December 4, 2021
De parte de El Topo
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La luna llena, el aullido lejano, caperucita… La mitología en torno al lobo es tan rica como los sentimientos que despierta en la sociedad. Más que una especie es un imaginario de pasiones y miedos. Por eso es tan difícil alcanzar acuerdos en torno a cómo gestionar sus poblaciones: no se trata solo de una cuestión ecológica, sino de un estereotipo de la naturaleza salvaje, a la vez que la amenaza del sustento precario de ganaderas y ganaderos extensivos. 

La importancia ecológica del lobo como especie depredadora en una posición clave de la red trófica no la niega ya nadie. Ni siquiera la mayoría de los ganaderos y ganaderas. La gran mayoría. En un equilibrio ecológico  dinámico, los depredadores son clave en el control de la expansión de otras especies, pero compiten por las presas. La especie humana es depredadora y compite con el resto de las especies depredadoras, pero juega con la ventaja de la sofisticación. Por eso nos hemos reproducido sin apenas ser depredados y hemos empujado a la casi extinción a muchos otros depredadores, como lobos, osos o jaguares, lo que ha desequilibrado su hábitat. Por eso es importante fomentar la recuperación de sus poblaciones allá donde han desaparecido o flaquean. Este sería el acuerdo científico que ha ido calando en la sociedad y que el movimiento ecologista ha traducido en reivindicaciones de reintroducción de especies en determinadas zonas. Sin ir más lejos, hace pocos días hubo en Sevilla una manifestación por la reintroducción del lobo en Andalucía.

Pero cuando estas especies compiten con personas por recursos como el ganado, emergen los conflictos. La población de lobos en España y en otras zonas de Europa se vio mermada por su caza, especialmente en zonas donde la ganadería era la forma de vida y sustento. Aunque existen hoy en día zonas con poblaciones estables o incluso crecientes de lobos donde nunca han desaparecido y siempre han coexistido con la ganadería. Pastores y ganaderos han desarrollado multitud de estrategias de protección de los rebaños, como la cría de perros mastines, las carrancas (collares con pinchos para los perros), la mezcla con otros animales defensores como los burros, el vallado o la estabulación nocturna, la guardia o el pastoreo continuo. Tan diversas son las estrategias desarrolladas como las ganaderías o los paisajes que las sostienen, pero ninguna ha demostrado ser eficaz al cien por cien. La ganadería que coexiste con lobos antes
o después cuenta pérdidas por ataques. Incluso la más profesional, con todas las estrategias arriba mencionadas, en ocasiones es testigo de ataques. Y un ataque de lobo no es solo eso, un número de ovejas menos en el rebaño. Es rabia, impotencia, ansiedad y miedo porque se vuelva a repetir o por la pérdida económica. Tristeza por la pérdida de lo criado y cuidado día tras día. Esto debería ser también un conocimiento común en una sociedad como la nuestra, pero por desgracia pasa totalmente desapercibido.

Así mismo, la mayoría de la gente desconoce que la ganadería extensiva es clave para la generación de múltiples contribuciones para nuestra calidad de vida: producción de alimentos, prevención de incendios, patrimonio cultural pastoril, etc. Los paisajes que conocemos y valoramos, que hemos protegido por su importancia para la biodiversidad, no serían lo que son si no fuera por el manejo milenario agroganadero. Pero la ganadería se muere ahogada por la globalización y la industrialización del sistema agroalimentario que ofrece chuletas a diez euros el kilo o hamburguesas a euro en las súpers. Sus peores depredadores, los que exprimen hasta la última gota de la sostenibilidad ecológica y social de la ganadería, son la agroindustria y las políticas de libre comercio internacional, que se salen con la suya cada vez que consumimos productos de ganadería industrial. Pero la puntilla la puede dar la lucha cotidiana con un enemigo que sí se ve, que es de carne y hueso, y que desaparece puntualmente con un tiro de escopeta. Tanto nos han contado el cuento de los tres cerditos y su final feliz gracias a la valerosa y mortífera intervención de un cazador, que tenemos grabado a fuego que el lobo es siempre el malo. Qué pena que no nos cuenten cuentos más realistas donde el malo viste de traje y corbata.

La polarización está servida. La caricatura de estereotipos dibujaría de un lado del ring a los «ecologetas» de ciudad, descerebrados por tantas películas de Disney, turistas rurales de fin de semana con barbacoa del súper, sesteando frente a los documentales de La 2, afiliados a alguna asociación ecologista subvencionada por el gobierno. Del otro lado, pastores incultos con el ganado medio abandonado, tirados en el sofá todo el día quejándose de lo mal que está el campo pero viviendo bien gracias a las subvenciones públicas, de gatillo fácil en cuanto algún bicho les moleste. Entre medias podríamos encontrar otros personajillos como científicos y técnicos de aquí y allá, aportando datos y argumentos siempre legítimos cuando están de su lado, y siempre interesados cuando está del otro.

¿Cómo se va a entender esta gente? ¿Cómo se puede mitigar esta maraña de conflictos de valores e intereses tan arraigados en la razón, el subconsciente y los corazones? Con mucho trabajo de escucha y empatía; reconociendo el desconocimiento; confiando en la capacidad humana para el entendimiento y el trabajo colaborativo; con generosidad para quitarse la mochila y poder ver un horizonte más amplio. Con la ayuda de profesionales de la facilitación y la mediación. En los últimos años ha habido varios ejemplos de procesos de este tipo en Galicia, Ávila, Sanabria o incluso a escala estatal con el Grupo Campo Grande. Incluso Portugal trabaja hace años en el Grupo Lobo. No es tarea fácil ni rápida ni existe receta mágica, pero la experiencia demuestra que, si se quiere, se pueden acordar mínimos y reivindicar colectivamente políticas que apoyen la coexistencia, como la formación y ayuda a la protección de las ganaderías en zonas loberas o la mejora de los mecanismos de compensación por ataques.

Por desgracia abundan más las iniciativas que avivan los conflictos, no favorecen el desarrollo de las poblaciones de lobos a largo plazo ni contribuyen a la sostenibilidad de la ganadería extensiva. La reciente inclusión del lobo en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial por parte del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, a petición de un beligerante grupo ecologista centrado solo en el lobo, con asesoría científica de dudoso rigor, y sin ningún tipo de información ni participación pública, es un magnífico ejemplo de cómo avivar el conflicto y enfrentar de nuevo campo y ciudad. O las manifestaciones convocadas por grupos ecologistas en ciudades, en la que se despliega todo el fetichismo por una especie pidiendo su reintroducción en un territorio como Andalucía donde hace décadas que no hay lobos y la población rural no está por tanto adaptada a la coexistencia. Tampoco son mejores los ataques públicos a las reivindicaciones ecologistas por parte de los grandes sindicatos agrarios, que guardan silencio en cambio frente a los abusos o incluso hacen lobbie en favor de la industria agroalimentaria y el libre comercio que ahoga al sector productor y avoca al mundo rural al despoblamiento. No puedo evitar pensar qué pasaría si en estos debates hubiera más empatía y menos testosterona. Si se dejara a caperucita o a los tres cerditos negociar con el lobo.

Por

Marta Martorell

Activista




Fuente: Eltopo.org