December 5, 2020
De parte de Oveja Negra
287 puntos de vista

Otra semana más proponemos una pequeña reflexión sobre pequeñas cosas cotidianas. Si la otra semana fue una pintada en la pared lo que nos inspiró, esta vez lo ha sido una propaganda de una compañía telefónica.

En el contexto de la actual pandemia, me fijé en que, al encender mi teléfono móvil, recibía hasta no hace mucho una sutil sugerencia, supongo que de la compañía telefónica: no seamos cómplices, decía, del virus, se sobreentiende. Esta palabra ‘cómplice’ me hizo recordar inmediatamente la imagen de los cómplices de los totalitarismos de antaño, como aquellos, cuyos nombres y apellidos aparecían en los periódicos soviéticos como muestra de la ejemplaridad en la lucha y la denuncia de los enemigos del pueblo o del poder soviético, y de los cómplices de estos tiempos de totalitarismos mucho más progresados y emblandecidos, donde la mayoría siempre actuamos en complicidad con el sistema. Eso sí, por supuesto, no nos avergonzamos demasiado por hacerlo, porque se nos ha hecho pensar que lo que es bueno para el sistema, o para el dinero, es también bueno para nosotros, así que ¿quién no se va a quejar del mal estado de las autopistas que han invadido nuestras ciudades y pueblos para someterlos al imperio de la “vida” motorizada? Lo raro es que alguien se queje de la conversión de nuestras ciudades y pueblos en ríos de asfalto para la circulación del automóvil. Y es que, efectivamente, la conversión de uno en un conductor es acompañada por la imposición del deseo de tener un coche y unas pistas de la mejor calidad posible.

En fin, ¡ay de aquellos que aún creen en fantasmas como lucha de clases y cosas por el estilo! Ese ‘no seamos cómplices’ en la pantalla de un teléfono móvil vuelve a recordarnos que la sociedad de clases ha dado paso no a la sociedad sin clases, que deseaban tanto los marxistas como los anarquistas, sino a una sociedad de masas. Desde hace tiempo ya no somos más que una masa de individuos fácilmente maleables y nuestros enemigos ya no son enemigos de clase, pues, desde que estamos en la democracia más o menos progresada o, peor aún, en el camino irreversible hacia ella (como en este estado peruano), todos, se nos dice y se nos asegura, estamos del mismo lado y tenemos enemigos externos que amenazan no a una clase, como la trabajadora, sino que amenazan a la sociedad en conjunto, al Bienestar y al Desarrollo o a la Humanidad. Desde que la clase se ha vuelto una abstracción obsoleta, estamos presos de abstracciones más actuales como la de la ciudadanía o los españoles, los vascos o los peruanos o la humanidad entera, y todos, los desempleados y los ejecutivos de los ministerios y de las grandes empresas, tenemos que hacer un mismo frente contra aquello que amenaza a otras abstracciones como “salud pública” o, más a menudo, “la casa común”. En verdad, efectivamente, desde la globalización de la economía podemos decir que más o menos todos hemos de enfrentar problemas que nos afectan ya independientemente de nuestras fronteras (sean del tipo que sean), como, por ejemplo, el mismo calentamiento global. Pero, claro, aquí no es esto lo que estamos atacando, sino que nos horrorizamos de esta pretensión que se tiene de hacernos creer que no hay ningún conflicto entre el Estado y el Capital, por un lado, y la vida y lo que quede de vivo en nosotros, por el otro, de que se nos quiera hacer completamente estatales, completamente capitales, de que se quiera reducir nuestra vida al Trabajo (o, en su defecto, a su búsqueda desesperada) y que nos creamos del todo que lo que es bueno para estos entes, Estado y Capital, es bueno también para nosotros. Parece ser que el reforzar esta imagen de enemigos que nos amenazan a todos, como, por ejemplo, este virus o el propio calentamiento global, les sirve para enraizar aún más esta identificación entre un individuo de la masa con estos entes, con los ministerios y las bancas y las empresas, y para que esta forma de sufrimiento bajo su dominio aparezca aún más natural. Cuando aparece, por lo tanto, un virus como este, ellos tienen que hacer este trabajo de persuasión, de que tenemos un enemigo común, pero, en cambio, ya no les es necesario persuadirnos positivamente de ser cómplices con el sistema de la misma manera, con mensajitos tipo ‘sé cómplice’, pues ya cuentan con que lo seremos sin que nadie tenga que decírnoslo así, de forma tan descarada. ¿Para qué me van a poner ‘sé cómplice’ si ya utilizo su línea telefónica y recibo todos los días su publicidad?

Sería magnífico, de todas formas, que esta recomendación tan cívica y tan bienintencionada se topara con las mentes y los espíritus aún algo más sanos y que comprendieran ese ‘no seamos cómplices’ como lo que esta frase debería sugerir a cualquiera nada más verla: no ser cómplice del Estado y del Capital en la medida de nuestras posibilidades, ser pésimos clientes de la Banca y unos súbditos irresponsables del Estado.




Fuente: Ovejanegrarevista.wordpress.com