July 3, 2022
De parte de ANRed
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Foto: Florencia Cosin

Entrevista a la escritora y periodista Mariana Enríquez, que se maneja entre cementerios, abismos, demonios y terror. El universo de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) está lleno de sombras que alumbran lo que somos. Oscuridad y temblores, fantasmas y demonios. Seres terroríficos, atemorizados, que sobreviven entre el bien y el mal, en el abismo del pudor, lo ajeno, la muerte y la violencia. Mariana Enríquez es periodista y trabaja en el suplemento cultural del diario Página/12, pero fue su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2017) el que la llevó a librerías de 20 países. Por Rocio Niebla (Pikara Magazine).


Ganó el Premio Herralde 2019 con Nuestra parte de noche y las lectoras nunca más fuimos las mismas. ¿Se puede disfrutar del miedo? La novela de terror consiguió arrastrar a personas curiosas que poco tenían puesto el ojo en el género. Vello de punta, sexo explícito y ritualizado, mediums y puertas al averno. Nuestra parte de noche es una historia excepcional.

En abril del 2021 publicó sus paseos por cementerios de todo el mundo, Alguien camina sobre tu tumba; y ahora Anagrama ha reeditado una de sus primeras novelas, que en España aún no había salido a la luz. Bajar es lo peor trata sobre la destrucción, el amor y las drogas. Un regalo. Un texto lleno de furia y de fuerza.

¿Qué relación tiene con el miedo?Me interesa por dos partes: como emoción que todos sentimos y es natural, y que puede ser algo patogolizada, como las fobias o los ataques de pánico, ya que nos relacionamos con el miedo por medio de la ansiedad. Luego me interesa el miedo como género de terror, la forma de canalizarlo y hacerlo divertido. Y también como lenguaje para hablar de horrores reales. Me interesa porque incluso nos tenemos miedo los unos a los otros todo el tiempo.

¿Puede el miedo funcionar como droga? Por lo menos nos sube la adrenalina.Cuando yo escribo se me enfría, pero cuando leo de otros y veo películas me funciona como adrenalina. Escribiendo hay que calcular mucho. En pelis y en libros puedes sentir un miedo profundo pero estar totalmente a salvo, que no es lo mismo que vivir miedo real como que te persigan por la calle. El terror como género es muy popular. Hay mucha gente que lo considera como género menor y lo desprecia, sin embargo estrenan una película de terror y lo vende todo. Hay algo que atrae mucho. Por un lado está el subidón de adrenalina y por otro experimentar una situación límite estando en un lugar seguro. El miedo es algo atávico, desde que estamos en las cavernas estamos contándonos historias de miedo. Y nos sirven para funcionar en un mundo muy amenazante: desde la guerra hasta que nos puede atropellar un auto. Si no lo manejamos de alguna manera, desde la imaginación o la ficción, no podríamos vivir; estaríamos terriblemente asustados porque hasta el sol puede darnos cáncer. Incluso aunque no te guste, hay algo como prohibido, de espiar el otro lado, lo desconocido, verle la cara a la muerte, verle la cara a la violencia, verle la cara a los tabús y a lo que tenemos reprimido.

¿Tiene recuerdos de pequeña respecto a la muerte? ¿Cuándo empezó a pensar y a fantasear con ella?Mi madre es médica. La relación con la enfermedad y la muerte, en mi casa, estaba muy… no llegaría a decir normalizada porque no era una mujer fría, pero era algo que pasaba. Era común que viniera del trabajo y que contara. Tenía una madre que se relacionaba con la muerte todo el rato. Yo además veía los libros de medicina de ella, esos cuerpos desmembrados y me encantaba. Y cosa importante: toda mi infancia transcurrió en la dictadura, en la que estaban todo el rato matando gente, pero de una forma muy secreta, porque no eran batallas por la calle sino que secuestraban a la gente, la tenían detenida y luego hacían desaparecer los cuerpos. Era una muerte muy oculta, muy gris, muy hacia dentro de las casas. La gente desaparecía en la noche: era todo muy fantasmal. En mi casa eran muy muy conscientes. Mi padre trabajaba en una fábrica, con un puesto alto, y muchos de sus obreros estaban sindicalizados y eran perseguidos. Así que en casa se hablaba del tema, pero con la prohibición de hablarlo fuera. La jerga era “se llevaron a” y eso era lo que pasaba, que las personas desaparecían, las hacían desaparecer… y era todo confuso, pero la sensación de muerte era de trauma social. A partir de ahí tengo una obsesión, atracción y mirar ese abismo de la muerte.

¿Filosofa más la muerte que la vida?

Sí. También tiene que ver con algo estético. Hay artistas que tienen atracción por lo vital, y eso me gusta, pero mi lenguaje y estética es el límite, el extremo y lo oscuro. Y lo desconocido me atrapa, no hay nada más desconocido que la muerte. A ver (se ríe), hay muchas cosas misteriosas y desconocidas, me podía gustar el fondo marino, pero por algún motivo me obsesiono con el fin total. Después de la muerte no creo en nada, así que paradójicamente por eso me gustan los fantasmas y la güija, hay algo en lo esotérico que es como una búsqueda de esperanza en el más allá. No creo ni en dios ni en el demonio. Es como una leyenda, como Zeus. He jugado muchísimo a la güija. A veces pasan cosas pero nunca estás segura de si alguien está engañando al otro o qué. Es divertido (se ríe). Luego preguntamos si moviste tú el dedo, pero se niega porque nadie quiere ser el mentiroso.

Sobre el folclore argentino con el que se ha criado, cuénteme sobre los demonios autóctonos y sobre los mitos primigenios que ha tenido como educación sentimental.

Vivo en la región de Buenos Aires, que no es especialmente religiosa, pero en la región de Corrientes en la que está mi familia es bastante sincrética, bastante pagana, con sus santitos y también con algo católico. Está muy mezclado. Aquí también pasa algo parecido. Estuve hace poco en la ciudad de Granada y noté esa mezcla. Esa parte de mi familia hace la procesión de la virgen de Itatí, y me acuerdo de mis primas volviendo con los pies desfigurados y luego se iban al panteón del Gauchito Gil. El Gauchito es un santo de la zona que hace milagros. Está todo de rojo de sangre porque le cortó la cabeza un comisario. Gauchito antes de morir le dijo al comisario: voy a ayudar a tu hijo que está enfermo. Y el niño se salvó. El comisario se sintió muy culpable por el asesinato que cometió y difundió todo esto.

Están las carreteras argentinas repletas de templitos al Gauchito Gil, sí.

Tiene un supertemplo en Corrientes y las carreteras están llenas de pequeños altares al Gauchito. Para muchas personas se convirtió en alguien bueno a quien pedirle protección. Otra parte de mi familia es devota de San La Muerte, es la figura de la muerte muy medievalizada. La muerte con la guadaña. La imagen más pagana, más antigua, es la figura de un esqueleto sentado con los codos aposentados en las rodillas. Se llama el Señor de la Paciencia, que, como la muerte, es quien te espera. Se cree que el origen es el culto a los ancestros de los indígenas. Esto es un culto privado, de las casas. Es un santo ambiguo, San La Muerte, ya que le podés pedir que haga el mal o que te proteja. Es un santo muy de los delincuentes, en la cárcel es muy popular. Se lo tatúan para esquivar las balas. Desde hace pocos años tiene un templo en Mercedes, en la provincia de Corrientes también.

Se le da muy bien poner títulos a los libros: Alguien camina sobre tu tumba va sobre sus recorridos por cementerios. El título es la guinda del libro (me río). ¿Qué encuentra allí en los paseos? ¿Por qué le gusta visitarlos?

Es una cosa que hago desde adolescente. Yo fui muy gótica y punk. Y sigo siendo. Al principio la cosa era ir a los cementerios y jugar a la güija. Y cuando empecé a escribir ya me di cuenta que los cementerios son una máquina de historias. Y casi todos tienen algunas muy parecidas, como la Dama de Blanco: la chica que espera en la puerta del cementerio y tiene frío, el chico pasa, le deja su campera, salen esa noche, ella se queda con el saco y le da su dirección y cuando él va a donde ella aparece alguien que le dice que la Dama de Blanco está muerta desde hace 500 o tres años. Esta historia la he visto repetida en cementerios de todo el mundo.

Usted, que viene de un país en el que las familias no tenían cuerpos para hacer el ritual de despedida, de luto y duelo, imagino que ahí hay otro motivo emocional con los cementerios.

Eso es. Para mí ver una tumba donde el cuerpo está me parece tranquilizador. Crecí con amigos que no saben dónde están sus familiares… y aun sabiendo que están muertos los siguen esperando. Es muy fantasmal. Si no está el cuerpo es como si no estuviera absolutamente nada. No se puede cerrar. Así que los cementerios para mí son la simbología del cierre.

Ha llegado algo tarde porque viene del cementerio de San Isidro… (río)

Sí (ríe). Me han enseñado una cripta y había un ángel que una familia riquísima hizo traer de Italia en la primera década del siglo XX. Se supone que lo trajeron en carruaje. El ángel es extraordinario, enorme, el Ángel de Monteverde, y ni siquiera está para que la gente lo vea. Es sensual y perturbador, es la mezcla de eros y tánatos. Y me obsesiono con la historia de cómo mandaron hacerla, traerla y encerrarla ahí para que nadie la vea… Y otra, por ejemplo, el cementerio de Presbítero Matías Maestro en Lima. Es como el cementerio de la burguesía limeña ultrarriquísima y justo en frente está el cementerio de El Ángel, que es el cementerio popular en el que venden tarjetas de móviles, la gente entra con guitarras y comida para pasar el día. No solo veo un sesgo de clase sino también de época, ya que la monumentalidad con la muerte está totalmente perdida. O la gente no tiene dinero para hacerse una capilla gótica o, si lo tienen, les da cosa ostentar en su muerte. Lo chic es casi que no se note. La fobia a envejecer y el estar fit está relacionado con negar a la muerte. Parece que a la muerte haya que ocultarla.

En el libro incluye dos paseos muy especiales: por el cementerio de Poblenou y por el de San Sebastián.

En Poblenou me encontré la escultura de El Beso de la Muerte, que me encantó. Es hermoso y muy raro. Normalmente la figura de la muerte es en general con una mujer: como una danza. La muerte y la doncella. Pero aquí está la muerte dándole un beso a un varón, es un beso entre dos chicos. No hay muchas estatuas así. Y el de San Sebastián pedimos permiso para visitarlo de noche, fue muy impresionante. Fuimos con linternas y nos resbalábamos en el barro. Luego fuimos al cementerio de Igueldo, que estaba cerrado y trepamos. Lo que más me gusta es ir de noche. Ahí tuve una de las pocas experiencias de miedo que recuerdo: sentí como superstición de si veía algo en las fotos, que las hacía con flash, que mis ojos no podían ver en realidad en el cementerio.

¿Ha pensando en su epitafio?

Sí, ya lo tengo preparado. Quiero que ponga: “Aquí no hay nada. Solo polvo y huesos. Nada”. Lo robé. Es del presidente de la Sociedad Protectora de Animales de Buenos Aires (ríe mucho). Tiene una pirámide espectacular en el cementerio de la Recoleta. Ya cuando yo esté agonizando explicaré dónde está porque quiero que me incineren y me tiren allí (ríe).





Fuente: Anred.org