July 16, 2021
De parte de Nodo50
229 puntos de vista


1. La quincena pasada ha sido doble semana grande para la denuncia de la dictadura de lo pol铆ticamente correcto. Hemos escuchado a un c贸mico asegurar que la gente ya no se r铆e como antes de sus chistes de 鈥渟arasas鈥, a un cineasta denunciar que ahora ya no podr铆a rodar su 谩cida saga de detectives urbanos, un columnista ha dedicado su espacio a glosar todas y cada una de las veces (驴las tendr谩 anotadas?) que se han re铆do de 茅l en las redes, un presentador de televisi贸n ha asegurado que no se siente capaz de decir a qui茅n vota por miedo a la censura, y el pobre P茅rez-Reverte ha sido 鈥渃ancelado鈥 por el agresivo gremio de escritores de literatura infantil.

Bien es cierto que uno lleva contando chistes en televisi贸n desde que yo era peque帽o, el otro estrena cada a帽o una de sus pel铆culas 鈥渃ontra la crispaci贸n鈥, el presentador no se pierde una vesprada para difundir lis茅rgicas magufadas, el columnista suele quejarse de que la gente va reprimida y ya no se puede hacer broma de nada (acaricien la sublime iron铆a), y sospecho que solo el jurado del Premio de la Cr铆tica es capaz de diferenciar entre el P茅rez Reverte real y el de El Mundo Today. El asunto invita al pitorreo, y a ratos a uno le gustar铆a que este ejemplar voluntariado en el rid铆culo p煤blico no se terminase nunca, pero tanta insistencia en lo aparentemente inexistente induce a pensar en la presencia subterr谩nea de motivos de peso que quiz谩s sea de inter茅s para el lector tratar de aclarar.

A fin de cuentas, por lo menos a cuatro de los cinco aludidos les he escuchado quejarse tambi茅n del 鈥渆litismo鈥 de la cr铆tica autorizada (esto es, con silla en la universidad o con espacio en un peri贸dico de papel, de los de antes, de los serios), que no les deja contar sus chistes, rodar sus pel铆culas o escribir sus novelas como a ellos les gusta, a lo vivo. Ya es mala suerte que cuando no te cancelan las huestes incontroladas de indocumentados te repriman los matones de Harold Bloom. 驴Es la cancelaci贸n una distorsi贸n psicol贸gica, al estilo de esos personajes de Henry James que se hartan de ver fantasmas para no ver otras cosas? 驴Un problema de emancipaci贸n de audiencias? 驴O ser谩 el desamparo que le sobreviene a los 鈥減roductos de entretenimiento masivo鈥 siempre que les atraviesa la cr铆tica cuando opera como 鈥渄efensa del nivel alcanzado鈥; de manera que si les llega de arriba le llaman 鈥渆litismo鈥 y si les llega de abajo le llaman 鈥渃ancelaci贸n鈥? 隆Ni siquiera podemos descartar que se trate de las tres cosas mezcladas! Pens茅moslo con algo de sosiego.

Se necesita la borrosa ignorancia del enterado (o del interesado) para negar que los artistas jam谩s hab铆an disfrutado de una libertad tan completa como la actual

2. Busquemos primero a un interlocutor con algo de peso intelectual. 驴Qu茅 les parece Bret Easton Ellis? El autor que, seg煤n las contraportadas de sus libros, aterroriz贸 la buena conciencia estadounidense con American Psycho, andaba quejoso durante el confinamiento de que con su nueva novela, White, no cosechaba m谩s que una indiferencia orquestada por la nueva constelaci贸n de exigencias morales, segregadas de lo pol铆ticamente correcto. Easton recurr铆a al cl谩sico de los cancelados, Lolita: 鈥淯n libro as铆 no se hubiese podido publicar hoy, la censura lo habr铆a impedido鈥.

Lo asombroso del caso es que, a fuerza de repetirla, la frase se ha vuelto plausible, pese a ser clamorosamente falsa. El contexto nos invita a creer en algo que la historia desmiente. Los primeros editores de Lolita tuvieron serias dudas (y la publicaci贸n sufri贸 numerosos retrasos) calibrando si el libro podr铆a ser retirado de las librer铆as estadounidenses. Unos a帽os antes el Ulysses de Joyce fue prohibido en Inglaterra (ni siquiera Virginia Woolf se atrevi贸 a publicarlo). Y unas d茅cadas atr谩s nos encontramos a Madame Bovary sentada en el banquillo de los acusados. La Ilustraci贸n era muy tolerante con las ideas que le conven铆an, pero Voltaire solo admiti贸 a rega帽adientes la mutilaci贸n de las obras de Shakespeare cuando perdi贸 la batalla por impedir que subiesen a los escenarios franceses.

驴En qu茅 鈥溍﹑oca鈥 se hubiese podido publicar Lolita? Probablemente solo en la nuestra. 驴No estamos acostumbrados a que se distribuyan libros y pel铆culas sin apenas freno en la representaci贸n de la violencia y la exposici贸n de la sexualidad? 驴No se exponen a niveles de crudeza muy superiores a la 鈥渞ealidad鈥? Se necesita la borrosa ignorancia del enterado (o del interesado) para negar que los artistas jam谩s hab铆an disfrutado de una libertad tan completa como la actual, el l铆mite se ha desplazado de la conveniencia p煤blica al alcance de la propia imaginaci贸n. Por decirlo con una f贸rmula de 茅xito: vivimos la Edad de Oro de la libertad creativa.

驴Qu茅 flota en el ambiente para darle cr茅dito a las afirmaciones de Ellis? Es cierto que nos llegan noticias de libros de memorias que una editorial no quiere publicar, de actores a los que se da menos trabajo por su afici贸n a los chistes racistas, de guionistas de tebeos que caen en el descr茅dito por sobrepasarse con sus compa帽eras, de periodistas que pierden su columna por no gustar a la nueva l铆nea editorial… De acuerdo, lo de Lolita no es un buen ejemplo, pero, 驴no estamos ante casos de censura? Me temo que no. Muchas palabras admiten usos en contextos distintos, de manera figurada, pero algunas palabras se aplican a situaciones tan particulares que podemos perderlas a fuerza de ensanchar artificialmente su campo sem谩ntico; y 鈥渃ensura鈥, una herramienta valios铆sima para describir el mundo en el que vivimos, es una de ellas, de las m谩s preciosas y delicadas.

La 鈥渃ensura鈥 es la prohibici贸n expresa de publicar y difundir ideas, obras o incluso el trabajo intelectual y creativo de una persona (por ser esa persona), y en sentido estricto solo lo puede ejercer el Estado; apoyado en un programa, un juego de criterios y un sistema de coacciones previamente establecido. Solo la 鈥渃osa p煤blica鈥 tiene la capacidad de extenderse sin competencia sobre toda la sociedad impidiendo de manera efectiva la publicaci贸n o la difusi贸n, al menos sin incurrir en delito.

Por tentador que sea aprovechar a nuestro favor la fuerza moral que contiene la palabra 鈥渃ensura鈥, lo cierto es que los medios privados no pueden ejercerla sin la connivencia del Estado. La competencia permite que te vayas con tus memorias a otra editorial. Uno entiende el disgusto humano del opinador que ve rechazada su columna, pero el contratante tiene siempre el derecho y la 煤ltima palabra a la hora de aceptar un texto o rechazarlo, y para decidirlo echa manos de criterios como el gusto, el juicio, la 茅tica, la l铆nea editorial o la conveniencia econ贸mica. A uno puede molestarle el criterio elegido para rechazarle, pero un pulso entre criterios no equivale a una censura. Que el asunto est谩 claro incluso para los damnificados se manifiesta en que se prefiera hablar de 鈥渃ancelaci贸n鈥 y no de 鈥渃ensura鈥, lo que equivale un reconocimiento t谩cito de la inconveniencia del t茅rmino.

Desplac茅monos ahora a otro gremio que suele quejarse de la presi贸n de la 鈥渃ancelaci贸n鈥, el de los humoristas. Los ejemplos son muy variados, pero propongo centrarme en el d煤o Osborne & Ar茅valo, promotores de un humor muy especializado, enfocado hacia la homosexualidad masculina y los problemas de dicci贸n. Uno de los dos se ha quejado de la desatenci贸n del p煤blico con estas palabras: 鈥淣o hables de los tartamudos, no te metas con los mariquitas, esto otro ni tocarlo… 隆Co帽o, 驴d贸nde estoy, en Sevilla o en Alemania? 隆Pero si nadie tiene la intenci贸n de ofender ni insultar!, se ha perdido el sentido del humor, esto parece otro pa铆s鈥… Los humoristas incurren en la misma falacia nost谩lgica que Ellis: proyectan la libertad en un pasado reciente donde s铆 actuaba la censura de Estado, y promueven la alucinaci贸n subjetiva de que sigue viva para explicarse que sus libros y sus espect谩culos no interesen como 鈥渁ntes鈥. Y no solo no interesan, sino que ahora les llega un goteo de noticias y avisos sobre los motivos del rechazo o la indiferencia.

Ellis y el d煤o c贸mico compuesto por Osborne & Ar茅valo no se enfrentan a la 鈥渄ictadura de lo pol铆ticamente correcto鈥, sino a un fen贸meno de emancipaci贸n de las audiencias. Los lectores y espectadores disponen ahora de m谩s medios y cauces para articular su juicio y difundirlo. Los lamentos de los 鈥渃ancelados鈥 vienen a se帽alar que estos juicios son escuchados y atendidos, que son efectivos, que revitalizan el sentido cr铆tico. Que son tan leg铆timos (y parciales y acertados e injustos) como la rese帽a que socava el prestigio de un escritor o un cineasta, e incita a las personas que se f铆an del criterio del cr铆tico a no leerlos ni acudir al cine. Lo que los 鈥渃ancelados鈥 llevan mal es la apertura de espacios donde expresar la propia opini贸n, en ocasiones vali茅ndose de criterios que nadie contemplaba diez a帽os atr谩s.

驴De qu茅 tratan estos nuevos criterios de valoraci贸n? 驴Son leg铆timos, son 鈥渕orales鈥, pretenden imponerle un 鈥渓铆mite鈥 al humor, a lo que una novela puede afirmar o una pel铆cula abordar?

Los humoristas se enfrentan a una emancipaci贸n de las audiencias, a un incremento de la capacidad de presi贸n de comunidades que deb铆an soportar el humor ajeno en silencio

Trato de desenredar esta s煤bita catarata de interrogantes. El humor no tiene l铆mites morales en el sentido que s铆 los impone una ley f铆sica (el agua siempre hierve a los 100潞, pero no existe un efecto f铆sico que enmudezca la garganta del c贸mico si sobrepasa cierto nivel de obscenidad o de crueldad), aunque ser铆a c铆nico obviar que siempre tiene sus guardianes, que pueden adoptar procedimientos muy variados: a veces son criminales (como los grup煤sculos terroristas), otros disfrutan de respaldo legal (como la intromisi贸n al honor, las injurias a la corona o la ley mordaza)… y en otras son ejercidas por grupos socialmente comprometidos.

En los dos primeros casos aducidos no se juzga la gracia del humorista, sino que se se帽ala la responsabilidad social del humor, pues de lo que se tratar铆a es de impedir que difundan visiones equ铆vocas (seg煤n el imaginario de quien pretende limitar el humor) sobre el orden p煤blico o las jerarqu铆as celestes. En el caso de la presi贸n sometida por los grupos identitarios o socialmente comprometidos el asunto es m谩s complejo; me explico: en la medida que suelen centrarse en se帽alar desfavorablemente el humor grueso y poco sofisticado, el que tira de t贸picos redichos, parece incluir alguna clase de juicio literario. No se tratar铆a tanto de impedir, censurar o cancelar los chistes sobre mujeres, homosexuales o gangosos, como ejercer una presi贸n cr铆tica parecida a la del cr铆tico que diferencia en su rese帽a la ambici贸n literaria de Sara Mesa o Elvira Navarro de las bullangas de P茅rez. Una presi贸n que no multa, encierra ni amordaza, pero que, si tomamos el ruido y los desgarros que provoca en los afectados como indicador, debemos aceptar que se trata de un ejercicio cr铆tico muy efectivo.

Y vayan a pensar que se trata de algo nuevo (o peor, 隆algo millennial!). Hacia 1970, nada menos que Edward Said se帽alaba que la esfera p煤blica estadounidense solo toleraba comentarios racistas contra los 谩rabes. Para subsanar esta situaci贸n, el profesor Said no reclamaba protecci贸n legal, sino que alentaba a que la comunidad 谩rabe se organizase para expresar su disconformidad p煤blica, que los humoristas sintiesen la presi贸n de recibir una respuesta cr铆tica, algo que ya hab铆an conseguido los jud铆os y los afroamericanos. Por supuesto que el racismo y la homofobia que transporta el humor (o la ficci贸n) no pueden ponerse al mismo nivel que el racismo y la homofobia que se expresan en la discusi贸n pol铆tica (el humor es ambiguo, es ir贸nico, es un juego de espejos…), pero tampoco puede pretenderse encapsular el humor en una esfera ad谩nica e inocente, desvinculada de los efectos pol铆ticos, carente de toda responsabilidad moral. Negarlo supondr铆a para los humoristas asumir una proyecci贸n social nula de su trabajo, declararse part铆cipe de un corro de la patata para alelados. Si exceptuamos la rara magia del humor blanco, los chistes suelen dejar un rastro de dolor, un remanente de ofensa. Tantas veces la risa se desprende a costa de helarle a alguien la sangre.

La responsabilidad es la misma si se apunta hacia los poderosos que si se apunta contra los desfavorecidos, pero el coste es muy distinto. Un buf贸n siempre sabe cu谩ndo se est谩 mofando del rey o de un mendigo, cu谩ndo bromea a coste cero o cu谩ndo se juega el costillar. A lo que se enfrentan ahora los humoristas es a una emancipaci贸n de las audiencias, a un incremento de la capacidad de presi贸n de comunidades que deb铆an soportar el humor ajeno en silencio, sin capacidad de exponer su leg铆timo juicio cr铆tico, articulado tantas veces en respuestas ir贸nicas y burlescas (驴o es que el humorista pretende instituirse en el 煤nico l铆mite del humor?). Los jud铆os, los negros y los homosexuales no han dejado de hacer gracia en Estados Unidos, siguen siendo capaces de re铆rse de ellos mismos y de admitir las bromas de otros (exactamente igual que los nobles, los empresarios y los patronos de los humoristas), sencillamente se han organizado para juzgar el humor que se les dirige, y se han asegurado de disponer de cauces por donde expresarlo, de hacer sentir a los artistas y humoristas su presi贸n cr铆tica. Una presi贸n de abajo hacia arriba tan novedosa que obliga a los profesionales a repensar sus estrategias y a ser m谩s cr铆ticos con su trabajo. 驴A alguien puede extra帽arle que prefieran verse en el prestigioso papel del perseguido por la censura que admitir que est谩n siendo criticados leg铆timamente?

3. Traslad茅monos ahora (menudos viajes les estoy dando) de vuelta al plano literario. Pues aqu铆 tambi茅n encontramos nuevos criterios esgrimidos por comunidades de p煤blico emancipado. Criterios que a primera vista pueden ser interpretados como censores y canceladores porque no se reconocen como puramente literarios, sino como una suerte de exigencias de orden social o hist贸rico.

Antes de volver a las comunidades emancipadas conviene se帽alar que la distinci贸n que acabo de se帽alar es equ铆voca y disparatada. En primer lugar no es posible separar las 鈥渃ualidades est茅ticas鈥 de los valores 鈥渉ist贸ricos o morales鈥 de una novela (por centrar el asunto en mi campo). No creo que pueda existir un lector capaz de leer sin atender a las cuestiones morales-hist贸ricas que plantea una obra contempor谩nea sobre un asunto que le afecta. Parece un esfuerzo sobrehumano leer una novela de Cercas, Chirbes o Almudena Grandes sobre la Guerra Civil o la transici贸n espa帽ola sin juzgar, o por lo menos opinar, ya sea para asentir o replicar, sobre las ideas pol铆ticas all铆 vertidas, de la misma manera que uno pasa las reflexiones de Proust sobre los celos o de Tolstoi sobre el matrimonio por filtros que no son exclusivamente consideraciones de estilo. Y si alg煤n lector lograse el milagro de suspender el juicio sobre los asuntos 鈥渉ist贸ricos-pol铆ticos-morales鈥 que las novelas abordan, estar铆a leyendo contra las intenciones de unos autores que se han preocupado y esforzado por decir lo que quer铆an decir sobre estos asuntos, tantas veces desagradables y comprometedores. 驴O alguien puede creerse que se elija un asunto como el caso Dreyfus o la emancipaci贸n de los siervos como sustent谩culo de 鈥渇rases bellas鈥 y otros logros est茅ticos?

Leemos para ampliar nuestra visi贸n del mundo y los recursos de nuestra inteligencia, no para revolcarnos en la estupidez, en los t贸picos enmohecidos

Un lector de Balzac puede no tomar partido a favor o en contra de Napole贸n, pero, 驴se estar谩 enterando de algo si omite que la acci贸n militar y pol铆tica del general traz贸 una frontera que divid铆a la historia contempor谩nea en dos temperaturas morales distintas, en dos mundos antag贸nicos? Y resulta casi imposible imaginar a un lector coet谩neo a Balzac, que hubiese pasado por las mismas experiencias, que no juzgase 鈥渓iterariamente鈥 la moral, la pol铆tica y los nervios hist贸ricos entreverados en el relato. Mientras leemos podemos reconocer pasajes que brillan con una intensidad m谩s 鈥減ol铆tico-hist贸rico-moral鈥 que otros, pero se trata de una distinci贸n te贸rica, en la pr谩ctica no podemos separar las dos dimensiones sin destruir el texto. El nervio moral que subyace al tema sobrevive a la erosi贸n de las circunstancias que permit铆an implicarse y reaccionar de manera personal. El lector que logre avanzar por las obras de Proust o Balzac sin mancharse de los debates morales que all铆 se plantean habr谩 alcanzado un grado vertiginoso de papanatismo ad谩nico.

Negada esta separaci贸n artificial entre lo 鈥渆st茅tico鈥 y lo 鈥渕oral鈥, hija de la pereza y fuente de tantos equ铆vocos, centr茅monos ahora en la irrupci贸n de nuevas preocupaciones literarias (morales, hist贸ricas, sociales) que ponen de manifiesto aspectos de la obra que los lectores precedentes hab铆an pasado por alto, y que 鈥渙bligan鈥 a una relectura, cuando no a una reconsideraci贸n. As铆, la conciencia de las mujeres sobre su papel secundario en la historia conlleva que adviertan hasta qu茅 punto lo que pasaba por ser una representaci贸n literal de la naturaleza humana (el espejo por el borde del camino) era un constructo artificial, reflejo de una forma de poder y control interesado. Un motivo si se quiere para preferir Cumbres borrascosas a Nuestra se帽ora de Par铆s, otro criterio para ejercer la cr铆tica. 驴C贸mo separar la representaci贸n que hace Virginia Woolf de las asfixias an铆micas de mujeres relegadas de la actividad p煤blica y confinadas en lo dom茅stico, como Dalloway o Lily Briscoe, de lo 鈥渓iterario鈥? 驴Y c贸mo no contrastarlo (como contrastamos la sofisticaci贸n del punto de vista de James o la velocidad narrativa de Flaubert con la de colegas menos talentosos) con las representaciones del pasado y las del futuro, como baremo de exigencia? Lo mismo vale para la representaci贸n de la homosexualidad, de la clase trabajadora o de los afroamericanos.

Si estas revisiones no pueden desgajarse de lo 鈥渓iterario鈥 es porque afectan a un problema central de la ficci贸n: el de la representaci贸n. Toda representaci贸n (en la medida que la vida no cabe en una obra de arte) supone una suerte de violencia sobre lo representado: ya sea uno mismo, un grupo af铆n, una clase social, una aspiraci贸n, una facultad (los celos, la envidia…), una 茅poca o un proyecto colectivo. El problema es endiablado porque una representaci贸n es igual de 鈥渕ala鈥 cuando pretende abarcar demasiado y pierde intensidad, como cuando se adscribe por comodidad al t贸pico; en este segundo caso porque la visi贸n que nos ofrece sobre el mundo perder谩 inevitablemente complejidad, la exigencia suprema de la ficci贸n occidental. 

En ocasiones la fuerza del personaje deriva de la 鈥渋njusticia鈥 de la representaci贸n (all铆 est谩n los jud铆os de Dickens y de Shakespeare), pero en la mayor铆a de casos se necesita ser un fan谩tico de los 鈥渧alores art铆sticos鈥 para no percibir que una representaci贸n de las mujeres como criaturas inmaduras y lloronas, de los homosexuales como enfermos risibles y de los afroamericanos como cenutrios incapaces de aprender, incide muy directamente sobre el juicio literario de las obras donde nos encontramos con estos t贸picos. All铆 donde aparecen reconocemos una simplificaci贸n del mundo que la novela no puede permitirse. Leemos para ampliar nuestra visi贸n del mundo, los recursos de nuestra inteligencia y mejorar nuestra plasticidad moral, no para revolcarnos en la estupidez, en los t贸picos enmohecidos y la presbicia de constatar la propia importancia.  驴No le exigimos a un escritor que nos diga la verdad sobre los celos, la moral o la enfermedad? 驴C贸mo no vamos a exigirle que se prive de decir bobadas sobre la homosexualidad, la clase trabajadora o las mujeres? Como advert铆a Edward Said, al cobrar conciencia de que las representaciones de los orientales en muchas obras occidentales son tendenciosas, inefectivas y perezosas, ya no podemos olvidarnos ni reconocer la desidia en estos aspectos, de la misma manera que advertimos a la primera cuando un di谩logo es pobre o una descripci贸n es perezosa.

Admitir que el problema de la representaci贸n es tan literario como moral solo nos trae ventajas como lectores, aunque incremente la necesidad de esforzarse de los escritores

Quienes perciben en estas exigencias una 鈥渄ictadura de lo pol铆ticamente correcto鈥 se sit煤an en una posici贸n similar a la de los c贸micos que preferir铆an seguir confortablemente establecidos en el viejo orden de cosas (el orden donde prosperaba la censura de Estado): niegan la creciente exigencia de su arte, su progreso, ahora vigilado no solo por la cr铆tica, sino tambi茅n por las comunidades emancipadas de lectores. Les gustar铆a seguir escribiendo ficciones donde no se les exigiera tanto; cuando se quejan, est谩n pidiendo clemencia.

Al integrar el problema de la representaci贸n como un ingrediente art铆stico m谩s (y no relegarlo como si fuese una exigencia social aislada), evitamos el riesgo de despreciar Oliver Twist o El mercader de Venecia, y sustituirlas en las academias y en la circulaci贸n de recomendaciones por otras obras donde la representaci贸n de los jud铆os sea menos t贸pica, aunque el libro sea un desastre en todo lo dem谩s, o incluso donde sea abiertamente elogiosa hasta la inocencia o la irrealidad. Al considerar los aspectos morales e hist贸ricos (la representaci贸n de comunidades) de una novela como una m谩s de las destrezas art铆sticas que podemos juzgar, nos apropiamos de un criterio s贸lido para rechazar las buenas intenciones poco trabajadas, nos convertimos tambi茅n en cr铆ticos de un exceso de adanismo en la representaci贸n, por el mismo motivo que rechazamos el t贸pico: estorba la representaci贸n compleja de la vida que le exigimos a la literatura.

Al tratar la representaci贸n de las minor铆as y las identidades sociales (o de otras circunstancias pol铆ticas e hist贸ricas) como un ingrediente literario-moral m谩s, que pesa en el juicio, pero no lo determina, disfrutamos de las ventajas de la flexibilidad: podemos reconocer la torpeza de Dickens en la representaci贸n de Fagin, sin renunciar a Oliver Twist o la ceguera de Austen ante la depredaci贸n imperialista de la que algunos de sus personajes extra铆an sus fortunas. De manera parecida a como no expurgamos de la biblioteca a un autor cuando no terminan de convencernos sus di谩logos, se nos hacen largas sus descripciones o nos escama su visi贸n sobre la Guerra Civil (como me ocurre con el cainismo de Juan Benet), aspectos sobre los que podemos redoblar las cr铆ticas. Admitir que el problema de la representaci贸n es tan literario como moral solo nos trae ventajas como lectores, aunque incremente la necesidad de esforzarse de los escritores. La consecuencia m谩s 鈥渘egativa鈥 es que abre un nuevo flanco de cr铆tica, leg铆timo, y en cierta manera terrible por su insistencia y capacidad de propagaci贸n: el de las nuevas audiencias emancipadas.

4. Y ahora, sigamos escuchando el cacareo de los 鈥渃ancelados鈥, nuestra dosis semanal de risas.




Fuente: Ctxt.es