January 3, 2021
De parte de SAS Madrid
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La 煤ltima noche del 2020 en el sector seis, sin electricidad desde hace tres meses. El ruido de los grupos electr贸genos solo se rompe con los petardos tras las campanadas.

Un rumor recorre la Ca帽ada Real. Circula en boca de ni帽os y mayores, gitanos y marroqu铆es. Cobra fuerza en las calles embarradas y se filtra por el interior de cada casa. Salpica a Naturgy, la empresa concesionaria del suministro el茅ctrico, e incluso a la presidenta regional Isabel D铆az Ayuso. El runr煤n dice que la luz vuelve el primero de enero al mayor asentamiento irregular en Europa. Lo dicta el sentido com煤n: nadie cree que 1.800 menores puedan pasar as铆 m谩s de tres meses. Se dir铆a que los acontecimientos, sin embargo, sugieren lo contrario.

鈥擭o parar谩n hasta que muramos congelados.

Yusef tiene 20 a帽os, trabaja en la incineradora de basura de Valdemingomez y vive con sus padres y hermanos. Es el 煤ltimo d铆a del a帽o y el joven鈥攄esgarbado y miope鈥 espera apoyado en un poste al compa帽ero que le llevar谩 al trabajo en coche. En la Ca帽ada pocas familias celebran la Navidad, se帽ala. Primero, porque muchas de ellas son musulmanas y usan el almanaque isl谩mico que comienza el 16 de julio del 622 d. C en el calendario gregoriano. Segundo, por el desplome de los 谩nimos: “Sin luz pierdes las ganas de todo porque el fr铆o paraliza”. Excepto por los fuegos artificiales, en la Ca帽ada no se celebra la Nochevieja.

Muchas familias espa帽olas se marchan a otros barrios y pueblos donde festejar estas fechas con las comodidades que se le presuponen. No as铆 las de origen magreb铆. La casa familiar de Yusef, levantada hace dos d茅cadas, se halla junto a la mezquita del sector seis, el m谩s afectado por unos cortes que comenzaron en octubre. Las autoridades vinculan lo sucedido a los picos de tensi贸n el茅ctrica que ocasionan las plantaciones interiores de marihuana. En el primero de los seis kil贸metros de esta zona, perteneciente al distrito de Villa de Vallecas de la capital, se alarga un poblado de la droga que proyecta su sombra sobre toda la Ca帽ada. El asentamiento brota por entre los desechos y a partir de la autov铆a A-3.

No resulta extra帽o encontrar a toxic贸manos deambular, como aturdidos, por los alrededores. A partir de la mezquita las chabolas desaparecen. Las casas encaladas y rematadas con hojalata se esparcen en l铆nea recta a cada lado del camino. “Lo que m谩s me gusta del trabajo es ducharme con agua caliente”, gesticula Yusef. Los empleados tienen ba帽os a su disposici贸n porque gestionan residuos t贸xicos. 脡l exprime esos minutos de disfrute porque desconf铆a de los rumores. “La gente necesita esperanzas para vivir. Por eso surgen mitos sobre que la luz vuelve el d铆a uno de enero. Pero yo no soy tonto”, relata con suficiencia. El coche de su amigo se detiene unos instantes, Yusef se sube y ambos ponen rumbo hacia la niebla espesa.

Al contrario que Yusef, los chavales disfrutan estos d铆as de vacaciones escolares. Por unas semanas han desaparecido los autobuses que tanto colegios como institutos fletan para recoger al alumnado de la Ca帽ada. Quien no trabaja, estudia. “Nuestra cultura dicta que debemos esforzarnos”, sentencia Omaima, de 19 a帽os y al frente de una tienda de comestibles que regenta su padre. El blanco y el azul confieren al local un aspecto rife帽o. Lo que m谩s se vende antes de Nochevieja son los petardos. Por la carretera repleta de baches los m谩s peque帽os van y vienen con sus bicicletas. Alg煤n adolescente hacer rugir su quad al cruzarse con conocidos:

鈥 隆Esta noche los fuegos artificiales de la Ca帽ada se van a ver desde la luna!

鈥 隆A las doce nos vemos abajo!

Con el atardecer emerge un zumbido de los generadores y motores de gasolina que, conectados a un transformador, permiten la conexi贸n a Internet y conceden algunas horas de luz antes de irse a la cama. Pedro Marcos, de 47 a帽os, acaba de encender el suyo para darse una ducha y acicalarse de cara a esta noche. Tambi茅n ha colocado una estufa de le帽a en la sala de estar. Para instalar la chimenea hubo de abrir un boquete en el muro exterior. Este constructor jubilado cenar谩 hoy con una de sus hijas en Vallecas. Podr谩 seguir la retransmisi贸n de las doce campanadas y celebrar el nuevo a帽o con carne asada: “Llevo empadronado aqu铆 m谩s de 30 a帽os. Solo quiero un contador y pagar la luz”.

La Ca帽ada se origin贸 a finales de los setenta gracias a cables y estacas con los que se delimitaron las parcelas, como sucedi贸 en otros muchos barrios de la capital. La urbanizaci贸n se qued贸 al margen del intento de regularizaci贸n que efectu贸 la corporaci贸n municipal del socialista Joaqu铆n Leguina en 1985. Se da la paradoja de que las viviendas carecen de c茅dula de habitabilidad, pero durante una d茅cada sus moradores pagaron el Impuesto sobre Bienes e Inmuebles (IBI), “hasta que un d铆a se negaron a seguir cobr谩ndolo”, asegura Pedro. La luz y el agua de su vivienda est谩n pinchadas al suministro general.

脡l mismo realiz贸 la instalaci贸n, como levant贸 cada piedra de este lustroso chal茅 que se ha convertido en una c谩rcel. Todas las fuerzas pol铆ticas de la regi贸n firmaron un pacto en 2017 por el que, en alg煤n momento a煤n indeterminado, se realojar谩 a los 2.900 vecinos del sector seis. Pedro est谩 dispuesto a irse: “Si no me he muerto antes”. El acuerdo tambi茅n hablaba de “garantizar a los ciudadanos de Ca帽ada Real un adecuado suministro de energ铆a el茅ctrica”, a trav茅s de un plan de rehabilitaci贸n de la red que nunca ha terminado de implantarse. Mar铆a, esposa de Pedro y abuela de cuatro criaturas, acerca sus manos al acero incandescente de la estufa:

鈥擸o no puedo vivir as铆. Si los rumores son infundados y seguimos sin luz, este mes me ver茅 obligada a ocupar un piso.

Una caravana de veh铆culos enfila la salida de la Ca帽ada. Entre ellos est谩 el de Pedro y Mar铆a. La oscuridad se los traga y aparecen en la autov铆a tan solo unos minutos despu茅s. Los faros de los coches se reflejan en cada charco e insin煤an sombras y las siluetas de los edificios. Los vecinos se reconocen unos a otros solo cuando sus frentes est谩n ya a punto de chocarse. En el interior de una casa, los hermanos Walid y Mouad, de 19 y 15 a帽os, apuran la sopa y no le quitan ojo a un canal de televisi贸n marroqu铆. Sin suministro el茅ctrico el recetario se reduce. Comen verduras a la plancha y caldos. Nada de horneados ni guisos que requieran mucha cocci贸n.

El mayor de los hermanos estudia un grado medio de electricidad, mientras que el menor termina la secundaria en un instituto de Rivas. Suelen hacer los deberes con velas hasta que llega su padre y enciende el motor un par de horas. 鈥淎lgunas ma帽anas les da verg眉enza ir a clase sin ducharse鈥, asegura la madre, sentada en el sof谩 y envuelta en dos mantas de felpa. Junto a ella se encuentra su hermana, t铆a de los chavales, quien carece de un coche, motor o estufa de butano con los que calentarse sola. La falta de electricidad ha transformado hasta las costumbres m谩s mundanas.

Pirotecnia a medianoche

La familia vivi贸 hasta el 2001 en el barrio de Lavapi茅s. Entonces el c茅ntrico piso se qued贸 peque帽o para criar a un segundo hijo. Compraron y arreglaron su actual hogar por unos 30.000 euros, porque otros familiares les recomendaron la Ca帽ada. Repasando el presente, se arrepienten de aquella decisi贸n. La madre se帽ala la ropa del tendedero 鈥攓ue lleva colgada tres d铆as, pero sigue h煤meda鈥 y se lamenta: 鈥淪olo espero que ma帽ana tengamos luz. Voy a volverme loca si sigo escuchando el ruido de los motores. Me estoy medicando para poder dormir. Quiero que busquemos un piso en pueblos baratos como Tielmes o Villaconejos鈥.

En la calle los j贸venes explotan los primeros petardos y tracas. A las azoteas se asoman las madres con sus batas. Jalean y aplauden los torbellinos, volcanes, meteoros, intermitentes, farfallas y silbatos que chisporrotean por toda la Ca帽ada. El primer signo festivo del d铆a llega casi a las 12 de la noche. El estallido de la p贸lvora abre un agujero de color en medio de la oscuridad. Walid y Mouad pegan un gran salto cuando un artefacto cae bajo sus pies. Los chavales corren unos detr谩s de otros con bengalas y otros artefactos explosivos. Aquellos de mayor envergadura asoman por encima del poblado de la droga. Ha llegado el nuevo a帽o, pero nadie parece reparar en la hora. Pasada la medianoche, la Ca帽ada permanece a oscuras.

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Fuente: Sasmadrid.org