November 24, 2021
De parte de Amor Y Rabia
135 puntos de vista


por Grupo Barbaria

El capitalismo est谩 hecho de disyuntivas imposibles. Se escinde lo que en otras sociedades se entend铆a como un todo org谩nico y se establece un antagonismo entre los dos polos, obligando a elegir uno y renunciar al otro en mayor o menor medida. La pandemia ha hecho eso con la salud y la econom铆a. As铆, el proletariado se ha encontrado de frente a una elecci贸n aberrante: morir de covid o morir de hambre. A nivel individual, como en el capitalismo es m谩s seguro morirse de hambre si no se tienen unos ingresos que morirse de covid, en realidad la elecci贸n es falsa. No es m谩s que un chantaje. A nivel social es algo m谩s complejo, y explica el comportamiento de los Estados desde que empez贸 la pandemia.

Pero a esta disyuntiva entre salud o econom铆a, subyace otra que ha atravesado los debates de la cr铆tica social desde el principio: libertad o salud, remedo de la vieja dicotom铆a entre libertad o seguridad, expresi贸n a su vez de la oposici贸n fundante en el capitalismo entre individuo y Estado. Es as铆 como en los medios radicales est谩 ejerciendo una fuerte presi贸n la preocupaci贸n por un Estado que parece salir reforzado de la pandemia a costa de nuestras libertades individuales. Los discursos son variados. Se admite o no la existencia del virus, se le da una gravedad mayor o menor si se admite, se le da mayor o menor peso a la vigilancia digital o a los medios de comunicaci贸n. Pero en cualquier caso todos estos discursos comparten una base com煤n: el covid es una cortina de humo que no nos deja ver el verdadero problema, el aumento del control social. El Estado se pone mascarilla y aprovecha la oportunidad de azuzar el miedo de la poblaci贸n para alimentar la servidumbre voluntaria. Doctrina del shock, que se dec铆a en otra 茅poca. Lo destacable de la pandemia no es la cuesti贸n sanitaria, las cifras de muertos, el sacrificio de la salud y de la vida al canibalismo del capital, sino el desarrollo de los mecanismos de control y represi贸n mediante el big data, la digitalizaci贸n de la vida cotidiana, el refuerzo de la sociedad del espect谩culo, el aumento del poder m茅dico, el auge del biopoder. Este proceso puede llevarnos simplemente a un capitalismo m谩s fuerte, m谩s totalitario, o ser铆a incluso la transici贸n a una nueva sociedad de clases que no se caracterizara por la producci贸n de valor, sino por la afirmaci贸n absoluta de un Estado orwelliano a trav茅s del dominio tecnol贸gico y del saber especializado.

驴DEL CAPITALISMO A LA BIOCRACIA?

Quiz谩s sea el antidesarrollismo la corriente que mejor ha expresado este 煤ltimo aspecto. Bajo su perspectiva, la pandemia ha sido aprovechada 鈥攃uando no provocada鈥 por el Estado para aumentar el poder m茅dico y tecnol贸gico sobre la poblaci贸n y, en este sentido, habr铆a sido una confirmaci贸n de sus tesis: que estamos pasando o hemos pasado ya a un tipo de sociedad donde la cuesti贸n fundamental no es la explotaci贸n de una clase social por otra, sino el dominio de una casta de tecn贸cratas organizados en torno al Estado sobre el conjunto de la poblaci贸n. Actualizando un poco los t茅rminos a la luz de los acontecimientos, se viene a plantear que ese Estado es una dictadura sanitaria dirigida por bi贸cratas 鈥攍os tecn贸cratas del poder m茅dico鈥 que a trav茅s de la medicalizaci贸n de la vida y de la vigilancia digital han conseguido un gran avance en el dominio de una poblaci贸n aborregada por el miedo a enfermar y morir.

Los t茅rminos son importantes, configuran nuestro pensamiento y las categor铆as que utilizamos. Hay una diferencia radical entre explotaci贸n y dominio, porque el primero tiene una base material arraigada en la manera en que las sociedades producen y reproducen su vida. Dominio, sin embargo, s贸lo nos habla de una relaci贸n de poder sin explicar su procedencia. Y esto no es balad铆, porque lo que no tiene una causa definida tampoco tiene una soluci贸n posible. Ah铆 reside la fuerza reaccionaria de la posmodernidad, que nos representa un mundo organizado por una red de dispositivos de poder sin causa ni finalidad precisa, una multiplicidad de opresiones de las que no es posible liberarse. Ya no la revoluci贸n, ni siquiera la resistencia es pensable desde esta perspectiva.

As铆, se entender谩 por qu茅 es importante la diferencia entre que el Estado nos domine o que gestione nuestra explotaci贸n. El Estado no es una instituci贸n aut贸noma, con su propia finalidad y funcionamiento, separada de las relaciones sociales que organizan la producci贸n y reproducci贸n de la vida. Antes bien, es un 贸rgano de estas relaciones sociales cuando est谩n fracturadas por un antagonismo entre clases, y como tal vela por que la sociedad se mantenga unida en la separaci贸n. En el caso de las relaciones sociales capitalistas, donde la producci贸n de valor tiene una l贸gica impersonal y autom谩tica, el Estado cumple la funci贸n de salvaguardar los intereses del capital, incluso en contra de los propios capitalistas individuales si fuera necesario.

El discurso antidesarrollista da un paso m谩s all谩. En 茅l se toman estas relaciones sociales, que producen un tipo determinado de tecnolog铆a y conocimiento, y se invierte la pir谩mide. Es la tecnolog铆a y el saber especializado los que producen un tipo determinado de relaciones sociales y el Estado es un mero instrumento para imponerlas. La tecnolog铆a queda fetichizada. La tecnolog铆a, el conocimiento, de manera m谩s actual el saber m茅dico, se convierten en un poder aut贸nomo capaz de generar unas relaciones sociales alienadas. Son muchos los problemas de este tipo de planteamientos, pero para nuestro prop贸sito s贸lo se帽alaremos uno: las relaciones sociales se pueden transformar, se puede luchar positivamente contra una organizaci贸n social para establecer otra, pero contra el conocimiento y la tecnolog铆a no se lucha. En todo caso se olvida, y ni siquiera, porque mientras siga subsistiendo el capitalismo la tecnolog铆a y el conocimiento se seguir谩n desarrollando azuzados por la competencia entre empresas. Por tanto es una lucha sin salida, porque no ataca a las causas fundamentales sino que las soslaya. Al hacer esto, la revoluci贸n deja de ser una posibilidad material y la emancipaci贸n, en todo caso, se convierte en un hecho ilustrado. S贸lo los m谩s conscientes, los que han recibido la palabra, pueden intentar escaparse.

En realidad, tampoco podr谩n. No hay salida de la tecnocracia, pero s铆 la hay del capitalismo.

A VUELTAS CON EL BIOPODER

En el capitalismo el Estado es el gestor de unas relaciones sociales de explotaci贸n que, por lo dem谩s, est谩n en una profunda crisis hist贸rica. Para poder entender el comportamiento del Estado durante la pandemia, necesitamos explicar la contradicci贸n ante la que se est谩 encontrando.

Si bien ha habido otras pandemias en la historia, es la primera vez que un virus desconocido se expande en una sociedad con tanta poblaci贸n y tan globalizada, tan interdependiente, tan en permanente interacci贸n en todo el planeta. Para hacernos una idea, durante la gripe espa帽ola se calcula que hab铆a 1.800 millones de personas en el mundo y el medio de transporte fundamental eran los barcos a vapor. Hoy nos encontramos en casi 7.800 millones y el n煤mero de viajes en avi贸n se multiplica en el curso de unos pocos a帽os: la potencia de difusi贸n de nuevos virus 鈥攃on sus nuevas cepas鈥 crece al mismo tiempo que se desarrolla el capitalismo. Podremos entender as铆 que un virus con tal capacidad de contagio en una sociedad tan interconectada mundialmente y con tanta poblaci贸n susceptible es un peligro real, no s贸lo por la letalidad, mayor o menor, del propio virus, sino por la amenaza de colapso de los sistemas sanitarios 鈥攜 funerarios鈥 con las muertes colaterales que ello implica. No es entonces extra帽o que, si los muertos por covid est谩n oficialmente en 4 millones a nivel mundial, s贸lo en India se hayan calculado entre 3,4 y 4,9 millones de exceso de mortalidad entre junio de 2020 y junio de 2021.

De esta forma, el Estado se encuentra ante una situaci贸n inc贸moda. Tan necesario es producir y hacer circular mercanc铆as como que haya trabajadores vivos para hacerlo. Lejos de encontrarnos ante un proceso de transici贸n hacia una nueva sociedad totalitaria, los Estados est谩n haciendo lo que siempre han hecho en el capitalismo, pero con las dificultades crecientes que les impone el desarrollo de este modo de producci贸n: deben seguir siendo los garantes del mantenimiento de la fuerza de trabajo para su explotaci贸n, en un contexto en el que la poblaci贸n crece exponencialmente, la interconexi贸n de los transportes a nivel mundial est谩 cada vez m谩s exacerbada, la crisis permanente del capital empuja a un aumento de la miseria social y a una devastaci贸n creciente de la naturaleza, y esos factores a su vez debilitan nuestro sistema inmune y hacen aparecer nuevas pandemias. La funci贸n del Estado, que consiste en mantener unida una sociedad desgarrada por los antagonismos de clase y, en el capitalismo, por la guerra de todos contra todos que provoca la competencia entre capitales, se encuentra en dificultades cada vez mayores, porque se ve ante la disyuntiva de mantener una econom铆a que difunde la enfermedad o mantener a los trabajadores que sostienen la econom铆a.

Por otro lado, bajo esta constataci贸n subyace la cuesti贸n de que la salud es un hecho social, mucho antes que individual. Naturalmente, no hablamos s贸lo de las enfermedades contagiosas, sino de que nuestra salud es el resultado de la manera en que nos organizamos socialmente: si hay una separaci贸n o no entre campo y ciudad, si las ciudades son peque帽as o monstruosas, si hay o no trabajo asalariado, las condiciones de mayor o menor salubridad en que se hace este trabajo, el tipo de viviendas que se tiene, el tipo de agricultura que se cultiva, la manera en que la actividad social afecta a nuestro h谩bitat natural y las m煤ltiples formas en que 茅ste nos lo devuelve. Mucho antes de llegar a la gesti贸n individual de nuestros propios cuerpos, la salud es un hecho social.

Es m谩s, el desarrollo del capitalismo, la enorme fuerza de socializaci贸n que ha tenido a nivel planetario, hace que la salud sea cada vez m谩s un hecho de especie. A diferencia de otras pandemias, cada vez nuestra salud est谩 m谩s interconectada mundialmente; se podr铆a decir: cada vez tenemos m谩s un solo cuerpo a nivel mundial. Pero esto en el capitalismo es un problema grave, porque tiende a unificarnos internacionalmente al mismo tiempo que s贸lo puede administrarnos mediante Estados-naci贸n. Como con el cambio clim谩tico, la pandemia del covid es una demostraci贸n de la impotencia del capitalismo para resolver los problemas hist贸ricos que 茅l crea. Y la mediocridad de los gobiernos para enfrentar la pandemia no es sino una expresi贸n de esta impotencia.

Nuestra salud es un hecho social, pero en este sistema de agregaci贸n de individuos aislados y en permanente competencia, la libertad se piensa desde el aislamiento y lo social se identifica con el Estado. No es posible una organizaci贸n espont谩nea desde la libre voluntad y el apoyo mutuo en una sociedad que se rige por la mercanc铆a: mientras las relaciones sociales capitalistas existan, el Estado seguir谩 existiendo para regular e imponerse ante el empuje ego铆sta de los individuos. Claro, que lo que opone al ego铆smo individual no son las necesidades de los seres humanos como colectividad, sino las necesidades de valorizaci贸n del valor, de acumulaci贸n del capital. La gesti贸n de la salud es una mera consecuencia.

Que s贸lo somos fuerza de trabajo para el Estado y el capital es una obviedad. Por eso mismo no son nuestras vidas lo que importa, ni mucho menos nuestra salud, sino que mantengamos unos niveles m铆nimos de ambas 鈥攅n t茅rminos estad铆sticos鈥 para seguir alimentando la m谩quina autom谩tica del capital. Nuestros cuerpos son, naturalmente, objeto de control por la administraci贸n para garantizar este prop贸sito. No es algo nuevo ni extraordinario. Tanto es as铆 que el cuerpo de las mujeres lleva siendo objeto de control de las sociedades de clase desde mucho antes, con el fin de garantizar la reproducci贸n de la mano de obra y la correcta transmisi贸n de la propiedad privada, sin que eso haya agitado las ideas de los grandes genios de la filosof铆a. La teor铆a del biopoder, que tan a colaci贸n se ha sacado 煤ltimamente para defender la idea de un Estado cada vez m谩s totalitario y poderoso, no es sino una constataci贸n banal de este hecho. En una pandemia de las caracter铆sticas que hemos descrito, con el alto grado de amenaza que supone para el buen funcionamiento de la m谩quina del capital, se exaspera la necesidad del Estado de controlar nuestros cuerpos bajo un elemento que es cierto 鈥攍a salud es un hecho social鈥 y otro que es falso: que con ello estar铆a defendiendo la sociedad y las necesidades sociales. Si nos quedamos en la constataci贸n, sin embargo, no hay ni explicaci贸n ni salida posible. La soluci贸n no puede estar ni en la gesti贸n sanitaria del Estado, que siempre ser谩 la subordinaci贸n de nuestra salud al canibalismo del capital, ni en la defensa del individuo como 谩tomo libre, independiente y ajeno al cuerpo social.

EL CAPITALISMO SE DEBILITA, Y EL ESTADO CON EL

Quienes no hablan directamente del tr谩nsito a una nueva sociedad de clases, afirman que el capitalismo se est谩 haciendo m谩s fuerte, que d铆a a d铆a gana en poder de convicci贸n y de aplastamiento para quien no quiera convencerse. Bajo esta visi贸n, la burgues铆a es cada vez m谩s poderosa. Si no lo ha llegado a planificar, al menos no ha dejado escapar la oportunidad de la pandemia para aumentar la vigilancia tecnol贸gica y tener m谩s sometidos a los ciudadanos mediante una estrategia del miedo.

Pero el t茅rmino estrategia parece excesivo. Desde luego es inutilizable como estrategia mundial donde la clase dominante sigue un plan definido y pactado, puesto que la gesti贸n de cada gobierno ha sido un s谩lvese quien pueda durante toda la pandemia, primero con las mascarillas, los EPI y los aparatos de respiraci贸n artificial, y despu茅s con las vacunas. Y a nivel nacional, de plan definido y de colusi贸n tampoco es que pueda hablarse, porque lo m谩s caracter铆stico de esta gesti贸n ha sido el zigzagueo, las recomendaciones que se contradec铆an, los palos de ciego, las reaperturas y la relajaci贸n de medidas que se sab铆an, a ciencia cierta, meramente temporales. Desde luego, poco tiene que ver con esos grandes planes nacionales que elaboraba la burgues铆a hace unas d茅cadas y que daban a la gesti贸n gubernamental una estabilidad a pesar del cambio de color pol铆tico. Pero tiene poco que ver incluso con los a帽os anteriores. Con esta crisis, la incertidumbre y desorientaci贸n de la clase dominante est谩 llegando al paroxismo: los datos de crecimiento econ贸mico se eval煤an y oscilan cada mes, las pol铆ticas monetarias y de control de la inflaci贸n se rigen por un lo hacemos ahora y ya se ver谩, los ERTE se negocian y renegocian para mantenerlos unos pocos meses m谩s, las medidas para frenar la factura de la luz y el gas se aplican por trimestres, a la espera de que 鈥攄ios mediante鈥 el siguiente trimestre sea mejor. En la UE, la propia pol铆tica hacia la campa帽a de vacunaci贸n ha sido una sucesi贸n de contradicciones y vaivenes.

Y es normal. La burgues铆a est谩 desorientada, porque sus propias relaciones sociales se est谩n descontrolando. Necesita limitar el paro, pero no puede evitar la expulsi贸n de trabajo por la automatizaci贸n de la econom铆a. Necesita limitar el cambio clim谩tico y el derroche de recursos energ茅ticos y minerales, pero una mera ralentizaci贸n del crecimiento del PIB implica dur铆simas crisis econ贸micas. Necesita que fluyan las mercanc铆as, que la poblaci贸n siga consumi茅ndolas a marchas forzadas, que el capital siga movi茅ndose libremente por el planeta, pero su propia debacle fomenta la aparici贸n de pandemias que obligan a obstaculizar ese movimiento, cerrar fronteras, replegarse.

Si el Estado parece aumentar su tama帽o, no es porque crezca y se fortalezca sino porque se est谩 hinchando de puro pudrirse en su funci贸n hist贸rica. Por un lado, su peso en la econom铆a es cada vez mayor porque las empresas lo necesitan como un 贸rgano de respiraci贸n artificial, en la medida en que sus ganancias tienden a decrecer con el avance del capitalismo. Sin sus puestos de trabajo, su consumo, sus pol铆ticas de inyecci贸n monetaria o su cr茅dito p煤blico, la econom铆a no ser铆a capaz de resistir. De esta forma, asistimos a un proceso que tiende a difuminar la separaci贸n fundante del capitalismo entre econom铆a y pol铆tica, entre Estado y mercado, porque al mismo tiempo que el Estado es un 贸rgano de respiraci贸n artificial para el capital, 茅ste tiene un control cada vez mayor sobre 茅l. La capacidad del Estado fordista para imponer sus decisiones pol铆ticas, sus planificaciones econ贸micas, sus pol铆ticas monetarias o siquiera sus impuestos ya queda muy lejos. Porque el agotamiento del valor tambi茅n aboca al agotamiento del Estado como 贸rgano de regulaci贸n de las relaciones capitalistas. La facilidad con que el capital se deslocaliza y escapa a su control territorial, el aumento persistente de deuda p煤blica que lo pone en manos de los mercados financieros internacionales, la importancia creciente de las estructuras supranacionales, todo ello pone en cuesti贸n el principio tradicional de todo Estado: la soberan铆a sobre su territorio, la capacidad de que sus decisiones pol铆ticas importen. Por otro lado, la concentraci贸n del capital en regiones concretas provoca una desigualdad territorial al interior de sus fronteras que hace de base material para el estallido de movimientos regionales o nacionalistas de car谩cter centr铆fugo. Y en fin, la p茅rdida de bases materiales del reformismo, debido a una producci贸n de plusvalor decreciente, supone tambi茅n que el propio Estado cada vez tiene menos recursos de integraci贸n social mediante ayudas, servicios p煤blicos, asistencia social: no por nada la religi贸n y el identitarismo comunitario est谩n sustituy茅ndolo en esas funciones, sin que ello permita unificar las fracturas sociales, sino que las profundiza en un sentido reaccionario [1].

Es s贸lo dentro de este caos que puede entenderse el incremento de la vigilancia digital y la modernizaci贸n de los mecanismos represivos. S铆, el capitalismo est谩 recurriendo y recurrir谩 cada vez m谩s a la represi贸n, pero eso no implica un mayor control social. Bien al contrario, si necesita acudir al uso de la fuerza es porque la m谩quina del consenso empieza a averiarse.

El desarrollo tecnol贸gico es al mismo tiempo la herramienta y la condena de la clase dominante. Por el desarrollo tecnol贸gico hoy en d铆a se tiene una capacidad de vigilancia in茅dita en la historia: drones, reconocimiento facial, rastreo a trav茅s de los smartphones, an谩lisis masivos del consumo de productos y contenidos en internet, vigilancia de las redes sociales mediante la inteligencia artificial y el big data. Pero tambi茅n, sobre la base de ese mismo desarrollo tecnol贸gico, cada vez se necesita menos fuerza humana que explotar, disminuyen las ganancias, el capital se concentra en una econom铆a de casino que s贸lo genera burbujas siempre a punto de estallar, aumenta la poblaci贸n excedente, sin utilidad social, se requieren cada vez m谩s recursos energ茅ticos y materias primas y para obtenerlos se profundiza la crisis ecol贸gica, la tierra se vuelve est茅ril por la explotaci贸n de la agroindustria, la ruptura del ciclo del f贸sforo y la desertificaci贸n, los fen贸menos clim谩ticos son cada vez m谩s extremos, el agua potable se convierte en un problema creciente, las guerras se multiplican, el desequilibrio de los ecosistemas amenaza nuestra propia vida en el planeta.

Y todo esto genera estallidos sociales, revueltas que sientan las bases para futuras rebeliones. Naturalmente que el Estado se est谩 armando, pero s贸lo porque cada vez puede confiar menos en el consenso social. S贸lo desde una perspectiva del dominio, donde el poder se afirma sin explicaci贸n ni resoluci贸n posible, se puede pensar que la humanidad pueda quedarse de brazos cruzados ante este proceso. Quien no se deje atrapar por tal perspectiva, ver谩 que los movimientos actuales son confusos, est谩n llenos de limitaciones, pero que est谩n respondiendo a un sistema que condena a nuestra especie y que aprenden, sacan lecciones de las derrotas pasadas, con una memoria subterr谩nea que hace de cada oleada mundial algo superior a la anterior: oleadas ante las que el Estado se encuentra cada vez m谩s armado y cada vez m谩s fr谩gil.

Es habitual en el capitalismo que se nos ponga entre la espada y el precipicio y se nos pregunte cu谩l de los dos es el mal menor. La salud o la econom铆a. La libertad o la seguridad. Los derechos de la persona o las necesidades sociales. El individuo o el Estado. Escribimos tras un a帽o y medio de pandemia atravesado por estas dicotom铆as. Y el debate que han provocado entre las filas de la cr铆tica social no es menor, pero no podremos resolverlo dentro de ellas. Hay algo de falso y algo de verdadero en la polarizaci贸n a la que estamos asistiendo: verdadero, porque la salud y la econom铆a, la libertad y la seguridad en el capitalismo viven un antagonismo real e irreconciliable. Quien elige una tiene que renunciar en mayor o menor medida a la otra. Por eso los intentos de la izquierda por elaborar propuestas que resuelvan ese antagonismo no solo son banales, sino que tienen mucho de autoenga帽o 鈥攑ara justificar su propia funci贸n social鈥 y de cinismo.

Pero esta polarizaci贸n tiene tambi茅n algo de falso, porque nunca encontraremos la respuesta si la buscamos en ese enfrentamiento, y porque discutir desde ah铆 nos acaba empujando a elegir una parte del capital frente a otra. Quienes eligen la salud y la seguridad se encuentran defendiendo al Estado como una instituci贸n neutral, buena si bien dirigida, que es la 煤nica en capacidad de velar por los intereses comunes y salvaguardar las necesidades sociales frente al empuje ego铆sta de los individuos aislados. Quienes se inclinan por la libertad y por la econom铆a [2] acaban por encontrarse en la defensa de la libre voluntad del individuo, cueste lo que cueste, y por entender como natural la aberraci贸n de un sistema social regido por la mercanc铆a y el trabajo asalariado.

La 煤nica posibilidad para quienes aspiramos a una sociedad emancipada es romper con ese planteamiento del debate, si no queremos vernos atrapados en 茅l. Entre morirnos de covid o morirnos de hambre, elegimos luchar contra un sistema que nos impone esa disyuntiva. Entre defender al Estado como 煤nico garante de las necesidades sociales o defender la libertad del individuo, ajeno a su interdependencia con los otros, elegimos luchar contra el capital. Ni trabajo asalariado ni sistema que nos enferma. Ni Estado ni tampoco individuo: ambas categor铆as nacen con las sociedades de clase, se acendran en el capitalismo y morir谩n con 茅l, como la 煤ltima sociedad de clases de la historia.

NOTAS

[2] Nos referimos a los argumentos contra las medidas anticovid que no tienen un car谩cter sanitario sino econ贸mico, como los que examinan el confinamiento o los toques de queda por sus da帽os sobre las empresas y el empleo. En el fondo, estos argumentos vienen a plantear que hay que poner en una balanza las vidas que se salvan del virus frente a las vidas que se condenan a la miseria y, a fin de cuentas, elegir: como si pudi茅ramos elegir en el capitalismo entre la miseria y la enfermedad, que en realidad van aparejadas, como estamos viendo en la propia pandemia. Un libro en el que est谩n muy presentes este tipo de argumentos, aunque abunden tambi茅n las consideraciones sobre la validez de estas medidas en el control de los contagios, es P. Franc茅s, J. R. Loayssa y A. Petruccelli: Covid-19. La respuesta autoritaria y la estrategia del miedo, ed. El Salm贸n.

Este texto es parte de un dossier sobre la dictadura sanitaria australiana publicado en el n煤mero 45 de la revista Desde el Confinamiento, que puede descargarse gratuitamente aqu铆. Una introducci贸n puede leerse aqu铆.




Fuente: Noticiasayr.blogspot.com