December 24, 2022
De parte de ANRed
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Un taller de fotografía en el puerto de Mar Del Plata. Un registro de territorios en que son protagonistas niñas, niños y adolescentes del programa ENVIÓN. Este espacio está por cumplir 13 años y se dedica a brindar de manera integral, herramientas a jóvenes de cada barrio, con una perspectiva de derechos humanos, siendo sobre todo, un espacio de escucha. Entre las distintas actividades desarrollan un taller de fotografía en el que aparece un Puerto, diferente al de las fotos turísticas. A través de la «caja mágica», al barrio cotidiano lo vuelven un espectáculo. Por María del Mar Rodríguez. 


Es viernes en la mañana del puerto de Mar Del Plata. El Programa ENVIÓN, tiene las puertas abiertas desde las 8, donde un grupo de psicólogas y trabajadoras sociales van recibiendo a chicos y chicas de todas las edades. Tanto como para tomar un taller, para tomar unos mates o para algún acompañamiento que necesiten.

Hoy es el turno del taller de fotografía, y Lina, la profesora, está tapando con plástico negro las ventanas de “la caja mágica”. Ahí mismo realizarán una clase de fotografía estenopeica, donde todas las imágenes de afuera se proyectarán en las paredes. Una de sus alumnas, una niña de 12 años, le pasa cinta para pegar y le pregunta si conoce a el cantante “Callejero fino” y le muestra un video por you tube.

Este taller de fotografía comenzó llamándose “Proyecto Traza”. Cuando Lina estudiaba, junto con sus compañeros empezaron a hacer una serie que se llamó “Proyecto Gascón”. La finalidad era fotografiar esta calle desde el principio hasta el final, donde desemboca en el mar. Y ahí reflejar los distintos panoramas de la ciudad de Mar Del Plata, cómo va cambiando la geografía y el territorio a medida que se aleja del mar.

En ese camino, se empezaron a dar cuenta que cuanto más avanzaban en la zona barrial, más difícil era poder retratar las realidades de ahí. Personas desconocidas con cámaras podría resultar incómodo. Entonces, en ese camino, se cruzaron con El ENVION Dorrego. Las mismas personas trabajadoras de ahí, al estar en contacto pleno con el territorio, pudieron facilitarles registrar el barrio, hablar con vecinos y vecinas. A cambio de esta oportunidad, les ofrecieron un taller de fotografía. Y ahí nació, Proyecto Traza, que fue hacia el ENVION Puerto también.

Es por eso que hoy, cuatro años después, Lina mira con atención el video que la niña le muestra. Prepara todo el cuarto con una sonrisa, mientras las chicas y chicos van y vienen esperando el momento. No tiene que entrar ni un poco de luz, por eso lleva un rato ir pegando de forma artesanal ese cuarto oscuro.
Lina dice con un brillo en los ojos que espera ansiosa los viernes. Si bien el Proyecto Traza llegó a su fin, ella se quedó con ganas de seguir dando ese taller, y es por eso que hoy es una profe más del espacio.

Prepara el lugar con ayuda de chicos y chicas que van llegando. Un niño con una camiseta argentina, después una adolescente también con una camiseta. Para ese entonces faltaban dos días para que termine el mundial, y en las calles del puerto y en el envión se sentía.

Después llega Luciana, una alumna muy participativa del taller, que está capturando con mucha sensibilidad sus fotos. Lina avisa, que el cuarto ya está listo. Abre una pequeña abertura sobre los plásticos, como de un lente, y dice: “ahora estamos adentro de una cámara”. Apaga las luces. Pide que miren a las paredes, que esperen a que los ojos se acostumbren. Entonces, en ese momento, sucede la magia. Todo lo que está pasando afuera, se empieza a proyectar en las paredes, â€œPuerto adentro”, como el nombre de una de las muestras.

Es así, el puerto está dentro del envión en ese mismo instante. Se ven los autos, partes de las fábricas, niños que pasan en bici, el cielo. Todo ese movimiento ocurriendo ahí adentro, la imágen dada vuelta, porque como explica Lina “nuestro ojo ve así, pero el cerebro lo equilibra”.


Después propone otra cosa. Invita a que se suban cuidadosamente al mueble, para que estén cerca del lente que está sobre la ventana tapada. Pone sobre ese agujero donde entra luz, una lupa que la proyecta sobre un tuper blanco. Ahí mismo se ve, como la imagen de una pantalla, el puerto con total claridad. Invita a todos y todas a que miren. Un niño le va señalando: “ahí está mi casa”. Flavia, trabajadora encargada de la limpieza, también mira. Su barrio cotidiano se vuelve un espectáculo. Lo reconocen, se encuentran.

En este taller, a lo largo de estos años, estos niñas y niños, con celulares y camaritas son quienes cuentan su lugar, su sentir, su territorio. Nadie habla en su lugar. Pueden retratar una fábrica, porque sus madres trabajan ahí. Conocen esos guantes, ese uniforme. Conocen la puesta de sol, el atardecer, los murales y los perritos del barrio. Por eso, y por la sensibilidad con que Lina acompaña. Ahí ocurre el arte, la expresión, el juego, ahí ocurre un lugar donde con imágenes cuentan lo que les pasa, lo que aman, lo que necesitan.

Y no sólo el taller es la herramienta. El contacto con los demás también. Que haya alguien llena de alegría como Lina, con ganas de escucharlos y escucharlas, de sentarse después a almorzar, junto con ella, con todas las trabajadoras de esa tarde. “Queremos que el envión todos se sientan en familia”, le dice una de las chicas a Flavia, mientras le pasa un pedazo de pan.

La oportunidad de que alguien les muestre, de que alguien les enseñe cómo se puede hacer mucho con poco: con cajitas pintadas de negro, lentes hechos con agujas y latas, con darle tiempo a la imagen para que se forme, para que crezca, y vaya apareciendo en el agua, ese fragmento del puerto que eligieron. Ese fragmento propio.

Mirar sin dañar, como la luz roja que cuelga en un costado mientras la imagen se revela. Ese es el ejercicio. Cuidar dentro de una cajita su pedazo de barrio.


Salir afuera, a elegir. Entre la canchita de fútbol, el pasto seco, las flores. Un chico que descansa en un banquito, mira, pregunta curioso, y Lina lo invita a pasar y mirar, como el puerto se revela en esas imágenes que nacen desde el agua.

“Me parece importante que haya mas educación artística, valorar el arte, es importante que la gente tenga ese derecho. Y que puedan hacer un curso sin pagarlo”, cuenta Lina mientras Kiara, una de sus alumnas, quiere charlar con ella.

“Yo descubrí acá que los chicos tienen una capacidad impresionante. Tienen un poder y que se den cuenta que lo tienen y que con eso pueden liberar, usarlo como herramienta de trasformación, contar sus historias, o de pronto que puedan vivir de la fotografía”. Y cuenta como su inspiración es el proyecto Ph15, fotos que hicieron en la villa 31 lugar donde salen grandes fotógrafos.

Lina define al ENVION como lugar de contención y destaca cómo a través de un retrato se pueden decir cosas que con palabras es más difícil. Pero no sólo se trata de la cámara en la mano. Sino el compartir con ellos. El estar presente y que abran sus mundos como en la muestra “Corazón de puerto”. Ahí con camaritas donadas contaron sobre sus casas, familias, la diversidad de sus trabajos, el proceso del pescado, los astilleros, padres que se embarcan, o las madres en las fábricas.

“Luciana, estudia enfermería, tiene un ojo privilegiado, o Rony, pero él está más ahora con el taller de peluquería. ¿Pero ves que importante este espacio? Tienen la posibilidad de probar, de elegir qué les gusta más.”.





Fuente: Anred.org