July 1, 2021
De parte de Nodo50
150 puntos de vista


En el verano de 1965, con un año sabático por delante, me instalé en Granada con mi mujer y nuestra hija de catorce meses.  Proyecto:  acabar in situ mi tesis doctoral sobre las raíces rurales de la obra de García Lorca. Después de tres meses caminando por la Vega natal del poeta, hablando con la gente de campos y pueblos y hurgando en archivos, abandoné aquella empresa inicial, impelido por la perentoria necesidad de ahondar en las circunstancias del asesinato del autor de Bodas de sangre a manos de los fascistas locales al inicio de la Guerra Civil. Y es que había ganado la confianza de varios republicanos granadinos castigados por el régimen. Me convencieron de que casi era mi obligación moral contarle al mundo, con pelos y señales, la organización de la brutal represión impuesta a la ciudad durante y después de la contienda. O sea, el contexto de la desaparición del poeta, además de la investigación en profundidad de la misma.  Comprendí que no había vuelta atrás.

La tarea me llevó cinco años. Escribí el libro en inglés pero, al ser un perfecto desconocido sin contactos personales en el ámbito literario londinense –vivía todavía en Irlanda–, no interesó a nadie, y el manuscrito me fue devuelto una y otra vez. Finalmente, al tanto de que había en París una editorial antifranquista, Ruedo Ibérico, que publicaba a Hugh Thomas, Gabriel Jackson y Herbert Southworth, entre otros muchos, le escribí al último, cuyo El mito de la Cruzada de Franco me había fascinado. Resultó ser un norteamericano amabilísimo, leyó el libro y se lo recomendó calurosamente al director de Ruedo Ibérico, José Martínez. Este se comprometió enseguida a publicarlo en una versión española supervisada por mí. El proceso fue laborioso y el libro, con una llamativa fotografía en su portada del dantesco osario del cementerio de Granada, abierto al cielo, se editó en julio de 1971.

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Portada del libro de Ian Gibson.

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Portada del libro de Ian Gibson.

Hace unos días, al salir conmovido del trabajo de Juan Diego Botto en Una noche sin luna, en el Teatro Español, el mejor homenaje a Lorca imaginable, caí de repente, y casi con escalofrío, en que mi libro sobre el asesinato del poeta se editó hace exactamente 50 años. Recordé mi emoción al recoger entonces la caja de ejemplares que me esperaba en Hendaya, y las artimañas que empleamos en taparlos lo mejor posible en el  coche, antes de cruzar la frontera.  La noticia de su publicación no había llegado todavía a España, pero los libros de “Ruedo”, como se conocía familiarmente, eran muy perseguidos por el régimen, con los oficiales de aduanas siempre al acecho, y había que andar con cuidado. Por suerte no pasó nada y, durante las siguientes tres semanas, fui regalando ejemplares a numerosas personas alrededor del país que me habían ayudado de alguna manera con mis pesquisas.   

Ruedo Ibérico tenía una red de distribución clandestina en España, arriesgada para quienes colaboraban con ella, y me consta que para aquel otoño ya llegaban miles de ejemplares del libro al país. Pero lo más grande fue cuando, al verano siguiente, y gracias en gran medida a los buenos oficios de José Ángel Ezcurra, director de la revista madrileña Triunfo, el libro fue galardonado por nueve importantes periódicos europeos con el Premio Internacional de la Prensa en Niza. La publicidad fue enorme y se contrataron no sé cuántas ediciones en otros idiomas, entre ellos el inglés. Empezaron a aparecer comentarios en España. No puedo olvidar uno en Abc, de José María Pemán, nada menos, en que alegaba –era mentira– que el libro le había revelado lo que no sabía, o sea que el poeta fue fusilado “erróneamente” por los sublevados y no por un grupo de “incontrolados”. Años después, el exministro José Solís, “la sonrisa del régimen”, me explicó –sí, con una sonrisa– que no tuvieron más remedio que prohibir el libro en un consejo de ministros.  Me hizo muy feliz saber que había incomodado tanto al Gobierno. 

Todo esto suena tal vez a presunción. Pero no lo es; lo que experimento es una gratitud inmensa al haber podido dedicar gran parte de mi vida a investigar la vida, obra y muerte de uno de los más preclaros poetas y dramaturgos españoles de todos los tiempos, un escritor siempre consciente, además, del sufrimiento de sus semejantes. Juan Diego Botto, con Una noche sin luna, me ha hecho revivir con intensidad muchos momentos de mis indagaciones, lecturas, encuentros y conversaciones en torno al escritor granadino, y sentir otra vez el enorme privilegio de haber podido escuchar las reminiscencias al respecto de Salvador Dalí, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Francisco e Isabel García Lorca, Andrés Segovia, Dámaso Alonso y tantos otros testigos aquí, en Cuba, en Nueva York, en Buenos Aires. La  lista sería interminable.

Recomiendo a quienes lean estas líneas que no se pierdan, si es posible, el milagroso trabajo de Botto y de su director, Sergio Peris-Mencheta. Trabajo tan absolutamente actual, tan relevante, tan inspirado, tan comprometido, que da ganas de llorar por España: después de Camboya, el país que tiene todavía en fosas comunes y cunetas a más desaparecidos (alrededor de 115.000), entre ellos al gran Federico. Y, para colmo, unas derechas que se niegan a admitir la radical criminalidad de la dictadura de Francisco Franco.

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Ian Gibson (Dublín, 1939) es hispanista.




Fuente: Ctxt.es