March 6, 2021
De parte de A Las Barricadas
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La literatura clim谩tica tiene una nueva estrella: el sueco Andreas Malm. El pasado oto帽o se public贸 El murci茅lago y el capital, un muy buen ensayo para explicar el origen del virus SARS-CoV-2 y para introducir la crisis ambiental generalizada provocada por el capitalismo, de la cual el coronavirus es solo una de sus manifestaciones. Como indica Malm, el coronavirus es una bala y el cambio clim谩tico es como una guerra. Lo que deja entrever su dial茅ctica del desastre es que efectivamente detr谩s de esa guerra y estas balas, hay un General ordenando el ataque y ese no es otro que el capitalismo.

Pero por desgracia, el libro no se limita a esta parte brillante e indiscutible, sino que se sumerge en proponer inventos del TBO pol铆tico-sociales, como se refiri贸 un compa帽ero a las distintas alternativas de acci贸n pol铆tica que alegremente suelen circular por los espacios ecologistas en una charla inefable que fue un  ejemplo palmario de estas ideas: la exposici贸n de Nate Hagens en Valladolid en un lejano 2019.

Siendo justos: el autor acierta en situar el capitalismo como agente promotor de la crisis ambiental, para despu茅s descartar tanto el colapso fortuito del capitalismo, tanto su reforma en clave socialdem贸crata, tanto su superaci贸n en clave anarquista -aboliendo el Estado-.

La propuesta de Malm se reduce a la necesidad de dirigir desde el Estado la ca铆da del capitalismo fosilista. Partiendo de la necesidad compartida de transitar a una nueva civilizaci贸n que elimine el capital como origen de la crisis ambiental, vamos a se帽alar los puntos ciegos del comunismo de guerra que Malm propone contra la crisis clim谩tica.

1- El fetiche del Estado ecologista

Malm plantea una defensa cerrada de la necesidad de dirigir la necesaria transici贸n ecosocial desde el Estado. El problema es que el concepto de Estado que maneja Malm es una suerte de administraci贸n de las cosas, una estructura administrativa que gestiona los recursos y media entre los intereses contrapuestos. Siendo as铆, se entiende la necesidad de poner a este superadministrador a trabajar por un buen capitaloceno, parafraseando este art铆culo de L. Phillips y M. Rozworski Planificando el buen antropoceno.

Malm propone, claro, una toma del Estado que habilitar铆a tomar las posiciones de fuerza suficientes para hacer descarrillar al capital fosilista y forzar la puesta en marcha de una econom铆a pol铆tica sostenible. Todo esto adem谩s en el tiempo record al que obliga la emergencia clim谩tica. Sobre esto 煤ltimo, no cabe tampoco mucha discusi贸n: hemos agotado el tiempo que quedaba antes de desencadenar los peores efectos sobre nuestra civilizaci贸n. Algo que dif铆cil de dudar cuando hay razones para pensar que estemos peor de lo esperado. Sin embargo, precisamente por ello, resulta chocante proponer una ruptura civilizatoria parcial dirigida desde una de sus instituciones constitutivas 鈥揺l Estado- en vez de una ruptura total y revolucionaria.

El problema es que esta concepci贸n del Estado es falsa, tramposa y posiblemente negligente. El Estado no es esa administraci贸n de las cosas, no es un 贸rgano neutral de mediaci贸n entre particulares. El Estado es la estructura social que permite el gobierno de las personas, y m谩s en concreto, de sus voluntades. De ah铆 que el Estado como agente ante la crisis clim谩tica puede ser un aliado tremendamente eficaz. Lo que se omite es que esta apuesta nos dirige a los escenarios que habitualmente conocemos con el neologismo de Ecofascismo, lo que ser铆a el Behemoth clim谩tico de G. Mann y J. Wainwright. La idea de que el Estado es una m谩quina, una cosa que se puede poner bajo el control de un programa internacional de mitigaci贸n de emisiones y transici贸n ecol贸gica es un aut茅ntico idealismo enmascarado en el peor de los oportunismos. La existencia de Estados nacionales por todo el globo parece ofrecer la oportunidad perfecta para disponer de ellos al antojo que se considere.

Para Malm el ejemplo claro de esta posibilidad es la revoluci贸n bolchevique, en la que un reducido grupo de militantes revolucionarios tomaron un Estado mastod贸ntico, pararon la guerra imperialista e iniciaron una tit谩nica reconversi贸n econ贸mica y pol铆tica desde ese Estado. Ese ejemplo sirve a Malm para proponer que necesitamos un periodo similar a ese comunismo de guerra, un Estado de movilizaci贸n permanente con el que vencer al capital f贸sil y sentar las bases de una NEP ecol贸gica. No es el objetivo de estas l铆neas cerrar el balance que el movimiento socialista internacional tiene que hacer de la experiencia sovi茅tica, pero desde luego proponer la etapa del comunismo de guerra como objetivo pol铆tico del ecologismo es un desprop贸sito inexplicable teniendo en cuenta que dicha fase fue una salida coyuntural e improvisada para encauzar una revoluci贸n en medio de una crisis global interimperialista.

La propuesta de Malm solo se explica como una mitificaci贸n del asalto bolchevique al Imperio Ruso, en la que centra su atenci贸n en la relevancia del Estado en el proceso y obvia que dicho Estado fue una pieza entre otras que los bolcheviques tuvieron que cooptar para abrir camino a la revoluci贸n, pero que ni la revoluci贸n fue el Estado ni posiblemente el Estado fuera la pieza clave del proceso. La conquista de la consciencia de obreros y soldados, de las estructuras del movimiento popular cristalizadas en los soviets, de las innovaciones t茅cnicas que permitieron poner las industrias a su servicio鈥a propuesta de la toma del Estado ser铆a m谩s cre铆ble si no tuvi茅semos en la historia otras tomas de Estados menos idealizables: desde Burkina Faso al socialismo del siglo XXI.

2- La absurda cr铆tica del anarquismo “antisem谩foros”

La banalizaci贸n del Estado pasa por una previa cr铆tica al anarquismo que resulta inexplicable. Malm apunta contra el anarquismo posterior a la ca铆da del muro de Bel铆n, a 鈥渃ambiar el mundo sin tomar el poder鈥 de J. Holloway. En realidad, Malm no est谩 apuntando contra el anarquismo sino contra el movimiento antiglobalizaci贸n muerto y enterrado tras la 茅poca de las grandes cumbres de finales de los a帽os 90. Malm sit煤a como icono del anarquismo a James Scott, al que postula como te贸rico de un anarquismo que propone la desaparici贸n del Estado y la autorregulaci贸n popular, que centra en el ejemplo de 鈥渓a desaparici贸n de los sem谩foros鈥.

El anarquismo, para bien o para mal, no es esto que critica Malm. El anarquismo no postula la desaparici贸n del Estado sino su abolici贸n, una destrucci贸n activa y que necesariamente implica la sustituci贸n por otra estructura que sea, efectivamente, un superadministrador de las cosas y no un gobierno de las personas. El anarquismo que Malm desconoce es el de otro antrop贸logo: David Graeber. Un anarquismo (con min煤sculas, eso s铆) pragm谩tico, concreto, militante y revolucionario. Este anarquismo nos acerca m谩s a Rojava que a Chiapas, lo que implica tener que acercarse a situaciones mucho m谩s complejas que las plasmadas en el debate secular entre tomar o abolir 鈥渆l poder鈥 y que hoy en el anarquismo se toma bastante en serio.

Malm se帽ala c贸mo durante la pandemia, all铆 donde el Estado ha perdido parte del control, se han dado tanto experiencias de apoyo mutuo como han aparecido mafias y c谩rteres, como prueba de la necesidad de un Estado en nuestra 茅poca. De nuevo, y esta vez en una experiencia bien cercana, se idealiza el Estado como puesto de mando de nuestras sociedades, algo sobre lo que el anarquismo tiene mucho que decir. Las limitaciones del Estado para la gesti贸n de los eventos que nos depara la crisis ambiental han quedado bastante patentes en el macabro fracaso de los Estados del primer mundo en la gesti贸n de la pandemia de 2020. Las mayores cifras de enfermos y muertes han acompa帽ado a las medidas m谩s duras de confinamiento y represi贸n social. A diferencia de las sociedades asi谩ticas, sudamericanas o africanas, en las que una mayor autonom铆a t茅cnica y social han permitido el uso de una suma de remedios independientes del capital farmacol贸gico y de las instituciones inter estatales como la OMS. El caso Chino puede ser el m谩s paradigm谩tico, dado que el Estado Chino no es precisamente una instituci贸n poco dominante y, sin embargo, las medidas m谩s efectivas respecto a confinamientos y control de la pandemia han emergido de las estructuras con mayor participaci贸n popular y m谩s localizadas.

El Estado es el producto de unas determinadas relaciones sociales, las cuales est谩n mediadas por la mercanc铆a, el espect谩culo y el poder. La transformaci贸n social que necesitamos para destruir al capital fosilista pasa, necesariamente, por la destrucci贸n del Estado que le acompa帽a. Eso no significa apagar los sem谩foros y cerrar los edificios de la administraci贸n tributaria y el ej茅rcito. Destruir el Estado fosilista significa reemplazar la actividad del Estado por formas de administraci贸n populares que nazcan de otro tipo de relaciones sociales. Para el anarquismo, estas relaciones est谩n definidas por la reciprocidad y la libertad, ah铆 est谩 el n煤cleo de su cultura pol铆tica. Lo que no es definitorio del anarquismo es c贸mo deben ser las formas de administraci贸n que permitan desarrollar esas relaciones sociales sin dominaci贸n. M谩s o menos centralizadas, m谩s o menos globales, m谩s o menos militarizadas. En cualquier caso, la propuesta anarquista pasa por la eliminaci贸n del Estado por ser, precisamente, el cors茅 que impide que los problemas sociales tengan soluciones aut贸nomas. El caso del cambio clim谩tico es palmario, pero obviamente no el 煤nico ni el central.

3- Narrativas para un mal relato

Siendo honestos, el comunismo de guerra de Malm m谩s que una propuesta te贸rica cerrada hay que entenderlo como un recurso ret贸rico. De hecho, como la respuesta al recurso ret贸rico dominante en la escena ecologista que vino desde EEUU: el Green New Deal. Frente al relato del pacto social verde y generador de riqueza que nos propone el Partido Dem贸crata de EEUU, Malm contrapropone una narrativa rupturista y de confrontaci贸n. Una narrativa que justifique hacer sacrificios por la causa, que nos movilice en t茅rminos militarizados y no tanto econ贸micos. Una narrativa que identifique obst谩culos y que no se centre en hacer alianzas, sino en superar las posiciones enemigas.

Pero tambi茅n en el campo de las narrativas la propuesta del comunismo de guerra es como poco, conflictiva. La primera etapa de la Uni贸n Sovi茅tica no se recuerda con especial cari帽o por ninguna sociedad ni se la tiene especial estima en ning煤n movimiento pol铆tico, precisamente, por ser una etapa de esfuerzos y contradicciones dif铆ciles de justificar aunque envuelta en el romanticismo revolucionario de una coyuntura mundial prometedora que muri贸 pronto en las barricadas de Berl铆n y Mil谩n. El comunismo de guerra sovi茅tico fue posible por un empuje popular que miraba m谩s all谩, empujado por la mitolog铆a socialista cultivada durante d茅cadas, por el tecno-optimismo industrial y por la convicci贸n de que cualquier futuro era mejor que la guerra y el hambre. Malm comete un aut茅ntico desprop贸sito pretendiendo movilizar con la promesa de tiempos duros y decisiones complicadas, del mismo modo que el ecologismo m谩s milenarista suele cometer el error de invocar una icaria feliz de tintes medievales como algo deseable. La estrategia comunicativa que tiene que acompa帽arnos no est谩 clara y definida y parece claro que qui茅n de con ella, tendr谩 un activo pol铆tico de primer orden. En general en el movimiento ecologista existe una amplia discusi贸n por las narrativas y los imaginarios que se discuten, conscientes de que el cambio ecosocial pasa necesariamente por tener el empuje popular que nace del deseo de mundos mejores.

Marzo de 2021

G. Juncales

Militante del Grupo Anarquista Cencellada




Fuente: Alasbarricadas.org