January 25, 2021
De parte de Asociacion Germinal
200 puntos de vista


Muhammed Muheisen
La “injerencia democrática” para desalojar del poder a Gaddafi ha degenerado en una guerra interna y en la desaparición de facto del Estado libio

La esperanza suscitada hace diez años por la llamada ‘Primavera Árabe’ no solo se ha desvanecido, sino que muchos de los ciudadanos que creyeron en un cambio añoran los gobiernos que cayeron tras las revueltas.

Todos los reportajes y encuestas realizadas en Túnez, el primer foco de las protestas, reflejan, una década después, la desilusión y la amargura de una gran parte de la población, que no duda en reconocer que durante el mandato de Zine el-Abidine Ben Ali su situación económica era mejor, su vida más tranquila, y su futuro menos incierto.

Túnez es, sin embargo, el único país donde las exigencias de una parte de la ciudadanía obtuvieron algún fruto, aunque la fuerza del islamismo político paralice todavía avances sociales, como la plena igualdad entre mujeres y hombres. Siempre hay que recordar, por otra parte, que este país era, entre sus vecinos árabes, el más ‘progresista’ en ese terreno, gracias a la política de Habib Burguiba, presidente desde 1957 a 1987.

La inmolación por fuego del vendedor ambulante Mohamed Buazizi fue interpretada por muchos en Europa como una llamada desesperada a una democracia tipo occidental, cuando en realidad se trataba de un grito contra la humillación, contra el trato autoritario y el menosprecio de un ciudadano por quienes se arrogan la autoridad de cualquier tipo.

Covid como excusa

Diez años después, tras varias elecciones y un poder siempre bajo la influencia del conservadurismo religioso, Túnez sigue siendo escenario de manifestaciones que reflejan la desesperación de una juventud sin futuro, ante una situación económica que no solo no mejoró con la ‘Primavera’, sino que, unida a otras circunstancias, sigue siendo un motivo para la emigración como única salida de supervivencia y de dignidad.

Las manifestaciones del sábado16 de enero en varias ciudades del país muestran el hartazgo de una parte de la población que se atreve a desafiar los cuatro días de confinamiento decretados por el gobierno.

La crisis provocada por el Covid-19 ha servido también para frenar las aspiraciones de buena parte de la juventud argelina, que desde febrero de 2019 salió a las calles exigiendo un cambio de régimen, tras el intento de perpetuación de la familia Buteflika en el poder.

El hírak duró algunos meses, pero la pandemia ayudó a impedir las manifestaciones al tiempo que las universidades, foco de las protestas, eran cerradas también con la excusa sanitaria. El nuevo presidente del país, Abdelmajid Tebboune, elegido con una abstención récord, no permitirá la continuación de las protestas de la juventud.

Egipto, quizá el país que más esperanzas de apertura suscitó entre el resquemor de los europeos y de el increible premio Nobel de la “paz”, Barack Obama, pagó con decenas de miles de muertos su paso desde un gobierno islamista, controlado por los Hermanos Musulmanes pero elegido por el pueblo, y el derribo de este por el ejército dirigido por el general neoliberal Abdel Fattah Al-Sisi, ante el beneplácito de una pequeña parte de la población y el pasmo de quienes mayoritariamente habían apoyado con su voto a Mohamed Morsi.

Europa, culpa y estímulo

Los regímenes europeos se encontraban ante una disyuntiva. Por una parte, se veían obligados a seguir la dinámica de la protesta para no contradecir los principios que dicen defender. Por otra parte, era difícil hacer olvidar que los gobernantes derrocados habían sido sus aliados durante décadas, con lo que ello suponía en beneficio económico y estratégico.

Ben Alí, Buteflika o Hosni Mubarak ya no están en el poder. Ello no ha implicado cambios sustanciales para la ciudadanía. En el caso de la vecina Libia, la situación es todavía peor: la intervención de la OTAN dirigida por Washington, París y Londres, la “injerencia democrática” para desalojar del poder a Muammar Gaddafi, ha degenerado en una guerra interna y en la desaparición de facto del Estado libio.

Dos lustros después del inicio de las revueltas en el Magreb, la desesperanza política se une a una crisis económica que afecta tanto a productores de hidrocarburos, como Argelia, como a los que tenían en el turismo su principal fuente de ingresos, caso de Túnez y, en menor medida, de Egipto.

Ya antes de la llegada del Covid, los atentados islamistas habían espantado a los europeos que antes llenaban las playas y centros históricos del Magreb. La ralentización económica en Europa debido a la crisis sanitaria ha sido el último mazazo a una región que sigue siendo dependiente de la exportación de productos del Viejo Continente.

Complotismo en acción: ¿’cui prodest’?

La onda de choque de ‘las Primaveras’ afectó también al Magreb y al Golfo, en diferente forma. Siria y Yemen han sufrido guerras internas impuestas por Occidente en las que la influencia exterior ha sido protagonista para convertir a la región en una zona de batalla global geoestratégica.

No pueden faltar las fuentes que ponen voz al complotismo para denunciar quién ha salido beneficiado del impacto de la ‘Primavera Árabe’. Atendiendo al panorama actual, varios son los países, y no precisamente aliados entre ellos, los que han extendido su influencia en el mundo árabo-musulmán: desde Turquía a Irán; desde EEUU a Rusia. Y, siempre, claro está, el beneficio que Israel obtiene con la paz y reconocimiento firmado con varios países árabes. Pero, por encima de las absurdas teorías, esa recomposición geoestratégica es un resultado de acontecimientos que nadie había previsto, ni en las cancillerías de ningún país, ni el los think-tanks especializados.

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Fuente: Asociaciongerminal.org