December 4, 2022
De parte de ANRed
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La Conferencia Climática de la ONU número 27 (COP-27) ha terminado como era previsible que terminara: sin grandes acuerdos y con la mala noticia de que se reducen todavía más las posibilidades de mantener el aumento promedio de la temperatura de nuestro planeta en no más de 1,5 grados en relación a los promedios preindustriales. La «eco-ansiedad» de quienes se toman en serio estos problemas se eleva hasta las nubes y los temores de un «colapso civilizatorio» se expanden lentamente, incluso más allá de la militancia ecologista. La sensación de marchar hacia una catástrofe –sin descartar nuestra propia extinción como especie– es lo suficientemente generalizada como para hacer posible un éxito de Netflix: ahí está el film No mires arriba para atestiguarlo. Sin embargo, esa perspectiva apocalíptica contrasta de la manera más notoria con la incapacidad –e incluso escasa voluntad– de las élites económicas y de las autoridades políticas para establecer acuerdos significativos, y con la pasividad que muestra el conjunto de la población: con excepción de minorías ecomilitantes, la inmensa mayoría sigue su vida como si nada. Por Ariel Petruccelli (publicada en Kelewche ).


Para complicar más aun el panorama, la crisis energética en marcha por el agotamiento de las fuentes no renovables de energía presenta desafíos que se superponen con los de la crisis ambiental y el cambio climático. Sin embargo, curiosamente, hay una desproporción llamativa entre la ya importante presencia mediática del cambio climático y el silencio casi absoluto sobre la cuestión energética. La guerra de Ucrania aceleró en Europa una crisis energética que ya estaba en marcha, y ha servido para hallar una explicación (“es la guerra”) y un culpable (Putin). Pero el encarecimiento de la energía y la dificultad para mantener los niveles de flujo energético precedentes no desaparecerán mágicamente con el fin de la guerra (a la que no cabe augurar, por lo demás, un fin demasiado próximo). Ahora bien, si el cambio climático es ya un tema plenamente instalado en los medios y cada vez más presente en los discursos políticos, la crisis energética sigue siendo un objeto arcano. ¿Cómo explicarlo? Muy difícilmente se deba, como se afirma, a que hay consenso científico respecto a lo primero y muchas dudas sobre lo segundo. Consenso científico, lo que se dice consenso científico, no hay en ninguno de los dos casos (como no lo hay en casi nada). Hasta donde alcanza nuestro conocimiento, hay suficientes pruebas como para sostener que nos hallamos en medio de un cambio climático de origen principalmente antropocénico (capitalocénico, si le quieren dar un sentido más político) que tendrá disímiles consecuencias, la mayor parte de ellas negativas para la vida humana. Pero hacer previsiones muy específicas sobre un fenómeno tan complejo, en el que intervienen una cantidad tan grande de variables, parece aventurado. En todo caso, conviene no jugar con fuego y frenar el tren. Pero el panorama energético no parece menos claro (como se lo pinta): las energías no renovables se agotan indefectiblemente, las energías renovables poseen tasas de retorno energético inferiores y muchas de ellas requieren de insumos que son muy escasos. En un futuro cercano, la energía disponible será menor que en el presente.

¿Por qué casi no se habla de esto? Voy a arriesgar una hipótesis. La clase dominante y las élites políticas –por lo menos sus sectores mejor informados– saben muy bien que la situación ecológica es gravísima a mediano y largo plazo, y que la situación energética es grave incluso a corto plazo. Si eligen colocar el énfasis en el primero de los problemas, mientras ningunean al segundo, ello es producto de una doble operación ideológica, en parte consciente y en parte inconsciente. Por un lado, tienen una fe mágica en la tecnología: creen o se comportan como si creyeran (aunque ya hay sobrados indicios de que muchos no confían y están simplemente esperando el choque) que la ciencia hallará respuestas tecnológicas para adaptarnos al cambio climático y mantener un consumo energético en aumento sin petróleo, gas ni carbón (o con mucho menos). Por el otro, ven en la lucha contra el cambio climático una causa a la que se puede imprimir una cierta épica. El descenso energético es algo tan simple y burdo como que ya no hay lo que había y muchos deberán conformarse con menos. Y no hay que ser especialmente malicioso para concluir que la clase dominante y las elites políticas piensan masivamente que es el pobrerío quien deberá conformarse con menos, pero no ellas. Ahora bien, un escenario de crisis y empobrecimiento masivo cuyo trasfondo es la escasez de recursos constituye un escenario proclive al fascismo o la revolución. Concebir esta crisis solamente como lucha contra el cambio climático, en cambio, ofrece la posibilidad de que las mayorías se empobrezcan (material e intelectualmente) sin mucha queja: la clave es que sientan que lo hacen por una buena causa. La austeridad ecológica es una bandera que simpatiza mucho a las élites que van a discutir sobre el cambio climático en la COP-27 usando 400 aviones privados. La igualdad socialista es, en cambio, un completo anatema para ellas.

Todo parece indicar que nos hallamos en una auténtica trampa. Una trampa civilizatoria. Por un lado, la dinámica intrínseca de las relaciones capitalistas de producción conlleva una pulsión hacia el crecimiento económico, lo que tiene evidentemente límites en un planeta que es finito. Un crecimiento infinito en un mundo finito es imposible. Y ya sobran los indicios de que el crecimiento económico está chocando con los límites biofísicos del planeta. Lo más concentrado de la élite económica y tecnológica es muy consciente de la situación: prevén una catástrofe y están buscando salvarse ellos, aislándose de las masas de población «sobrante». Cuando Douglas Rushkoff tuvo la oportunidad de hablar ante cinco súper-ricos que lo contrataron para que expusiera sobre el futuro de la tecnología, se halló ante personas que no sólo daban por sentada una inminente catástrofe (la llamaban “el acontecimiento”), sino que no tenían ningún interés en evitarla: su objetivo era acumular todo el dinero y toda la tecnología posible para salvarse ellos.1 Esto no debería provocar ninguna sorpresa. Se trata, de hecho, de un estado de ánimo subyacente y altamente viralizado en Silicon Valley, cuyas manifestaciones más notorias –pero no las únicas– son las pretensiones de Elon Musk de colonizar Marte, los desesperados intentos de ese anciano que nunca alcanzó la madurez –y que responde al nombre de Peter Thiel– por revertir el proceso de envejecimiento, o los ingentes esfuerzos de Ray Kurzweil para “cargar su mente en una supercomputadora”. Evidentemente, si la élite económica mundial está integrada por personas que parecen padecer «demencia digital», y dan día a día muestras claras de comportamientos asociales e incluso antisociales, la situación no parece tranquilizadora.

“Por suerte esta gente no gobierna”. Este podría ser un pensamiento tranquilizador. Pero quizá el concepto de gobierno debería ser redefinido en la era del capitalismo digital. E incluso aceptando que efectivamente no gobiernan, la capacidad de influencia de esta élite no tiene precedentes en el pasado. Su influencia, por lo demás, no se ejerce únicamente sobre las autoridades y personalidades políticas. Es aun mayor sobre los miles de millones de usuarios de Facebook, Twitter, YouTube o Instagram. En la era del algoritmo digital, la libertad humana corre un enorme peligro y se enfrenta a desafíos inéditos. No es casual –y no hay nada de liberador en ello– que desde las usinas del Silicon Valley se difunda la ideología del trashumanismo y del poshumanismo. Por otra parte, si el estado más poderoso de la Tierra pudo ser gobernado por un sujeto de la calaña de Trump, y es gobernado ahora por un presidente del que cabe dudar que tenga real capacidad para gobernar a su propia persona, es obvio que no hay razón alguna para la tranquilidad.

En cualquier caso, tanto los súper-ricos que asumen que todo se va al tacho y buscan la manera de sobrevivir y conservar riqueza y poder en un mundo devastado, cuanto los ricos y las dirigencias políticas que piensan –o quieren creer– que aún estamos a tiempo de evitar el hundimiento, comparten dos premisas fundamentales. La primera es que el capitalismo no se toca. No hay futuro más allá del capitalismo. Puede haber extinción, pero una sociedad no capitalista les parece inconcebible. Este hecho debería hacernos dudar de la capacidad de imaginación de estas personas, e incluso de su inteligencia. Sus mentes parecen dominadas por dogmas ideológicos, más que por mesura filosófica, imaginación sociológica o rigor científico. Es cierto que también en las clases populares un más allá del capitalismo parece hoy inimaginable. Pero, ¿por qué habríamos de creer que esto nada tiene que ver con operaciones ideológicas del capital? Evidentemente, algo tiene que ver con ello, aunque también influyan otras cosas, entre ellas –y muy señaladamente– los fracasos de los intentos socialistas del siglo XX. Pero si en los años noventa la falta de confianza en la superación del capitalismo podía ser atribuida razonablemente, en primer lugar, al derrumbe de la URSS, tres décadas después la razón principal es evidentemente otra. Las generaciones más jóvenes no vivieron las realidades del «socialismo real» ni las esperanzas revolucionarias de las décadas del sesenta y setenta: poco y nada saben de ello. Si algo caracteriza a las personas millennials y centennials es la carencia de conciencia histórica.

La segunda premisa se halla fuertemente asociada a la primera. Si no hay soluciones sociales, si el cambio social está fuera de la agenda, entonces las únicas soluciones concebibles son tecnológicas. El «solucionismo tecnológico» es pieza fundamental del espectro ideológico actual. Conservadores y progresistas confían plenamente en la tecnología, y buscan en ella el remedio para todos los males: tanto sea para un virus que se empeñó en desobedecer las órdenes y previsiones de los «expertos», como para el cambio climático y el descenso energético. Sin embargo, la confianza en la tecnología se funda más en una forma ingenua y no reconocida de pensamiento mágico, que en mesurado y prudente pensamiento científico. Vivimos en una permanente fuga hacia adelante que nos acerca cada vez más rápidamente al abismo, confiando en que la ciencia y la tecnología nos salvarán de caer. Lo que haría cualquier persona sensata es reconsiderar el rumbo. Pero lo dicho: en las élites tecnocientíficas domina cada día más el pensamiento mágico. El rigor y la especialización para dominar aspectos parciales y puntuales redundan en incapacidad para comprender procesos totales y complejos. El «experto parcial» es una suerte de «idiota total». El fracaso rotundo de todas las previsiones y de todas las «soluciones» ante el SARS-CoV-2 es una muestra patente de esto. Sin embargo, aunque todos los datos lo desmientan, las grandes mayorías siguen creyendo en el relato oficial, según el cual en 2020 vivimos una catástrofe (que pudo haber sido aún mayor si no fuera por los confinamientos), pero las cosas comenzaron a mejorar en 2021 gracias a las vacunas, y en 2022 ya podemos ocuparnos de otros asuntos dado que el «frente sanitario» está en orden. La dura realidad es que en Europa el exceso de mortalidad de 2022 es semejante e incluso superior al de los dos años precedentes.2 Y la situación no parece mejor en otras latitudes sobre las que disponemos de menos datos.

Esto nos remite a otra dimensión de la trampa civilizatoria en la que nos encontramos. Las clases dominantes no sólo no están dispuestas a renunciar a sus privilegios (salvo un puñado de ricachones que reconocen que no estaría mal pagar un poco más de impuestos); tampoco son capaces de reconocer que la dinámica del capitalismo no depende de los comportamientos personales de los inversores, sino de una estructura impersonal que «selecciona» los comportamientos apropiados para su funcionamiento. Por eso, los mejor intencionados pueden a lo sumo pergeñar cambios en el «estilo de vida» o imaginar cosas como la «responsabilidad social empresaria». Lo que no entienden es que, como dijo Marx –aunque él no pintó de color de rosa a los capitalistas–, el problema no son ellos en tanto que individuos; el problema es la estructura profunda del sistema y el dinamismo que entraña. Así que no se trata de cambiar patrones malos por patrones buenos, ni gobiernos malos por gobiernos menos malos. El asunto es abolir las relaciones capitalistas de producción y destruir el estado que les sirve. Que esto parecerá a mucha gente cosa pasada de moda, no hay cómo dudarlo. Pero no deberíamos orientarnos en base a las modas. Sobre todo, cuando caemos en la cuenta que los mega-ricos que pagaron una fortuna para hablar con Douglas Rushkoff, le hicieron preguntas del siguiente tenor: “¿Cómo conseguiré imponer mi autoridad sobre mi guardia de seguridad después del acontecimiento?”. Si estos indigentes intelectuales hubieran leído a clásicos como Catón o Columela, ya hubieran tenido respuestas suficientes (y se hubieran ahorrado unos mangos). Tanto para lo bueno como para lo malo, las mejores respuestas suelen estar en los clásicos.

Por otra parte, aunque no deberíamos ignorar lo que creen las clases dominantes o las autoridades políticas (saberlo nos permite prever cómo se comportarán), no deberíamos confiar demasiado en la robustez de sus conocimientos ni en la precisión de sus previsiones. Nuevamente: ahí está la pandemia para atestiguarlo. Pero no es el único caso. Ninguna autoridad previó que la Primer Guerra Mundial duraría cuatro largos años. La mayoría, de hecho, no creyó que habría guerra generalizada; y cuando se metieron de cabeza en ella, lo hicieron creyendo –o al menos diciendo– que tendría corta duración y que sería “la guerra que acabará con todas las guerras”. ¿Les parece poco? Tengo más: todas las élites se equivocaron con Hitler. Y toda lo sovietología occidental fue incapaz de prever –incluso de imaginar– el derrumbe de la URSS. Pero no nos vayamos tan lejos: basta ver los recurrentes yerros en algo tan simple y de corto plazo como los pronósticos electorales para que tengamos todo el derecho a dudar de las previsiones que se nos presentan. ¿Significa esto que la ciencia es una patraña, pura ideología? No. Sólo significa que el conocimiento científico es cosa de este mundo, y está sujeto a las presiones y las manipulaciones de quienes tienen poder para presionar y manipular. Y además es falible, como todo lo humano. Para su tranquilidad: hubo gente que fue capaz de prever con mucha perspicacia todos estos acontecimientos ante los que fracasaron el grueso de quienes mandan. John Ioannidis anticipó muy bien la cantidad real de decesos que podría provocar la covid-19 (muy pero muy inferior a la previsión dislocada del Imperial College, que estimó cuarenta millones en dos o tres meses), y también anticipó el fracaso de las medidas indiscriminadas y la posibilidad de que trajeran daños superiores a los que se quería evitar. Y no fue el único: Suneptra Gupta, Martin Kulldorff y Jay Bhattacharya (y tantísimos otros) fueron científicos que entendieron mucho mejor (y previeron con bastante exactitud) el fenómeno pandémico. Pero los «expertos» que aparecían en la televisión eran todos campeones del alarmismo, los cuales perdieron por goleada ante la realidad.3 Rosa Luxemburgo no se equivocó ante la guerra iniciada en 1914, León Trotski entendió muy bien lo que se venía con Hitler, Emmanuel Todd anticipó con exactitud casi matemática el derrumbe de la URSS una década y media antes de que se produjera.4

Nuestro problema, el problema de las grandes mayorías trabajadoras, oprimidas y explotadas, no es de conocimiento sino de autonomía. Es un problema fundamentalmente político. El conocimiento que necesitamos ya está en buena medida disponible; pero no lo hallaremos en los programas de TV, ni en los discursos de los gobiernos, ni en los documentos oficiales. El desafío, pues, consiste en volver a vincular a los científicos críticos (los hay también obsecuentes y dogmáticos, pero dejémoselos a la burguesía, que tan buen uso hace de ellos) con un necesariamente reorganizado movimiento de la clase trabajadora.

El film No mires arriba trasluce, a decir verdad, una contradicción performativa. Menos en el título, lo que hace es mirar hacia arriba: busca una solución en las élites, les implora que hagan algo. Pero la crisis climática no es producto de una fuerza exógena (como un meteorito), y esas élites a las que se reclama soluciones son las principales culpables del problema. Es dudoso, además, que tengan intenciones serias de resolverlo. Pero, aunque las tuvieran, son socialmente incapaces de afrontarlo realmente. ¿Está todo perdido, entonces?

De ninguna manera. No hay soluciones fáciles, ni rápidas, ni mágicas. Pero si no queremos vivir en un mundo devastado, aún más alienante, desigual y violento, lo mejor es dejar de mirar hacia arriba y abandonar ensueños tecnológicos que rápidamente se convierten en tecnopesadillas.5 Vale más regresar a ciertas ideas clásicas: no esperar nada buenos de la clase capitalista, a cuyos miembros los movimientos obrero y socialista clásicos consideraban con todo rigor criminales y bandoleros; considerar ingenua o equivocada –incluso despreciable– a cualquier fuerza política que se proponga gestionar, sin revolucionar, el sistema social; volver a plantar las banderas de la socialización de los medios de producción, e incluso la abolición del derecho de herencia; reconocer que con mucha menos energía y con mucho menos bienes –pero todo mejor repartido– la gente podría vivir vidas plenas y dignas; favorecer la producción local, los bienes duraderos, el consumo de productos «sueltos», las actividades de bajo impacto ecológico (como leer o pintar); valorar y robustecer las comunidades reales (abandonando lo más posible las redes sociales virtuales); construir organizaciones como «las de antes»: partidos políticos (en lo posible revolucionarios), sindicatos (en lo posible democráticos), clubes sociales, cooperativas, grupos de afinidad, etc. Y habrá que tener mucha cautela ante perspectivas, discursos y pronósticos catastrofistas: aunque el horno no está para bollos, la tentación de actuar precipitadamente, a tontas y a locas, favorece las manipulaciones de quienes mandan, que querrán «vendernos» sus supuestas soluciones (que podemos prever que no serán tales). En medio de mucha incertidumbre, será valioso asumir el principio de rechazar sin más trámite a cualquier partido gestor del sistema y a cualquier propuesta que resulte aceptable para la clase capitalista. ¿Que esto tiene una punta de dogmatismo? No lo dudo. Pero entre todos los «dogmas» que andan dando vuelta, este es el más convincente, conveniente y saludable. Y a partir de este principio «dogmático» de oposición, podemos desarrollar con todo rigor y libertad el pensamiento crítico y las prácticas en él inspiradas para afrontar los enormes desafíos que tenemos por delante. De hecho, visto lo visto, habrá que defender el pensamiento crítico, y a la razón misma, en medio de tanto emocionalismo inducido, manipulaciones algorítmicas, superficialidad digital, dispersión mental y embrutecimiento mediático. Pero si queremos que nuestra criticidad no se vea fácilmente manipulada por quienes detentan el poder y el dinero, conviene partir de un «principio dogmático», argumentable pero no demostrable: ¿capitalismo? No, gracias.

NOTAS

1 Douglas Rushkoff, “La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco”, CTXT, 1/8/2018, disponible en https://ctxt.es/es/20180801/Politica/21062/tecnologia-futuro-ricos-pobres-economia-Douglas-Rushkoff.htm.

2 Quien lo desee, puede corroborar esta información revisando los datos oficiales disponibles en EUROMOMO: https://www.euromomo.eu/graphs-and-maps/. Si las cifras globales ya deberían ser de por sí preocupantes, la situación es peor de lo que parece si se observan sólo las cifras absolutas: el exceso de mortalidad es de hecho particularmente grande en la población joven, menor de 45 años. Y se mantiene una mortalidad de volumen pandémico a pesar de que luego de dos años de exceso considerable, lo esperable (sobre todo si las vacunas hubieran cumplido su papel) debería ser un exceso muy menor, e incluso la ausencia de exceso de mortalidad, como ocurre de hecho en la vilipendiada Suecia.

3 Junto a José Loayssa hemos analizado detalladamente la crisis pandémica en Una pandemia sin ciencia ni ética, Ediciones El Salmón, 2022 (con prólogo de Juan Gérvas, quien fuera recientemente incluido dentro del 2 % de los científicos más citados del mundo).

4 Las críticas de Rosa Luxemburgo al militarismo son bien conocidas, al igual que las de Trotski a la ceguera de la Internacional comunista sobre el nazismo, magníficamente analizadas por Isaac Deutscher en Trotsky, el profeta desterrado, México, Era, 1988 (1963). Para la visionaria perspectiva de Emmanuel Todd, véase La caída final, Bs. As., Emecé, 1978 (1975).

5 Al respecto, son imprescindibles Tecnópolis. La rendición de la cultura a la tecnología, de Neil Postnam; y Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr.





Fuente: Anred.org