆a mejor para el beb茅 morir que vivir as铆. Le pregunt茅 qu茅 pensaba la madre del beb茅 sobre eso. Ella no respond铆a. Solo miraba.

Para refutar el dogma de que la tecnolog铆a, la desregulaci贸n y la privatizaci贸n -la teor铆a de la modernizaci贸n durante la Guerra Fr铆a- salvar铆an a India, Roy se fija en el n煤mero de ciudadanos desfavorecidos, los coloca frente a lo que se les ha prometido y encuentra que algo no cuadra. Los proyectos no se entregan (en kilovatios hora) o no se reembolsan (los pagos prometidos a las personas que abandonan sus hogares sumergidos). Ella capta lo que significa el impago para estas familias, son im谩genes de los sacrificados por la pujanza de India. “Doce familias que ten铆an peque帽as propiedades en las cercan铆as del emplazamiento de la presa tuvieron que vender sus tierras”, escribe. “Me contaron que, cuando se opusieron, les taponaron las ca帽er铆as de agua con cemento, les arrasaron los cultivos que quedaban y la polic铆a ocup贸 el terreno por la fuerza”. Multiplica esta escena por 50 millones. Roy elogia el sentido de ciudadan铆a agonizante de las v铆ctimas y sus sue帽os de ciudadan铆a agonizantes, y ella marca esos momentos con aforismos condenatorios respecto a lo que un no ciudadano, una no persona, tiene reservado. “Reubicar a 200.000 personas para llevar (o pretender llevar) agua potable a 40 millones, aqu铆 hay algo que no est谩 bien en la escala de las operaciones”, escribe. “Es una matem谩tica fascista.”

La privatizaci贸n y Occidente

M谩s all谩 de estos papeles cambiantes, en la obra de Roy abundan los contrastes entre lo que ocurre en las cuentas bancarias de la elite, en las conferencias de prensa autoadulatorias y en las mesas de la gente pobre. Cuando se propone definir la privatizaci贸n de la econom铆a, por ejemplo, aparece uno de estos autorretratos rudimentarios. “Como escritora, una se pasa toda una vida viajando al coraz贸n de la lengua, tratando de minimizar, por no decir eliminar, la distancia entre lengua y pensamiento.” Sin embargo, para los Estados y las grandes empresas, “la 煤nica finalidad de la lengua es enmascarar el prop贸sito”. A medida que las empresas del primer mundo y las multinacionales siembran el caos privatizado en el mundo en desarrollo, todo esto se hace todav铆a m谩s real.

La obra temprana de Roy se apoyaba sobre los hombros de los movimientos ecologistas, y ella se resiste al mantra de la naturaleza como mercanc铆a. La privatizaci贸n, reflexiona, “es la transferencia de activos productivos p煤blicos del Estado a empresas privadas. Entre los activos productivos se incluyen los recursos naturales.” Tierra, bosque, agua, aire. Son activos que est谩n en manos del Estado, pero pertenecen a la gente a que este representa. En un pa铆s como India, el 70 % de la poblaci贸n vive en zonas rurales. Son 700 millones de personas. Su vida depende directamente del acceso a los recursos naturales. Quit谩rselos y venderlos a empresas privadas es un proceso de b谩rbara desposesi贸n de una magnitud que no tiene parang贸n en la historia.

La l贸gica comienza con bur贸cratas confesando su ineficacia, una desaz贸n; la raz贸n fundamental para privatizar se deducir谩 naturalmente de esta confesi贸n. “La soluci贸n a esta desaz贸n, descubrimos, no es mejorar nuestras habilidades de saneamiento, tratar de minimizar nuestras p茅rdidas, obligar al Estado a rendir cuentas, sino permitirle abdicar por completo de su responsabilidad y privatizar el sector el茅ctrico. Entonces se producir谩 un milagro. La viabilidad econ贸mica y la eficiencia al estilo suizo se pondr谩n en marcha como un reloj.”

Un ejemplo local de esto es el esc谩ndalo de Enron. En 1993, el gobierno estatal de Maharashtra, gobernado por el Congreso Nacional Indio, firm贸 un contrato para la construcci贸n de una planta de energ铆a de 695 megavatios. Este contrato no le ir铆a nada bien al partido. Los partidos de la oposici贸n -el partido nacionalista hind煤 Bharatiya Janata Party (BJP) y el Shiv Sena- montaron una sonora protesta swadeshi (nacionalista) y entablaron acciones legales contra Enron y el gobierno del Estado. Alegaron malversaci贸n y corrupci贸n al m谩s alto nivel. Un a帽o despu茅s, cuando se anunciaron las elecciones estatales, este fue el 煤nico tema de campa帽a de la alianza BJP-Shiv Sena.

Cuando esa alianza sali贸 ganadora, sus miembros denunciaron el contrato como “el bot铆n de la liberalizaci贸n”. Hay que tener en cuenta que los liberales del Partido del Congreso Nacional de India -el antiguo partido de Mahatma Gandhi y de Jawaharlal Nehru- permitieron que la coalici贸n de derechas llegara al poder, primero a nivel regional y luego a nivel nacional, tras la bandera de una supuesta lucha contra la corrupci贸n. El l铆der de la oposici贸n, que mantuvo su promesa y desech贸 el proyecto, “acus贸 m谩s o menos directamente al gobierno del Partido del Congreso de haber aceptado un soborno de 13 millones de d贸lares de Enron”.

Enron, por su parte, dif铆cilmente pudo negar esto, “no es un secreto que, para asegurar el trato, hab铆a pagado millones de d贸lares para educar a los pol铆ticos y bur贸cratas involucrados en el trato”. Por se帽alar esta corrupci贸n liberal, Roy fue repetidamente denunciada, acusada de “sedici贸n, antinacional, esp铆a y, lo m谩s rid铆culo de todo, de recibir fondos extranjeros“. As铆 es como el Partido del Congreso pretende echar la culpa a otros, mientras que su bien compensada salida del poder, en este Estado y en otros, ayud贸 a marcar el comienzo de un reinado de terror fascista contra los musulmanes de India. Los fascistas pudieron calificar a los liberales de corruptos, allanando as铆 el camino hacia la toma del poder.

El genocidio de musulmanes en India

En esta situaci贸n, un cineasta holand茅s le pregunt贸 una vez a Arundhati Roy: 驴qu茅 puede India ense帽ar al mundo? Ella le brind贸 una lecci贸n ir贸nica guiando al cineasta por los campos de entrenamiento fascistas de India, “un shakha de Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), donde… la gente com煤n desfila con pantalones cortos de color caqui, aprende que la mezcla de armas nucleares, intolerancia religiosa, misoginia, homofobia, la quema de libros y un odio extremo son las formas de recuperar la dignidad perdida de una naci贸n”. Este es uno de los motivos recurrentes del trabajo de Arundhati Roy: ayudar a los indios y al mundo a ver la infraestructura fascista de India y advertir que su abanderado m谩s populachero es el primer ministro, Narendra Modi.

Roy recuerda a menudo a sus lectores que el l铆der del RSS durante la Segunda Guerra Mundial (un hombre llamado M. S. Golwalkar) admiraba abiertamente a Adolf Hitler y a Benito Mussolini. Los pol铆ticos tanto del Partido del Congreso Nacional Indio como del Partido Bharatiya Janata (BJP) de Modi son miembros de esta organizaci贸n voluntaria y fraternal, que cuenta con millones de miembros en todo el pa铆s. Su actividad se inclina hacia el fascismo a trav茅s del nacionalismo. En su ensayo Escuchando a los saltamontes informa de lo que est谩 en juego para los musulmanes de India. En el Estado de Gujarat se cometi贸 en 2002 un genocidio contra la comunidad musulmana. Utilizo la palabra genocidio deliberadamente… El genocidio comenz贸 como un castigo colectivo por un crimen no resuelto: la quema de un vag贸n de tren en el que cincuenta y tres peregrinos hind煤es murieron quemados. En una org铆a cuidadosamente planeada como supuesta represalia, dos mil musulmanes fueron masacrados a plena luz del d铆a por escuadrones de asesinos armados, organizados por milicias fascistas y respaldados por el gobierno de Gujarat y la administraci贸n del momento. Mujeres musulmanas fueron violadas en grupo y quemadas vivas. Las tiendas musulmanas, los negocios musulmanes y los santuarios musulmanes y las mezquitas fueron sistem谩ticamente destruidos. Dos mil murieron y m谩s de cien mil personas fueron expulsadas de sus hogares.

El alcance de su razonamiento moral y comparativo es demoledor y meticuloso cuando se帽ala que Modi, ahora en su segundo mandato como primer ministro, era uno de los autores clave, llam谩ndole el descarado timonel de este genocidio. Y el genocidio de Gujarat de 2002 fue desde luego menor en comparaci贸n con otras masacres mundiales. Fue incluso menor comparado con una atrocidad instigada por el Partido del Congreso que mat贸 a tres mil sijs tras el asesinato de la primera ministra Indira Gandhi.

Pero no se puede pasar por alto, en primer lugar porque se utiliz贸 para ganar m煤ltiples elecciones.

Modi, escribe Roy, “se hab铆a convertido en un h茅roe popular al que el Partido Bharatiya Janata (BJP) llam贸 para hacer campa帽a en su nombre en otros Estados de la India”. En segundo lugar, porque “forma parte de una visi贸n m谩s amplia, m谩s elaborada y sistem谩tica”. La “matem谩tica fascista” de India ha evolucionado en busca de logros electorales. Esta matem谩tica se sustenta en un odio que “debe ver a sus v铆ctimas como infrahumanas, como par谩sitos cuya erradicaci贸n vendr铆a a ser un servicio a la sociedad”, pero todo inteligentemente dise帽ado para ganar las elecciones.

Hay genocidas que no se molestan en negarlo e incluso se jactan de sus asesinatos. As铆 sucedi贸 en EU UU, en tiempos coloniales, cuando el puritano ingl茅s John Mason informaba de una masacre de los Pequot con estas palabra, que Roy cita: “Aquellos [Pequots] que escaparon del fuego fueron abatidos con las espadas; algunos fueron despedazados.” Y as铆 ocurre hoy con uno de los ejecutores del genocidio de Gujarat, que afirm贸 a una revista india: “No perdonamos ni una sola tienda musulmana, prendimos fuego a todo, les prendimos fuego y los matamos.”

India representa una gran base econ贸mica, y por ello es cortejada en lugar de ser sancionada por tales atrocidades. Donald Trump, alineado pol铆ticamente con Modi, se siente c贸modo con 茅l, e incluso apareci贸 este oto帽o en Texas en un mitin bajo el lema “Hola Modi”. Pero tambi茅n fue el caso de Barack Obama al normalizar esta matem谩tica fascista mediante la amistad estrat茅gica que cultiv贸, casi como si respaldara la pol铆tica de Trump en el extranjero antes de que aterrizara en EEUU. La importancia de India en la regi贸n anulaba para ambos personajes la necesidad de condenar la barbarie de Modi. Y los medios indios tambi茅n est谩n comprometidos con la matem谩tica fascista, como se ve por los altos 铆ndices de aprobaci贸n de Modi incluso despu茅s de que desmonetarizara la moneda india, provocando una ca铆da libre financiera.

Cuando India reescribi贸 sus leyes en diciembre para despojar a millones de musulmanes de la ciudadan铆a, muchos protestaron. La reacci贸n se produjo en forma de los peores pogromos en d茅cadas contra los musulmanes. En febrero, en el noreste de Delhi, repetidas oleadas de atacantes persiguieron a los musulmanes de los barrios mixtos; golpearon, mutilaron y mataron a tiros a m谩s de cincuenta; mutilando sus genitales y prendi茅ndoles fuego. Cuando Roy detalla tales atrocidades no quiere que los lectores estadounidenses olviden las brutalidades cometidas en su nombre. En su reflexi贸n sobre el genocidio, se pregunta: 驴Y la muerte de un mill贸n de iraqu铆es, sujetos al r茅gimen de sanciones antes de la invasi贸n estadounidense de 2003, fue un genocidio (que es como lo calific贸 el Coordinador Humanitario de la ONU para Irak, Dennis Halliday) o vali贸 la pena, como sostuvo Madeleine Albright, la embajadora estadounidense ante Naciones Unidas? Depende de qui茅n fije las reglas. 驴Bill Clinton o una madre iraqu铆 que ha perdido a su hijo?

En un ensayo sobre los asesinatos genocidas de Modi, se帽ala que el problema para sus lectores estadounidenses es que no pueden sacarnos del apuro ni psicol贸gica ni moralmente al leer sobre una modalidad diferente de atrocidad en el subcontinente.

La carcoma en el coraz贸n

En la introducci贸n a la edici贸n de 2003 de la obra de Noam Chomsky, titulada Por razones de Estado, comprobamos por qu茅 la propia Roy es tan indispensable. Comienza diciendo que “cuando era ni帽a y crec铆a en el Estado de Kerala, en el sur de India, donde el primer gobierno comunista elegido democr谩ticamente en el mundo lleg贸 al poder en 1959, el a帽o en que nac铆, me preocupaba terriblemente ser una pobrecita asi谩tica”. Kerala estaba a solo unos miles de millas al oeste de Vietnam. Ten铆amos selvas, r铆os y arrozales, y tambi茅n comunistas. Segu铆 imagin谩ndome a mi madre, a mi hermano y a m铆 misma siendo despedidos de los arbustos por una granada, o abatidos, como los amarillos de las pel铆culas, por un marine estadounidense con brazos musculosos, mascando chicle y acompa帽ado de un fuerte ruido de fondo. En mis sue帽os yo era la ni帽a quemada de la famosa fotograf铆a tomada en la carretera de Trang Bang… Como alguien que creci贸 en pleno apogeo de la propaganda estadounidense y sovi茅tica (que m谩s o menos se neutralizaban entre s铆), cuando le铆 por primera vez a Noam Chomsky pens茅 que su recopilaci贸n de testimonios era -驴c贸mo lo dir铆a?- alocada. Incluso una cuarta parte de los testimonios que hab铆a reunido habr铆a sido suficiente para convencerme. Sol铆a preguntarme por qu茅 necesitaba esforzarse tanto. Pero ahora entiendo que la amplitud y la intensidad del trabajo de Chomsky son todo un bar贸metro de la magnitud, el alcance y lo implacable que era la maquinaria de propaganda a la que se enfrentaba. Es como la carcoma que vive dentro de la tercera balda de mi estanter铆a. D铆a y noche escucho sus mand铆bulas crujir al abrirse paso en la madera para convertirla en polvo fino. Es como si no estuviera de acuerdo con la literatura y quisiera destruir la estructura misma sobre la que descansaba. La llamo Chompsky.”

“Estrato a estrato”, escribe, 芦Chomsky va revelando el proceso de toma de decisiones de los funcionarios del gobierno de EEUU, desenmascarando as铆 el n煤cleo despiadado de la maquinaria de guerra estadounidense, completamente ajena a las realidades de la guerra, cegada por la ideolog铆a y dispuesta a aniquilar a millones de seres humanos, civiles, soldados, mujeres, ni帽os, aldeas, ciudades enteras, ecosistemas enteros, con brutales m茅todos cient铆ficamente perfeccionados.”

Capta lo que Chomsky aporta para reconfortarnos. Eso tambi茅n explica lo indispensable que es Roy. Sus primeros ensayos presentan una arrebatadora curiosidad por dominar las herramientas de los tecn贸cratas: convertirse en una “administrativa”, as铆 lo llama ella. Cotejando datos e informes, entrevistando a v铆ctimas. La narrativa de sus primeros ensayos es emocionante: escribe como una antagonista con estallidos de bravuconer铆a y comentarios jocosos. Pero m谩s adelante, en el compendio de sus ensayos, la encontramos transformada en una sobria pero irreverente detective de la historia, que busca descodificar el momento preciso en que se lanz贸 el hechizo (del nacionalismo, de la violencia estatal) en India, como queda plasmado en su ensayo sobre B. R. Ambedkar.

El m茅dico y el santo

En su ensayo m谩s ambicioso sobre el problema de las castas hind煤es, Roy relata, para empezar, la espantosa violaci贸n y asesinato de Surekha Bhotmange. Para mostrar la invisibilidad del problema, compara el trato que los medios de comunicaci贸n dieron en 2006 a Bhotmange, una intocable o dalit en India, con el que dieron en 2012 a Malala Yousafzai, una ni帽a paquistan铆. Despu茅s de que a Yousafzai se le negara una educaci贸n en Pakist谩n, que de todos modos consigui贸 desafiando a los talibanes locales, recibi贸 un balazo en la cabeza, sobrevivi贸 milagrosamente y se convirti贸 en un s铆mbolo mundial por la educaci贸n de las mujeres con el lema “Soy Malala”, un eslogan supuestamente molesto para los reg铆menes conservadores, pero difundido en el contexto de la llamada guerra de EEUU contra el terrorismo y los medios y ONG afines.

Roy es justa en su descripci贸n de la propia Malala, que es buena persona. Pero sus sentimientos respecto al uso de Malala en una campa帽a de propaganda a favor de la guerra se reducen a una sola frase: “Los ataques con drones estadounidenses en Pakist谩n contin煤an con su misi贸n feminista de liquidar a los terroristas islamistas mis贸ginos.”

Compara esto con Bhotmange, una mujer dalit de cuarenta a帽os en India. Mejor educada que su esposo, desempe帽贸 de hecho el papel de cabeza de familia. Sus hijos tambi茅n fueron educados. Al igual que su 铆dolo intelectual, Bhimrao Ramji Ambedkar, que fue una de las lumbreras fundadoras de India, cambi贸 la intocabilidad hind煤 por el budismo sin castas. Pero al tratar de hacer mejoras en su terreno agr铆cola, que colindaba con las granjas de hind煤es de cuna supuestamente m谩s alta, fue perseguida y tiranizada. Los vecinos, tras agredir a uno de sus familiares, sabotearon arbitrariamente sus intentos de hacer funcionar la electricidad, mejorar la infraestructura de su terreno o regar sus cultivos.

Al tratar de defenderse, exigiendo la detenci贸n de los que agredieron a su pariente, una horda de setenta aldeanos llegaron en tractores, violaron y asesinaron a ella y a su hija despu茅s de mutilar y asesinar a sus hijos. Los cuatro miembros de la familia, todos menos el marido (que corri贸 a llamar a la polic铆a), quedaron tirados en una zanja. Como era de esperar, al igual que les ocurre a tantos otros dalits, no se hizo justicia por lo que Bhotmange, sus hijos y su marido tuvieron que sufrir. “Surekha Bhotmange y sus hijos viv铆an en una democracia favorable al mercado”, escribe Roy. “As铆 que no hubo peticiones de ‘Soy Surekha’ de Naciones Unidas al gobierno de India, ni tampoco ning煤n mensaje de indignaci贸n de los jefes de Estado. Lo cual estuvo bien, porque no queremos que nos caigan bombas de racimo solo porque tengamos un sistema de castas.”

Roy se帽ala que Ambedkar escribi贸 que “con estos mimbres es dif铆cil que los intelectuales de hoy en India movilicen nada”, y lo cita cuando califica el hinduismo de “verdadera c谩mara de los horrores”. Aunque espantosa, la historia de Bhotmange no es at铆pica. Roy alude a la Oficina Nacional de Registros Criminales, que constata que “un no dalit comete un delito contra un dalit cada 16 minutos”. Y a帽ade, “todos los d铆as, m谩s de cuatro mujeres intocables son violadas por tocables; cada semana, 13 dalits son asesinados y 6 secuestrados. Solo en 2012, el a帽o en que hubo la violaci贸n y el asesinato en grupo en Delhi, 1.574 mujeres dalits fueron violadas (la norma general es que solo se denuncie el 10 % de las violaciones u otros delitos contra las y los dalits) y 651 dalits fueron asesinados. Esto abarca solo lo referido a violaciones y asesinatos. No incluye casos como el de forzar a la v铆ctima a desnudarse y desfilar desnuda, a comer excrementos (literalmente), las expropiaciones de tierras, el boicot social, restringir el acceso a agua potable.”

Es por esta raz贸n que Roy se adentra en el discurso que Ambedkar nunca lleg贸 a pronunciar, titulado La supresi贸n de la castas. Cuando lo descubri贸, lo encontr贸 original. De pronto explicaba a la vez el sistema de castas indio y un camino alternativo que podr铆a haber mejorado la Constituci贸n: el discurso abordaba la brecha entre “lo que la mayor铆a de los indios est谩n ense帽ados a creer y la realidad que experimentamos todos los d铆as en nuestras vidas”. Lo que sigue es la tesis de 120 p谩ginas de Roy sobre la pol茅mica entre el m茅dico suficientemente sabio para oponerse a las castas, quien adem谩s contribuy贸 a redactar la Constituci贸n de India, y Mohandas K. Gandhi, el santo m谩s conocido que se enfrent贸 a 茅l para preservar las castas.

El ensayo contin煤a preguntando por qu茅 las campa帽as internacionales de la verg眉enza dejan de lado las castas indias, e historias como la de Surekha y su familia, a pesar de que estas mismas campa帽as s铆 se fijan en “otras abominaciones contempor谩neas como la apartheid, el racismo, el machismo, el imperialismo econ贸mico y el fundamentalismo religioso”. Mientras se constru铆a la India independiente, Ambedkar luchaba por una igualdad incompatible con el sistema estratificado de castas hind煤es que defend铆a Gandhi. Pero tras un largo cap铆tulo relativo al debate entre estos dos hombres, ella se pregunta, 驴qu茅 pasa hoy? “驴Se pueden eliminar las castas?” No, a menos que mostremos el coraje para reorganizar las estrellas de nuestro firmamento. No, a menos que aquellos que se llaman a s铆 mismos revolucionarios desarrollen una cr铆tica radical del brahmanismo. No, a menos que aquellos que entienden el brahmanismo agudicen su cr铆tica del capitalismo. Y, por supuesto, no a menos que leamos a Babasaheb Ambedkar. Si no es dentro de nuestras aulas, entonces fuera de ellas. Hasta entonces, seguiremos siendo lo que 茅l llam贸 los “hombres y mujeres enfermos” de Indost谩n que parecen no tener ning煤n deseo de sanar.

De hecho, 驴no es la casta otro tipo de matem谩tica fascista? 驴Y acaso cada tipo de violencia india -contra musulmanes, adivasis y dalits, sin mencionar sus r铆os, elementos y bosques- no refuerza al otro? Sin embargo, los miserables de la India no son solo v铆ctimas. Estos, en el recuento de d茅cadas de Roy, tambi茅n han ejercido su defensa propia, incluida una infame resistencia armada mao铆sta. Examina esta respuesta en su extenso ensayo Caminando con los camaradas. Por un lado, escribe, “es una fuerza paramilitar de masas, armada con el dinero, la potencia de fuego, los medios de comunicaci贸n y la arrogancia de una superpotencia emergente. Por otro, los aldeanos comunes, provistos de armas tradicionales, respaldados por una fuerza guerrillera mao铆sta magn铆ficamente organizada y muy motivada, con una historia extraordinaria y violenta de rebeli贸n armada.”

Tambi茅n explica, en otro ensayo, la violencia de estos oprimidos que ten铆an las ca帽er铆as de agua taponadas con cemento, y cuyos pueblos estaban siendo vaciados de habitantes en una operaci贸n conocida como Operaci贸n Caza Verde. “Hoy, una vez m谩s, la insurrecci贸n se ha extendido por los bosques ricos en minerales de Chhattisgarh, Jharkhand, Orissa y Bengala Occidental, la patria de millones de tribus de la India y la tierra so帽ada por el mundo empresarial.”

Esta rebeli贸n en el bosque acaba siendo aniquilada; luego renace en otro lugar. 驴Sabe ella que la lucha armada es violenta? S铆, por supuesto. 驴Y la acepta? No, la contextualiza. Escribe que es conveniente para el Estado y sus impulsores ver cada nuevo levantamiento de manera ahist贸rica. Presentarlo en un marco de Guerra Fr铆a mao铆sta (l茅ase: comunista) frente al progreso. Olvidar que la Constituci贸n fastidi贸 a los pueblos ind铆genas de India, como a sus dalits, una Constituci贸n cuya ratificaci贸n califica de “d铆a tr谩gico para los pueblos ind铆genas”, que se convirtieron en “ocupantes ilegales de su propia tierra”, neg谩ndoles los frutos, los alimentos y los recursos de sus propios bosques, criminalizando toda su forma de vida, especialmente cuando se planeaba la extracci贸n de recursos o un proyecto de presa. “De las decenas de millones de desplazados internos… refugiados del ‘progreso’ de India”, escribe, “la gran mayor铆a son pueblos ind铆genas.” La primera de sus rebeliones tuvo lugar en Naxal; as铆, naxalita se convirti贸 en un sin贸nimo. Pero 驴anacr贸nicamente mao铆sta? “Es conveniente [para el Estado] hacer olvidar que los pueblos ind铆genas de la India central tienen una historia de resistencia que precede a Mao en siglos.”

Cuando Roy se propuso investigar para elaborar este art铆culo, se supon铆a que su contacto deb铆a llevar pl谩tanos y una revista para que ella pudiera reconocerle. No llevaba nada; dijo que no pudo encontrar la revista. 驴Y los pl谩tanos? “Me los com铆.” Los humaniza como algo m谩s que figuras de una lucha armada por su tierra; los muestra bailando, celebrando, luchando, durmiendo en los bosques bajo las estrellas. Escribe que la no violencia, aunque es preferible, no puede funcionar cuando ning煤n medio ampara su causa. Como miembro de los medios de comunicaci贸n, viaja all铆 para solucionar este problema. Mientras tanto, se defienden.

Emprende el mismo trabajo de humanizaci贸n con el conflicto de Cachemira, contextualizando all铆 los errores de India en otro ensayo lleno de historia y cr铆tica, que tambi茅n muestra a las personas no gratas para el Estado ocupante cosechando y comiendo manzanas, y disfrutando de lo que les queda de vida, en sus momentos de paz cada vez m谩s breves durante otra crisis creada por la propia India.

La cr铆tica y sus cr铆ticos

Por supuesto, los intelectuales liberales leen las cr铆ticas de Roy al Estado y sus descripciones de los disidentes y lo consideran el colmo. Samanth Subramanian comienza su rese帽a neoyorquina de Mi coraz贸n sedicioso recordando a sus lectores una y otra vez lo enojada que est谩 Roy. Mientras 茅l elogia la escena de la manzana en Cachemira, rebaja la cr铆tica al proyecto neoliberal a un arrebato de “ira desinhibida”, y aduce ese lugar com煤n, contrario al Cuarto Poder y utilizado a menudo frente a las personas de izquierdas: De todas formas, 驴qu茅 soluciones aporta?

Una frase t铆pica en la rese帽a de Subramanian, para describir las cr铆ticas de Roy, comienza as铆: “Arremete” o “Despelleja”. La acusa de incoherencia en sus actitudes hacia la no violencia y de adoptar “una perspectiva m谩s suave” al abordar la violencia cometida por el movimiento mao铆sta naxalita de India. Sin embargo, a pesar de caracterizar su posici贸n respecto a la violencia de la izquierda como una supuesta ternura hip贸crita, lo que ella en realidad escribi贸 fue que su fundador, Charu Majumdar, con “su ret贸rica incendiaria fetichiza la violencia, la sangre y el martirio y, a menudo, emplea un lenguaje tan grosero que es casi genocida”. 驴Eso suena a tierno, melanc贸lico?

Subramanian contin煤a burl谩ndose desapasionadamente de Roy por aceptar premios literarios en met谩lico financiados por ONG mientras condena a otras ONG “sin sopesar para nosotros, en la misma p谩gina, el trabajo que pueden haber hecho otras organizaciones sin 谩nimo de lucro”. Sin embargo, lo que en realidad escribi贸 Roy fue que “las ONG corporativas o fundaciones son la forma que las finanzas globales utilizan para comprar los movimientos de resistencia, literalmente como cuando los accionistas compran acciones de empresas y luego tratan de controlarlas desde dentro”. Operando como “puestos de escucha”, alejan a artistas, activistas y cineastas de la confrontaci贸n radical, “llev谩ndolos por el sendero del multiculturalismo, la igualdad de g茅nero, el desarrollo comunitario”, vendajes para las heridas dejadas por la privatizaci贸n. A帽ade, finalmente, que le ofende que “la transformaci贸n de la idea de justicia en industria de los derechos humanos haya sido un golpe conceptual en el que las ONG y las fundaciones han desempe帽ado un papel crucial”.

Es t铆pico de un periodista de cierta tendencia, a menudo liberal, rellenar sus columnas con distorsiones sobre los escritores de izquierda. Pero a pesar de que algunos encuentren que su ira descalifica en gran medida su obra (los editores de Subramanian suavizan esa malinterpretaci贸n con “La ira prof茅tica de Arundhati Roy”), el trabajo de Roy me parece un acto de amor cr铆tico. Ella est谩 tratando de salvar vidas, como lo har铆a en una pandemia. Hace que el n煤mero de los que sufren sea menos abstracto, incluso m谩s peque帽o. Como escritora, como novelista, a menudo me pregunto si el intento de ser siempre precisa, de tratar de atenerme exactamente a los hechos, de alguna manera reduce la escala 茅pica de lo que realmente est谩 sucediendo… Me preocupa que permitiera que me encarrilaran para ofrecer una precisi贸n prosaica y objetiva, cuando quiz谩s lo que necesitemos sea un aullido salvaje o el poder transformador y la precisi贸n real de la poes铆a. Algo de la naturaleza astuta, brahm谩nica, intrincada, burocr谩tica, dependiente de archivos, de “solicitar-todo-por-los-canales-adecuados” para entender la naturaleza del gobierno y la subyugaci贸n en India parece haberme convertido en una administrativa. Mi 煤nica excusa es decir que se necesitan herramientas singulares para descubrir el laberinto de subterfugios e hipocres铆a que oculta la insensibilidad y la fr铆a y calculada violencia de la nueva superpotencia favorita del mundo.

En otras palabras, la ansiedad de Roy por saber ad贸nde le ha llevado su coraz贸n obsesivo est谩 presidida por una pregunta originaria: 驴Qu茅 puede informar o decir ella para hacer que los que est谩n en el poder dejen de hacer trampas en matem谩ticas y de matar? 驴Qu茅 hacer para que los ac贸litos de quienes est谩n en el poder, en los medios, dejen de obrar al servicio de los de arriba? 驴De cu谩ntas maneras deber铆a recrearse para lograrlo?

La escritora falaz

Roy recuerda una an茅cdota divertida y elocuente sobre la obnubilaci贸n moral de algunos de sus cr铆ticos durante una estancia en la ciudad de Nueva York. Una vez se le acerc贸 un hombre que la reconoci贸. Aunque ella trat贸 de esquivarle sabiendo lo que se avecinaba, finalmente admiti贸 qui茅n era. 脡l dej贸 claro que la desaprobaba totalmente por todas sus cr铆ticas a India. Sin embargo, no pudo articular de inmediato con qu茅 no estaba de acuerdo, murmurando algo sobre Cachemira. Pero entonces sali贸 la palabra de su boca; le dijo que era falaz. Esto la sorprendi贸. Respondi贸 vagamente que estaba equivocado, que sus cr铆ticas a la violencia del Estado indio en lugares como Gujarat y Cachemira eran claras y sin paliativos, lo opuesto a falaces. Finalmente, ella comprendi贸 que 茅l no sab铆a lo que significaba la palabra y se lo explic贸. 脡l repiti贸 la palabra, esperando que su significado se estirar谩 lo suficiente para englobar su cr铆tica instintiva a su falta de patriotismo. “Pero no importa”, la interrumpi贸. “驴Por qu茅 preocuparse por el vocabulario? Ven, hazte un selfie conmigo.” “Ahora eso”, dijo ella, “esto s铆 que es falaz”.

Cuando Arundhati Roy argument贸 en un discurso de 2010 que Cachemira hist贸ricamente no formaba parte de India, la secci贸n femenina del fascista BJP, que encontr贸 intolerable esta visi贸n, acamp贸 frente a su casa, exigiendo que retirara su declaraci贸n o que “se fuera de India”. La derecha india difundi贸 supuestamente un PDF de su novela de 2017, El ministerio de la felicidad suprema, presumiblemente para privarla de sus ingresos como autora al proporcionar un ejemplar gratuito a quienes de otro modo podr铆an verse tentados a comprar el libro.

Como ciudadano no indio de un pa铆s al que le encanta denunciar la censura en el extranjero mientras la practica a su manera en casa, yo no deber铆a exagerar su persecuci贸n. Si bien su trabajo ha sido profundamente distorsionado por algunos adversarios en India y otros lugares, es lo que les sucede a los progresistas. Tiene m谩s lectores de sus novelas y ensayos en todo el mundo que la mayor铆a de escritores y escritoras. De modo que el hecho de que Haymarket Books, con sede en Chicago, haya recopilado sus ensayos ofrece a los lectores la oportunidad de familiarizarse con la amplitud de las luchas en las que Roy se ha sumergido durante 25 a帽os y que informan sus novelas. Roy, la ensayista, encarna la impiedad legalista, pero humanista, de una defensora p煤blica, el ingenio y los juegos de palabras de una poeta, una camarada que no da por sentada la injusticia.

jacobinmag.com. Traducci贸n: vientosur




Fuente: Lahaine.org