March 10, 2021
De parte de Nodo50
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Pobreza en un hogar de Valencia. PEDRO ARMESTRE / SAVE THE CHILDREN

Si crees que esta es una d茅cada loca y que estamos a punto del colapso, es que no has o铆do hablar del siglo XIV. Las grandes hambrunas causadas por el fin del periodo c谩lido medieval se juntaron con varias guerras, como la de los Cien a帽os, y enfermedades, como la peste negra, para provocar una cat谩strofe demogr谩fica en Europa. Hubo regiones que perdieron el 80% de su poblaci贸n

La epidemia lleg贸 a Inglaterra a mediados de siglo, cuando el pa铆s llevaba cincuenta a帽os de guerra por el trono de Escocia y diez contra Francia por otra cuesti贸n din谩stica. Adem谩s de una disminuci贸n de los ingresos de los se帽ores, el declive demogr谩fico hab铆a provocado una inflaci贸n de los salarios. Los terratenientes no pod铆an decir a los jornaleros: tengo cien como t煤 esperando en la puerta. Como siempre que hay problemas, hubo que reanimar la mano invisible. El Estado siempre es el titiritero del mercado.

El rey Eduardo III promulg贸 la Ordenanza de los trabajadores (1349) y el Estatuto de los trabajadores (1351). Como es f谩cil adivinar, no se parec铆an a las leyes de similar nombre que tenemos hoy, pero es interesante mirar atr谩s porque la historia tiene hilos que llegan hasta nosotras. Cambia la puesta en escena, pero la trama permanece. Adem谩s de establecer un salario m谩ximo reducido, se obligaba a trabajar a todas las personas disponibles, varones y mujeres, y establec铆a restricciones y castigos a quienes no acatasen la norma. Lo primero provoc贸 una revuelta campesina en 1381, pero nos interesa el segundo y el tercer punto porque forman la base de la futura regulaci贸n sobre la pobreza: trabajo forzado y confinamiento territorial. En los siglos XV y XVI, la principal opci贸n fue el punitivismo para quienes no lo cumplieran: ocultamiento (cepo o prisi贸n), se帽alamiento (marcas en la ropa, la piel o la perforaci贸n de la oreja) o castigo f铆sico (azotes o pena de muerte para los mendigos y vagabundos reincidentes). Se consideraba que el ocio era el origen de los vicios y solo pod铆an pedir los ancianos, los enfermos o las personas con discapacidad.

Esa distinci贸n tambi茅n est谩 en la base de la ley de pobres castellana o ley Tavera, promulgada en 1540. La regla obligaba a los pobres a no alejarse m谩s de 30 kil贸metros de su ciudad y, para poder mendigar dentro de la misma, adem谩s de comulgar con regularidad, ten铆an que pasar anualmente un examen de naturaleza para distinguir los pobres verdaderos de los falsos; es decir, los que pod铆an trabajar, pero no se esforzaban bastante por encontrar un oficio, distinci贸n que a煤n puede o铆rse en las tertulias televisivas. La ley castellana y el debate que provoc贸 tuvieron un recorrido limitado porque la Reforma se extendi贸 y las reformas sociales 鈥揷ualquier novedad, en general鈥 sonaban a protestantismo. No se pod铆a privar a nadie de la bendici贸n de ejercer la caridad ni de toda la capacidad disciplinante que permite su discrecionalidad.

En Inglaterra, el punitivismo dej贸 paso a la caridad por las circunstancias. En 1601, la reina Isabel I, en guerra con Espa帽a, promulg贸 la primera Ley de Pobres oficial para evitar revueltas internas por la sucesi贸n de malas cosechas y el declive de las instituciones vinculadas a las 贸rdenes religiosas, como monasterios o cofrad铆as, que desempe帽aban una cierta labor asistencial. La ley estableci贸 un sistema de ayudas (comida, vestimenta o le帽a) a cargo de las parroquias, que ten铆an una relaci贸n de pobres locales. La movilidad estaba prohibida. En el registro, se distingu铆a a las personas con permiso para mendigar (ancianos, enfermos y discapacitados) y los circunstanciales, obligados a desempe帽ar un oficio o, incluso, a establecerse en un asilo o workhouse, centros que combinaban la represi贸n con la formaci贸n. Incluso, las familias se separaban para evitar que se heredasen los malos h谩bitos, algo que ser谩 familiar a cualquier aficionado al cine de Ken Loach.

A finales del XVIII, las malas cosechas y las guerras napole贸nicas provocaron un aumento de las ayudas y se instituy贸 un nuevo tipo de subsidios directos. El m谩s famoso fue el acordado por los jueces del condado de Berkshire, reunidos en Speenhamland. Sus destinatarios eran las familias cuyos ingresos estuvieran por debajo de lo que hoy llamar铆amos el coste de la vida y que, entonces, se vinculaba al precio del pan. Es decir, hablamos de un complemento para los trabajadores pobres que provoc贸, por ejemplo, un descenso en los jornales. Un saludo a la nueva econom铆a. 

La mayor铆a del sistema fue abolido en 1834. La industrializaci贸n necesitaba nuevos trabajadores y la desaparici贸n de las estructuras de ayuda, junto con los cercamientos de las tierras comunales y el mantenimiento de los castigos para el movimiento rural, fue clave en la emigraci贸n hacia las ciudades. La asistencia qued贸 para casos extremos. El punto final tard贸 en llegar. Las Leyes de Pobres fueron abolidas en 1948 con la promulgaci贸n de la Ley de Asistencia Nacional. El sistema discrecional de reparto directo fue sustituido por un modelo institucional de redistribuci贸n: derechos sociales reconocidos en la ley, trabajo/salario e impuestos. Dur贸 unos treinta a帽os. 

A partir del gobierno de Margaret Thatcher, el modelo de redistribuci贸n indirecta comenz贸 a ser desmantelado. Los derechos sociales comenzaron a limitarse y los impuestos dejaron de ser directos y redistributivos. Los problemas sociales volvieron a ser considerados como cuestiones individuales que pod铆an ser atenuadas con una acci贸n discrecional a trav茅s del reparto directo, algo que no hab铆a dejado de hacerse en otros pa铆ses, como Estados Unidos. No exist铆a contexto ni un an谩lisis global. No se pod铆a situar la causa de la pauperizaci贸n en un modelo econ贸mico porque este funcionaba perfectamente y daba las mismas oportunidades a todas las personas. Los 茅xitos eran consecuencia de las buenas decisiones y los fracasos, de las malas.  

Poco a poco, el resto de Europa asumimos el modelo anglosaj贸n basado en la desigualdad. Fue algo transversal. El socioliberalismo ocup贸 el lugar de la socialdemocracia y, asumiendo la derrota de la guerra fr铆a, tambi茅n aplic贸 el plan del vencedor: sustituci贸n de los impuestos proporcionales y redistributivos por el antiguo modelo de tasas directas, limitaci贸n de derechos sociales (vivienda, sanidad, educaci贸n o pensiones) a trav茅s de la individualizaci贸n, disoluci贸n de los instrumentos colectivos, liberalizaci贸n y financiarizaci贸n de la econom铆a, privatizaci贸n de las empresas p煤blicas, respaldo institucional al mercado privado y, por 煤ltimo, un sistema asistencial para los casos m谩s extremos, una labor que pasa del terreno pol铆tico al moral a trav茅s de ciertos mecanismos que recuerdan a las Leyes de Pobres. Por ejemplo, la necesidad de identificarse como tal a trav茅s de ciertos eufemismos como vulnerable o la terrible burocracia, muchas veces culpabilizadora. El libro Silencio administrativo, de Sara Mesa, lo explica muy bien.  

Como sostiene el soci贸logo Jean-Pierre Garnier, la izquierda ha cambiado explotaci贸n por exclusi贸n. Es decir, ha dejado de centrarse en el modelo para tratar de atenuar sus consecuencias. Resistir y asistir. Por ejemplo, la principal respuesta de todos los gobiernos, este, el anterior y el anterior, a las subidas del precio de la energ铆a se centra en crear bonos o ayudas para consumidores vulnerables. Sucede lo mismo con la vivienda. Son pol铆ticas de letrero grande y puerta peque帽a que provocan una enorme frustraci贸n, ya que los anuncios vistosos, como la prohibici贸n de los desahucios, suele contradecirse con la realidad cotidiana. Es probable que, en unos a帽os, veamos la importaci贸n de los cupones de comida.

Evidentemente, no se trata de eliminar ma帽ana todo el sistema de ayudas, que incluso deber铆an ser ampliadas, sino comenzar a cambiar la mirada y volver a plantear modelos econ贸micos, sociales y pol铆ticos. Dejar de resistir y realizar propuestas que consideren la vivienda o la energ铆a bienes sociales como, de momento, son la sanidad o la educaci贸n. Ser谩n tachadas de peligrosas o absurdas y alguna organizaci贸n realizar谩 un estudio apocal铆ptico. Da igual. 

Hay que abrir debates y, sobre todo, dejar de pensar en el pasado y mirar al futuro, como propone Layla Mart铆nez en Utop铆a no es una isla: 芦Imaginar futuros peores nos ha quitado la capacidad de pensar en un porvenir mejor禄. La esperanza ha sido siempre una base del pensamiento de izquierda y afecta a cuestiones como la organizaci贸n y los objetivos, donde todo se somete al ciclo electoral. Si alguien dice representar al 99% de la sociedad, no puede estar constantemente resistiendo en las periferias. Tiene que plantear un proyecto para el conjunto, dibujar un horizonte al que sabemos que no vamos a llegar. Nunca ha importado. 




Fuente: Lamarea.com