August 12, 2022
De parte de Ekinarenekinaz
221 puntos de vista

En estos meses en los que la tragedia de la guerra está llamando cada vez más la atención internacional por la crisis de Ucrania, el tema del anti-militarismo anarquista es más convincente que nunca. Vemos cómo, ya antes de la invasión rusa de Ucrania, algunxs individux y grupos que se declaran anti-autoritarixs, libertarixs o anarquistas, han realizado una crítica muy dura a nuestro anti-militarismo tradicional. En los últimos meses hemos examinado detenidamente estas posturas y, hoy, creemos que debemos aclarar nuestro punto de vista.

Nuestro pensamiento se dirige, en primer lugar, a nuestrxs compañerxs que, hace más de un siglo, antes de la tragedia de la Primera Guerra Mundial, sintieron la necesidad de afirmar que: «A todxs lxs soldadxs de todos los países que creen luchar por la justicia y la libertad, tenemos que declarar que su heroísmo y su valor no servirán más que para perpetuar el odio, la tiranía y la miseria» (Manifiesto Anarquista Internacional contra la Guerra, 1915). Al igual que Goldman, Berkman, Malatesta, Schapiro y lxs demás, creemos en la necesidad de que la voz internacionalista y solidaria del anarquismo, junto con sus principios de hermandad universal, vuelvan a hablar a todxs, más aún en un mundo cada vez más fragmentado por el odio nacional, étnico e identitario.

La guerra está en el origen del actual orden social, basado en la dominación, la explotación y la opresión. Éste es un punto clave para la FAI, como se expone en el Programa Anarquista que es la referencia teórica de nuestra Federación: «Al no comprender las ventajas que podrían derivarse para todxs de la cooperación y la solidaridad, viendo en cada otrx un/a competidor/a y un/a enemigx, una parte de la humanidad ha tratado de acaparar la mayor cantidad posible de riqueza en detrimento de lxs demás. En esa lucha, el/la más fuerte, o el/la más afortunadx, termina por ganar y oprimir y dominar de diversas maneras a lxs vencidxs».

Por eso mantenemos nuestra posición de rechazo a todas las guerras y de apoyo a la idea del derrotismo revolucionario. Por derrotismo entendemos una posición revolucionaria ante la guerra, que implica que se debe luchar por la derrota del gobierno y de las clases dominantes de su propio país, por considerar que las guerras se libran por los intereses y privilegios de lxs opresorxs y explotadorxs. A principios del siglo XX, y especialmente durante la Primera Guerra Mundial, algunos gobiernos europeos utilizaron la acusación de «derrotismo» para reprimir cualquier forma de disidencia, de oposición a la guerra, de protesta política o de lucha obrera, que rompiera la unidad nacional ante el/la enemigx. Por lo tanto, el derrotismo no acepta las suspensiones de las luchas sociales que imponen los gobiernos en tiempos de guerra mediante la censura, la represión y las leyes marciales. Por el contrario, la lucha contra el gobierno en tiempos de guerra continúa, tanto saboteando la guerra como fomentando las luchas sociales. El derrotismo se inserta en una perspectiva internacionalista y revolucionaria que tiene como objetivo provocar la derrota del imperialismo de «nuestros» países, y uno de sus puntos fundamentales es el rechazo a apoyar a cualquier parte beligerante en las guerras entre estados y/o bloques imperiales.

Actualmente se libran decenas de guerras, con su carga de muertes, destrucción, violaciones, saqueos y deportaciones masivas. En los últimos quince años, la crisis del sistema de hegemonía basado en la globalización ha producido una tendencia mundial hacia el autoritarismo y la militarización. La globalización como forma de dominación mundial ha asegurado durante mucho tiempo un papel privilegiado en la explotación de los recursos del planeta al imperialismo anglo-americano, con el apoyo de las clases privilegiadas de varios países. La entrada de Rusia y China en el Fondo Monetario Internacional y en la Organización Mundial del Comercio ha demostrado que los conflictos entre estas potencias no cuestionan la división de la sociedad en clases y diversas jerarquías.

En el Congreso de la FAI que tuvo lugar en Empoli en junio de 2022, emitimos una declaración sobre las interpretaciones de la guerra en Ucrania, de la que citamos una parte: «En los últimos diez años, un escenario muy diferente se ha definido por la intensificación de las tensiones entre los Estados, las guerras comerciales y financieras, el aislamiento progresivo de los mercados en mayor o menor medida, la extensión de los conflictos que se producen en parte por delegación, pero cada vez más en forma directa, entre las potencias mundiales y regionales en diferentes regiones del mundo. El modelo capitalista impuesto en el siglo pasado por la hegemonía estadounidense sigue siendo el horizonte en el que se desarrollan las contiendas entre Estados, pero el mundo ya no está dominado por una única súper-potencia. Estados Unidos ha perdido las guerras de Afganistán, Irak y Siria y, en comparación con hace unas décadas, su influencia en América Central y del Sur, que solía considerar su patio trasero, ha disminuido significativamente. El acuerdo AUKUS entre Australia, el Reino Unido y EE.UU., que reorientó la estrategia de estos Estados hacia el Pacífico con una alianza separada, parecía poner en entredicho la presencia estadounidense en Europa y la propia cohesión, si no la existencia, de la OTAN. Así, la invasión rusa de Ucrania forma parte de un proceso de re-definición del equilibrio de poder mundial.

La crisis de esta hegemonía global está estrechamente relacionada con la crisis de los sistemas de gobierno basados en la cohesión social, debido al recorte de las garantías sociales y al debilitamiento de los mecanismos de consenso. En muchos países hemos visto el surgimiento de movimientos que, con diferentes formas y características, cuestionan a los gobiernos y los acuerdos entre las clases dominantes. En este contexto, el uso de la fuerza se convierte en el principal instrumento de estas últimas para la conservación del poder y del orden social. En este sentido, en los últimos años se ha discutido el creciente papel de los militares en las sociedades. El levantamiento en Bielorrusia en 2020 y la insurrección en Kazajistán en enero de 2022 han mostrado una grave crisis de consenso dentro del sistema dirigido por Rusia. En la celebración de la OTSC, los militares han asumido un papel clave. La intervención militar rusa en Kazajstán para aplastar sangrientamente los levantamientos populares fue una trágica demostración de ello, y preparó el camino para la invasión de Ucrania en febrero. Incluso en Estados Unidos, las revueltas contra la violencia racista en 2020 llevaron a la cúpula de las fuerzas armadas a apoyar la investidura de Biden como presidente en un preludio de la guerra civil a principios de 2021, para evitar que el supremacismo violento de Trump exasperara irremediablemente la crisis de consenso.»

La respuesta a la crisis es el aumento del gasto militar y el refuerzo del papel de las fuerzas armadas en las decisiones políticas. Una vez destruidos los mecanismos de regulación económica y política que establecían la jerarquía entre las potencias y los flujos de beneficios hacia las metrópolis imperialistas, las clases dominantes necesitan la guerra para restaurar la antigua dominación o para definir otras nuevas. En el contexto de este nuevo desorden mundial, el recurso a la guerra y a las misiones militares es cada vez mayor, sea cual sea la forma en que los gobiernos las definan en su propaganda.

De Ucrania a Yemen, de los países del Sahel a Myanmar, de Afganistán a Tigray y otros lugares, pasando por todas las regiones en las que están en marcha genocidios como el kurdo y los de las poblaciones indígenas y afro-descendientes, todos estamos potencialmente bajo las bombas y la amenaza de destrucción, represión y cambio autoritario. Sabemos bien que las puertas giratorias entre las llamadas democracias y las llamadas autocracias pueden moverse muy rápidamente, y que el estado de guerra reduce rápidamente el espacio para lxs que quieren actuar para la transformación social. Siempre damos nuestra solidaridad humana a quienes sufren y arriesgan su vida estando en situaciones difíciles, aunque tengan ideas y prácticas distantes de las que nosotrxs expresamos.

Sin embargo, el anarquismo social rompe con las actuales lógicas imperialistas, capitalistas, nacionalistas y autoritarias, rechazando las divisiones impuestas por las fronteras. No reconocemos el concepto de integridad territorial o de «defensa» territorial de un Estado o de cualquier entidad que aspire a ser como un Estado porque, asociados al principio de soberanía territorial, estos principios acaban inevitablemente por fomentar perspectivas nacionalistas o micro-nacionalistas. Sea cual sea el significado de la palabra «nación», ésta esconde la división entre explotadorxs y explotadxs, entre opresorxs y oprimidxs.

Reiteramos nuestra condena irrevocable e inequívoca del régimen putiniano y de su criminal invasión de Ucrania, así como de su feroz represión de la disidencia interna. Pero también condenamos el papel criminal de todos los gobiernos que soplan sobre las llamas de este y otros conflictos proporcionando armas, a menudo ganando dinero con esos suministros. Nos oponemos enérgicamente a la OTAN, que desde hace tiempo trata de imponer la militarización de la vida social y el aumento del gasto militar en los países miembros, y que gracias a Putin ha cobrado nueva fuerza tras el inglorioso final de su agresión en Afganistán. Del mismo modo, no compramos la narrativa de una guerra entre la libertad y la dictadura. Desde este punto de vista, la Ucrania de Zelensky es realmente una pequeña Rusia, con un gobierno autoritario, un círculo de oligarcas que saquean el país, actuando una represión contra toda forma de protesta y contra las minorías que la guerra ha endurecido. Hoy Zelensky, para mantenerse en el poder, se endeuda y vende su país a Estados Unidos, al Reino Unido, a la Unión Europea, a cambio de su apoyo militar. Pero la penetración de los intereses occidentales en Ucrania no se debe, ni mucho menos, sólo a la invasión rusa del 24 de febrero: las multinacionales agro-alimentarias, muchas de ellas estadounidenses y una rusa, controlan parte del «granero» de Europa y su principal puerto comercial en Odesa desde hace más de 10 años.

Las consecuencias de esta guerra son dramáticas en ambos lados del frente. Son desastrosas también para el resto de Europa, con el aumento de los precios debido a la especulación, la creciente militarización y el rearme, el empeoramiento de las condiciones de vida de millones de proletarios, incluyendo el miedo y la violencia, que corren el riesgo de convertirse en peligrosas herramientas para los gobiernos autoritarios. Esta situación se percibe una vez más en Europa, pero en realidad caracteriza a la mayoría de las regiones del mundo, en paralelo a la devastación medioambiental fomentada por las lógicas del beneficio, de los mercados y de los Estados, que amenazan la vida misma del planeta en el que vivimos.

El primer compromiso de quienes se oponen a la guerra es la construcción y difusión de prácticas de ayuda mutua, como las redes de solidaridad desde abajo, para satisfacer las necesidades inmediatas de lxs individuxs que más sufren las consecuencias del conflicto, sean éstas alimentarias o de apoyo médico. También son necesarias las redes de apoyo a lxs que practican la huelga, el sabotaje, la deserción, como las redes transnacionales para los que se esconden o huyen de o sobre ambos lados del frente. En este sentido, rechazamos y luchamos por deconstruir los modelos patriarcales y de dominación que impone el militarismo y que repite sin cesar la propaganda de guerra en los medios de comunicación oficiales y también en las redes sociales, donde el protagonismo lo tienen siempre las mismas imágenes de robustos y jóvenes combatientes masculinos.

Desde varias partes se sugirió tomar partido luchando realmente por uno de los gobiernos que hacen esta guerra, como si fuera inevitable tomar partido por uno u otro.

Algunas reliquias del marxismo piensan que pueden apoyar a un imperialismo menor para derrotar la amenaza imperante que identifican con el «occidental». Pero la estrategia de jugar con las potencias imperialistas para agudizar sus contradicciones, como la alianza entre movimientos obreros y fuerzas nacionalistas que caracterizó al estalinismo entre las dos guerras mundiales y después, llevó a destruir toda perspectiva revolucionaria y a obstaculizar toda acción autónoma de las clases explotadas y oprimidas.

Otras interpretaciones siguen enfoques diferentes, evaluando el imperialismo ruso como un peligro para toda Europa y más allá. Estas interpretaciones también son respaldadas por algunxs componentes de orientación libertaria. Sin cuestionar la amenaza que supone el autoritarismo y el militarismo ruso, creemos que no será la derrota militar de Rusia en Ucrania la que impida un giro autoritario en Europa Occidental. Los procesos sociales autoritarios que son evidentemente dominantes en Rusia y en los países del OTSC también se están actuando desde hace años en la Unión Europea, y la guerra les está dando ahora una mayor aceleración. Además, la «democracia» se basa en la condición del privilegio de alguien. La visión que presenta a la Unión Europea como faro de la democracia, identificando en cambio a Rusia, China y sus satélites como herederos del totalitarismo combinado con el capitalismo salvaje, es la quintaesencia de un occidentalismo que no nos pertenece.

Éstas son nuestras posiciones, que confirman nuestro anti-militarismo en una perspectiva internacionalista y revolucionaria que debe arraigarse concretamente en las luchas sociales y en las redes de solidaridad, para crear salidas colectivas y libertarias del vórtice de la guerra al que nos arrojan los Estados y el capitalismo mundial. Ésta es nuestra contribución al debate internacional contra la guerra. Creemos que una cosa debe quedar clara por encima de todo: con o sin armas, para que sea efectiva, cualquier lucha debe hacerse y organizarse desde abajo, fuera de los aparatos de los estados, de los gobiernos y, especialmente, fuera de las fuerzas armadas.

Incluso los gobiernos beligerantes o co-beligerantes son conscientes de que la guerra implicará masacres y devastación en las zonas directamente afectadas, pero también miseria, desempleo y hambre en el resto del mundo, incluso en Europa, incluso en Estados Unidos. Los gobiernos son conscientes de que las condiciones están madurando para una crisis social sin precedentes, por eso hacen sonar las bandas de música del militarismo y del nacionalismo, para impedir la solidaridad de las clases explotadas y oprimidas.

Como los gobiernos son los promotores y beneficiarios de las guerras, para detenerlas, los gobiernos deben tener miedo a los movimientos populares, porque el único límite al capricho de cada gobierno es el miedo que los movimientos populares pueden infundirle. La oposición a la guerra forma parte de nuestro compromiso diario, a partir de la denuncia y el boicot de las producciones de muerte y de la crítica y deconstrucción de la retórica militarista, a partir de la educación y el lenguaje militarista a todos los niveles. Debemos oponernos a todas las guerras y a todos los ejércitos desplegando una estrategia interseccional que identifique y contrarreste las conexiones entre el militarismo y otras formas de opresión como el patriarcado, el racismo, el capitalismo y todo tipo de chauvinismo, a través de acciones colectivas y de relaciones personales.

Sólo la acción de las clases explotadas puede detener la guerra, boicoteando las producciones bélicas, negándose a construir, comerciar y transportar armas y todos los instrumentos de muerte, participando en los movimientos de oposición a las fábricas y bases militares, y promoviendo huelgas a nivel nacional e internacional contra la guerra y la economía de guerra. El movimiento anarquista participa en estas luchas, de diferentes maneras según las circunstancias, criticando las ideologías militaristas y nacionalistas, construyendo asociaciones de base y redes desde abajo, practicando la acción directa, apoyando todas las formas de rechazo, deserción y objeción a las masacres promovidas por el capitalismo y los estados.

Estamos más que nunca convencidos de la validez del principio anarquista de que los medios deben ser coherentes con los fines. No hay guerras buenas ni guerras justas, y en tiempos de creciente locura nacionalista y soberanista creemos que nunca debemos ponernos del lado de los gobiernos ni participar en guerras entre estados y bloques imperiales. Nunca se debe morir o matar por la soberanía territorial. Las guerras son todas criminales y los ejércitos (incluidos sus cuerpos auxiliares) son todos instrumentos de explotación, de patriarcado y de dominación estatal más o menos «legítima» sobre los territorios y sobre los cuerpos de lxs individuxs. No reconocemos ninguna de estas legitimidades territoriales y no estamos dispuestxs a luchar por ninguna de ellas.

La historia muestra que las guerras se libran tradicionalmente para obstaculizar la acción de las clases explotadas para su propia emancipación, por lo que es primordial para el anarquismo movilizarse ahora contra la guerra, fuera y contra todas las instituciones militares. Nuestra fuerza radica en primer lugar en la circulación de las ideas y en la defensa de los espacios de producción y circulación del pensamiento crítico, promoviendo la unificación de los movimientos pacifistas y anti-militaristas en una lucha común contra los gobiernos. La capacidad del movimiento anarquista de ser coherente en la lucha contra la guerra es la forma de activar las prácticas, la organización y los ideales libertarios entre las clases explotadas y oprimidas que son las primeras en sufrir las consecuencias de las guerras. Sobre esta base, será posible una nueva agenda para dar una solución diferente a la crisis, con miras a la construcción de una sociedad libertaria.

Federación Anarquista Italiana – FAI

[documento presentado en el XXXI Congreso (Empoli, junio de 2022) y ratificado en las siguientes semanas]

https://www.federazioneanarchica.org/




Fuente: Ekinarenekinaz.com