May 12, 2021
De parte de ANRed
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Foto: Gladys madre de Carolina Ledesma

Las muertes por femicidios se nos presentan en los medios de comunicación como estadísticas. Se cuantifica cuantas mujeres, lesbianas, trans y travestis son asesinadas por horas. Sin embargo, estas pérdidas no pueden simplemente convertirse en números, que a pesar de su importancia, las historias que se apagan son mayores que esos números que espejan. Cada duelo es único y la pérdida de cada piba inconmensurable. A días de comenzar la segunda audiendia por el femicidio de Carolina Ledesma, dialogamos con Tamara Kallsen, militante feminista que acompaña a la familia de la víctima en el camino para hallar justicia. Por ANRed


El 18 de Febrero del 2019 Carolina Ledesma fue asesinada por quien era entonces su pareja, Ángel Andrada, en Ingeniero Budge, Lomas de Zamora. La joven tenía 21 y era madre de dos niños. En el momento de su asesinato estaba embarazada de tres meses.

La muerte de Carolina, suma a la larga lista de mujeres, lesbianas, trans y travestis asesinadas como consecuencia de la violencia machista. Pero cada historia no puede convertirse simplemente en estadística, porque a pesar de la importancia de los número, cada muerte es un duelo único, no es un simple número, una sumatoria, sino una cantidad de inconmensurables pérdidas.

ANRed entrevistó a Tamara Kallsen, militante feminista integrante de la Colectiva Tatagua, quienes acompañan a la familia de Carolina, en la búsqueda de justicia tras su muerte.

Desde que comenzó la lucha por exigir justicia por Carolina ¿Cuál ha sido el recorrido hasta llegar al juicio?

Fue un camino muy áspero que transitar. Desde nuestro lugar, intentando acompañar a la mamá y hermanas de Caro, siempre intentamos manejarnos desde el mayor de los respetos, en los tiempos, en las acciones, bancando el sinfín de emociones que iban surgiendo a cada paso. Nos encontramos con una familia super golpeada, que a la vez de tener que atravesar los momentos que le siguen a la muerte de un ser querido, como el velorio, el entierro, los días posteriores de mucha tristeza, se le sumaba que esa muerte había sido producida en manos de quien decía amarla, su ex pareja. La bronca e impotencia ante la injusticia de que una persona decidiera por sobre la vida de Caro, nublaba todo lo demás, la cotidianidad del alrededor que seguía su curso. ¿Y ahora qué? ¿Dónde está el asesino? ¿Quién está investigando el femicidio?, ¿Qué pruebas se recolectaron?,¿qué testimonios?, eran algunas de la catarata de preguntas que invadían tanto a su madre, como a quienes tomábamos en ese momento la decisión de acompañarla en este camino. Las primeras visitas a la fiscalía, tomaban declaración a distintos miembros de su familia. Luego un silencio institucional. La madre de Caro en días de desesperación arrancaba temprano para la UFI, donde encontraba vueltas, respuestas poco claras, tratos carentes de empatía que necesitaba una madre de una víctima de femicidio. Aprendimos que sola nunca más, a los tribunales íbamos en manada. Fuimos aprendiendo en la práctica qué decir, qué preguntar, a quién, cuando nos estaban pateando de un lado al otro, cuando había que posicionarnos más firmes para obtener las respuestas que buscábamos. Nos convencimos de que la grupalidad en esas instituciones generaba otra fuerza que les era mucho más difícil de aplacar. También nos hemos encontrado con trabajadoras que empatizaban, que entendían la desesperación, el miedo, la angustia que estaba sintiendo la familia, y desde su lugar intentaban transmitir la amorosidad posible, para calmar el dolor latente.

Mientras íbamos aprendiendo el paso a paso del poder judicial, y a movernos con más soltura, el dolor se hacía cada vez más fuerte, la perdida más sentida, y había que seguir construyendo formas de poder atajar todo lo que existía por detrás de un titular: niñeces sin su hermana mayor, les hijes de Caro preguntando donde estaba su mamá, salir a ganarse el mango para sostener a la familia siendo única sostén del hogar.

Ante el reclamo a las diferentes secretarías del municipio para que aporten lo que correspondía para que se aliviara en algunos aspectos la vida de esta familia, la respuesta era más burocracia, más trámites, más horas de dejar a les niñes al cuidado del mayor de sus hermanos, y volver a contar una y otra vez lo que había sucedido, la imperante necesidad que acudía a esta familia para que desarrollo social soltara un par de colchones y materiales de construcción.

Psicólogas que en vez de acompañar los procesos de la familia, generaban espacios revictimizantes que pisoteaban una y otra vez sus sentires. Fue necesario que nos fortalezcamos como grupo, que dividiéramos tareas y apostemos a la solidaridad colectiva para ir sosteniendo todo lo que rodeaba a la familia, que no era menos que la realidad de quienes se encuentran viviendo en barrios totalmente aplastados y desechados por el Estado, en todas sus formas. ¿Cómo iban a poder estar fortalecidos como familia para llevar hasta el final este proceso en búsqueda de la justicia para Caro, si había derechos básicos siendo vulnerados?.

Averiguamos posibles abogados patrocinadores, tiempos límites para su incorporación en la defensa de Caro y su familia. Pero una vez más se presentaban dificultades que nos sobrepasaban para poder concretar lo que nos íbamos proponiendo. Reiteramos la dificultad que implicaba que una sola adulta, mujer, trabajadora, sostén de hogar, estuviese criando y manteniendo a sus otros nueve hijos menores, y sus dos nietos. No había acompañamiento del Estado, no había padres presentes abonando cuotas alimentarias.

Al tiempo decidimos conformarnos como Campaña por Justicia para Caro Ledesma, fue en febrero de 2020, al cumplirse un año del femicidio, en la necesidad de tomar impulso para seguir sosteniéndonos en este camino, y así presionar con más fuerza a una estructura oscura y violenta que no era permeable a las necesidades de quienes allí acudíamos.

Llegó la pandemia, con ella la cuarentena y la gran dificultad para acceder a la información que debía proporcionar la fiscalía en cuanto al estado de situación de la causa. Durante cinco meses se perdió contacto con la fiscalía, la presencialidad no era posible en el edificio, el acceso a la comunicación dependía de nuestro acceso a los medios que comenzaron a disponerse para lograr el diálogo. Al lograr comunicarnos con el fiscal de juicio nos informa que la causa había sido elevada a juicio, sin fecha aún para que el debate comience. Intentábamos seguir en movimiento, estar alertas, con una pandemia encima y todo lo que implicó para la salud integral y la cotidianidad de la familia de Caro, como para nosotras este contexto.

El miedo a la posible y repentina libertad de Andrada seguía vigente como desde el primer día. Si, tenía que esperar en un penal en Magdalena el comienzo del juicio, pero, ¿cuántas historias hemos escuchado sobre femicidas/abusadores/violentos que son excarcelados sin ser notificadas las sobrevivientes?. La confianza en el poder judicial no existía, el estado de alerta era constante. Comenzaba la escuela, los controles de salud, la asistencia al espacio de recreación del barrio. Llegaba marzo y con él un mensaje del Fiscal notificándole a Gladys (madre de Carolina) que había fecha de audiencia, el 4 de mayo comenzaba el juicio por el femicidio de su hija.

Revolucionó cualquier plan de comienzo de año posible, paramos la pelota y nos reunimos para pensar todo lo que íbamos a necesitar garantizar para llegar al juicio lo más preparadas posible. Prensa para la difusión, folletería para visibilizar, diseño gráfico de todo lo que quisiéramos contar, equipamiento necesario para las actividades que elegimos sostener, cuidado de las y los pibis para el momento en el que el juicio comenzara, acompañamiento tecnológico para el contacto previo con el fiscal, con los medios de comunicación.

Llegamos a mayo con semanas de sostener actividades en tribunales, pegatinas, entrevistas periodísticas, reuniones con la fiscalía, con un gran cansancio, todo nuestro amor y el deseo ferviente de que los representantes de la justicia que tuvieran la responsabilidad de decidir el futuro del femicida, lo hicieran con la responsabilidad y respeto que la familia de Caro y quienes venimos acompañando este camino, merecemos.

¿Cómo han sido los días, meses sin la presencia de Carolina?

Ante todo duros. Muchas veces muy difíciles de transitar para su familia. La angustia y el dolor generan un manto que lo invade todo. No hay momento de alegría y felicidad plena, porque siempre surge el recuerdo de que ahí podría estar Caro compartiendo con ellas, pero recuerdan que no, y es irreversible esa ausencia. La falta generada no se llena con nada. Hay días que los recuerdos rozan más la melancolía, una sonrisa presente recordando alguna anécdota graciosa, la luz con la que, su madre cuenta, iluminaba donde esté. Pero la realidad es que son los menos, y prima la tristeza. A su vez, el mundo no frena y no hay posibilidad de parar para quien es jefa de hogar. Gladys tuvo que construir fortaleza desde las cenizas para poder seguir siendo el pilar de todas las niñeces y adolescencias que estaban a su cargo.

El llanto era escondido para que las pibis no se pusieran tristes, para que no asociaran esa tristeza a lo que sabían con claridad que estaba detrás. Caro seguía ahí presente, en las fotos sobre los muebles, en la cara de sus hermanas. Existía el recordatorio constante de que se la habían arrebatado a cada una de ellas.

Para nosotras fue a su vez, conocerla con más profundidad, hacer su historia parte de un listado de otras, de cada piba que es asesinada en manos de algún hijo sano del patriarcado. Colectivizarla significaba salir de esa individualidad de ser un número más, un caso, un número de expediente.

¿Qué pasa cuando una compañera es víctima de femicidio? ¿Además de justicia, que se busca en cada actividad callejera?

El femicidio, como expresión máxima de la violencia machista, cala bien fino y hondo en nuestras subjetividades para recordarnos, de manera disciplinadora, que sigue existiendo la impunidad necesaria para que ejerzan el control sobre nuestros cuerpos, nuestras vidas, hasta lograr incluso nuestra muerte. Es un mensaje. Nos destroza, culpabiliza. Sentíamos que no habíamos hecho lo suficiente, que si hubiésemos estado más cerca de la familia cuando Caro sufría violencia por parte de Andrada, tal vez el final de ese círculo no hubiese sido su muerte. Nos responsabilizamos porque es lo que nos enseñan, el discurso que se reproduce tantas veces que se aloja dentro nuestro: ‘’ ¿qué hizo para que le pasará esa situación?’’, ‘’¿cómo no se dio cuenta antes el entorno de Caro de que podía llegar a suceder?’’.

La responsabilidad cruzaba de lado y pasaba a ser de su familia, sus amigas, su entorno. El femicida, y todos los eslabones que siguen perpetuando los pactos de complicidad patriarcal, quedaban exentos.

Aunque todos los femicidios nos golpean, nos enervan y nos pronunciamos enfurecidas pidiendo justicia real para sus víctimas, el hecho de sentirlo tan cercano, de conocer su vida y cotidianidad a través de los relatos de su familia y amigas, genera una angustia muy difícil de describir. Nos duele Caro aunque muchas no hemos compartido más que el vínculo con sus hermanas desde nuestro trabajo como educadoras. Nos duele porque vemos en sus hermanas menores su rostro, vemos en ella a las pibas del barrio que están eligiendo hacer algo diferente a lo que se espera de quienes viven en un barrio como Fiorito. Nos atraviesa el dolor de sus hijos.

Es esa misma impotencia y dolor la que hace que juntemos las fuerzas que cada una tiene para no abandonar, para seguir contando la historia de Caro a donde vayamos, seguir mostrando su rostro y el del femicida, salir de las paredes que tapan las historias de las pibas de los barrios populares, que no se viralizan cuando no encajan en los estereotipos que los medios hegemónicos quien inflar.

Con cada acción callejera ocupamos los espacios de donde fuimos siempre desterradas, los ocupamos para incomodar. Para mostrar la cara de una piba de 20 años que fue asesinada porque todo un entramado de complicidades sigue dejando que suceda. Que los femicidios sucedan. Señalamos las responsabilidades, de la Secretaría de Mujeres, Género y Diversidad del municipio de Lomas de Zamora, de los y las funcionarias que pintan bancos rojos en memoria de las víctimas, pero no responden a la inmensa demanda de necesidad de acciones concretas que hay todos los días, de todas las pibas que están avisando que si nadie las protege, las van a matar. Le recordamos a la sociedad civil, a los vecinos, que el patriarcado no se cayó de ningún lado todavía aunque eso enuncien en forma de chiste algunos funcionarios; que nos siguen matando y los femicidas siguen impunes.

Dejamos el silencio atrás, tomamos el grito de quienes ya no tienen voz, tomamos el grito de Caro que ya no tiene voz, para que toda persona que se deba sentir responsable, se sienta. Para que nos incomode a todos que hoy en mayo de 2021, asesinen a una piba por día en nuestro país. Ocupar la calle es colectivizar la lucha, es ubicarla en la cotidianidad de quien sigue su camino para ir a comprar al almacén, para quien está yendo a trabajar. Es lo que decidimos hacer cuando nos han cerrado todas las puertas, cuando las respuestas siguen vacías e insuficientes. No vamos a seguir soportando el manto de naturalización mientras nos siguen matando.





Fuente: Anred.org