June 9, 2021
De parte de Terraindomite
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En el mundo feliz que dejó plasmado el escritor británico Aldous Huxley en su novela homónima de 1932, las personas viven drogadas y felices, manipuladas por un plan superior en el que la ciencia más puntera sólo sirve a una estructura de dominación. Ahora no tomamos ’soma’ -la droga que consumen los personajes de Huxley-, pero tenemos un abanico infinito de aplicaciones y servicios gratis diseñados específicamente para convertirnos en felices adictos y en los auténticos recursos que surten la acumulación de riqueza en el nuevo capitalismo que ordena el mundo. Bienvenidos al capitalismo de vigilancia, el lugar en el que nunca nos hemos sentido tan libres pese a ser observados sin descanso.

Tu smartTV te observa. Pero también tu teléfono, tu coche, tu robot de limpieza, tu asistente de Google y hasta esa pulserita que monitoriza el número de pasos que das. Una pista: todos los productos que llevan la palabra smart o incluyen la coletilla de ’personalizado’ ejercen de fieles soldados al servicio del capitalismo de vigilancia. Así lo resume Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School y creadora del concepto llamado a sepultar el capitalismo que hemos conocido hasta ahora.

Su origen se remonta a hace dos décadas con la burbuja de las ’puntocom’, y aún no somos conscientes de que la era económica ha cambiado. Establezcamos primero el nuevo mapa para saber orientarnos en esta realidad económica.

Capitalismo industrial vs. capitalismo de vigilancia

En el capitalismo industrial, los propietarios de los medios de producción son los emprendedores que, a través de una inversión, compran las materias primas y la estructura necesaria para la producción de bienes y servicios, y contratan mano de obra con este fin. El objetivo último es colocar estos productos en el mercado, donde los clientes coinciden con los trabajadores. El medio sobre el que reposa todo el sistema del capitalismo de vigilancia, sin embargo, es la infraestructura digital. Las redes de internet, las tecnologías informáticas y las propias vidas humanas son los medios de producción imprescindibles para proveer datos personales, la auténtica materia prima del sistema.

La mano de obra ya no está configurada por empleados que reciben un salario a cambio de su trabajo, sino por usuarios de aplicaciones y servicios gratuitos, satisfechos de adquirirlos a cambio de ceder sin consentimiento a múltiples empresas un registro de sus experiencias vitales.

En el nuevo capitalismo, los datos personales se acumulan para producir el bien que se pondrá a la venta en el mercado: predicciones sobre nosotros mismos. Los propietarios de los medios de producción, ya lo habrán adivinado, no son otros que los que ejercen el monopolio del negocio digital: Google, Facebook, Apple y Amazon. A su modelo, sin embargo, se han sumado todo tipo de compañías del entorno tradicional. “El capitalismo industrial, con todas sus crueldades, era un capitalismo para las personas. En el de vigilancia, por el contrario, las personas apenas somos ya clientes y empleados, somos por encima de todo fuentes de información. No es un capitalismo para nosotros, sino por encima de nosotros”, sentencia Shoshana Zuboff en una entrevista en la BBC.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín y autor de una decena de libros, profundiza en esta idea: “El ser humano es un terminal de corrientes de datos, el resultado de una operación algorítmica. Con este saber se puede influir, controlar y dominar totalmente a las personas”.

Cómo descubrió Google la bola de cristal

Volvemos a la crisis de las ’puntocom’. A finales del siglo pasado, Google, una compañía entonces alérgica a la publicidad, tuvo que replantearse su modelo de negocio y cómo lograr rentabilidad. Sheryl Sandberg, directiva al frente de la publicidad on line de la firma, llegó a la conclusión de que la combinación de la información derivada de su algoritmo y los datos computacionales recogidos de sus usuarios podían ofrecer un análisis muy interesante para que los anunciantes no erraran su objetivo. Con una predicción de quién necesitaba o deseaba qué, el anunciante sabía a quién dirigirse y qué venderle.

“Google había encontrado una fórmula para predecir comportamientos humanos”, resume Zuboff, quien establece en este punto un “giro oscuro e inesperado” en el capitalismo de vigilancia, “pues reclama experiencias humanas privadas para convertirlas en datos de comportamiento e integrarlas en el mercado”.

Entre 2001 y 2004, los ingresos del motor de búsqueda crecieron casi un 3.600%. En marzo de 2008 Sandberg fue fichada por Mark Zuckerberg para Facebook, donde implantaría el mismo modelo de éxito.

A partir de aquí, esta estructura de negocio se extendió a todos los ámbitos económicos, donde los datos suponen ahora la verdadera fuente de riqueza. “Los servicios que ofrece el capitalismo de vigilancia consisten en predicciones basadas en datos sobre nuestros comportamientos, y estas predicciones se venden a otras empresas como anunciantes, aseguradoras, grandes almacenes o proveedores sanitarios”, desgrana la economista norteamericana.

La mentira del consentimiento y la adicción

Para la creación de estos datos en cantidades masivas para extraer predicciones como de una bola de cristal, los humanos resultan agentes imprescindibles. La singularidad es que, en este nuevo capitalismo, nadie les cuenta que suponen la mano de obra gratis. Tampoco lo importantes que son sus comportamientos, sus hábitos, sus deseos, sus miedos, sus sueños, sus proyectos, sus dudas. Todos estos detalles, esta intimidad, es extraída desde la infraestructura digital para ser vendida. Y ni siquiera hay una remuneración por ello. ¿Cómo hemos llegado a consentir esto?

Para Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics, la respuesta se reduce, primero, a que el consentimiento en realidad no existe cuando escribimos nuestros datos personales rápidamente para bajarnos aún más rápido una aplicación gratis o recibir una newsletter semanal. “El consentimiento es una de las grandes mentiras de internet”, afirma en una conversación con elEconomista. La experta asegura que el problema empieza cuando nuestros datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocernos mejor y sacar un perfil de cómo somos. Esto es legal, pero el usuario normalmente accede a los términos sin haberlos leído en profundidad. E incluso cuando lo hace, resulta difícil no perderse en la terminología legislativa, técnica y los conceptos. “Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ahí, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica.

Si cada vez más empresas nos están utilizando, la siguiente pregunta es ¿por qué lo aceptamos como algo irremediable? ¿Por qué no decir ’basta’? Llaneza -quien, por cierto, no utiliza WhatsApp ni está en Facebook- nos invita a enfocar la atención en otro punto, a adentrarnos en aspectos de la psicología humana. Sólo entonces resulta obvio que tampoco un alcohólico dice ’basta’ frente a otro botellín de cerveza. “Las aplicaciones están basadas en un inteligentísimo sistema de adicción y gamificación. Diseñan esto para hacernos adictos, todo es como un juego y tienes que participar para formar parte de la sociedad”, resuelve.

Una vez que somos adictos, parece prácticamente imposible decir ’no’ a ceder nuestra vida una vez más a cambio de la ’app’ del momento. La abogada considera que las personas no son inconscientes, sino adictas, y que viven en un estado de infantilización ante la tecnología. “A mí me preguntan: ’¿cómo puedes vivir sin WhatsApp?’, y yo les contesto: ’¿y tú cómo puedes vivir tan enganchado?”, relata.

El fervor adolescente de querer formar parte de lo último, recibir atención y no perder comba de lo que hace el grupo afecta ahora a todos los grupos de edad. Como los personajes de Huxley, las personas son felices con aplicaciones que les ahorran tareas tan sencillas como apagar la luz. En otros casos, ni siquiera eso. ¿Recuerda esta app que cotejaba una foto de la cara con pinturas clásicas para ver a qué rostro inmortal se parecía más? La finalidad de este juego era crear modelos para el reconocimiento facial y servirlos en bandeja a la inteligencia artificial para que, en el futuro, quizá nos puedan denegar el acceso en un local determinado. De haberlo sabido, probablemente nadie hubiera caído en la trampa. De ahí que la gamificación, la técnica por la que cualquier cosa adquiere formato de juego, sea capital en el nuevo sistema.

“Se nos está engañando por partida doble” -expone en uno de sus artículos Evgeny Morozov, escritor e investigador experto en la implicación social de la tecnología, “en primer lugar, cuando hacemos entrega de nuestros datos a cambio de unos servicios relativamente triviales, y, en segundo, cuando esos datos son después utilizados para personalizar y estructurar nuestro mundo de una manera que no es ni transparente ni deseable”.

El cebo no es un regalo

Además de la gamificación, la otra clave que explica que se ponga en funcionamiento el ciclo de la adicción reside en la gratuidad de estos servicios. Las apps gratuitas son el cebo, no un regalo que le hace una empresa magnánima. A través de ellas, comienza la extracción de datos, la acumulación de comportamientos que serán horneados para poner en bandeja un festín de predicciones listas para ser transformadas en dinero. “Detrás de todo esto está el problema de la gratuidad”, incide Paloma Llaneza, para quien el cebo de los servicios gratis emergió como fórmula alternativa de la monetización.

La gratuidad no sólo hace más sencillo que las compañías sigan recolectando datos personales, sino que quede abierto el grifo de la precarización laboral. O más bien, de una “autoprecarización” que acabará afectando al mismo ciudadano que ha descargado un servicio gratis. Así lo explica la experta en ciberseguridad: “Si no estás acostumbrado a pagar por contenidos, por servicios, por información especializada, al final alguien en el otro lado de la cadena de valor se resentirá. Alguien perderá su trabajo y, antes o después, a ti te va a tocar”.

Las personas, felices con la innovación tecnológica -como en cualquier religión, la crítica no es tolerada-, han abierto las puertas de su casa a que la vigilancia continúe en su refugio más íntimo. El llamado Internet de las Cosas, que ya cuenta con sus primeros escándalos tras convertir a ingenuos juguetes en espías de niños, ha llegado para maravillarnos con sus efectos hipnóticos. “Le digo a Alexa que me apague las luces y las apaga. ¡Es magia!”, ejemplifica con sorna Llaneza, aludiendo al ’asistente’ de Google.

Los aparatos conectados a internet nos ofrecen un panorama oscuro donde la vigilancia queda sellada. En concreto, la autora de Datanomics alerta sobre la evolución de la televisión inteligente -smart TV-. Los últimos modelos están concebidos para que la conexión a la red sea 24 horas los siete días de la semana. “Es como tener un micrófono en tu casa”, se queja Llaneza, quien advierte de otra perversión más: las apps que permiten encender la televisión desde el propio móvil. Así, los hábitos que se tienen ante la televisión, el tiempo que pasas viéndola, “si paras en una escena determinada de sexo, de amor o violencia”, quedan guardados y se mezclan con los datos extraídos del móvil.

Los robots de limpieza conocen el perímetro de tu casa, tu coche sabe si metes bien o mal las marchas, tu libro electrónico registra qué prefieres leer, y Alexa… Alexa lo sabe todo. “El hombre y sus datos se ponen al servicio de internet. Pienso que estoy leyendo un ebook, pero en realidad es el ebook el que me lee a mí”, critica el filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

Vigilados pero ’libres’ y felices

“No vivimos en un mundo conectado, vivimos en un mundo vigilado”, sentencia la experta en seguridad. El doctor en Filosofía instalado en Alemania se suma a esta idea y compara la nueva observación de los ciudadanos con el sistema del panóptico de la arquitectura carcelaria. “En la cárcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensación de vigilancia, sino de libertad”, explica en su obra La expulsión de lo distinto (Herder), que analiza el impacto de la hipercomunicación y la hiperconexión en la sociedad. Para Han, la sensación de libertad que brota en los individuos es engañosa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamenate. La libertad no es restringida, sino explotada”. El profesor asiático expone que “la gran diferencia entre internet y la sociedad disciplinaria es que en esta última, la represión se experimenta. Hoy, en cambio, sin que seamos conscientes somos dirigidos y controlados”.

¿Han pasado por delante de un gimnasio e inmediatamente han recibido una notificación con una irresistible oferta para apuntarse? ¿Han chateado con un amigo por WhatsApp sobre un viaje a Estocolmo y han empezado a recibir anuncios de alojamiento en Suecia? ¿Han comentado en voz alta que les apetece comer una pizza y su pantalla les bombardea con ofertas de alguna conocida pizzería? Si alguna vez les ha pasado algo de esto, no se maravillen y párense a pensar. No es magia, es el capitalismo de vigilancia alimentándose de sus vidas.

El papel de los servicios de inteligencia

Esta vigilancia es monitorizada y dirigida por grandes empresas e instituciones que colaboran e incluso forman a los servicios de inteligencia. Además por otro lado tenemos el tradicional nefasto papel de los medios de comunicación en la inyección de propaganda pro sistema a la población y en la justificación del capitalismo de vigilancia.

Un ejemplo de espionaje y vigilancia a la población, esta vez más clásicos pero que cimentan las bases, junto con la tecnología, del capitalismo de vigilancia, los podemos constatar en el hecho de que el instituto universitario, el Departamento de Estudios de Guerra del King’s College de Londres, funciona como escuela de espionaje. Sus puestos de enseñanza están ocupados por actuales y antiguos funcionarios de la OTAN, oficiales del ejército y oficiales de inteligencia, con el fin de formar a la próxima generación de espías y oficiales de inteligencia. Sin embargo, ahora podemos revelar otro aspecto aún más preocupante de este departamento: los periodistas. Un número desproporcionado de los reporteros, productores y presentadores más influyentes del mundo, que representan a los medios de comunicación más conocidos y respetados -entre ellos el New York Times, la CNN y la BBC- han aprendido su oficio en las aulas de este departamento londinense, lo que plantea serias dudas sobre los vínculos entre el Cuarto Poder y el Estado de seguridad nacional.

Cada vez más, parece que las agencias de inteligencia de todo el mundo empiezan a valorar a los agentes con una sólida formación académica. Un estudio de 2009 publicado por la CIA describe el valor de “utilizar las universidades como medios de formación en materia de inteligencia”, escribiendo que “la exposición a un entorno académico, como el Departamento de Estudios de Guerra del King’s College de Londres, puede añadir varios elementos que pueden ser más difíciles de proporcionar dentro del sistema gubernamental”.

El documento, redactado por dos miembros del personal del King’s College, se jactaba de que el profesorado del departamento tenía “una amplia y completa experiencia en materia de inteligencia”. No era una exageración. Entre el profesorado actual del departamento de Estudios de Guerra se encuentran el ex secretario general de la OTAN, el ex ministro de Defensa del Reino Unido y oficiales militares del Reino Unido, Estados Unidos y otros países de la OTAN. “Aprecio profundamente el trabajo que estáis haciendo para formar y educar a nuestros futuros líderes de seguridad nacional, muchos de los cuales están en esta audiencia”, dijo Leon Panetta, entonces Secretario de Defensa de EE.UU. (y antiguo Director de la CIA), en un discurso en el departamento en 2013.

El King’s College de Londres también admite tener una serie de contratos en curso con el Estado británico, incluido el Ministerio de Defensa, pero se niega a revelar los detalles de estos acuerdos.

Aunque se trata de una universidad británica, el King’s College está muy orientado a los estudiantes estadounidenses. Actualmente hay 1.265 estudiantes estadounidenses matriculados, lo que representa alrededor del 4 por ciento del alumnado. Muchos graduados del Departamento de Estudios de la Guerra ocupan puestos importantes en los principales medios de comunicación estadounidenses. Andrew Carey, jefe de la oficina de la CNN en Jerusalén, por ejemplo, obtuvo un máster allí en 2012.

El New York Times, el periódico más influyente de Estados Unidos, también ha empleado a ex alumnos del Departamento de Estudios de Guerra. Christiaan Triebert (M.A., 2016), por ejemplo, es reportero en su equipo de investigaciones visuales.

Josh Smith, corresponsal principal de la influyente agencia de noticias Reuters y anteriormente su corresponsal en Afganistán, también es un graduado del departamento en cuestión, al igual que Daniel Ford, del Wall Street Journal.

Pero quizá la figura mediática más influyente de la universidad sea Ruaridh Arrow. Arrow ha sido productor en varias de las principales cadenas de noticias de Reino Unido, como Channel 4, Sky News y la BBC, donde fue editor mundial y productor principal de Newsnight, el programa político estrella de la cadena. En 2019, Arrow dejó la BBC para convertirse en productor ejecutivo en NBC News.

Una escuela de guerra sicológica

Como es lógico, para una universidad con sede en Londres, el principal destino periodístico de los graduados del departamento de Estudios de Guerra es Reino Unido. De hecho, la BBC, la poderosa emisora estatal del país, cuenta con muchos ex alumnos del Departamento de Estudios de Guerra.

Muchos miembros del personal de la BBC comienzan a estudiar en King’s años después de que sus carreras hayan despegado, compaginando su vida laboral con la búsqueda de nuevas cualificaciones. Ahmed Zaki, periodista sénior de BBC Global News, empezó su máster seis años después de entrar en la BBC. Ian MacWilliam -que pasó diez años en el Servicio Mundial de la BBC, el canal de noticias oficial del país a nivel mundial, especializado en regiones sensibles como Rusia, Afganistán y Asia Central- decidió estudiar en King’s más de 30 años después de haberse graduado por primera vez.

Otro influyente ex alumno de Estudios de Guerra en el Servicio Mundial es Aliaume Leroy, productor de su programa Africa Eye. La conocida presentadora de noticias de la BBC, Sophie Long, también se graduó en este departamento y trabajó para Reuters e ITN antes de incorporarse a la cadena pública.

“Es un secreto a voces que el Departamento de Estudios de Guerra del King’s College de Londres funciona como la escuela de acabado de los segurócratas angloamericanos. Así que quizás no sea sorprendente que los graduados de sus diversos cursos militares y de inteligencia también entren en un mundo de periodismo corporativo que existe para encubrir los mensajes de esas mismas agencias de ‘seguridad’”, dice Matt Kennard, un periodista de investigación de Declassified U.K., que ya ha expuesto los vínculos de la universidad con el Estado británico. “El imprimátur de la universidad da a la investigación del departamento una pátina de independencia cuando en realidad funciona como el brazo de investigación no oficial del Ministerio de Defensa de Reino Unido”, añadió.

El Departamento de Estudios de Guerra también forma a muchos periodistas y comentaristas internacionales, como Nicholas Stuart, del Canberra Times (Australia), la escritora pakistaní Ayesha Siddiqa, cuyo trabajo ha aparecido en el New York Times, Al-Jazeera, The Hindu y muchos otros medios, y la escritora israelí Neri Zilber, que colabora con el Daily Beast, The Guardian, Foreign Policy y Politico.

Entre las mayores muestras de guerra psicológica de propaganda y de justificación del sistema lo tenemos en el caso del covid-19 y su relación con Wuhan. El periodista que propagó la información sobre los científicos de Wuhan que cayeron enfermos antes de la declaración oficial de pandemia, Michael R. Gordon, es el mismo que difundió el bulo de las armas de destrucción masiva que condujo a la Guerra de Irak.

El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Wang Wenbin, arremetió contra Michael R. Gordon, especialista de seguridad nacional del Wall Street Journal y uno de los promotores del fraude sobre el origen artificial del coronavirus.

“No hace mucho, Michael R. Gordon, un periodista estadounidense, citando un supuesto ‘informe de inteligencia estadounidense no divulgado previamente’, sugirió una relación inverosímil entre los ‘tres investigadores enfermos’ del laboratorio de Wuhan y el brote de Covid-19’, dijo Wang.

“Hace diecinueve años, fue el mismo periodista el que inventó una información falsa citando fuentes sin fundamento sobre el ‘intento de adquisición de armas nucleares por parte de Irak’, lo que condujo directamente a la guerra’, añadió, en referencia a la invasión estadounidense de 2003.

El artículo del Wall Street Journal, publicado el 23 de mayo, citaba “un informe de inteligencia estadounidense no revelado previamente” según el cual tres investigadores del Instituto de Virología de Wuhan enfermaron gravemente en noviembre de 2019 con síntomas “consistentes” con el “covid-19”, así como con la gripe estacional.

El informe fue recogido por otras cadenas de intoxicación mundiales, que recientemente han empezado a cambiar su cobertura sobre los orígenes del coronavirus. Antes calificaban de “conspiranoicas” las teorías de que el virus era de origen humano. Ahora dicen lo contrario.

¿De qué va todo esto?

¿Por qué muchas de las figuras más influyentes de los medios de comunicación están alojadas en un departamento bien conocido por sus vínculos con el poder del Estado, por sus profesores que son militares o ex funcionarios del gobierno en activo, y por su producción de espías y agentes para varias agencias de tres siglas? Esto no quiere decir que estos periodistas sean todos espías potenciales: no lo son. Los periodistas formados en este tipo de entorno son mucho más propensos a ver el mundo de la misma manera que sus profesores. Y es posible que sean menos propensos a desafiar el poder del Estado cuando los funcionarios a los que examinan son sus compañeros de clase o sus profesores.

En cuanto a la selección de los candidatos, la BBC ha admitido que, al menos hasta la década de 1990, llegó a acuerdos con el MI5, la agencia de espionaje nacional, para asegurarse de que no se contrataba en secreto a personas con opiniones críticas con la política exterior y el imperio británicos. Cuando se le preguntó si esta política seguía vigente, la emisora declinó hacer comentarios, citando “cuestiones de seguridad”, una respuesta que probablemente no tranquilice a los escépticos.

Las instituciones de élite han sido en el pasado, y podría decirse que todavía lo son hoy, importantes campos de juego para las agencias de inteligencia. La historia del Estado-nación moderno en general, y no sólo la de Estados Unidos, parece sugerir que las élites consideran que la unidad nacional -y, por tanto, la seguridad de las élites- sólo puede lograrse mediante una gestión cuidadosa y, a menudo, la supresión o desviación de la disidencia. Normalmente se destinan a este fin muchos más recursos de los que muchos ciudadanos, formados en la propaganda de la democracia, se dan cuenta o se preocupan por conceder.

Los muchachos de Bellingcat

Aunque los periodistas mencionados anteriormente no son espías, otras figuras de los Estudios de la Guerra que trabajan en el periodismo podrían ser descritas como tales, incluidos los que trabajan para el influyente y cada vez más famoso sitio web de investigación Bellingcat.

Cameron Colquhoun, por ejemplo, pasó casi una década en el GCHQ, la versión británica de la NSA, donde fue analista principal a cargo de las operaciones cibernéticas y antiterroristas. Se graduó en el King’s College de Londres y en el Departamento de Estado. Estos antecedentes no se revelan en su perfil de Bellingcat, que se limita a describirlo como director general de una empresa de inteligencia privada que “realiza investigaciones éticas“ para clientes de todo el mundo.

Nick Waters, investigador principal de Bellingcat, pasó cuatro años como oficial del ejército británico, incluso en Afganistán, donde ayudó a conseguir los objetivos del Estado británico en la región. Después se unió al Departamento de Estudios de Guerra y a Bellingcat.

Durante mucho tiempo, el fundador de Bellingcat, Eliot Higgings, desestimó las acusaciones de que su organización estaba financiada por la National Endowment for Democracy (NED) del gobierno estadounidense -una organización de la CIA- como una ridícula “conspiración”. Sin embargo, en 2017, admitió que era cierto. Un año más tarde, Higgins se incorporó al Departamento de Estudios de la Guerra como becario visitante. Entre 2016 y 2019, también fue miembro senior del Consejo Atlántico, el grupo de expertos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Parece que Higgins ha utilizado el departamento universitario como campo de reclutamiento, encargando a otros graduados en estudios de guerra como Jacob Beeders, Christiaan Triebert y Aliaume Leroy que escriban para su sitio.

La CIA tiene en muy alta estima a Bellingcat. “No quiero ser demasiado excesivo, pero nos encanta” Bellingcat”, dijo Marc Polymeropoulos, antiguo jefe adjunto de operaciones de la agencia para Europa y Eurasia.

Bellingcat actúa para encubrir los temas de conversación sobre seguridad nacional del Estado en la corriente principal, bajo la apariencia de periodistas de investigación neutrales.

Documentos recientemente filtrados muestran cómo Bellingcat, Reuters y la BBC cooperaron en secreto con el Ministerio de Asuntos Exteriores de Reino Unido (FCO) para socavar el Kremlin y promover el cambio de régimen en Moscú.

Un vínculo periodístico académico

El King’s College de Londres promociona su departamento de Estudios de la Guerra tanto entre los graduados como entre los no graduados como un trampolín para la carrera de periodismo. En la sección de “perspectivas profesionales“ de su curso de maestría en estudios sobre la guerra, dice a los estudiantes interesados que “los graduados pasan a trabajar para ONG, el FCO, el Ministerio de Defensa, el Ministerio del Interior, la OTAN, las Naciones Unidas, o hacen carrera en el periodismo, las finanzas, el mundo académico, el servicio diplomático, las fuerzas armadas, etc.”

Del mismo modo, a los estudiantes universitarios se les dice que “obtendrán una comprensión profunda y sofisticada de la guerra y las relaciones internacionales, tanto como temas dignos de estudio como de preparación intelectual para la más amplia gama posible de opciones profesionales, incluyendo el gobierno, el periodismo, la investigación y las organizaciones humanitarias e internacionales”.

Cursos como “Nuevas guerras, nuevos medios de comunicación, nuevo periodismo“ combinan periodismo e inteligencia y están supervisados por académicos especializados en estudios bélicos.

No es de extrañar que el departamento haya formado a muchos políticos influyentes, incluidos jefes de Estado extranjeros y miembros del Parlamento británico. Sin embargo, los ámbitos de la política de defensa y de la política se solapan de forma considerable. El hecho de que el departamento que forma a los altos funcionarios del gobierno y a los agentes de las agencias secretas de tres siglas sea también el lugar que produce muchos de los periodistas en los que confiamos para enfrentarse y controlar a esos funcionarios es gravemente problemático.

Un respeto malsano por la autoridad

Por desgracia, en lugar de desafiar al poder, muchos medios de comunicación modernos amplifican su mensaje sin criticarlo. Los funcionarios del Estado y los agentes de inteligencia se encuentran entre las fuentes menos fiables, periodísticamente hablando. Sin embargo, muchas de las historias más importantes de los últimos años se basan en nada más que rumores de funcionarios que ni siquiera ponen sus nombres a sus afirmaciones.

El nivel de credulidad de los periodistas modernos hacia los poderosos fue resumido por la ex corresponsal de la CNN en la Casa Blanca, Michelle Kosinski, quien dijo el mes pasado: “Como periodista estadounidense, nunca esperas que tu propio gobierno te mienta, repetidamente, que tu propio gobierno retenga información que el público tiene derecho a conocer, y que tu propio gobierno espíe tus comunicaciones”.

Por desgracia, la credulidad se extiende a la colaboración con los servicios secretos en algunos casos. Los correos electrónicos filtrados muestran que Ken Dilanian, un reportero de seguridad nacional de Los Angeles Times, enviaba sus artículos directamente a la CIA para que los editara antes de su publicación. Lejos de ser penalizado en su carrera, Ken Dilanian es ahora corresponsal de seguridad nacional de NBC News.

Según Boyd-Barrett, los gobiernos dependen de “la ayuda de unos medios de comunicación penetrantes, conniventes y complacientes que, en los últimos tiempos -y en el contexto de la confusión masiva sobre las campañas de desinformación reales o supuestas en Internet- se están convirtiendo en guardianes cada vez más problemáticos del derecho del público a saber”.

El control de las redes sociales

En los últimos años, el Estado de seguridad nacional también ha aumentado su influencia sobre los gigantes de las redes sociales. En 2018, Facebook y el Atlantic Council establecieron una asociación en la que el gigante de Silicon Valley subcontrató parcialmente la gestión de los flujos de noticias de sus 2.800 millones de usuarios al Digital Forensics Lab del Consejo, aparentemente para ayudar a detener la propagación de noticias falsas en línea. El resultado, sin embargo, ha sido la promoción de medios corporativos “fiables“ como Fox News y CNN y la penalización de las fuentes independientes y alternativas, que han visto descender su tráfico de forma drástica. A principios de este año, Facebook también contrató al ex secretario de prensa de la OTAN y actual miembro del Consejo Atlántico, Ben Nimmo, como su jefe de inteligencia. El director de políticas de Reddit es también un antiguo funcionario del Consejo Atlántico.

Mientras tanto, en 2019, un alto ejecutivo de Twitter para la región de Oriente Medio salió a la luz como oficial en servicio activo de la 77 Brigada del Ejército británico, su unidad dedicada a las operaciones psicológicas y la guerra en línea. Lo más destacable de este acontecimiento es la casi total falta de atención que recibió por parte de la prensa convencional. En un momento en el que la injerencia extranjera en internet era quizá la noticia número uno del ciclo informativo, sólo un gran medio de comunicación, Newsweek, lo mencionó siquiera. Además, el reportero que cubrió la historia renunció unas semanas después, alegando una censura asfixiante y una cultura de deferencia a los intereses de seguridad nacional.

Ahora tenemos un panorama mediático en el que muchos de los periodistas más influyentes de Occidente están formados exactamente por las mismas personas, en el mismo departamento, que la nueva generación de agentes de seguridad nacional.

Y lo mismo ocurre con las RRSS, Facebook es una guarida de espías, veteranos agentes de inteligencia son contratados para cumplir numerosas tareas (1). La diferencia entre un monopolio tecnológico y el espionaje de toda la vida es cada vez más difícil de trazar.

La red social lleva a cabo muchas de las operaciones de espionaje con el pretexto de “lucha contra las noticias falsas”. Primero permiten la difusión de la cuenta, hasta que alcanza un nivel crítico de seguidores, tras lo cual se clausura.

En 2019 la red social admitió que espiaba las conversaciones de audio de sus usuarios para elaborar mejor los anuncios o hacer más atractivas sus páginas. La revelación sacudió a los miembros de la red social, muchos de los cuales se dieron de baja.

Durante una comparecencia ante el Congreso en abril de 2018, Zuckerberg negó espiar a sus usuarios. Un año después, en un comunicado enviado a la agencia Bloomberg, Facebook afirmó haber pagado a cientos de subcontratistas de inteligencia para transcribir fragmentos de audio de las conversaciones de algunos usuarios para calibrar mejor sus anuncios, o hacer más atractivas sus páginas (2).

La multinacional añade que ha abandonado esta práctica, al igual que otras grandes empresas del sector. “Al igual que Apple o Google, la semana pasada congelamos la práctica de que los humanos escuchen las grabaciones de sonido”, afirmaba el comunicado.

Según Bloomberg, los espías encargados de transcribir las conversaciones no fueron informados del origen de las grabaciones de las entrevistas, ni del uso que la red social hizo de ellas.

Facebook fue multado con 5.000 millones de dólares por el “mal uso” de los datos privados de sus usuarios.

El MI6 recurre a Facebook para reclutar a sus agentes, según informó Computing Magazine en 2008 (3). El servicio de inteligencia británico publica anuncios clasificados en la red social como parte de sus campañas de captación.

“¿Busca un cambio de carrera? Sus talentos pueden interesar al MI6. Únase a nuestros agentes sobre el terreno y participe en la recopilación y el análisis de información mundial para proteger al Reino Unido”, dice uno de sus anuncios.

El MI6 también anima a los usuarios de Facebook a presentar su solicitud directamente en el sitio web del espionaje británico.

Fuentes

Alan MacLeod

mpr21

El economista

Notas

(1) https://www.intelligenceonline.fr/renseignement-d-affaires/2021/06/04/comment-la-threat-intelligence-de-facebook-est-devenue-un-repaire-d-anciens-du-renseignement,109670694-art

(2) https://medias241.com/international/facebook-un-nid-despions/

(3) https://deligne.wordpress.com/2008/09/30/facebook-nid-despions/




Fuente: Terraindomita.blackblogs.org