September 13, 2021
De parte de SAS Madrid
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La hipótesis es que hay dos tipos de homofobias, identitarias ambas, pero una por supervivencia y otra por privilegio, pero ambas generan un clima perfecto para algunas voluntades políticas.

Vivimos una espiral de odio. En lo que va de año, ya son más de 700 los delitos susceptibles de esta consideración. Y entre ellos, las agresiones homófobas llaman mucho la atención. No sólo por el doloroso caso de Samuel, el joven al que mataron de una paliza por ser homosexual este verano, sino porque, como reconocen en el Observatorio contra la Homofobia, las agresiones están aumentando en agresividad y virulencia…

Los casos han sido varios y muy sonados. Desde parejas que son agredidas en la playa con amenazas como “si movéis las cejas os matamos” hasta directamente la organización de grupos de hombres que quedan para salir a cazar homosexuales. La violencia está creciendo y, como recuerda Iván Gómez en su reciente artículo, el 83% de los delitos de odio son cometidos por hombres. En este artículo intento entender esta escalada, su sentido para la masculinidad y la relación con discursos que buscan sacar rédito político de la frustración como los de VOX.

La violencia en grupo

Ya es tradicional la definición de Elisabeth Badinter de la masculinidad a través de la triple negación (“no ser mujer, no ser niño, no ser homosexual”). Y por ello, entendemos que la masculinidad está íntimamente ligada al rechazo de lo gay. Sin embargo, eso no explica necesariamente la escalada de violencia que está habiendo, ni tampoco uno de los rasgos específicos que más me preocupan de las agresiones lgtbifóbicas: su dimensión grupal.

La violencia en grupos es más común de lo que nos gustaría. Forma parte de esa dimensión simbólica de fraternidad masculina. Evidentemente, las hay de muchos niveles y grados, desde las mofas y los insultos en el vestuario o el instituto hasta las agresiones físicas por la calle. La socialización masculina se construye muchas veces desde la interacción agresiva: tenemos que demostrar que valemos y muchas veces lo hacemos machacando a alguien por debajo.

Y si a esto sumamos que en la experiencia de los hombres la heterosexualidad es uno de los pilares básicos de afirmación identitaria, podemos entender cómo gran parte de la socialización masculina (sobre todo la juvenil, cuando esa identidad está formándose) pasa por perseguir cualquier comportamiento que parezca desviado de esta norma. Se trata de una hipervigilancia mutua que tiene el efecto, primero, de controlar desviaciones, corregir el fallo como la chocolatina del anuncio. Y segundo, castigando las disidencias (con chistes, apodos o agresiones físicas) se consigue afirmar la validez propia. No hay nada más masculino que ser policía de género y disciplinar tu entorno.

Así, podríamos aventurarnos y entender la violencia lgtbifóbica grupal como una realidad que tiene un factor simbólico importantísimo. Como identificaba Rita Segato después de muchos años de trabajo con hombres agresores, las agresiones grupales tienen un doble mensaje: por un lado se le indica a la víctima su lugar, su crimen (su disidencia). Pero por otro, se comunica a los otros hombres: en la agresión grupal se puede ver a hombres hablando entre ellos mediante una víctima sacrificial. Exhibición de la norma, celebración de la masculinidad, hipervigilancia mutua.

La matriz de identidad

La pregunta, supongo, es por qué es tan importante para estos hombres esta vigilancia de la norma heterosexual. Para ello, habría que reflexionar antes sobre cómo la heterosexualidad no es únicamente una preferencia sexual o expresión del deseo. Verla así es muy simplista.

La heterosexualidad es un mandato social, como bien sabemos desde la tematización feminista de la heternormatividad que subyace al patriarcado (véase la obra de Adrienne Rich o Monique Wittig), es una estructura que ordena la práctica social a varios niveles: la división del trabajo, por poner un ejemplo, se basa en la complementariedad hombre/mujer, trabajo/casa, público/privado. Incluso, la heterosexualidad tiene una dimensión institucional, intervenida estatalmente, regulada legalmente (permisos para reconocer o no una familia según el género de sus integrantes, lazos paternofiliales, matrimonio, etc.). Así que no va tanto de con quién follo o a quién deseo, la norma está construida por y para lo hetero.

Entonces, la heterosexualidad supone un importante elemento de ordenación social. Y como pasa con todo funcionamiento social, penetra en las cabezas y empapa las identidades. Hay una fuerte ligazón emocional entre la heterosexualidad y la masculinidad. El disciplinamiento de género que se vive desde pequeños impregna la identidad y genera miedo ante el fallo. Como decía Connell en su famoso libro Masculinidades (UNAM, 2007): “El cuerpo masculino tiene que disciplinarse para la heterosexualidad. Y eso incluye no sólo el cuerpo propio, sino el de los demás”. No puedes salir ileso mentalmente cuando vives con la presión constante de que a cada paso en falso te espera un “¿Qué eres, maricón?”.

Michael Kimmel, en su libro Guyland (podemos traducirlo como ‘La tierra de los tíos’) (2008), entrevista a 400 jóvenes de entre 16 a 26 años, para analizar su transición de la juventud a la adultez. Y recoge cómo para estos jóvenes resulta de vital importancia que no se dude de su sexualidad, sobre todo en grupos cerrados o espacios de convivencia (como residencias universitarias, fraternidades, etc.). “Perdería a mis amigos”, “me golpearían”, “me metería en las drogas”, “me suicidaría”, dicen los chavales… La homofobia normalizada, neurótica, no puede dejar pasar ni una. Para algunos, el riesgo de que le consideren homosexual es demasiado.

Crisis, rabia y gasolina

Hasta ahora he intentado explicar lo comunicativo de la violencia y lo identitario de la heterosexualidad. Nada nuevo. Lo arriesgado creo que viene ahora. Una identidad no suele ser tan frágil como para defender con uñas y dientes cada uno de los cuestionamientos. ¿Por qué esa virulencia y agresividad? ¿Hace falta partirle la nariz de un puñetazo a un chaval que dice “guapis todes” porque crees que te ha llamado maricón? ¿Por qué esta escalada de la agresividad?

En 2017, una investigación en la Universidad de Oviedo, buscaba crear una escala de medición sociocultural de la homofobia y revelaba, tras encuestar a 521 personas, que había importantes diferencias, entre otras cosas, por clase social: las personas encuadradas en la clase Baja y en la clase Media-Alta puntuaron más alto que el resto. ¿Cómo leer esto? Mi hipótesis es que hay dos tipos de homofobias, identitarias ambas, pero una por supervivencia y otra por privilegio.

En un contexto de crisis de las clases bajas, la identidad masculina se ve resentida: la vulnerabilidad ligada a la precarización cada vez mayor de la vida, la falta de perspectivas de futuro y la incapacidad de poder reproducir los roles tradicionales de la masculinidad (Procrear, Proveer y Proteger) pone en jaque los recursos de identidad de los hombres, teniendo que recurrir a una hipermasculinidad exacerbada como recurso de afirmación individual.

El género se construye en las relaciones y si no se puede afirmar la masculinidad en las relaciones laborales, se intentarán afirmar en las relaciones de poder. Hay bastantes investigaciones que ligan la tensión ocasionada por la pobreza y un medio violento con la hipermasculinidad de protesta (Connell, 1986, por ejemplo). Para muchos hombres, “ser un hombre” es de lo poco que tienen claro. Y de ahí, el rechazo violento de algunos (no todos, por suerte) a lo que cuestiona directamente la norma de género.

¿Qué pasa con las clases Media-Altas? Posiblemente, en el caso español, se trata de una mezcla de resentimiento, conservadurismo y tradicionalismo cultural. Habría que analizarlo más en detalle pero me aventuro: clases acomodadas herederas de una cultura rancia derivada del catolicismo (y en el peor de los casos, del régimen franquista). Hombres enfadados por el reconocimiento social y la visibilización de grupos oprimidos, mientras sienten que para ellos todo va a peor y que su situación no mejora.

Aquí, la violencia es mucho más rabiosa. Jóvenes blancos de extrema derecha, de clases acomodadas, con estudios y ganas de comerse el mundo. Chavales con el ego henchido, acostumbrados a conseguirlo todo, para los que ver a una persona queer o disidencias de género les parece una justificación perfecta para poder sacar la violencia que les gustaría sacar contra migrantes, mujeres, gitanos o personas sin hogar. Una fiebre de clasismo, misoginia y racismo que prende en contextos grupales (la lógica de la hinchada de fútbol) y de fiesta (el alcohol como catalizador)…

Aunque sean dos homofobias muy distintas, ambas generan un caldo de rencor, rabia y frustración que viene perfecto para algunas voluntades políticas. Aquí aparece VOX, capitalizando por un lado la indignación para su agenda racista, y por otro, alimentando la homofobia y el odio al colectivo con intervenciones como la de Espinosa de los Monteros cuando decía eso de “Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley”. Pero en última instancia, VOX sólo está sacando rentabilidad (deleznable) de un malestar que ya existía. VOX no inventa la homofobia porque no está detrás de la frustración masculina. VOX es gasolina para un fuego que ya estaba y que tiene que ver con una crisis social, existencial y política que aún no tiene pintas de acabar.

Enlace relacionado ElSaltoDiario.com 12/09/2021.




Fuente: Sasmadrid.org