September 15, 2022
De parte de Nodo50
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Un nuevo fantasma recorre Europa, el de las agresiones sexuales mediante sumisi贸n qu铆mica facilitada a trav茅s de pinchazos. Como todos los fantasmas nos trae tormentos pasados que se reiteran en el presente. Nuestra misi贸n es la de analizar cu谩nto de espectral hay en ello y c贸mo se articula el tormento para empeorar nuestras existencias materiales en el ahora. 

Pinchazos: terror y sensibilidad

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Alaska y los Pegamoides

Este verano hemos asistido, no sin desconcierto, a un aluvi贸n de noticias sobre el supuesto aumento de casos de sumisi贸n qu铆mica mediante pinchazos en espacios de ocio nocturno en los que se pretende agredir sexualmente a la v铆ctima aprovechando su merma de capacidad para discernir con claridad sobre aquello que concierne a su sexualidad. 

Ahora bien, a pesar del gran revuelo medi谩tico y los miedos colectivos que se han generado, los casos en los que se induce o se fuerza al consumo con la finalidad de agredir, denominados como 鈥渟umisi贸n qu铆mica鈥, son los menos frecuentes entre las agresiones sexuales con presencia de t贸xicos. En estos casos es mucho m谩s alta la prevalencia de situaciones en las que la persona que agrede lo hace aprovechando un consumo aut贸nomo de la v铆ctima, normalmente de alcohol o de otras drogas. Adem谩s, por lo menos hasta el momento y en el contexto espa帽ol, se ha demostrado que, entre los casos de sumisi贸n qu铆mica, es pr谩cticamente inexistente el uso de pinchazos como medio para suministrar alg煤n tipo de t贸xico. Y esto es porque, entre otras cosas, la eficiencia de los mismos como medio para conseguir la afectaci贸n necesaria para agredir sexualmente es escasa pues se requiere para ello altas dosis de precisi贸n y conocimientos que resultan inaccesibles para personas inexpertas en contextos confusos. Esto no quiere decir que no haya habido pinchazos, sino que en ninguno de los casos conocidos hasta el momento se ha producido posteriormente una agresi贸n sexual y pocas han sido las situaciones en las que se haya encontrado t贸xicos en los an谩lisis a las mujeres denunciantes. 

Entre los casos de sumisi贸n qu铆mica, es pr谩cticamente inexistente el uso de pinchazos como medio para suministrar alg煤n tipo de t贸xico

El tratamiento poco riguroso de las informaciones en torno a la sumisi贸n qu铆mica con fines de agresi贸n sexual a nivel medi谩tico, incluso pol铆tico, y el uso inexacto y escandaloso de las cifras no es un fen贸meno nuevo. En los discursos acerca de los pinchazos, el suministro de t贸xicos en la bebida ante el descuido de la v铆ctima, los polvos inhalados, etc. poco parece importar las evidencias que se帽alan la baja prevalencia o las investigaciones del propio Instituto Nacional de Toxicolog铆a y Ciencias Forenses, seg煤n las cuales la escopolamina, m谩s conocida como burundanga, es pr谩cticamente inexistente como droga para conseguir la sumisi贸n de las v铆ctimas de violencia sexual. Y poco importa porque todo ello favorece la emergencia de estados de p谩nico sexual cuyas ret贸ricas parecen tener otras finalidades que mucho distan de la bienintencionada misi贸n de prevenir la violencia contra las mujeres. 

Estos episodios de p谩nico sexual acaban siendo interpretados desde una l贸gica individualizante t铆pica de los marcos neoliberales reiterando, en el cuestionamiento a las v铆ctimas o en la inhabilitaci贸n de su agencia, su autonom铆a sexual y su capacidad de transformaci贸n mediante mecanismos de victimizaci贸n. O bien, centrando el debate en las intenciones y actitudes de aquellos hombres que, mediante los pinchazos, han estado generando p谩nico sobre las mujeres, favoreciendo la constricci贸n sexual de las mismas y dificultando el acceso a derechos como el ocio y el uso del espacio p煤blico. Desde estas perspectivas individualizantes se reduce el sexismo y el heteropatriarcado a un problema de actitudes que parecer铆a solucionarse mediante estrategias educativas, reflexivas o directamente de aniquilaci贸n o encierro de quien produce el da帽o. Estas medidas no solo son, en algunos casos, 茅ticamente inaceptables, sino que adem谩s se han demostrado ineficaces, por s铆 solas, para acabar con la violencia de g茅nero. Es por ello que desde algunos feminismos nos parece inaplazable recuperar un an谩lisis estructural, seg煤n el cual, los esfuerzos deber铆an centrarse en analizar y combatir la estructura patriarcal y clasista que produce y refuerza esas actitudes, claramente sexistas y violentas, m谩s que en encerrar o re-educar a quien las lleva a cabo. 

Estos episodios de p谩nico sexual acaban siendo interpretados desde una l贸gica individualizante t铆pica de los marcos neoliberales

Los discursos en torno a los 鈥減inchazos鈥 han engarzado con las principales emociones mediante las que se construye el discurso hegem贸nico acerca de la violencia sexual: el puritanismo y el p谩nico sexual. Esto, adem谩s, tiene consecuencias pol铆ticas concretas que van mucho m谩s all谩 de asustar a las chicas para que se queden en casa, ocupen los espacios que les han sido atribuidos por g茅nero o se muestren sexualmente temerosas. El t茅rmino p谩nico sexual, acu帽ado desde los ochenta por Carol S. Vance, y desarrollado en esa misma d茅cada por autores como Gayle Rubin y Jeffrey Weeks, sirve para explicar el mecanismo mediante el cual los miedos, no solo instauran una irracionalidad colectiva o una homogeneidad moral, sino que deben entenderse como eventos pol铆ticos. Esto significa que los estados de p谩nico sexual no solo han funcionado 鈥搚 siguen funcionando鈥 como dispositivos de producci贸n de subjetividad sexual femenina y de un determinado sentido del bien y el mal social, sino que tambi茅n tienen efectos concretos en cuanto a la discriminaci贸n de determinados colectivos y la puesta en marcha de pol铆ticas cada vez m谩s represivas y punitivas necesarias, como apunta Luc铆a N煤帽ez, para la imposici贸n del trabajo precario que establece las bases de la promoci贸n y el avance del neoliberalismo como proyecto pol铆tico. 

Fantasmas: putas, drogatas, arruina-hombres y p茅rfidas 

Tengo algo dentro de mi cuerpo, una extra帽a sensaci贸n, tengo algo que se mueve dentro, no s茅 bien lo que siento. Tengo un pasajero dentro de mi cuerpo. 

Par谩lisis Permanente

Conceptualizar el p谩nico sexual como un dispositivo de producci贸n de subjetividad y moral colectiva significa entender que este se convierte en un mecanismo que incita al puritanismo sexual y a la reproducci贸n de las normativas hegem贸nicas de g茅nero mediante una ret贸rica que le es propia y que instaura un clima de preocupaci贸n, temor y alarma a trav茅s de una serie de recurrencias como la enfatizaci贸n del peligro y el esc谩ndalo. 

Como ha apuntado Marta Lamas, la emoci贸n representa, actualmente, un medio muy eficaz para el control psicopol铆tico del ser humano. Por ello, no es de extra帽ar que esta sea una de las principales v铆as de legitimaci贸n de las pol铆ticas securitarias neoliberales. Por ejemplo, a pesar de su reconocida ineficiencia para abordar las causas de los delitos, mejorar la vida de las v铆ctimas o reducir los 铆ndices de criminalidad, se sigue apostando por las medidas penales y de castigo precisamente porque sacian la sed de venganza ante hechos descritos como atroces y calificados como escandalosos. Esta sed de venganza no es algo consustancial a la configuraci贸n psicol贸gica individual y colectiva del ser humano, sino que es construida interesadamente con el fin de obtener complacencia ante sistemas cada vez m谩s represivos y reaccionarios. 

Se sigue apostando por las medidas penales y de castigo porque sacian la sed de venganza ante hechos descritos como atroces y calificados como escandalosos

En la construcci贸n de la cultura del castigo, la soluci贸n define y conceptualiza el problema. Es decir, aquello que resulta necesario para el avance del capitalismo neoliberal 鈥揺l aumento de las pol铆ticas securitarias y la represi贸n鈥 define la conceptualizaci贸n del problema y a sus actores para hacerlos 煤tiles y d贸ciles a la respuesta. Las pol铆ticas y acciones encaminadas a combatir o prevenir la violencia sexual han sido una de las estrategias m谩s privilegiadas para estos intereses. Hemos asistido a ello con las 煤ltimas modificaciones del C贸digo Penal espa帽ol en las que, por ejemplo, se incorpor贸 la cadena perpetua revisable o se estableci贸 la libertad vigilada como medida de seguridad una vez cumplida condena para los delincuentes sexuales. Una determinada concepci贸n de la seguridad y el riesgo, junto con una promoci贸n de patrones altamente irracionales y emotivos, una definici贸n de aquello que debe resultar problem谩tico para las mujeres, un uso perverso de las pol铆ticas de cifras y una determinada concepci贸n de la subjetividad sexual femenina y masculina han sido los elementos clave para definir el problema de forma que resulte 煤til a los intereses de la penalidad neoliberal. 

A partir de los a帽os 70 del siglo XX el delito pasa a ser considerado un problema generalizado. Ya no afecta a determinados barrios o individuos desfavorecidos, sino que se alienta el temor y la inseguridad al delito como un problema de alcance general. Esto inaugura una determinada concepci贸n de la seguridad t铆pica del neoliberalismo, aquella que la entiende como la ausencia de delitos y ataques individuales. Esta creciente preocupaci贸n y temor ante el delito oscurece otras causas mucho m谩s significativas de inseguridad y riesgo como, por ejemplo, las producidas por la falta de derechos econ贸micos b谩sicos o los abusos de poder de los Estados y sus cuerpos represivos. Este procedimiento implica la redefinici贸n de qu茅 elementos resultan problem谩ticos o dificultan la vida de las personas y qui茅nes son los responsables. De esta forma, por ejemplo, la violencia de g茅nero interpersonal, especialmente la violencia sexual, pasa a considerarse como el principal problema en la vida de las mujeres. Para apoyar este proceso opera otra de las caracter铆sticas de las ret贸ricas sobre los p谩nicos sexuales: el uso de la pol铆tica de datos y cifras como mecanismos perform谩ticos de verdad que establecen los criterios sobre lo que debe preocupar a las mujeres. De esta forma, las situaciones o episodios de violencia interpersonal son tomados como referencia principal para medir la calidad de vida de las mujeres, elemento que, sin negar su impacto e importancia, pocas veces es lo que m谩s precariedad o malestar produce en aquellas que se encuentran en situaci贸n de mayor vulneraci贸n de derechos por su procedencia econ贸mica, racial, por su nivel de salud o por su pertenencia a minor铆as sexuales discriminadas. 

Se promueven estados de p谩nico y alarma que justifican intervenciones poco reflexivas, emotivas y altamente punitivas

Este procedimiento se empeora con el recurso a un uso cada vez m谩s expansivo del concepto de violencia, seg煤n el cual cualquier acto de desigualdad hacia las mujeres es definido como tal. Esto conlleva que situaciones de discriminaci贸n, explotaci贸n, reproducci贸n del sexismo e incluso actos que resultan molestos o no deseados para las mujeres sean denominados como violencia. Con ello se pierde la complejidad de las estrategias pol铆ticas que hab铆an sido desarrolladas por los feminismos para abordar cada uno de estos fen贸menos. Pero lo m谩s problem谩tico es que cuando normativas y macroencuestas oficiales definen como violencia sexual una mirada lasciva, un comentario sexual inc贸modo o no deseado, un chiste sexista o una reiteraci贸n en el cortejo, las cifras resultantes son escandalosas porque estas muestras de sexismo en un marco patriarcal son altamente frecuentes. Con esto se promueven estados de p谩nico y alarma que justifican intervenciones poco reflexivas, emotivas y altamente punitivas, pero adem谩s se incide en el car谩cter l谩bil, temeroso y vulnerable de la sexualidad femenina. Partiendo de la idea de 鈥continuum de la violencia鈥, quien empieza masturb谩ndose ante mujeres adultas acabar谩 violando y, por ello, es necesario aplicar una determinada l贸gica securitaria, la que establece que hay que intervenir endureciendo las consecuencias de las conductas m谩s leves y estableciendo el control preventivo como mecanismo normalizado. Se desoye as铆 el funcionamiento de la violencia y su dimensi贸n multicausal, se legitiman, incluso desde las izquierdas y algunos feminismos, las pol铆ticas de la Tolerancia Cero y se da a entender que las luchas por la redistribuci贸n de la riqueza y el acceso a derechos b谩sicos o contra los recortes de libertades y la represi贸n estatal y policial son residuales o pertenecientes a una materia distinta a los objetivos feministas. 

Aquellas mujeres que son reconocidas como buenas madres y esposas son tambi茅n m谩s reconocidas como v铆ctimas por parte de los sistemas de justicia y de protecci贸n social

Como bien sabemos las personas que trabajamos o militamos acompa帽ando procesos de recuperaci贸n de violencias sexuales y de g茅nero, tras esta grandilocuencia y magnificaci贸n del fen贸meno se oculta la incapacidad del sistema para proteger a las v铆ctimas y abordar verdaderamente las causas de la violencia. Estos discursos generan falsas expectativas en las v铆ctimas, tanto porque alientan la infantil creencia del riesgo cero, como porque, en una amplia mayor铆a de casos, no se acaban haciendo efectivas las promesas de protecci贸n y reconocimiento, especialmente en aquellas v铆ctimas infractoras que no cumplen con el rol requerido en un marco de moralizaci贸n de derechos. Como ha apuntado Dolores Juliano, diversos estudios han demostrado que aquellas mujeres que son reconocidas como buenas madres y esposas o que cumplen con los roles cl谩sicos de la feminidad son m谩s reconocidas como v铆ctimas por parte de los sistemas de justicia y de protecci贸n social y, por tanto, m谩s protegidas y dotadas de los derechos que se atribuyen a tal estatuto. Pero, adem谩s, en un contexto que distribuye derechos y reconocimiento en funci贸n de criterios racistas y clasistas, las mujeres pobres, racializadas, trabajadoras sexuales o trans son sistem谩ticamente desprotegidas, cuando no, castigadas por estos mismos sistemas. El reconocimiento del estatuto de v铆ctima y la puesta en marcha de los mecanismos y derechos para reparar el da帽o y dejar de sufrir sus consecuencias no deber铆an estar ligados a ning煤n car谩cter personal, sexual o moral, pero lamentablemente, en la actualidad, la construcci贸n de la v铆ctima implica la atribuci贸n de determinadas caracter铆sticas normativas como la pasividad, la inocencia, la emotividad, la irracionalidad y la falta total y absoluta de responsabilidad. Este tipo de sujeto, ideal para cualquier poder, reproduce los ideales t铆picos de la feminidad y coloca a las v铆ctimas de violencia sexual en un lugar tremendamente inc贸modo. Por ejemplo, en los contextos de violaci贸n es extremadamente frecuente el mecanismo definido por In茅s Hercovich como la 鈥渘egociaci贸n de sexo por vida鈥. En defensa de la propia integridad y la propia vida, es frecuente que las v铆ctimas negocien ciertas pr谩cticas sexuales ante el temor comprensible de sufrir da帽os mayores e incluso la muerte. Cuando desde algunas posturas bienintencionadas se habla de un mecanismo autom谩tico de paralizaci贸n de las v铆ctimas de violaci贸n ante el miedo, parece querer ocultarse que, en gran parte de los casos, hay una resistencia activa que consiste en un uso estrat茅gico de la sexualidad. Es evidente que esta negociaci贸n es absolutamente desigual y la autonom铆a sexual inauditamente limitada, ahora bien, negarla es no reconocer la resistencia y abonar el campo para la culpabilidad de las v铆ctimas como c贸mplices, uno de los principales escollos de la recuperaci贸n. Las v铆ctimas se ven forzadas a reclamar continuamente su pasividad, su bondad y su falta de agencia y responsabilidad. Quiz谩s por ello una v铆ctima que se divert铆a prudentemente con sus amigas y recibe sorpresivamente un pinchazo con droga, que la deja inerte para ser trasladada como una mu帽eca a cualquier lugar para ser violada, es un relato mucho m谩s aceptable para una sociedad que prefiere seguir dividiendo a las mujeres entre putas y santas. 

Cero Rock & Roll: todo esto no es divertido

Girls just wanna have fun

Cyndi Lauper

Las mujeres tambi茅n queremos divertirnos. Incluso las mujeres violadas queremos divertirnos. Pero para ello es imprescindible dejar de ser instrumentalizadas para avalar un sistema que nos lo impide y que impide la diversi贸n de la mayor铆a m谩s vulnerada. Y evidentemente con diversi贸n me refiero a algo que ya se ha convertido en un objetivo demasiado ambicioso: reclamar que la seguridad tenga que ver con tener garantizada la renta de supervivencia, la vivienda o el acceso a la salud para poder asumir los riesgos que conlleva una vida plena, enti茅ndase divertida. 

Los p谩nicos sexuales legitiman esa concepci贸n de la seguridad que, como apuntan Trias y Sales 鈥渆n su concepci贸n hegem贸nica, se vincula al control de quienes son etiquetados como causantes de la inseguridad y plantea soluciones supuestamente f谩ciles como el incremento sin l铆mite de la vigilancia y del control policial o el endurecimiento de los mecanismos sancionadores鈥. Mientras se promueve el control y el encarcelamiento de las poblaciones m谩s vulneradas mediante el car谩cter altamente selectivo del sistema penal y sancionador estatal, se oculta su ineficacia para proteger a las mujeres y la relaci贸n inversamente proporcional que esto tiene respecto a las pol铆ticas sociales y de redistribuci贸n de la riqueza. 

Mientras se promueve el control y el encarcelamiento de las poblaciones m谩s vulneradas, se oculta su ineficacia para proteger a las mujeres

El proceso de particularizaci贸n del riesgo oculta las causas m谩s probables de inseguridad que afectan a la mayor铆a de la poblaci贸n y que responden m谩s a la masiva precarizaci贸n y falta de derechos b谩sicos fruto del desmantelamiento de los sistemas del bienestar llevada a cabo en los marcos neoliberales, que a la acci贸n de individuos o grupos particulares. Pero tambi茅n oculta que, probablemente muchas de estas acciones disruptivas o delictivas responden tambi茅n a causas sociales que podr铆an intervenirse activando pol铆ticas de corte sociocomunitario y de redistribuci贸n de la riqueza. Como se ha venido apuntando por parte de la criminolog铆a cr铆tica las sociedades post-welfarianas se han caracterizado por establecer una relaci贸n inversamente proporcional entre pol铆ticas sociales y de redistribuci贸n de la riqueza y el aumento de la senda punitiva de la penalidad neoliberal. Por poner un ejemplo, en la 煤ltima d茅cada se ha reducido un 20% el gasto social en Catalu帽a, siendo esta una de las comunidades con mayor desigualdad. Esto evidentemente tiene una afectaci贸n directa sobre las v铆ctimas de violencia de g茅nero en el necesario acceso universal a derechos econ贸micos y de protecci贸n social, acceso a la vivienda y recursos para la recuperaci贸n del da帽o o para la prevenci贸n. Pero en cambio las campa帽as y pol铆ticas p煤blicas hacen gala de un lenguaje grandilocuente y confrontativo. Por ejemplo, el protocolo catal谩n de atenci贸n a violencias sexuales en espacios de ocio nocturno, elaborado por el Departament d鈥橧nterior, con el apoyo de algunas entidades feministas, establece el marco securitario como eje central de sus actividades. Adhiri茅ndose a la Ley de Seguridad Ciudadana, que establece como infracciones administrativas el exhibicionismo, la masturbaci贸n en espacios p煤blicos ante personas adultas, el acoso sexual callejero o piropos, define los criterios operativos para que personal de seguridad privada pueda activar denuncias administrativas. El mismo protocolo se hace eco de una definici贸n de violencia sexual de la OMS en la que se considera como tal 鈥渓os comentarios o insinuaciones sexuales no deseados鈥 perdiendo completamente la referencia del consentimiento como m铆nimo eje necesario para establecer lo que puede constituir una forma de violencia. Estas medidas no mejoran de forma relevante las vidas de las mujeres ni de las v铆ctimas y, de hecho, al legitimar la llamada Ley Mordaza se contribuye a empeorar las condiciones de las trabajadoras sexuales y las activistas pol铆ticas. Adem谩s, como todas las medidas de corte sancionador, acabar谩 impactando de forma m谩s grave sobre personas en situaci贸n de vulneraci贸n de derechos, pobres, racializadas o con malestares de salud mental, ya que, en los marcos neoliberales clasistas y racistas, estas normativas se aplican de forma especialmente insistente sobre determinados grupos y personas. 

Desde los a帽os 90 las diferentes reformas laborales aumentan considerablemente la precarizaci贸n del empleo, se legalizan las empresas de trabajo temporal, se disminuye el gasto social y, a su vez, se aumenta la inversi贸n en seguridad, polic铆a o gasto penitenciario y la asistencia social deviene un sistema premial que no responde a una l贸gica de derechos universales y pol铆tica redistributiva, sino de control de la docilidad que te hace merecedora de los escasos recursos disponibles. Los sistemas de asistencia social pasan a convertirse en un medio de control y vigilancia del cumplimiento de las exigencias para ser considerada una buena v铆ctima, es decir, una persona merecedora de la asistencia social estatal. En el caso de las mujeres, la pasividad, el maternaje entregado, el pacifismo y una concepci贸n puritana de la sexualidad para la que cualquier insinuaci贸n o requerimiento sexual degrada su dignidad. El sujeto v铆ctima merecedor de asistencia social es el sujeto 煤til que legitima el giro punitivo funcional para la continuidad de un capitalismo que necesita esa gran masa de pobres y excluidos como mano de obra excedente lista para el trabajo precario y siempre amenazada por los l铆mites de la legalidad de sus actividades de supervivencia. La cultura del castigo, el encarcelamiento masivo o el aumento de delitos que van a acabar encerrando a las personas m谩s pobres son el abismo necesario para garantizar la productividad en condiciones de miseria. Las luchas organizadas contra este capitalismo patriarcal y racista son la garant铆a de nuestra supervivencia y de nuestra diversi贸n. Muchas v铆ctimas de ataques sexuales sabemos que no queremos divertirnos a costa de legitimar instituciones de tortura, hay que seguir insistiendo en ello. 

Mucha polic铆a, poca diversi贸n, un error, en especial, para lxs quienes menos tienen. 




Fuente: Ctxt.es