September 26, 2021
De parte de Arrezafe
147 puntos de vista


Escrito hace 14 años,
este artículo de Michael Parenti sigue estando plenamente vigente,
habiendo incluso empeorado muchas de las cuestiones que en él se
exponen.

COUNTERCURRENTS.ORG
– 07/11/2007

Traducción del inglés:
Arrezafe

Hay un “misterio”
que debemos explicar: ¿Cómo es posible que si las corporaciones han
realizado inversiones, y la ayuda extranjera y los préstamos
internacionales a los países pobres se han incrementado de manera
extraordinaria por todo el mundo en la última mitad del siglo,
también lo haya hecho la pobreza? El número de personas que viven
en la pobreza crece, proporcionalmente, más rápidamente que la
población mundial. ¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto?

En la última mitad del
siglo, las industrias y los bancos de Estados Unidos (y otras
corporaciones occidentales) han invertido grandes cantidades en las
regiones pobres de Asia, África y América Latina, conocidas como
“el tercer mundo”. Las transnacionales están implicadas en
los ricos recursos naturales, las altas ganancias propiciadas por
salarios bajos y la casi total ausencia de impuestos, regulaciones
medioambientales y gastos en seguridad laboral.

El gobierno de Estados
Unidos ha subvencionado la fuga de capitales, otorgando a las
corporaciones exenciones de impuestos a sus inversiones en el
extranjero e incluso pagando algunos de sus gastos de reubicación,
para indignación de los sindicatos que, aquí en casa, ven como se
evaporan sus puestos trabajos.

Las transnacionales han
arruinado los negocios locales del tercer mundo y controlan sus
mercados. El cartel estadounidense del comercio agrario, subsidiado
de manera extraordinaria por los contribuyentes, envía sus productos
excedentes a otros países a bajo precio y hunde a los agricultores
locales. Como Christopher Cook describe en su Dieta para un
planeta muerto
, expropian las mejores tierras en esos países
para su cultivo comercial (cash-crop) y para la exportación,
normalmente de monocultivos que requieren gran cantidad de
pesticidas, dejando cada vez menos terreno para el cultivo de los
centenares de variedades de producción orgánica que alimenta a la
población local.

Desplazando a la
población local de sus tierras y robándoles su autosuficiencia, las
corporaciones crean unos mercados laborales de multitudes
desesperadas forzadas a vivir en barrios de chabolas y a trabajar
por un salario miserable (cuando pueden conseguir trabajo), a menudo
violando el salario mínimo establecido por las propias leyes del
país.

En Haití, por ejemplo,
corporaciones gigantes como Disney, Wal-Mart y J.C. Penny pagan a sus
trabajadores 11 centavos por hora. Estados Unidos es uno de los pocos
países que se ha negado a firmar una convención internacional para
la abolición del trabajo infantil forzado, actitud que se deriva de
las prácticas de las grandes corporaciones estadounidenses respecto
del trabajo infantil a lo largo y ancho del Tercer Mundo e incluso en
Estados Unidos.

El ahorro que las grandes
corporaciones obtienen de una mano de obra barata en el extranjero no
se traduce en precios más bajos para los consumidores de otros
lugares. Las corporaciones no contratan mano de obra en regiones
lejanas para que los consumidores en Estados Unidos puedan obtener un
producto más barato, los contratan para incrementar su margen de
beneficios. En 1990, los zapatos fabricados en Indonesia por niños
que trabajaban doce horas al día por 13 centavos a la hora, costaban
dos dólares sesenta centavos pero se vendían en Estados Unidos por
cien dólares o más.

La “ayuda” exterior
de Estados Unidos va unida a la inversión transnacional. Subvenciona
la construcción de las infraestructuras que necesitan las
corporaciones en el Tercer Mundo: puertos, autopistas y refinerías.

La ayuda que se entrega a
los gobiernos del Tercer Mundo va acompañada de múltiples y
condicionantes ataduras. A menudo, esa “ayuda” se debe destinar a
la adquisición de productos estadounidenses y al país que la
recibe se le exige dar preferencia a las inversiones de compañías
estadounidenses, substituyendo el consumo de mercancías y alimentos
locales en favor de los importados, creando más dependencia, paro,
hambruna y deuda.

Una buena porción de la
ayuda monetaria nunca ve la luz pública, yendo directamente a las
arcas personales de los funcionarios corruptos de los países que la
reciben.

La ayuda (o algo
parecido) llega también de otras fuentes. En 1944, las Naciones
Unidad crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional
(FMI). En ambas organizaciones el poder de voto está determinado por
las contribuciones financieras de cada país. Estados Unidos, en
tanto que mayor “donante”, tiene la voz cantante, seguido
de Alemania, Japón, Francia y Gran Bretaña. El FMI opera en secreto
con un selecto grupo de banqueros y funcionarios de los ministerios
de economía seleccionados, en su mayoría, por las naciones más
ricas.

Supuestamente, el Banco
Mundial y el FMI ayudan al desarrollo de las naciones. Pero lo que
realmente ocurre es muy distinto. Un país pobre que solicite un
préstamo al Banco Mundial con el fin de mejorar algunos aspectos de
su economía, si no fuera capaz de pagar los grandes intereses,
debido a un descenso de las ventas de exportación o por cualquier
otro motivo, se verá obligado a pedir un nuevo préstamo, pero esta
vez del Fondo Monetario Internacional.

Pero el FMI impone un
“Programa de ajuste estructural” (SAP, por sus siglas en
inglés) que requiere que los países deudores otorguen beneficios
fiscales a las corporaciones transnacionales, reduzcan salarios y no
establezcan medidas para proteger a las compañías locales de los
importaciones y adquisiciones extranjeras. Presiona a las naciones
deudoras para que privaticen sus economías, vendiendo a compañías
privadas y a precios escandalosamente bajos sus minas, ferrocarriles
y servicios públicos pertenecientes al estado.

Estos países se ven así
forzados a abrir sus bosques a la tala y sus tierras a las minas a
cielo abierto, sin consideración alguna por el daño ecológico
causado. También deben recortar sus presupuestos destinados a la
salud, la educación, el transporte y los alimentos básicos,
gastando menos en su propia población para disponer de dinero y
poder hacer frente a los pagos de la deuda. Como se les exige
desarrollar una agricultura orientada a la exportación, se ven cada
vez menos capacitados para alimentar a su propia población.

Ésta es la razón por la
que en los países más pobres los salarios reales hayan disminuido y
la deuda nacional haya crecido hasta un punto en que los pagos de la
deuda absorben casi todas las ganancias de las exportaciones, lo que
origina un mayor empobrecimiento, incapacitando al país deudor para
proveer a la población de sus necesidades.

Así hemos explicado el
“misterio” de por qué la riqueza genera pobreza. Por
supuesto, ese misterio no existe a no ser que te adhieras a la
mistificadora teoría del “goteo”, teoría liberal en
función de la cual la acumulación de riqueza en las capas altas de
la pirámide social acaba provocando el “goteo” de riqueza
hacia las capas inferiores. La imagen típica de la pirámide de
copas en la que, tras llenarse la superior, rebosa y va llenando las
inferiores. ¿Por qué ha aumentado la pobreza mientras que las
ayudas extranjeras, prestamos e inversiones han crecido? Respuesta:
los préstamos, inversiones y la mayoría de las ayudas están
diseñadas no para luchar contra la pobreza, sino para aumentar la
riqueza de los inversores transnacionales a expensas de la población
local.

No existe tal goteo, sino
un sifón que asciende desde la mayoría de la clase trabajadora
hacia la rica minoría.

En su perpetua confusión,
algunos críticos liberales concluyen que la ayuda exterior y los
ajustes estructurales del FMI y del Banco Mundial “no
funcionan”, señalando que el resultado final es menos
autosuficiencia y más pobreza para las naciones que las reciben.
¿Por qué entonces los estados miembros ricos siguen financiando al
FMI y al Banco Mundial? ¿Son sus líderes menos inteligentes que los
críticos que continúan señalando que su política está
produciendo el efecto contrario?

No, los estúpidos son
los críticos, no los líderes e inversores occidentales, los cuales
poseen y disfrutan de tan inmensa riqueza global porque sus programas
de préstamos y ayudas funcionan. La pregunta es ¿funcionan para
quién? ¿Cui bono? [¿A quién benefician?]

La intención detrás de
sus programas de inversiones, préstamos y “ayudas” no es la de mejorar
la vida de las poblaciones de otros países, este no es su verdadero negocio.
El propósito es servir los intereses de la acumulación global de
capital, apropiarse de las tierras y las economías locales de las
gentes del Tercer Mundo, monopolizar sus mercados, reducir sus
salarios, esclavizar su trabajo mediante deudas enormes, privatizar su
sector público e impedir que estas naciones emerjan como
competidores comerciales impidiendo que se desarrollen
con normalidad. En este sentido, las inversiones, la ayuda externa y los
ajustes estructurales funcionan realmente bien.

El verdadero misterio es:
¿Por qué algunas personas aún consideran que este análisis es producto de una conspiración imaginaria? ¿Por qué son tan reacias a admitir que los gobernantes de Estados Unidos, consciente y
deliberadamente, ejercen esta política despiadada (suprimir
salarios, derogar la protección medioambiental, eliminar el sector
público, recortar la ayuda humanitaria) en el Tercer Mundo, cuando
estos mismos gobernantes ¡están haciendo exactamente lo mismo aquí, en nuestro propio país!?

¿No creen que ha llegado
la hora de que estos críticos liberales dejen de pensar que quienes
poseen gran parte del mundo (y querrían poseerlo todo) son
“incompetentes” o “desacertados” o que “no
ven las consecuencias “involuntarias” de su política”? No
estaremos siendo muy inteligentes si pensamos que nuestros enemigos
no son tan listos como nosotros. Ellos saben muy bien cuales son y dónde están
sus intereses y nosotros también deberíamos saberlo.




Fuente: Arrezafe.blogspot.com