September 19, 2022
De parte de Nodo50
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Daniel Jim茅nez, publicado originalmente para Nueva Tribuna.

Posiblemente muchos se habr谩n acordado estos d铆as de las declaraciones de Nicolas Sarkozy en septiembre de 2008, en plena crisis econ贸mica internacional, cuando el entonces presidente franc茅s hizo un llamamiento para refundar el capitalismo sobre las bases de la 茅tica del esfuerzo y del trabajo. Lo que vino despu茅s, ya lo conocemos: duros recortes sociales y laborales para la clase trabajadora, que no conoce otra manera de ganarse la vida que la del sacrificado esfuerzo, a menudo en unas condiciones laborales precarias; y el rescate de quienes hab铆an 鈥渢raicionado el capitalismo econ贸mico de mercado鈥, por usar palabras empleadas tambi茅n por el propio mandatario.

Pero, m谩s que un recuerdo, quiz谩 se trate, por usar una expresi贸n del pa铆s vecino, de un deja vu. No en vano, el discurso de Sarkozy rima en cierto modo con las recientes manifestaciones del actual inquilino del El铆seo, hablando del 鈥fin de la abundancia鈥. Macron hoy, como Sarkozy en 2008, distan mucho de ser esas voces valientes que dicen la verdad sin medias tintas ni paternalismos, como defienden desde determinadas posiciones. Ambos saben que la verdad en pol铆tica se construye esencialmente no desde la tribuna de oradores, sino desde las medidas que se ponen en marcha. Tambi茅n desde las que se guardan en un caj贸n, por mucho que fueran anunciadas con afectada solemnidad.

Es m谩s que evidente que la crisis de 2008 fue pagada no por los especuladores que la provocaron, sino por la clase trabajadora a trav茅s de los ya mencionados recortes del gasto p煤blico y tambi茅n de reformas laborales y legales lesivas para sus derechos y condiciones materiales de vida. Y tambi茅n parece claro que esa abundancia que, seg煤n Macron, ya se ha acabado, nunca existi贸 para millones de parados y de precarios, como apunt贸 de forma cr铆tica Philippe Mart铆nez, el secretario general de CGT, el principal sindicato franc茅s.

Es cierto que las palabras de Macron hay que relacionarlas no solo con cuestiones sociales y econ贸micas y que el problema de la crisis energ茅tica es esencial para entender su mensaje. Lo que nos est谩 diciendo el presidente franc茅s es que el planeta ha vivido por encima de sus posibilidades. Lo cual es totalmente cierto y seguir谩 siendo un grave problema, quiz谩s 鈥渆l problema鈥 cuando termine, esperemos que pronto, la guerra de Ucrania. Pero el fondo del discurso del mandatario galo es, adem谩s, profundamente parcial e injusto. Porque no todas las personas han consumido los recursos de este planeta al mismo ritmo ni de la misma manera.

Como dec铆a Galeano, confundimos nivel de vida con nivel de consumo

Como se帽al贸 en 2019 Phillip Alston, que por aquel entonces ocupaba el cargo de relator especial de la ONU sobre la pobreza extrema, 鈥渓a mitad m谩s pobre de la poblaci贸n mundial, 3.500 millones de personas, es responsable de solo el 10 por ciento de las emisiones de carbono, mientras que el 10 por ciento m谩s rico es responsable de la mitad completa. Una persona en el 1 por ciento m谩s rico usa 175 veces m谩s carbono que una en el 10 por ciento inferior鈥.

Alston tambi茅n se帽al贸 que 鈥減erversamente, los m谩s ricos, que tienen la mayor capacidad de adaptaci贸n y son responsables de la gran mayor铆a de las emisiones de gases de efecto invernadero y se han beneficiado de ellos, ser谩n los mejor situados para hacer frente al cambio clim谩tico, mientras que los m谩s pobres, que son los que menos han contribuido a las emisiones y tienen la menor capacidad de reacci贸n, ser谩n los m谩s perjudicados鈥.

Lo explicado por Alston dibuja un escenario desalentador de apartheid clim谩tico para las clases populares en todos los pa铆ses del mundo. Son ellas quienes m谩s est谩n sufriendo el desmesurado incremento de la factura energ茅tica y del precio de los alimentos. Problemas que no se acabar谩n cuando termine la ominosa guerra de Ucrania, que no deja de ser uno de los muchos conflictos b茅licos que han estallado o que estallar谩n en un contexto internacional de disputa por unos recursos energ茅ticos y materiales cada vez m谩s escasos, olas de calor, sequ铆as, p茅rdidas de cosechas y hambrunas. Todo ello mientras un peque帽o grupo de plut贸cratas se enriquece m谩s que nunca. 

En consecuencia, nos encontramos ante un panorama tremendamente delicado que abona el terreno para el auge del ecofascismo. La propia Le Pen, que lleg贸 a disputar a Macron la presidencia de Francia, lleva tiempo abogando por convertir su pa铆s en 鈥渓a principal civilizaci贸n ecol贸gica del mundo鈥. Esto no es m谩s que la introducci贸n del ecofascismo en su discurso, en forma de apuesta por el proteccionismo para los productos franceses y de rechazo a la inmigraci贸n. 

Recordemos que el ecofascismo lo 煤nico que defiende es, al igual que el fascismo convencional, que unos pocos privilegiados puedan seguir disfrutando de buenos niveles de riqueza y consumo materiales, provocando al mismo tiempo que la inmensa mayor铆a de la sociedad -por supuesto compuesta no solo por migrantes, sino tambi茅n por el conjunto de quienes forman parte de las clases populares, hayan nacido donde hayan nacido -no disponga de la posibilidad de acceder ni a los bienes m谩s b谩sicos.

Parafraseando tanto a Sarkozy como a Macron en la forma del mensaje, pero enmend谩ndoles radicalmente en el fondo, debemos refundar la abundancia

Las palabras de Macron dan alas a este discurso ecofascista, que para arraigar necesita alimentarse del miedo, de la amenaza de carest铆a hasta del agua que bebemos por culpa de los de fuera, que son el chivo expiatorio de siempre. Le Pen dispone por tanto de todos los ingredientes necesarios para que este mensaje cale. Solo podr铆a aguarle la fiesta un giro radical, que no esperamos, en las pol铆ticas de Macron. 

Hablamos aqu铆 de Francia, pero tambi茅n podr铆amos hablar de Espa帽a, y de cualquier pa铆s en realidad. Los gobernantes deben entender, todos ellos, que esta crisis no debe ser pagada por las clases populares, ya bastante golpeadas por las sucesivas crisis, que han tra铆do consigo una galopante desigualdad que parece no tener fin. Hay riesgo de colapso social si no entendemos que los sacrificios deben ser asumidos, por fin, por las 茅lites supercontaminantes que viajan en jet privado. Nunca, en ning煤n caso, por quienes sobreviven en condiciones de absoluta precariedad. 

Sin embargo, este deseable viraje socialdem贸crata, que es imprescindible en Francia, en toda Europa y a nivel global, resultar谩 insuficiente por s铆 mismo para enderezar el rumbo. B谩sicamente porque debemos cambiar radicalmente nuestro modelo econ贸mico. No queda otra porque el planeta no da para m谩s. Porque la era de los combustibles f贸siles baratos se ha acabado. Porque cada vez sufriremos m谩s episodios de sequ铆as y de fen贸menos clim谩ticos adversos que afectaran a la producci贸n mundial de alimentos. Porque hasta los minerales que son esenciales para esa transici贸n a una econom铆a ecol贸gica a la que ya llegamos tarde tambi茅n van a escasear.

Se trata de una tarea tit谩nica, un desaf铆o de alcance gigantesco tras d茅cadas de inoculaci贸n masiva de cultura capitalista

Ya lo dijo claramente otro franc茅s ilustre como es Serge Latouche, quiz谩 el te贸rico m谩s c茅lebre del decrecimiento: 鈥渦n crecimiento infinito no es posible en un planeta finito鈥. A nivel global consumimos cada a帽o pr谩cticamente el doble de recursos que la Tierra es capaz de producir en ese mismo per铆odo de tiempo. Por tanto, tenemos que decrecer. Sin medias tintas.

El problema es, como tambi茅n explica Latouche, que el capitalismo no es solo un modo de producci贸n y de consumo. Tambi茅n es una cultura, una manera de explicarnos el mundo y las relaciones sociales que ha colonizado nuestro imaginario colectivo. Es decir, es m谩s f谩cil que nos imaginemos el fin del mundo que el fin del capitalismo, como tambi茅n se帽alan otros muchos pensadores.

Sencillamente no somos capaces de idear otra manera de hacer las cosas. Como dec铆a Galeano, confundimos nivel de vida con nivel de consumo. Da igual que esta concepci贸n de la vida nos obligue a trabajar como mulas durante extenuantes jornadas laborales. O que nos fuerce a endeudarnos hasta niveles de riesgo muy elevados -vale citar la subida del Eur铆bor como ejemplo-. Parece que esta es la buena vida, al menos para gran parte de la poblaci贸n mundial.

Una concepci贸n de la buena vida, de lo que entendemos por abundancia, en definitiva, que debemos cambiar sin ninguna duda. Parafraseando tanto a Sarkozy como a Macron en la forma del mensaje, pero enmend谩ndoles radicalmente en el fondo, debemos refundar la abundancia para construir un nuevo imaginario colectivo que no identifique el bienestar con unos niveles de consumo materiales que van a ser inalcanzables en el futuro para casi cualquiera.

Se trata de una tarea tit谩nica, un desaf铆o de alcance gigantesco tras d茅cadas de inoculaci贸n masiva de cultura capitalista. Pero si no somos capaces de lograrlo, tampoco podremos triunfar en el verdadero reto de nuestro tiempo: ser capaces de mantener una sociedad cohesionada que merezca ser considerada como tal. La otra opci贸n es b谩sicamente la ley de la selva. Un 鈥渟谩lvese quien pueda (pag谩rselo)鈥 que nos aboca a un futuro muy oscuro para la mayor铆a. Por este motivo, no nos queda otra que recuperar el pensamiento ut贸pico 煤til. Para caminar hacia un futuro que, al menos, deje de darnos miedo.

ATTAC no se identifica necesariamente con las opiniones expresadas en los art铆culos, que son responsabilidad de los autores de los mismos.




Fuente: Attac.es